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Protestante Digital

 
 

El creyente con una enfermedad incurable

Un estudio sobre 2 Reyes 21:1-11 e Isaías 38: 1-21.

AHONDAR Y DISCERNIR AUTOR Roberto Estévez 22 DE SEPTIEMBRE DE 2019 13:10 h
Isaias le dijo al rey: “Pon en orden tu casa, porque vas a morir y no vivirás”. / Free Bible Images (CC)

Él tenía juventud, éxito, riquezas y poder; era nada menos que el rey Ezequías.



Todo había empezado hace unos pocos meses. Le apareció una pequeña “marca” en la piel a la que no dio importancia.



En los meses siguientes la mancha comenzó a crecer. Usó algunos remedios que sus padres habían aplicado en el pasado, pero no mejoró.



La “mancha” siguió extendiéndose hasta convertirse en una herida abierta. Consultados los médicos, indicaron un tratamiento con ciertos ungüentos muy especiales traídos de Egipto y luego de Siria, pero no hubo curación.



De noche no puede dormir por esa molestia que cada día se hacía peor. Durantes las veladas nocturnas, paseaba por las salas amplias y solitarias del palacio real. Afuera se escucha el ruido que hacen los centinelas al caminar con sus pesadas armaduras.



Al comenzar el día lo primero que hace es mirar como está la “llaga”. Esta sigue creciendo. Uno de los médicos le ha dicho que podría ser algo muy serio, es decir, un tumor maligno de la piel.



El rey tiene ahora 39 años. Hace poco mas de un año que había experimentado la buena mano del SEÑOR en su reino.



Aquella invasión de los asirios con Senaquerib y su multitudinario ejército resultó en un desastre para los invasores. Dios envió a su Ángel que destruyó al ejército enemigo.



Pasan las semanas y la “llaga” cada vez parece estar peor. Los bordes están inflamados y la úlcera está al “rojo vivo”. De pronto empieza con dolores difusos “en todos los huesos”.



Los médicos famosos retornan; discuten la situación y cambian el tratamiento. Infortunadamente no hay mejoría. El monarca sigue empeorando. Llaman a otros especialistas quienes cambian los remedios, pero sin resultado alguno.



Mientras, la llaga sigue creciendo. El rey ya no puede caminar por el palacio. De noche le sube la fiebre; tiene chuchos de frío. No puede dormir debido a los dolores “en los huesos”.



La herida le duele mucho. Hay unos trazos, como unas líneas rojizas (linfangitis) que muestran la extensión de la infección.



Esa mañana se le informa al rey que el profeta Isaías ha venido a verle y pide audiencia.



- Que pase - dice el rey.



El venerable hombre de Dios se aproxima lentamente. Los efectos del paso de los años se perciben. Los cabellos y la barba han encanecido.



Al acercarse, el profeta Isaías ve a un hombre descansando sobre una amplia cama. Observa a un monarca que está envejecido. Aparenta más de 50 años pero sólo tiene 39.



Está pálido, demacrado. Ha perdido mucho peso. La esposa que está de pie al lado del lecho real saluda al profeta con una inclinación de cabeza. A una seña del rey todos menos la reina se retiran de la habitación. - ¿Cuál será la razón de esta visita? - se pregunta el rey.



Al grave profeta le resulta difícil romper el silencio.



El rey se sienta en su cama. Sus ropas son hermosas, de colores atractivos. Pero tal refinamiento apenas encubre a un hombre que está muy enfermo. El soberano envidia a los pobres sirvientes que pasan alegres cantando por los pasillos del palacio.



Sus ojos, hundidos en sus órbitas, se abren con inquietud. Los cabellos lucen despeinados. Él ha rehusado la ayuda de sus siervos que vienen cada mañana para rizar sus cabellos y su barba.



Con voz temblorosa el rey pide una respuesta. El gesto adusto y severo del profeta no basta a disimular las lágrimas que fluyen a sus ojos:



- Así ha dicho Jehovah: “Pon en orden tu casa, porque vas a morir y no vivirás”.



La reina se pone pálida y tambalea. Se reclina en un diván, cubriendo su rostro con las manos. El rey se endereza, reaccionando ante la sorpresa. Una palidez mortal lo cubre.



