Ensalada mixta israelí

En la última incursión israelí en Gaza, en pleno ataque, despertaron los odios. Somos cuatro gatos en los pasillos de la facultad, casi una docena de apasionados aprendices de hebraístas, o algo parecido, y los que no tienen ni idea del asunto y se suman a los eslóganes de la mayoría sin saber qué significan, sólo porque suenan progres, se nos lanzaron encima. Nos acusaron de traidores y asesinos, a esa docena (dos docenas si sumamos a los profesores) que nos sentamos en los pupitres y aprendemo

24 DE OCTUBRE DE 2009 · 22:00

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También es cierto que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) estudia los expedientes de los estudiantes de Filología Árabe buscando posibles terroristas. Eso es secreto y no deberíamos saberlo, pero lo sabemos. A los estudiantes de Filología Hebrea nos “sobrevuela” el MOSSAD, el servicio de inteligencia israelí. Yo nunca he visto a ninguno de sus miembros, pero a mi e-mail llegan curiosos mensajes de vez en cuando, cosas por las que yo no he preguntado: información de conferencias, algunos comunicados de la embajada de Israel. Alguien, con quien yo no he hablado, sabe que estudio hebreo. Y sé que esta gente estará pendiente de mí en cuanto mi pie toque suelo israelí. No me preocupa. Mis intereses están demasiado lejos de hacer daño a nadie, con todo, espero colaborar un poco a la paz. Pero el problema no es quién controle a quién, sino el prejuicio, que es un órgano de desconfianza inmenso. Aún después de la Segunda Guerra Mundial, del Holocausto y la creación del Estado de Israel, gente de mi generación ha heredado de sus padres y sus abuelos el odio al judío, y sigue estando presente en la sociedad. Siguen argumentando aquel eslogan medieval de que los judíos mataron al Mesías, cuando el propio Mesías era judío, y era inevitable que muriese (y en cualquier caso, a ningún verdadero cristiano debería dolerle tanto su muerte puesto que debería creer en la Resurrección). Yo he escuchado ese argumento con mis propias orejas no hace mucho. El mal, y aquellos que quieren propagarlo, se alimentan de la ignorancia y se engordan con ella. Y aparte de eso, aunque quisiéramos odiar a los judíos en Occidente estamos odiándonos a nosotros mismos: nuestra cultura es greco-romana un cincuenta por ciento, y hebrea otro cincuenta. La Biblia es más de un setenta por ciento hebrea, y no se puede evitar el legado cultural a nuestra sociedad: más allá aún, la Biblia le da forma a nuestro lenguaje y a nuestro pensamiento. La expansión del cristianismo desde sus comienzos es, por así decirlo, un esqueleto hebreo con vestidos grecorromanos. No podemos evitar que la cultura judía de hoy en día, que tiene múltiples formas y colores, sea prima-hermana de la nuestra. Los judíos son muchos y están, y han estado, en todas partes. Aún hoy en día, con la creación de un Estado donde sentirse seguros, la mayor parte de la población judía mundial está diseminada por el mundo. Aún no todos tienen en común la lengua hebrea: les sigue uniendo la Torá, la ley. Pero de ahí cada uno, y cada comunidad, la interpreta a su gusto. El mundo judío ha tenido la extraña capacidad de ser la única subcultura que ha sobrevivido dentro de culturas más poderosas y autóctonas, cambiando con los tiempos, pero manteniéndose fiel a sí misma. Desde América hasta África, pasando por comunidades judías en Shanghái, ellos han estado y están en todas partes. Y no hay un solo judaísmo, sino miles de judaísmos. Están los judíos ortodoxos, los más llamativos. Están las comunidades, por otro lado, que aceptan rabinas mujeres. Están judíos americanos como Howard Wolowitz, el científico chiflado de la serie The Big Bang Theory, que representa a toda una generación de judíos culturales, sin afán religioso, que come cerdo y gambas a escondidas de su madre. Pero no se puede explicar la idiosincrasia del mundo judío en dos páginas: mejor hacerlo en 800, como en La historia de los judíos (2001) de Paul Johnson. Por supuesto, que nadie en mi facultad se entere de que estoy recomendando este libro escrito por un cristiano americano. Si os preguntan, yo no lo he dicho. Pero es entretenido, apasionante y divertido. Es cierto que omite algunos detalles y que no es exacto en todas sus conclusiones, pero eso importa poco cuando lo que pretende es hacer un balance de cuatro mil años de historia hebrea. Y en realidad, lo que consigue Paul Johnson, es explicarnos a nosotros mismos. Sobre todo en el siglo XX, muchos no sabemos que parte de los grandes avances existentes han sido gracias a judíos, precisamente por ser judíos y por su punto de vista. Se ve el mundo de otra manera cuando Paul Johnson te explica las teorías de Einstein desde un trasfondo cultural y filosófico judío. Y es digno dar este paseo desde las tierras que Abraham abandonó en Ur hasta la creación del Estado de Israel en 1948, pasando por el surgimiento del cristianismo, el Imperio Romano, el renacimiento cultural del siglo X en Al-Ándalus, Hitler y el Holocausto, sin olvidarse del otro holocausto, el que tuvo lugar dentro de las fronteras del imperio de Stalin, del que casi no se habla. No estaremos de acuerdo en todo, tal vez, pero es digno de leerse. Ahora, solamente, olvidaos de que os lo he recomendado yo. Y sin embargo, he de admitir con cierta preocupación que esta de Paul Johnson no es la lectura que más me ha impresionado, ni la que más me ha enseñado de la cultura judía. Más
 
