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    Nos miramos bien, nos vemos mal

    Nos hemos construido una sociedad en la que podamos sentirnos cómodos, cada vez más, que para eso estamos en un estado de bienestar, pero eso implica, por definición, ir quitando de en medio todo aquello que nos incomoda.

    EL ESPEJO AUTOR Lidia Martín 19 DE OCTUBRE DE 2019 18:00 h

    Permítanme el juego de palabras, imperfecto, como comprobarán, para intentar ilustrar la sección de la realidad de la que intentaré hablar hoy. Me detengo en esa tendencia que tiene el ser humano, y más particularmente el de la actualidad y en este lado del mundo, de tener mejor concepto de sí mismo del que sus actos muestran, pero que sin embargo está bien distanciado de la realidad. Tal y como sucede cuando alguien nos dice un piropo y le decimos “Tú, que me miras bien...”, así parece que ocurre con nosotros hacia nosotros mismos: nos miramos bien. Pero no solemos vernos tal cual somos, y ahí es donde empieza el problema.



    Me refería a estos tiempos y lugares, y no otros, principalmente porque nos hemos construido una sociedad en la que podamos sentirnos cómodos, cada vez más, que para eso estamos en un estado de bienestar, pero eso implica, por definición, ir quitando de en medio todo aquello que nos incomoda. La responsabilidad es uno de esos elementos incómodos, porque nos señala, nos desafía y espera una respuesta de nosotros. Otro elemento incómodo es el lenguaje demasiado directo para apelar a esa responsabilidad nuestra, o para decirlo de otra manera, llamar a las cosas por su nombre. Ya saben, la mentira es mentira, la manipulación es manipulación, el egoísmo es egoísmo... y así un sinfín de conceptos incómodos que hemos sustituido por todo tipo de eufemismos y carreteras secundarias que solo maquillan una realidad de la que querríamos huir. Y llegamos a creernos que lo conseguimos, pero me temo que solo nos engañamos a nosotros mismos. 



    Pienso en algunos ejemplos:



    - La mentira es mentira. No es un error. No es un malentendido. No es desinformación. Es mentira, en todas y cada una de sus manifestaciones, desde la excusa barata a la supuesta mentira blanca o mentirijilla, que nunca es tal. La mentira siempre decepciona, incluso cuando fue aparentemente bienintencionada. Siempre es equivocada como opción, pero echamos mano de ella porque la opción de la verdad tal cual nos suele parecer peor. Y, en eso, estamos todos.



    - El egoísmo, por otro lado, es egoísmo. Sin más. No es una sana autoestima. No es protegerse uno porque si no, nadie lo hará por ti. No significa quererte mejor. De hecho, es lo contrario del amor, incluso del amor hacia uno mismo, porque eso no es quererse. Se crece siempre más al dar que al atesorar y eso es un hecho rápidamente comprobable a poco que uno se ponga en marcha. De la misma forma, la persona entregada al egoísmo se hace cada vez más mezquina y autorreferente, insoportable incluso para sí misma.



    - Una adicción es una adicción. Implica una conducta auto y heterodestructiva que se repite constantemente a pesar de sus terribles consecuencias. Y se repite porque, a corto plazo, resulta placentera, aunque a medio y largo plazo sea una ruina. No es una enfermedad, perdónenme, aunque nos lleve a ella y a otras cosas en ocasiones. Y parte de un sinnúmero de decisiones mal tomadas que podían haberse tomado de otra manera, porque nadie nos encañona en la sien para meternos en ciertas cosas. Hay atenuantes y agravantes, elementos que explican, pero que no nos obligan en ningún caso. Luego somos responsables. De principio a fin, en estas y en otras cosas. 



