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    Cupsa y obras clásicas de la Reforma (bis)

    Es un enorme logro llegar a los cien años, sobre todo cuando se trata de la edición de libros para instruir a una minoría: la población protestante/evangélica mexicana.

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 14 DE JULIO DE 2019 22:00 h

    A Juan Carlos Gaona Poveda, con gratitud por su investigación de la cultura impresa protestante latinoamericana



    En un escrito falta todo lo que no está. Quienes nos dedicamos a escribir para publicar sabemos, creo, que lo redactado siempre puede corregirse y así mejorar. La semana pasada  escribí urgido por el tiempo de entrega una primera versión de lo ahora publicado a continuación. Es el riesgo de trabajar a deshoras, cuando uno está cansado por las actividades de una jornada saturada de actividades. No es un pretexto, nada más compartir lo que sucede por andar escribiendo entre medias noches y gallos.  



    Casa Unida de Publicaciones S. A., cumple un siglo de vida editorial. Es un enorme logro llegar a los cien años, sobre todo cuando se trata de la edición de libros para instruir a una minoría: la población protestante/evangélica mexicana y, en alguna medida, de Iberoamérica. En el siglo cumplimentado por CUPSA han desaparecido numerosas editoriales, mientras que la nueva centenaria pudo campear adversidades y, en los últimos años, resurgió con vitalidad.



    Antes de 1919, fundación de CUPSA, existieron proyectos editoriales y publicaciones protestantes/evangélicas encabezadas por nacionales y extranjeros. Este no es el lugar para hacer una síntesis de los mencionados esfuerzos, nada más anoto que, por ejemplo, En Villa de Cos, Zacatecas, surgió La Antorcha Evangélica (su primer número data del 26 de agosto de 1869); y en la ciudad de México el movimiento conocido como la Iglesia de Jesús lanzó el 25 de marzo de 1870 La Estrella de Belén. Ambos núcleos, el de Villa de Cos y el de la capital mexicana, también publicaron folletería y otros materiales impresos. 



    En 1914 algunas denominaciones protestantes tenían más de cuatro décadas de haber iniciado trabajo misionero en México, entonces consideraron hacer más eficiente su labor y con el fin de hacer causa común para la realización de futuros proyectos distintos representantes denominacionales se reunieron en Cincinnati, Ohio, 30 de junio y primero de julio de 1914. Acudieron sesenta personas en representación de once juntas misioneras con el fin de forjar puntos de coincidencia. Llegaron a éstos y se les conoció como el Plan de Cincinnati, el que se “dividió en Educación, Literatura y Territorio, así como sus derivadas. Por lo que podemos decir que Casa Unida de Publicaciones surgió de este Plan, sin embargo tenemos que ser claros en cuanto a que su origen pudo planearse fuera del país, sin embargo hubo elementos dentro del país que fueron definiendo el trabajo mismo de esta editorial. Se trata de comprender que CUPSA no fue una empresa plantada por las iglesias norteamericanas y que las iglesias mexicanas aceptaron y ya. No, se trata más bien de una serie de aspectos, tanto dentro como afuera, que fueron definiendo el trabajo de esta nueva institución editorial, lo cual debe de ser estudiada con mayor amplitud”.



    En un sentido la experiencia del Plan de Cincinnati, excepto en la división territorial denominacional, se repitió en el llamado Congreso de Panamá. No duplicar esfuerzos en las denominaciones protestantes presentes en América Latina, sino trabajar en proyectos conjuntos, fue resultado de los acuerdos del mencionado Congreso. El Congreso Misionero de Edimburgo (1910) tomó la decisión de no incluir a Latinoamérica como parte de la obra misionera protestante. Para entonces ya existían esfuerzos misioneros protestantes/evangélicos bien consolidados en distintos países de América Latina. La respuesta a Edimburgo por parte las denominaciones que trabajaban en nuestro Continente fue unirse con el fin de evaluar su presencia y proyección en estas tierras.