allá de todo lo que se aprende en la carrera, hay un libro inesperado que es una fuente de sabiduría, conocimiento y buen gusto. Está hecho con tanto amor y respeto que se traspira por las páginas cuando se pasan. Las fotografías, los consejos, las pequeñas historias y las grandes. Es uno de los mejores libros de mi biblioteca, y resulta extraño que lo aconseje, pero es fantástico: El libro de la cocina judía (2004) de Claudia Roden.
Me lo recomendaron en la librería judía de Barcelona. La librera me dijo: “es un poco más caro de lo que pensabas gastarte, pero dentro de nada se te habrá olvidado cuánto vale”. Y tenía razón. El libro está dividido en dos partes: la cultura sefardí (aquella que viene de Sefarad, que es España) y la cultura askenazí, de los judíos que vivían en el Norte y Este de Europa (Alemania, Polonia, Rusia, etc.). Antes de cada sección la autora cuenta cómo era la vida cotidiana de la gente que preparaba esa receta. Si se trata de sopas, habla de qué mujeres, qué días y en qué hornos se preparaba. Si habla de postres, nos cuenta cómo se reunían las familias en la sobremesa a charlar. Si habla de carnes o pescados, nos cuenta cómo eran esos barrios judíos, cómo era el carnicero y el pescadero kosher en el siglo XIX. Nos habla de qué significa cada cosa en el imaginario judío, en ese brillante y deslumbrante universo hecho a partes iguales de Antiguo Testamento y tradición rabínica. El libro de la cocina judía tiene buenas recetas, y más allá, lo asombroso es descubrir parte de nosotros mismos entre cucharadas de sal y rodajas de cebolla. Hay muchas recetas que se comían en la España medieval que los judíos se llevaron consigo en 1492 y que conservaron como tesoros, con mimo y dedicación. A pesar de haber sido expulsados, España, Sefarad, sigue siendo su antigua patria, y la cocina heredada de aquellos días es el testimonio de aquello. El verdadero logro de El libro de la cocina judía es que nos pasea por el Occidente y el Oriente de los últimos 150 años, entre los fogones y las ollas, mientras que al otro lado del quicio de la puerta de la cocina la Historia de Europa se iba desarrollando a su antojo. Dejando a un lado las diferencias entre artistas, literatos, políticos, economistas, empresarios y obreros, todos ellos regresaban a casa al final del día, todos ellos, los que han movido al mundo mientras tanto, entraban en sus cocinas y olían el delicioso aroma de la cena. Puede ser que la muerte iguale a todos los hombres, pero el hambre al final del día los humaniza a todos por igual. Y lo que hace Claudia Roden es revelarnos la verdad que ha escondido hasta ahora la marcha del mundo. Como dice su autora en el prólogo, cada cocina cuenta una historia, y al fin y al cabo, la verdadera Historia, con mayúscula, siempre se hace en las cocinas. ENSALADA MIXTA ISRAELÍ 8 raciones Esta ensalada, que surgió como parte del famoso desayuno del kibutz (que se toma cuando la familia ya ha estado trabajando varias horas en los campos y en los huertos), se ha convertido en un clásico de Israel. Siempre se menciona como una de las comidas totalmente israelíes, aunque cada comunidad sefardita tiene su propia versión. En el kibutz sirven los ingredientes para que cada uno se la prepare a su gusto, y todos se enorgullecen de su propio arte para pelar, trocear y aliñar la ensalada. 1 lechuga grande o 2 lechuguitas 2 tomates maduros firmes 1 pepino pelado 1 pimiento verde sin semillas (opcional) 2 rábanos pequeños o 1 largo 1 ½ cebolla morada dulce o 9 cebollas tiernas picadas 3 cucharadas de perejil de hoja plana picado 5 cucharadas de aceite de oliva virgen extra El zumo de un limón Sal y pimienta Se cortan todas las verduras a trocitos y se ponen en un recipiente, con las cebollas y el perejil. Justo antes de servir, se aliña con aceite de oliva y zumo de limón, salpimentada al gusto de cada cual. VARIACIONES · Los judíos de Baghdadi de la India añaden al aliño unos 2 cm (3/4 pulgada) de jengibre, picado muy fino o rallado y 2-3 pimientos picantes verdes sin semillas, finamente picados. · En África del Norte a veces añaden al aliño piel de limón encurtida (lavada y picada) o un pellizco de Cayena. · Los judíos de Bukharan pican las verduras pequeñísimas y sólo las aliñan con sal, pimienta y vinagre (nunca con aceite).

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - El alma del papel - Ensalada mixta israelí