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    Maná para el peregrino LXXIV
     

    Migrar: el día a día de la humanidad

    Sea como sea, incluso toca migrar de la fe a la acción, mostrar esos frutos del Espíritu que cuestan tanto.

    MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 30 DE JUNIO DE 2019 13:00 h

    Dice en el Evangelio de Juan (utilizaré la edición ‘la Palabra. El mensaje de Dios para mí’): “Y la Palabra se encarnó y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, la que le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Sí, la Palabra se encarnaba en el Hijo único; Dios mismo se daba a conocer bajaba de arriba hacia abajo para habitar entre nosotros, dejando constancia de que hasta él mismo se dignaba a migrar. Y llegó a este mundo para estar de paso por tres años; como un forastero más, un peregrino cuya ciudadanía estaba en el cielo. Se ponía al mismo nivel que nosotros, frente a nuestras realidades, aunque era perfecto. No escatimó en nada. Si él migró, se desplazó y buscó asilo huyendo de la persecución, ¿qué, pues, esperaremos nosotros? 



    Según leo en Mateo 28 y Hechos 1, antes de la ascensión Jesús dio un gran mandato: el de hacer discípulos a los habitantes de todas las naciones, es decir, que algunos tendrían que desplazarse para dar testimonio de Él en Jerusalén, Judea, Samaría y hasta en el último rincón de la tierra, con la fuerza del Espíritu Santo que descendería sobre ellos.



    Y antes, mucho antes, en Génesis, el hombre y la mujer, al desobedecer, habían sido expulsados del paraíso por mandato divino, teniendo que comenzar una nueva vida en otro lugar y con los trabajos que esto implicaba. Empezaba la peregrinación por diversos motivos, como la de Caín, destinado a andar como “errante y vagabundo” por haber matado a su hermano. Pero de las desafortunadas historias iniciales, surgen también otras esperanzadoras historias de migrancia. Por ejemplo, la historia de Abrahán, quien no tenía problemas económicos, ni políticos, ni sociales, sin embargo, Dios le dice que inicie el camino de los migrantes. “Deja tu tierra natal y la casa de tus padres”, le dice, “y dirígete a la tierra que yo te mostraré”. Ni siquiera le dice cuál el lugar de destino, si es bonita esa tierra, si habrá comida en abundancia. Si está previsto un sueldo fijo, las vacaciones aseguradas, la mejor tienda del desierto, un pozo con agua bebible y eterna. Abrahán tenía una vida acomodada en Jarán, pero va. Digo yo que sería como un migrante misional, de esos que van a cualquier lugar, sin importarle los peligros porque sabe que forma parte de una misión muy importante y considera todo un privilegio el ser llamado, que no es cualquiera. Y solo tenía delante tierra y más tierra. Con la abundancia que había en su casa, pero él solo escuchaba “Yo te daré esta tierra a tu descendencia...”. Ése era el señuelo. Y eso le bastó, después, a Abrahán para seguir peregrinando como un forastero. Porque él sabía que se cumpliría la promesa de posesión perpetua de esa tierra de Canaán que ahora recorría como inmigrante.