    La “perspectiva misionera de restringir las misiones en tierras no cristianas no fue del agrado de las misiones que trabajaban en el Continente. Por eso, quienes trabajaban en América Latina se reunieron en un hotel de Edimburgo para discutir sobre la necesidad de promover otra conferencia para hacer un estudio de las misiones cristianas” en territorio Amerindio. La obra misionera protestante en Latinoamérica iba a contracorriente de “los énfasis misioneros en el mundo”, los cuales “estaban concentrados en países como China, India y Japón, cuyas religiones eran distintas a la fe cristiana, por lo que países de América Latina y de Europa no tuvieron la misma prioridad, sobre todo por la presencia de la fe y doctrina cristianas”.



    Los inconformes con la resolución de excluir a Latinoamérica de la obra evangelizadora protestante, y que ya contaban varias décadas atrás con expresiones eclesiásticas latinoamericanas, conformaron en marzo de 1913 el Comité de Cooperación en Latinoamérica (CCAL), y nombraron secretario ejecutivo a Samuel Guy Inman. Él era de la Iglesia Discípulos de Cristo, e inició su labor mexicana en 1905, Tres años después fundó el Instituto del Pueblo en Piedras Negras, Coahuila, que desarrollaba tareas educativas. Como resultado, “partir de su presencia en México se constituye en un experto en la cultura y política latinoamericana”.



    El CCAL organizó el Congreso de Obra Cristiana en Latinoamérica, Panamá, del 10 al 20 de febrero de 1916. El comité organizador “había invitado a observadores católicos al congreso, quienes no comparecieron. El obispo local de Panamá prohibió con amenazas de excomunión la celebración del congreso en la ciudad, de manera que éste tuvo que emigrar a la zona estadounidense del Canal, en Ancón (Hotel Tívoli). Mientras que el obispo de Panamá calificaba de pecado mortal la participación en el Congreso, poco antes un obispo chileno había dado la bienvenida a un misionero protestante, arguyendo que la Iglesia católica no se bastaba sola para el trabajo”.



    Factores endógenos (una forjada tradición de esfuerzos editoriales nacionales) y exógenos (Plan de Cincinnati y Congreso de Panamá) confluyeron en la creación de CUPSA. Fue así que el primero de abril de 1919 se hizo la inauguración de la nueva editorial. Participaron en la creación nueve denominaciones y organizaciones protestantes: Iglesia Presbiteriana en EUA, Iglesia Metodista Episcopal, Iglesia Metodista Episcopal del Sur, Iglesia de los Discípulos, Iglesia Congregacional, Iglesia Bautista del Norte, Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos (Sur), Iglesia de los Amigos (cuáqueros) y Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés).



    El acercamiento a la historia de CUPSA realizado por Gerson A. Trejo Gutiérrez aporta elementos para comprender origen, trayectoria y alcances del más importante proyecto editorial del protestantismo mexicano. Con seguridad la actualmente en curso tesis doctoral de Juan Carlos Gaona Poveda, cuyo título provisional es La cultura impresa de los protestantes en América Latina: un acercamiento desde Ciudad de México y Buenos Aires (1920-1970), enfocada en CUPSA y Editorial La Aurora, nos develará datos, personajes y tipo de libros publicados que tenían por objetivo producir un cierto tipo de protestantismo.



    Ahora hago un salto con el fin de brindar algunas anotaciones acerca de la Colección Obras Clásicas de la Reforma publicada conjuntamente por CUPSA y La Aurora. Dicha Colección está conformada por libros imprescindibles en la formación de una cultura y teología protestante. Cada volumen cumple con creces el haber sido incluido en lo que podemos llamar “canon cultural protestante”. Por supuesto hay más obras que pudieron ser tomadas en cuenta para ser incluidas, sin embargo las que están son herramientas formativas que debieran reeditarse.



    ¿Qué es un libro clásico? Coincido en que “de entre todas las definiciones acerca de lo que sea un clásico, siempre he preferido la más subjetiva y arbitraria: un clásico es una obra que cambia tu vida, como cambió antes la de otros. Algo que enlaza con aquella definición de Italo Calvino (en Por qué leer los clásicos, Tusquets): “Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”. 



