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Sonrisa y maldad

No todo aquello que nos hace sonreír o incluso tener cierta sensación de disfrute y felicidad es bueno sin más.

EL ESPEJO AUTOR Lidia Martín 16 DE NOVIEMBRE DE 2019 21:00 h

En más de una ocasión he escuchado el consejo de que nunca lamentemos aquello que nos haya hecho sonreír alguna vez. Probablemente quien lo dijo no estaba pensando en todas las nefastas consecuencias que puede tener una frase como esta aplicada en cualquier situación, sin filtro. O quizá sí, no lo sé. Pero no es un mensaje sin consecuencias, de eso estoy segura. Por eso es tan peligroso generalizar una idea dicha en un contexto concreto a otro cualquiera que no tiene nada que ver. Me encuentro esta propuesta en redes sociales, composiciones artísticas con “frase célebre” incluida, y viendo el escaso análisis que aplicamos en los últimos años a estas cosas, me preocupa, la verdad. Es lo que pasa con las frases de moda, sonando como eslogans: calan fácilmente, son sencillas de recordar, pero como generalizaciones que son en blanco y negro, nos llevan muy lejos de donde deberíamos estar, que es bien instalados en la gama de grises, matizando las cosas, porque no da igual ocho que ochenta.



Supongo que, quien dijo algo así, lo que quería decir, siendo conservadora y bien pensada es que, si algo nos ha hecho sonreír, eso puede tener valor en sí mismo en algunos momentos. Nótese que hago, en primer lugar, una suposición, y a continuación digo palabras como “puede” y “algunos”. Cautela máxima, entonces. ¿De qué cosas se puede estar hablando aquí, si manejamos realmente los grises y no lo enfocamos de manera radical? ¿Puede ser cualquier tipo de situación la que hay en la mente de quien se expresó así? ¿Quizás es un tropezón en la calle que no tiene consecuencias, habernos equivocado poniéndonos la camiseta del revés, o un malentendido que nos pone la cara colorada pero que, al final, resulta en una anécdota graciosa? En esos casos, efectivamente, mejor quedarnos con lo bueno y no hacer un drama de todo ello, estoy de acuerdo. Sin embargo, debemos reconocer que ni todos los escenarios que nos hacen reír tienen la misma gravedad, ni las acciones que las componen son igualmente ingenuas.



Es justo lo que sucede con las bromas pesadas, la atracción que algunas personas tienen a vivir como espectáculo el mal de otros (en televisión con formato de “prensa rosa” o en redes sociales, sin ir más lejos), o el disfrute que produce un comentario grosero y ofensivo hacia un tercero en forma de chiste, solo por mencionar algunos ejemplos de nuestro día a día cotidiano. Evidentemente, estas cosas, a quienes les producen gracia, risa o una desternillante carcajada, por no hablar de satisfacción o incluso felicidad profunda, se las producen debido a que no les sucede a ellos mismos, en primer lugar, y porque no les importa para nada el resto. Cada cual, con lo que le toca. Porque, cuando se trata de uno, la cosa cambia, evidentemente. 



Películas como Joker, en nuestros cines en estos días, nos hacen reflexionar sobre el significado de la risa y la sonrisa, porque el contexto y el origen, como en todo lo demás en la vida, es absolutamente relevante y lo marca todo. Sin embargo, el fin no valida el medio, y el origen y contexto no puede tampoco justificar, sino explicar, de dónde vienen algunas cosas. No se trata, entonces, de la sonrisa a toda costa. La vida rota que hay detrás y los golpes recibidos explican que seamos cortante, hirientes, malhechores en ocasiones. 



Pensemos entonces: ¿Cuánto tiene la maldad que ver con nuestro concepto de felicidad hoy en día? ¿Será que muchas de las cosas que no son buenas en sí mismas las hemos asociado a nuestra idea de felicidad porque nos producen algún grado de satisfacción en algún momento? Y no hace falta ser un psicópata o un asesino en serie para poder identificarnos con esto. Todos hemos hecho bromas, comentarios sarcásticos, o gestiones “dudosas” de la información que tenemos al contar las cosas, trayéndonos una satisfacción inmediata de mayor o menor calibre. La maldad, entonces, tiene mucho más que ver con la diversión y la satisfacción de lo que solemos ver a primera vista. Porque en cada acto de maldad hay de fondo una acción que busca la propia satisfacción o divertimento personal, por encima del bienestar de otro que pierde.