Como escondiendo la cara, se vuelve hacia la pared, en breve oración, honesta y profunda. Reacciona como cualquier hombre al que se le dice que tiene sus días contados.



A su vez, como rey sin un heredero, sabe que esto casi seguro significa guerra civil, cuando surjan varios candidatos para sustituirlo.



Esta escena que ocurrió 2700 años atrás se repite hoy cada vez que el médico tiene que darle al paciente o a la familia las malas noticias: “Esta enfermedad es cáncer, y está tan avanzado que es terminal. O esta infección con el virus o la bacteria no se puede controlar”.



- Oh Jehovah, acuérdate, por favor, de que he andado delante de ti en verdad y con corazón íntegro y que he hecho lo bueno ante tus ojos. ( La mayoría de nosotros no podríamos orar diciendo esas palabras)



“Exequias lloró con gran llanto” (2Rey. 20:4) Lo que experimenta en lo mas profundo de su ser se encuentra en Isaías 38: 10 – 16: “En medio de mis días pasaré por las puertas del Seol; privado soy del resto de mis años.



Ya no veré a Jehovah en la tierra de los vivientes. Ya no contemplaré a ningún hombre entre los habitantes del mundo. Mi morada es removida y quitada de mi cual tienda de pastor”.



Ezequías lamenta que su vida ha sido truncada. No a los setenta u ochenta como dice el Salmista, sino que se aferra a los ochenta y habla de la mitad de sus días.



Pensaba que no vería al SENOR: “Una cosa he pedido a Jehovah; ésta buscaré: que more yo en la casa de Jehovah todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehovah, y para inquirir en su templo” (Sal. 27:4).



Es ese sentimiento de congoja de no ver más a los hermanos, familiares y amigos que le duele. Luego compara su vida como la tienda o carpa de un pastor.



El mismo Pablo utiliza esta misma imagen al decir: “Porque sabemos que si nuestra casa terrenal, esta tienda temporal, se deshace, tenemos un edificio de parte de Dios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos” (2 Cor.5:1).



También lo hace Pedro al decir: “dentro de poco tengo que dejar mi frágil morada” (2 Ped.1:14). Luego Ezequías exclama: “Mi clamor dura hasta el amanecer” y esto lo compara con el mordisco del león, triturando todos sus huesos. Esta frase es importante porque no es solamente una imagen literaria.



El dolor intenso “en los huesos “ es muy característico de enfermedades avanzadas como también tumores malignos que han invadido las estructuras óseas.



Más tarde compara su lamento a tres aves distintas: “Chillo como la golondrina y la grulla; gimo como la paloma. El monarca se da cuenta que su corona real se le está por caer.



Piensa que una vez muerto no va a poder participar en las ceremonias en que el nombre del SEÑOR se alababa.



Se acuerda de esas festividades religiosas cuando la presencia de Dios se sentía tan vivamente como si lo estuviera viendo con sus propios ojos.



Luego agrega: “Mis ojos lloran hacia lo alto: OH Señor, estoy oprimido; intervén en mi favor”.



Es que Ezequías es un rey pero también un ser humano como cualquier otro. Ante la perspectiva de la muerte no hay diferencias. Todos reaccionamos de una manera muy similar.



Esa sensación de pérdida. Ese percibir de ir a lo “desconocido” persiste aún para el creyente que puede repetir con el Apóstol Pablo: “para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia (Fil.1.21) o “estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor” (Fil.1:23).



El dolor en el corazón del rey era intenso, la súplica vehemente, de modo que el SEÑOR le dio una contestación: “Entonces la palabra del SEÑOR vino a Isaías” (Isa.38:4).



Poco tiempo había transcurrido desde la salida del profeta, cuando el rey vuelve a sorprenderse con el pronto regreso de Isaías.



La cara del rey desfigurada por el dolor y la tristeza hace una mueca y dice para sí:



- Y ahora ¿qué? ¿Qué más tendrá que decir este portador de malas noticias? Ahora me siento muy mal. Me duele todo el cuerpo.



La escena parece que se repite como al principio de la historia, con la diferencia que el rey tiene sus ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar. La reina también está desolada.



Al ser Isaías introducido a la presencia del rey se acerca a paso lento, casi ceremonial.