    Los clásicos son libros esenciales en la formación de un colectivo, transmiten huellas identitarias que le dan singularidad a un grupo y son el ethos (carácter, conducta, personalidad) que debe transmitirse generacionalmente en el grupo de identidad elegida. La Colección Obras Clásicas de la Reforma se concibió como una herramienta educativa para proveer arraigo protestante a sus lectores. Educar es transmitir, compartir saberes y prácticas. En este sentido los libros de la Colección son instrumentos pedagógicos, lo son porque, como afirma Fernando Savater, “en una palabra, la educación es ante todo transmisión de algo y sólo se transmite aquello que quien ha de transmitirlo considera digno de ser conservado”. Es un ciclo dinámico: transmitir para conservar y volver a transmitir lo conservado, en una espiral sin fin.



    La Colección Obras Clásicas de la Reforma tuvo, por lo menos, dieciocho títulos. Cito el número anterior porque así aparece en el listado de un volumen reeditado en 1960. Tal vez fueron publicados más libros y de ser así se acrecienta el legado de quienes eligieron, tradujeron y publicaron escritos de reformadores protestantes del siglo XVI. Reproduzco la lista de los dieciocho títulos que conozco:




    • Martín Lutero, La libertad cristiana

    • Martín Lutero, El Padrenuestro

    • Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI

    • [Benito de Mantua] Del beneficio de Cristo crucificado 

    • Felipe Melanchton, La justificación por la fe

    • Francisco de Enzinas (traductor), El Nuevo Testamento (trozos selectos)

    • Francisco de Enzinas, Memorias. Historia del estado de los Países Bajos  y de la religión de España 

    • Martín Lutero, Los artículos de Esmalcalda

    • Sumario de la Sagrada Escritura

    • Martín Lutero, Catecismo mayor (doctrina cristiana fundamental)

    • Juan de Valdés, Diálogo de doctrina cristiana

    • Juan de Valdés, Alfabeto cristiano

    • Juan Pérez de Pineda (traductor), Los Salmos de David

    • Juan Calvino, Institución de la religión cristiana

    • Juan Pérez de Pineda, El Testamento Nuevo (1556) y Epístola consolatoria (1560)

    • Juan Calvino, Tratados breves. La Santa Cena. Carta al Cardenal Sadoleto



    Supe de la Colección Obras Clásicas de la Reforma gracias al escritor Carlos Monsiváis. Pocas semanas después que él cumplió cincuenta años (en 1988) inicié visitas a su casa y conversaciones allí o en otros lugares. En los primeros diálogos con él le pregunté acerca de qué libros le habían ayudado a conocer historia y teología del protestantismo. Su respuesta fue que en su adolescencia leyó ávidamente volúmenes de la Colección que es objeto del presente artículo.



    Estimulado por las referencias bibliográficas de Carlos Monsiváis busqué en la librería de CUPSA o en su bodega volúmenes rezagados de la Colección. Encontré algunos y gracias a ellos inicié mi conocimiento de la Reforma protestante en España, o más bien, de los reformadores españoles que debieron exiliarse debido a la fiera persecución que la Inquisición desató contra los núcleos protestantes. Evoco aquí que en esas búsquedas fortalecí lazos de amistad con el entonces director de CUPSA, José Luis Velasco, quien amablemente atendió mis requerimientos librescos. Menciono de paso que en la librería cupsiana tuve un hallazgo serendípico: el 4 de noviembre de 1982 (por cierto, Día de San Carlos) adquirí, sin saberlo, una joya bibliográfica, el libro compilado por John Howard Yoder, Textos escogidos de la Reforma radical.



    De los dieciocho títulos de la Colección Obras Clásicas de la Reforma, ochos son de reformadores españoles. De cada volumen se puede, y debe, realizar análisis acerca del autor, su contexto y contribución al pensamiento y tareas del protestantismo. Por ejemplo, es importante destacar en este 2019, cuando están por cumplirse en septiembre 450 años de la publicación de la Biblia del Oso, el tercer título de la Colección. Se trata de Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI, cuya primera edición es de 1939 y la segunda de 1951.



    Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI contiene presentaciones biográficas de Bowman Foster Stockwell, misionero metodista en Argentina, rector de la Facultad Evangélica de Teología. El volumen agrupa los prefacios/presentaciones que hizo cada traductor de partes o toda la Biblia, labor que debieron realizar exiliados de España en el siglo XVI. Conocer dichos escritos contribuye poderosamente a valorar la traducción realizada con el fin de dar a conocer en castellano el  tesoro bíblico.