    - La maldad es maldad (y los cristianos bien sabemos que el pecado es pecado, aunque esa palabra más que cualquier otra la hayamos desterrado incluso nosotros mismos de nuestro vocabulario como creyentes porque nos hemos terminado contagiando de la idea de que resulta ofensiva y prepotente). En un mundo relativo como el nuestro, en el que ya no se puede hablar de bueno-malo, correcto-incorrecto, porque eso son juicios de valor, la maldad es un concepto de cuento de niños. Pues debo decir, y no me enorgullezco de ello, que quien escribe estas líneas, que soy yo, soy humana, mala y pecadora. Porque pudiendo hacer bien, tantas veces, no lo hago. Porque hago las cosas según mi criterio, que no es ni será nunca el más excelente. Y que en el mejor de los casos, si llego a estar espléndida alguna ocasión y hago lo bueno, no siempre lo hago por las mejores razones. Así de triste, pero así de cierto. Así que aunque me resulte incómodo, creo que el camino para empezar a ser mejor e ir en la dirección correcta está en aceptar, mal que me pese, que no soy lo que debería ser.



    La cuestión es que mientras más seguimos auto-disculpándonos, cuanto más nos pasamos la manita por el lomo para suavizar las cosas, peor nos va. No crecemos, sino que menguamos. No maduramos, sino que ganamos años y ya está, pero sin trascender nuestra inclinación a mantenernos en una eterna adolescencia que nos permita eludir hasta cierto punto la responsabilidad del mundo adulto. Desde la autoexculpación más distanciados estamos de la realidad que el espejo mostraría sobre nosotros. 



    Nos vemos mal, en definitiva, porque no nos gusta lo que vemos cuando miramos bien. Es entonces cuando edulcoramos la realidad, le ponemos nombre de patología a cosas que nunca fueron tal cosa. Y es que, desde nuestra intención, oscura muchas veces, lo que sale no es tan bueno como pretendemos vender y vendernos, sino algo feo, muy feo, que nos muestra hasta dónde podemos llegar a poco que se nos presione.



    Hace falta mucho menos de lo que nos pensamos para hacer aquello que consideramos malo. El asunto es que, cuando se dan las circunstancias propicias, esas situaciones nos sirven para explicar lo sucedido y de ahí pensamos que está justificado. Y esos dos conceptos no son lo mismo. Todos estamos ahí, y hemos de reconocerlo. Cuando tenemos buena intención, no siempre acertamos. Y cuando no la tenemos, hacemos cosas de las que nos avergonzamos. En otras ocasiones por descuido o negligencia dañamos a otros. Pero, aunque no hubo mala intención, nos cuesta reconocerlo y nos justificamos. Casi ninguna de nuestras acciones viene desprovista de un beneficio hacia nosotros mismos, ya sea en forma de reconocimiento posterior, expectativa de reciprocidad o cosas similares. Por lo menos, a mí me pasa. Y me decepciono de mí misma y de mi naturaleza una y otra vez.



    Me encanta cuando una persona, por otra parte, reconoce que algo se le ha olvidado y decide no dar una excusa. Son los menos, pero existen, y eso me reconcilia con la posibilidad de alejarme cada vez más de esa mala práctica que no es un error, sino plenamente intencional. Reconozco que a mí me cuesta hacerlo, por tanto, y debo llegar ahí. Pero admiro a quien tiene el valor de decir “Me he equivocado”, “Se me ha olvidado”, “No tengo excusa que darte, perdóname”. Me encanta ese nivel de compromiso con la verdad que se muestra en las pequeñas cosas. Porque solo cuando sucede en esos casos tenemos alguna posibilidad de que también se haga patente en lo grande. A la inversa, sin embargo, nunca sucederá. Cuando somos cobardes en lo poco, cuando nos hacemos expertos en disculparnos a nosotros mismos y no vernos tal cual somos, incluso en las pequeñeces del día a día, estamos sentenciados a no hacerlo para nada mejor en las grandes ligas cuando llega el momento.  



    Me reconozco hoy a mí misma, entonces, que esa es una asignatura en la que debo seguir incidiendo, porque mi nota no es de sobresaliente, eso seguro. Y no lo es en muchas áreas que están aún por madurar, por aceptar tal cual son. Debo llamarle al pan, pan, y al vino, vino. Y no andar edulcorando mi realidad cotidiana, cargada de más mal fondo del que me gusta reconocer. Porque ni toda buena acción o actitud esconde una buena motivación, ni toda acción dudosa esconde tras ella una mala, y me conviene recordármelo.


     

     


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