Esta vez su rostro muestra alegría, una sonrisa se dibuja en sus labios, los que se mueven ahora con la prisa de un entusiasmo retenido:



- Así ha dicho Jehovah, Dios de tu padre David: “He oído tu oración y he visto tus lágrimas. He aquí que yo añadiré quince años a tus días, y libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiría. Defenderé a esta ciudad por amor a mí mismo y por amor a mi siervo David”.



El rostro del rey cambia súbitamente. Ahora dirige sus ojos al cielo en una oración silenciosa y de alabanza. Qué precioso es para nosotros saber que en situaciones similares podemos hacer lo mismo que hizo el rey Ezequías.



Estamos invitados a buscar al Señor en oración sabiendo que Él nos escucha y ve (1Pe.5:7).



La mirada del rey ahora muestra el fulgor de la esperanza. Quisiera creerlo, y sin embargo ¡cuánto le cuesta!



- ¿Cuál será la señal de que Jehovah me sanará y de que subiré a la casa de Jehovah al tercer día?



- Esta señal tendrás de parte de Jehovah, de que él hará esto que ha dicho: ¿Puede avanzar la sombra diez gradas o retroceder diez gradas?



El rey no lo puede creer. Observa esa herida horrible cubierta de vendajes. Sabe que se encuentra tan débil que le es dificultoso hasta levantarse de la cama. Ha perdido el apetito. Ha adelgazado mucho.



No ha podido descansar durante la noche por el sufrimiento en los huesos. La llaga abierta le duele continuamente. Observen que la curación no es instantánea.



La gran mayoría de las sanidades que el Señor Jesucristo hizo lo fueron. En este caso van a transcurrir tres días. Isaías ordena que se cubra la llaga con pasta de higo.



Uno de los sirvientes alega que tal remedio casero ya le fue aplicado inútilmente, aunque las madres siempre así los curaban cuando pequeños se llagaban, con esa pasta de higo. Habiendo probado con higos de Egipto y de Siria, no habían logrado ahora con el rey ninguna mejoría.



También experimentaron con pastas de manzanas y compuestos de todo tipo sin resultado alguno. El profeta con voz autoritaria ordenó que pusieran la pasta de higo sobre la llaga, pues esta pasta era mejor que el bálsamo de Galaad (Jer.8:22) .



El rey experimenta la sensación que el frío de esa pasta le provoca. El dolor sigue como antes. La inflamación no ha cambiado. Un criado comparte su duda con otro:



- ¿Te parece que esa “pasta” va a servir para algo?



Ezequías mira una vez más a la herida ahora cubierta con la pasta. Le sigue doliendo igual que antes. Todo su cuerpo se siente molesto. Luego, aquellas sensaciones desaparecen y experimenta un completo alivio (“luego sanó” – v.7).



Pero persiste la duda de si el mero cese de aquellos molestos síntomas lo llevarán a tal restablecimiento para que en apenas tres días pueda subir al Templo:



- ¿Cuál será la señal de que Jehová me sanará y de que subiré a la casa de Jehová al tercer día?



Después de todo, para ir al templo debía subir y bajar escaleras y ahora le era imposible hacerlo.



El rey pide una señal y el profeta de Dios le da a elegir entre que la sombra en el reloj avance o retroceda diez gradas. Parecería que este reloj solar ha sido réplica de otro en Babilonia. La sombra en vez de proyectarse en el suelo, lo hacía sobre una escalinata de piedra.



Tal como aquella gradería estaba ubicada respecto al desplazamiento del sol en el firmamento, al avanzar el día la sombra iba “ascendiendo”. Isaías le va a enseñar al rey que para Dios no hay nada que sea difícil o imposible.



Por supuesto que hacer retroceder la sombra es más “difícil” que curar una enfermedad. Que la sombra avance no es difícil porque eso es lo que sucede todos los días. Creo que el profeta de Dios le pudo haber mostrado un avance instantáneo de lo que lleva horas, aunque a la inversa de lo que normalmente sucede.



“Entonces el profeta Isaías invocó a Jehovah” (v. 11). El rey observa con atención cuando el profeta comienza a orar. Sus ojos se dirigen a esos escalones que subían y luego bajaban en el patio del palacio.



Lo había construido su padre el rey Acaz. Cuando niño le encantaba subir y bajar esas escaleras. El conocía perfectamente cada escalón que lo había pisado miles de veces. Su padre lo había hecho imitando un gran reloj de sol que había en Babilonia.