    La obra incluye apuntes sobre Francisco de Enzinas y la dedicatoria que hizo de su traducción del Nuevo Testamento (publicado en Amberes en 1543) al emperador Carlos V. En la misiva Enzinas comenta la oposición de quienes consideraban peligroso contar con el Nuevo Testamento en castellano, y dejaba clara su postura: “Yo (aunque no condeno los pareceres en contrario) he seguido la opinión de aquellos que piensan ser bueno y provechoso a la República Cristiana que por hombres doctos y de maduro juicio, y en las lenguas bien ejercitados se hagan semejantes versiones: así para instrucción de los rudos, como para consolación de los avisados, que huelgan en su lengua natural oír hablar a Jesucristo, y a sus apóstoles aquellos misterios sagrados de nuestra redención, de los cuales cuelga la salud, bien, y consolación de nuestras ánimas”.



    La traducción de Enzinas fue tomada en cuenta por otros traductores que referiremos a continuación. Gracias a la pesquisa histórica y la reedición crítica de sus obras, hoy contamos con materiales que hacen posible tener conocimiento amplio de Enzinas. De Jorge Bergua Cavero es iluminador su libro Francisco de Enzinas: un humanista reformado en la Europa de Carlos V. Por su parte la Universidad de Castilla-La Mancha ha publicado libros de Enzinas que conforman un cúmulo que contribuye a conocer en profundidad la obra del prolífico autor. La misma Colección que estoy comentando contiene en los volúmenes 7 y 8 las memorias del personaje.



    Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI incluye la dedicatoria a Hércules II, duque de Ferrara, y la traducción “se limitaba al Antiguo Testamento, provenía de ciertos judíos radicados en Italia, y que querían conservar el legado religioso de sus antecesores; de manera que publicaron en el año 1553, y bajo los auspicios de simpatizantes con la Reforma, la llamada Biblia de Ferrara”.



    Juan Pérez de Pineda perteneció al grupo sevillano que se identificó con principios de la Reforma protestante, “hacia 1530 […] ejercía en Sevilla de rector del Colegio de Doctrinos. Discípulo del predicador Juan Gil, conocido como el doctor Egidio, Pérez de Pineda descubrió las doctrinas reformadas, probablemente iniciado por este y por el predicador Constantino de la Fuente. Hacia 1530-1540, la ciudad de Sevilla era uno de los mayores centros del protestantismo en España, residencia antes de su exilio de otros traductores de la Biblia, como Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. Se ignora cuándo Pérez de Pineda tuvo que abandonar su patria; probablemente, hacia 1554, cuando Juan Gil fue arrestado. Aun recorriendo Europa, continuó manteniendo contacto con la comunidad de Sevilla”.



    Pérez de Pineda publicó su traducción del Nuevo Testamento (y para ello se valió de la realizada por Enzinas) en 1556 y con un pie de imprenta falso para despistar a las fuerzas inquisitoriales. No se imprimió en Venecia, sino en Ginebra en los talleres de Jean Crespin. Como estratagema para tratar que Felipe II no prohibiera la circulación de su Nuevo Testamento, Juan Pérez de Pineda le dedicó el resultad de su esfuerzo.



    En la Epístola en que se declara que cosa sea Nuevo Testamento y las causas que hubo de traducirlo en Romance (contenida en Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI), Pérez de Pineda expone lo siguiente: “sintiéndome muy obligado al servicio de los de mi nación, según la vocación con que me llamó el Señor a la anunciación de su Evangelio, parecióme que no había medio más propio para cumplir, sino en todo, a lo menos en parte, con mi deseo y obligación, que dárselo en su propia lengua, traducido con toda fidelidad; obedeciendo en esto a la voluntad del Señor, y siguiendo el ejemplo de sus santos Apóstoles. Para que así los que no pueden oírlo, y quisieren y supieren leer, puedan sacar de él el fruto para el cual nos fué dejado de Jesucristo. Porque esta doctrina no fué dada a una nación, ni a cierta condición de personas, ni tampoco para ser escrita en una o dos lenguas solamente. Bien es universal, dado a todas las naciones de la tierra, para ser puesto en sus lenguas, y entendido por medio de ellas. Doctrina es necesaria a chicos y grandes, a viejos y mozos, a ricos y pobres, a siervos y libres, a ignorantes y sabios, a altos y bajos, a pecadores y justos”.



