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    Los creyentes que se suicidan...¿van al cielo?

    Cual los amigos de Job, transitamos por los pasillos de la especulación, con frecuencia poseídos de una retórica literalmente semejante a la que ellos emplearon cuando trataron de explicarse para su propia satisfacción.

    PARA VIVIR LA FE AUTOR Tomás Gómez Bueno 06 DE OCTUBRE DE 2019 11:25 h

    Los casos de suicidios que en meses recientes han afectado a pastores y líderes evangélicos, no solo han sido dolorosos y preocupantes, sino que también han dado paso a las interrogantes y dudas que suelen asomarse a nuestras mentes cuando una persona que comparte su fe en Cristo con nosotros deja este mundo en medio de una situación que no es la más normal ni esperada. 



    Puntuales, y sin no siempre contar con nuestro beneplácito, llegan a nuestras mentes preguntas a las que nos les encontramos respuestas apropiadas y satisfactorias. ¿Cómo un Dios Santo y justo, y que al mismo tiempo es clemente y misericordioso, va a juzgar cuando se presenten ante su juicio soberano, a estos hermanos que atentaron contra sus propias vidas? Preguntas como estas nos sobrecogen y avasallan. 



    Observen cuán difícil es todo esto. Yo, un simple mortal que un día me presentaré ante Dios, ni siquiera con méritos propios, porque de ser así estoy descalificado de ante mano, sino con los méritos otorgados por la fe en su hijo Jesucristo, me estoy anticipando y presuponiendo desde mi alcance finito y en extremo limitado a las opciones y posibilidades que Dios pudiera tener cuando esté juzgando a esos hermanos que partieron de esta tierra por la fuerza de un acto que todos rechazamos. 



    Como una osada insensatez podría nombrar mi presunción el siquiatra cristiano Pablo Martinez Vila (Vila, 2019)[1] cuando hace un intento por arrojar  alguna luz sobre este intrincado tema. Sin ningún tipo de complacencia con la autoagresión, porque entiende se trata de un hecho que desagrada profundamente a Dios, soberano de nuestra vida y el único que tiene el derecho de darla y quitarla, Martínez Vila admite que “no estamos en el lugar de Dios para juzgar”.



    Subraya este médico que en el suicidio intervienen con frecuencia factores de enfermedad mental, de crisis y otros que no surgen por la falta de fe. Él afirma que es Dios quien finalmente determinara hasta qué grado el acto suicida fue agravado por una condición de salud y hasta donde fue una decisión deliberada y pecaminosa.



    Como causa del suicidio nosotros hablamos de enajenación, de depresión, de pérdida de la autoestima, de sensación de agotamiento existencial, de anomia y perdida del propósito y sentido de la vida. Hablamos de estado de desesperación, de extrema infelicidad y angustia, de todos esos malestares que siente una persona ante de caer en ese profundo vacío que lo lleva a atentar contra su propia vida.



    Presuponemos, prejuzgamos, removemos en nuestra memoria hechos y situaciones, hacemos conexiones de detalles e informaciones que nos ayuden a llegar a la causa de lo que no entendemos. Alegamos ante lo irremediable falta de fe, descuido espiritual, la pesada carga espiritual o ministerial, decisiones precipitadas, no tomarse tiempo para el solaz y el descanso. Todas son posibilidades razonables ante estos casos, pero ningunas concluyentes y cabalmente satisfactorias. 



    Me pregunto, entonces: ¿Qué piensa Dios? ¿Cuáles son los elementos y las causas que yo no conozco y que sí Él conoce y sabe para establecer su juicio?



    Desde nuestra humana condición no contamos con los elementos de juicio suficientes para establecer hasta donde este desenlace trágico ha sido impulsado por factores no controlados por la persona afectada o constituyen su muy deliberada y particular determinación. 



    El psicoanalista y pastor Jorge A. Leon (Leon, 2005)[2] considera que toda persona depresiva es un suicida en potencia y se lamenta de la incomprensión hacia los creyentes  que sufren depresión. Una incompresión que, según él explica, deriva de confundir lo psíquico con lo espiritual. Su experiencia le dice que es común que al creyente depresivo se le acuse de no tener suficiente fe. “Tal acusación no soluciona el problema del deprimido; por el contrario, le aumenta el sentimiento de culpa y, consecuentemente, le acrecienta la depresión”. 



    Cual los amigos de Job, transitamos por los pasillos de la especulación, con frecuencia poseídos de una retórica literalmente semejante a la que ellos emplearon cuando trataron de explicarse para su propia satisfacción la situación calamitosa por la que transitaba este sufrido personaje. 



    Por más que elucubremos no tendremos el diagnostico exhaustivo y concluyente que pueda revelarnos el real estado mental, espiritual y, si se quiere, físico de la persona que pone fin a su vida. Esa auditoría del alma, ese escrutinio final y concluyente del estado espiritual, de la constitución total de ese creyente que termino con su vida, solo lo tiene Dios.