Al salir el sol la sombra se proyectaba sobre los escalones que daban al este y daba la sensación como que esta “descendía” . Al bajar el sol luego del mediodía los escalones que daban hacia el oeste mostraban la sombra que “ascendía” (Patterson y Austel).



Cuando el profeta termina la oración los ojos del rey se abren con asombro. El ha observado miles de veces el recorrido de esa sombra.



Primero descendía y luego ascendía. Esa mañana había visto como la sombra hacia su recorrido bien conocido. Pero de pronto sucede algo que lo comparo como si fueran las campanadas del Big Ben de Londres a las diez de la noche.



O como al sonar de las dianas tributando el postrer saludo al héroe caído en batalla. O los estruendos pausados de los cañonazos que en forma solemne abren sus obscuras bocas para saludar a un navío visitante.



Pero aquí no hubo cañonazos ni campanadas. No era un milagro auditivo sino un milagro visual. El rey mira con admiración desde la ventana de su dormitorio como la sombra retrocede un grado.



O sea, esa sombra que iba subiendo ahora esta “bajando”; segundos después baja otro escalón. Y así uno a uno, como los golpes de orquesta en un gran final sinfónico, la sombra “desciende” los diez escalones.



“ Y él hizo que la sombra retrocediese diez gradas, por las gradas que había avanzado en la gradería de Acaz”. (v.11).



Cuando el rey ve ésto, su rostro se llena de alegría y paz. Ahora brota espontáneamente de su ser interior una oración a Dios de gratitud y alabanza.



Los sentimientos de gratitud que experimenta el rey están expresados en los versos 15 al 20 de Isaías 38:



“¿Qué pues diré? Porque él me ha hablado, y él mismo lo ha hecho”.



Aquí la idea es algo así como cuando decimos: “No tengo palabras para expresarlo. El lenguaje no puede expresar la gratitud que tiene mi corazón”.



Luego agrega una frase profunda:



- He aquí, fue por mi bien que tuve gran amargura.



Por supuesto que él no llegó a esa conclusión inmediatamente.



Se da cuenta que el creyente no sufre en vano o sin propósito; que Dios tiene un propósito en su vida que se cumple. “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito” (Rom.8:28).



Luego dice: “pero tu libraste mi vida del hoyo de la destrucción, pues has echado tras tus espaldas todos mis pecados” (v.17).



Al principio de su enfermedad argumentaba basándose en su fidelidad al Señor. Luego de la experiencia ha aprendido algo más de la misericordia del Señor en perdonarle y dice “echaste tras tus espaldas todos mis pecados”.



O sea, que no hay manera que Dios los pueda ver. Santiago (5:11) recordando a Job escribía:



“…Habéis oído de la perseverancia de Job y habéis visto el propósito final del Señor, que el Señor es muy compasivo y misericordioso.



Qué consuelo es para nosotros saber que “fiel es Dios, quien no os dejará ser tentados (mejor “probados”) más de lo que podéis soportar” (I Cor. 10:13) Sabemos que Él está en el Trono y que todo lo puede.



Reconocemos que Él nos ama. Y que Él escucha nuestra oración.



A los tres días, Ezequías “sube al templo”. Al volver, en su rostro se ve la gratitud, la paz y la alegría de aquel que ha experimentado en su vida la bondad de Dios. Ya en el palacio, lanza una mirada más a ese lugar donde estaba la llaga.



En su corazón repite las palabras del Salmista: “Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida”.(Sal.103:3,4).



 



NOTAS



Isaías 38:13 “mi clamor dura hasta el amanecer; como un león, el tritura todos mis huesos”. En la lengua original la interpretación es difícil en cuanto al león y a quien representa. En esa cultura se asocia el dolor intenso con el rugir del león.



Es interesante que de la misma manera que el rey Ezequías fue informado que iba a morir también lo fueron los apóstoles Pedro y Pablo. Pedro nos dice “Pues como sé que dentro de poco tengo que dejar mi frágil morada, como me lo ha declarado nuestro Señor Jesucristo” (2 Ped.1:16).



Pablo usa palabras similares: “Porque yo ya estoy a punto de ser ofrecido en sacrificio, y el tiempo de mi partida ha llegado” (2aTim.4:6). También lo fue en la parábola del rico insensato (Lc.12:20).