    Respecto a Casiodoro de Reina y la Biblia del Oso, publicada en septiembre de 1569, en Basilea, el volumen que comento contiene información sobre el personaje y las razones que tuvo para emprender la traducción de la Biblia. De ella se imprimieron dos mil seiscientos ejemplares. Debieron transcurrir doce años desde que Reina huyó de Sevilla hasta que, después de muchos obstáculos, pudo ver completado su trabajo de traducción e impreso gracias al apoyo de una red de amigos que simpatizaban con su causa.



    Casiodoro de Reina explicó las razones que le llevaron a traducir la Biblia mediante su Amonestación del intérprete de los Sacros Libros al Lector y a toda la Iglesia del Señor, en que da razón de su traslación así en general, como de algunas cosas especiales, documento que puede leerse en Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI. Sus razones conforman principios teológicos que le animaron para perseverar en la traducción de la Biblia al castellano.



    Els Agten resume bien las razones de Reina para justificar su empeño en traducir la Biblia: “Primero, manifestaba que la Sagrada Escritura era un instrumento legítimo para los hombres que deseaban la salvación. Segundo, según él, la idea de que la traducción violaría el respeto por la Biblia se originaba en formas de superstición y de religión que se alejaban del verdadero Dios. En tercer lugar, prohibir la traducción sería una afrenta a la luz y la verdad contenidas en la Palabra divina. Finalmente, el estudio de la Palabra de Dios había sido impuesto a todos, como lo atestiguaban los múltiples testimonios recogidos por los dos testamentos. Reina también añadía una transcripción de la tercera y la cuarta reglas del Índice tridentino en latín y en español, traducidas por él, y les daba su propia interpretación. La tercera regla tomaba en cuenta las traducciones de la Biblia que se podían utilizar, mientras que la cuarta regla, célebre, precisaba que el lector de la Biblia debía ser apto para leerla y disponer del permiso del obispo. A partir de esas reglas, Reina concluía que la traducción de la Biblia estaba autorizada. La traducción se incluyó en el Índice [de libros prohibidos] de 1583”.



    Cuando se publicaron la primera y segunda ediciones de Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI no existían investigaciones que cuando fueron publicadas ofrecieron ricas vetas informativas y pistas que deben necesariamente tomarse en cuenta en la escritura del prólogo de una nueva edición. Para emprender la mencionada tarea son vitales los aportes de A. Gordon Kinder, Doris Moreno y la edición de escritos del propio Casiodoro de Reina.



    El volumen concluye con apuntes biográficos sobre Cipriano de Valera, compañero de Casiodoro de Reina en el Monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla, e igualmente huido de España para no ser capturado por la Inquisición. Realizó una revisión de la Biblia del Oso, a la que le hizo pocos cambios, y publicó la conocida como Biblia del Cántaro en 1602, en Ámsterdam. B. Foster Stockwell observó que “en la Exhortación que antepone el traductor a la obra, da cuenta de las demás versiones castellanas que se habían hecho desde el tiempo de Francisco de Enzinas, defiende el derecho y necesidad de publicar y hacer circular las traslaciones al idioma vulgar, y explica (con razones históricas y dogmáticas) por qué los libros llamados apócrifos no los incluye (a la manera de Casiodoro) con los libros canónicos del Antiguo Testamento, sino en una sección aparte. Son útiles —dice— para la edificación de los fieles, pero no deben ser usados para confirmar doctrinas de la fe”.



    Lo hasta aquí expuesto apenas es un somero esbozo de la Colección Obras Clásicas de la Reforma, con énfasis en uno de los volúmenes que la integran. Concluyo con una sugerencia: que CUPSA reedite la Colección y nuevos estudios introductorios sean escritos por personas que tengan en cuenta información descubierta en décadas recientes. De darse el proyecto, podrían agregarse a la Colección más obras clásicas protestantes del siglo XVI.  


     

     


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