    Ante lo incompresible, ante lo ignoto y desconocido, toda persona, si quiere, puede desarrollar una estrategia, una forma de no atormentarse hasta poner en riesgo el punto de equilibrio razonable en que sostiene su fe.



    Entre las diversas posibilidades que tenemos para no dejarnos aplastar por lo que no entendemos está la de buscar la forma de desentenderse de estos temas. Entre los mecanismos usuales de defensa está lamentar el hecho consumado y escapar del laberinto por una puerta legalista que conduzca a una salida literal y sin mayores complicaciones: “Ahí está, lo dice la Biblia, no hay que buscar muchas cosas ni ponerse a especular sobre asuntos que están explícitos y claros”. 



     Perfecto, esta es una salida posible. La Biblia es la revelación divina para que encontremos en ella el propósito de Dios para nuestras vidas. De hecho, para hacer la voluntad de Dios y vivir conforme a su propósito, la revelación que contiene la Biblia es más que suficiente.



    Pero la Biblia no nos da todas las respuestas, por lo menos, no nos las da tan acabadas y exhaustivas como en ciertas situaciones nosotros pretenderíamos que nos dé. Es en este punto cuando comenzamos deslindar lo que comprendemos de lo que no comprendemos, lo que podemos manejar dentro del margen de fe y razón que nos asiste, y lo que se sale de nuestro margen de compresión.



     La estrategia más sana y recomendable es no comenzar a patinar sobre el trazado de este dilema. Es riesgoso. Se puede caer en extremos que nos distraen del propósito que Dios tiene con nosotros; incluso, ir más allá de lo sanamente comprensible puede arrastrarnos hacia zonas de confusión y desconcierto.



    Vivimos nuestra vida de fe en perspectiva de lo que podemos comprender; ello incluye nuestras experiencias, conocimientos, el tiempo recorrido en los caminos del Señor. Vivimos nuestra fe sobre ese filo delgadísimo e indefinido entre lo que entendemos y lo que no entendemos. Entre lo que sabemos verdadero y creemos, pero que sentimos sobrepuja la línea de nuestra capacidad razonable. Pero ahí estamos aceptando el propósito de Dios, viviendo sobre su carácter santo y justo, pero sin intentar escrutar su mente. Ante el Dios infinito tenemos que postrarnos como lo que somos: criaturas finitas y limitadas.



    Mi particular estrategias es, sin perder la guía que Dios me ofrece en su Palabra revelada, no intentar establecer dogmas definitivos ni llegar a certezas irrefutables sobre estos asuntos. Sobre el tema del suicidio tomo muy en cuenta el aspecto preventivo. Reconozco que la depresión y otros desórdenes mentales suelen anteceder al suicidio. 



    Tengo la convicción por lo que dice la Biblia que quien parte de esta tierra sin el Señor no pasa a morar en su presencia. Pero no me gusta juzgar a nadie ni acostumbro a hacer comentarios sobre el destino eterno de una persona cuando, por la razón que sea, parte de esta tierra. 



    Entre el juicio de Dios, su misericordia, su justicia y sus soberanos designios, existe un espacio tan grande e insondable, tan profundo y tan poco comprensible para mí, que yo siempre he optado por guardar silencio.



    Mientras tanto, y puedo, les digo a los vivos, familiares, cercanos y amigos, que antes de partir de esta tierra hay que ponerse de acuerdo con Dios conforme a lo que dice su Palabra. Mi problema, mi afán de prevención y arrepentimiento es con los que están vivos.  Cuando una persona muere, lo más sano y lo que me aplico a mí mismo es el silencio. De ahí en adelante no tengo capacidad ni competencia para remediar más nada.



    No me gusta juzgar a los muertos –de eso se encargará Dios– una tarea tan inescrutable y suprema, que Él, y solo Él, sabrá cómo hacerlo, y a los vivos les digo que se prevengan y se arrepientan que un día tendrán que presentarse ante el Dios Santo y Eterno, y solo por la fe en la obra llevada a cabo por nuestro Señor pondrán librarse de su ira como expresión de su justicia. 



    Hablarles a los vivos la Palabra y guardar silencio ante los muertos, constituye un consejo que me doy a mí mismo, y ante todas las demás opiniones, guardo el más solemne respeto.