 



NOTAS MÉDICAS



El dolor del hueso es muy característico de las enfermedades graves y avanzadas. Por ejemplo: en los tumores malignos que invaden los huesos (Esto ocurre frecuentemente en los cánceres de pulmón, mama y próstata).



Algunos han pensado que lo que tenia era una úlcera debida al ántrax cutáneo (”carbunclo”). Esta enfermedad puede ser mortal.



Otras posibilidades incluyen úlceras de la piel lo que sería infrecuente en una persona de 39 años. El hecho que la enfermedad pueda ser mortal sugiere un melanoma de piel extendido a los órganos internos.



Esto explicaría los síntomas severos de dolor difuso y en los huesos.



La curación no se debió a la pasta de higo del mismo modo que la sanidad de Naamán (el leproso) no se originó del poder de las aguas del Jordán sino a su obediencia. En este caso se debe esperar tres días para que el milagro se complete.



La restauración perfecta del rey está demostrada en que puede ir a “la casa de Jehovah”.



 



NOTAS SOBRE EL RETROCESO DE LA SOMBRA



No creo que se debió a una detención de la rotación del planeta Tierra, seguido de una rotación en sentido contrario. Tal cosa hubiera provocado una catástrofe inimaginable. Parecería que el fenómeno fue algo local (2Cron. 32:31).



Algunos han hablado de un efecto de tipo “refracción de la luz” debido a una nube con ciertas características especiales. Por ejemplo cuando colocamos un lápiz en un vaso con agua parece que esta quebrado y esto es debido a la refracción de la luz.



La Luna y el Sol en el horizonte parecen mucho más grandes que cuando están en sus puntos más altos en el firmamento. Alguien ha notado que en los milagros Dios siempre utiliza “conservación de energía”. Es decir, no hay desperdicio.



Quizás lo mejor para nosotros es darnos cuenta que Dios hizo algo que no podemos explicar fácilmente pero sí lo podemos creer porque su Santa Palabra así lo enseña .



H.l. Rossier dice “ “Este milagro tiene un significado profundo. Expresa que Dios puede y estará dispuesto a cambiar el orden de la Naturaleza y sus leyes que hace que el pecador esté sujeto a la muerte para que el pueda obtener la salvación de sus amados. La muerte no tiene más su curso fatal.”



Algunos comentaristas señalan que Ezequías hizo mal en orar a Dios por más vida porque el hijo que nació fue el rey impío Manasés. Sin embargo el nieto de este rey impío (pero luego convertido - 2Cron. 33:12,13) va a ser el buen rey Josías en cuyo reinado hubo un gran avivamiento espiritual.



Debemos remarcar que en Mateo 1 en la genealogía del Señor Jesucristo se mencionan Ezequías, Manasés , Amón y Josías. Sin la prolongación de la vida de Ezequías esa línea hubiera quedado interrumpida.



Una vez más vemos la gracia de Dios levantando hombres fieles de padres impíos. Dios en su misericordia no nos va a dar algo que nos va a perjudicar. Los padres no dan serpientes o escorpiones a los hijos.



Puede ser que por un momento parezca un “castigo” pero al final va a ser de bendición.



Josefo nos dice que había consultado a varios médicos.



Patterson y Austel dicen “ De la manera que esto fue logrado es un milagro hecho por el poder soberano de Dios y con la intención de que Ezequías se recupere y sirva a su Redentor por quince años mas.” The Expositors Bible Commentary .Zondervan volumen 4 Pág. 273.



 



TEMAS PARA EL ESTUDIO BÍBLICO



- La voluntad de Dios en nuestras vidas.



- Qué hacer frente a una enfermedad seria.



- El poder de la oración



 



PREGUNTAS PARA GRUPOS



¿Qué debe hacer un creyente cuando tiene una enfermedad seria?



¿Por qué Dios cambió su plan y le permitió a Ezequías vivir 15 años más?



¿Estuvo acertado Ezequías en pedirle a Dios extensión de su vida?



 



BIBLIOGRAFÍA



Patterson y Austel “The Expositors Bible Commentary” .Zondervan volumen 4 Pág. 273



H.L Rossier. Meditations on 2 Kings. Believers Bookshelf pag.226


 

 


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