Pensaba en esto hace unos días a colación de una serie de vídeos que se habían hecho virales y en los que se podía ver la diversión de unos cuantos adolescentes mientras se cargaban a patadas, uno a uno, los retrovisores de todos los coches que habían tenido la mala fortuna de estar aparcados en aquella calle y no en otra. Paso uno: propinar la patada y destrozar la nada barata, por cierto, propiedad ajena. Paso dos: reírse a mandíbula batiente como si estuvieran ante el mejor de los chistes. Paso tres: grabarlo para mayor escarnio y paso cuatro: hacerlo viral, invitando a otros descerebrados a hacer lo mismo, que es lo que sucede en otros ámbitos diferentes pero con parecido fondo (palizas a mendigos, violaciones en grupo, o cualquier otra salvajada semejante). 



Sin duda, estos jóvenes (y no solo ellos sino muchas otras personas con conductas menos sangrantes) creen a pie juntillas que todo aquello que te hace reír no solo merece la pena, sino que es digno de repetirse y no ha de provocar en nosotros ningún arrepentimiento, ni remordimiento, ni suscitar duda alguna, en el más conservador de los casos. En resumidas cuentas, todo está bien si disfrutas tú. “No me arrepiento de nada” es nuestro lema de moda.



Este es el tipo de personas en que nos estamos convirtiendo: en gente que no suele escatimar en medios si el fin le merece la pena en primera persona. Es cierto que, en general, no vamos rompiendo retrovisores por la vida. Por eso esto llama tanto la atención algo como esto: porque es noticia. Sin embargo, debemos reconocer que aplicamos el mismo principio a diferentes ámbitos de nuestra vida con alguna leve modificación. La frase queda tal que “No lamentes nada de lo que en algún momento te haga sentir bien”, “Lo importante es que seas feliz” o “Cada uno es responsable de su propia felicidad” (según lo políticamente incorrectos que estemos dispuestos a ser) y por eso somos un mundo cada vez más egoísta, más despiadado, más egocéntrico. Los demás tienen sentido, llegados a cierto punto, si satisfacen alguna de nuestras necesidades, sea cual sea la manera. Y por eso consumimos personas y relaciones cada vez en más cantidad y menos calidad. 



La gran cuestión radica en si lo que nos da un sentimiento de felicidad cualquiera, sea éste temporal o duradero, es legítimo realmente o no, y a ojos de quién. Porque, como sabemos, no todo aquello que nos hace sonreír o incluso tener cierta sensación de disfrute y felicidad es bueno sin más. Para los que somos cristianos, esto tiene aún más envergadura, porque muchas de las cosas que nos producen gracia o satisfacción incluso a nosotros -que en general hemos tomado la decisión de no reírnos de todo lo que produce risa fuera, ni conducir nuestras vidas de la forma habitual- son justamente las que llevaron a Cristo a una cruz inmerecida. Son las cosas que nos han separado de la Fuente de la Vida y a las que la Biblia llama pecado porque Dios así las denomina. Su creación, Sus normas, que para eso es Dios. Si pensamos en esto detenidamente, probablemente nuestra sonrisa se mude en otro tipo de gesto, porque cuando algo tiene pena de muerte no es para tomárselo a risa. Por supuesto, esto puede creerse o no, pero no cambia nada. 



Muchas de esas cosas las hemos normalizado, y también lo ha hecho quien les escribe, debo reconocer. Quizá no son grandes asuntos, aparentemente, pero tienen una trascendencia que va más allá de lo que puedo comprender. Así, me gustaría, para ser más conforme al modelo al que quiero parecerme, considerar ante qué tipo de situaciones estaría Jesús dispuesto a involucrarse con una carcajada o una sonrisa, simplemente. Y si Jesús no tiene ascendencia ninguna sobre ti, piensa en personas a las que admires por su buen hacer y sus principios. No nos imaginamos a un Jesús que se divertía, o que fuera proclive a la risa. Más bien nos lo imaginamos permanentemente serio y ofuscado en lo trascendente. Sin embargo, tenía amigos, iba a bodas y fiestas, hablaba de banquetes, comía con sus amigos, compartía del día a día, pasó por las situaciones que los humanos vivimos y jugó en su niñez, como cualquier niño. Pero se tomaba en serio lo que Su Padre se tomaba en serio. 



Si eres seguidor de Jesús, como yo lo soy, deberíamos pensar en esto más a menudo. Si no lo eres, piensa de qué tipo de cosas se reiría o no alguien a quien admires de verdad por su calidad humana y actuemos unos y otros en consecuencia. Porque mucho de lo que somos como personas está escondido tras el tipo de cosas que mueven nuestra sonrisa. 


 

 


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