     



    Notas



    1 Leon, J. A. (2005). Psicología pastoral de la depresion, segunda edicion. Buenos Aires: Kairos.



    2 Vila, P. M. (23 de mayo de 2019). Protestante Digital. doi:http://protestantedigital.com/blogs/47071/Arrojando_luz_en_las_tinieblas_del_suicidio


     

     


    11
    COMENTARIOS

        Si quieres comentar o

     

    sergio de lis
    14/10/2019
    11:31 h
    11
     
    Lo que me parece verdaderamente gratuito es hacernos preguntas sobre aspectos de nuestra fe que sabemos difíciles de contestar. Cada uno, seguramente, tendrá su propia opinión... y será acertado que no tratemos de hacerla valer. Por otra parte, no solo hay infinidad de cosas que el Señor no ha revelado, sino que, además, seríamos incapaces de comprender, aquí y ahora.
     

    Manolo
    13/10/2019
    21:56 h
    9
     
    http://protestantedigital.com/magacin/12404/El_suicidio_en_la_Biblia Personalmente me quedo con este artículo de unos años anteriores. Con una perspectiva más clara.
     

    Panamajoe1
    11/10/2019
    20:55 h
    8
     
    El suicidio NO es el pecado imperdonable. Cabe la posibilidad de un creyente genuino cometa ese pecado y, de ser así, la sangre de Cristo es suficiente para perdonarle aún ese pecado que NO es ni mayor, ni menor que cualquier otro pecado que cometemos todos los creyentes. Todos pecamos casi a diario. (1Jn.1:8) Ef. 1:7 dice: "en Él tenemos redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia" Mt. 26:28; Rm. 5:9; Col. 1:20;
     
    Respondiendo a Panamajoe1

    Manolo
    13/10/2019
    23:02 h
    10
     
    C.8. Co. 1/20 va dirigido a los creyentes según 1/1 y 1/21; igual con Ro. 5/9, según 1/8; igual con Mt. 26/28 "por muchos, no por todos"; la expiación es limitada y precisa; no ilimitada e imprecisa como deduzco que usted propone; DLB; mora.
     

    Eugenio M Alonso
    09/10/2019
    21:46 h
    6
     
    Me (nos) gustaría saber, pero tengo algo muy claro: Que Dios juzgue. no yo (nosotros).
     
    Respondiendo a Eugenio M Alonso

    Manolo
    10/10/2019
    13:00 h
    7
     
    C.6. Completamente de acuerdo; pero esto no puede impedirnos conocer profundamente la Sola Escritura y discernir con el Espíritu Santo sobre ella; la Iglesia sin discernimiento perece; el discernimiento es la sal espiritual que impide la corrupción provocada por nuestra depravación humana a causa del Pecado; DLB: mora.
     

    Manolo
    09/10/2019
    18:04 h
    5
     
    Hay diferentes tipos de traiciones en la Biblia,como Pedro y Judas;la elección entre ambos es distinta, el 1ª reconoce al Hijo del Dios Viviente,el 2ª robaba y medraba en el auto engaño religioso;a uno Jesucristo le anticipó lo que sucedería y cuando así fue le "miró" con lo que Pedro recibió el dolor del arrepentimiento para Perdón de su pecado;al otro le dijo después de venderle por 30 monedas guiado por Satán: "lo que tienes que hacer hazlo pronto";y se suicidó engañado por el Diablo;mora.
     

    Manolo
    07/10/2019
    21:43 h
    4
     
    Puede ayudar mucho los sencillos conceptos impartidos por la Doctrina de la Perseverancia de los Santos; aunque a muchos les puede producir resquemores iniciales por ser procedente del "Calvinismo"; deben conocerla y retener aquello que se fundamente solo en versículos de la Biblia; mora.
     

    Manuel5
    07/10/2019
    14:29 h
    3
     
    Es difícil aceptar lo que pasó en ( Zaragoza) España: un pastor que , habiendo publicado él vídeos para animar a los desanimados a confiar en Jesus y en la palabra de Dios cuando se sintieran desanimados, terminó suicidándose él en un momento de debilidad.
     

    Galo Nómez
    06/10/2019
    21:20 h
    2
     
    Si se consideran situaciones como la depresión o la bipolaridad como enfermedades, entonces no se podría condenar a esos hermanos porque el suicidio es un síntoma de esos males. Menos si se considera la doctrina que establece que una persona es salvado ipso facto si sufre alguna anomalía que altera su raciocinio -retardo, esquizofrenia,alzheimer- ya que no es capaz de tomar conciencia sobre el plan divino
     

    Manolo
    06/10/2019
    17:55 h
    1
     
    Somos salvos por los méritos conseguidos por la FE de Jesucristo en su Obra de la Cruz/Resurrección. En ningún caso la "FE" está generada por nosotros ni parte del ser adánico. Según He 12/2; Ro 12/3, la FE solo es de Cristo y la aceptamos porque El primero nos la da por Gracia inmerecida; nos hace partícipes de su Perfecta FE; por tanto podemos confiar, descansar y recuperarnos no por nuestra "fe" sino por la FE por El concedida; Dios solo se agrada en sus Obras; mora.
     



     
     
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