    Si avanzamos por el Antiguo Testamento, nos encontramos con Éxodo, otro de los libros de la Biblia donde aparecen historias de migraciones y persecuciones. Resulta que, después de la muerte de José, hijo de Jacob, y su extraordinaria labor al frente de Egipto, sube al trono otro rey que no había conocido a José, el cual se asustó al ver cómo prosperaban y se hacían fuertes los israelitas. Nuevamente la sombra de las debilidades humanas. Con todo lo que había llevado a cabo José, un israelita, por este pueblo. Surgió la desconfianza, no sea que se aliaran con otros, den un golpe de Estado, se apoderen de los palacios, se queden con la llave de los templos, etc. Empezaron a ser un serio problema que había que solucionar como sea. Y empezó la opresión y el acoso, como pasa con muchos que son atacados por causas políticas, religiosas, y de otra índole. Si parece tan actual. En esos momentos es difícil acordarse de las promesas; José les había dicho que Dios los ayudaría y los llevaría a la tierra que había prometido a Abrahán, Isaac y Jacob. Fueron sometidos a la esclavitud, a los trabajos forzados y a los malos tratos. La esclavitud no es del siglo XXI, sino desde los principios. Es el precio de vivir en este mundo como humanos. Nadie está libre, así que no lo mire como si eso le quedara muy lejos. El rey de Egipto mandó a las comadronas matar a los recién nacidos si eran varones. Pero no falta la ayuda divina y las comadronas desobedecieron y el pueblo siguió creciendo. Mas volvió la persecución y el oprobio, y el rey mandó echar al río a todos los niños varones hebreos nada más nacer. Mas he ahí que una madre ocultó a su hijito amado en una canastilla de papiro, que bien podría ser una paterita de las actuales surcando nuestros mares y encontrada por esos barcos solidarios. Pues la de Moisés fue encontrada por la hija de Faraón (¡alguien que no procedía del pueblo escogido!), quien no lo pensó dos veces y recogió al niño y más tarde lo adoptó. “Y le puso el nombre de Moisés, diciendo: ‘Yo lo saqué de las aguas”, como augurando similares situaciones que se darían a lo largo de los tiempos. Hoy abundan los Moisés que tienen que ser rescatados de las aguas, aunque no todos logran sobrevivir.



    Moisés podría haber vivido toda su vida como un príncipe egipcio, con lo lindo que son las comodidades y el poder estar por encima de todo. Pero no, vio las penalidades a las que eran sometidos sus hermanos y se implicó. Hasta el extremo. Y por ello tuvo que salir huyendo pues el Faraón lo perseguía. Podemos atrevernos a considerar esta situación como una persecución política o religiosa, o las dos. Y Moisés se torna un refugiado en tierra de Madián.



    He podido observar que estas personas que tenían una misión de relevancia no caminaban entre pétalos de rosa. Dios no se lo puso fácil. Después de una caricia llegaba el empujón y así por los tiempos. Tenían bien asumido que lo suyo no iba a ser una vida sedentaria a orillas del Nilo, divisando la belleza de las pirámides a lo lejos; sorbiendo el néctar de los dátiles a la sombra de sus palmeras. Y no digo que a Dios no le gusta que disfrutemos. Y le gusta, por eso algunos disfrutan, aunque sea por un tiempo, o por mucho. Y a otros les toca estar siempre así, a la intemperie. No lo entendemos, pero es así. Quizá tengamos la respuesta más adelante, o no. Solo al final del peregrinaje. Moisés lo entendió, por eso al casarse con Séfora en Madián, nació su primer hijo al que llamó Guerson, porque dijo: “Soy un extranjero en tierra extraña”. Se nota que lo entendió, pues cuando estaba feliz y tranquilo en Madián, trabajando para su suegro Jetró, Dios oyó el clamor de su pueblo y vuelve a llamar a Moisés mientras disfrutaba de la estabilidad tan deseada. Y Moisés inicia de nuevo el peregrinaje de regreso a Egipto. Sube a la mujer y a los hijos en un asno y se va. Ahora eran cuatro migrantes haciendo uso de la reagrupación familiar, que a veces toca realizar con dificultades, dar la cara, firmar papeles, conseguir apoyo incondicional… Se despide de todo e inicia el peregrinaje otra vez. Serían 40 años por el desierto, sin entrada a la Tierra Prometida, por lo que ya sabemos. Era un forastero errante. Sabía que estaba de paso. Con lo cual quiero ver que Dios está con los que migran; no ve a los tales como seres despreciables que no tienen derecho a nada. Y sé que no es fácil acoger. Él incluía esto en sus mandatos. Todo el tiempo: No te olvides, recuerda que te saqué de Egipto… Deja caer unas gavillas para el extranjero, el huérfano y la viuda… Trátalo como uno del propio país… Un estribillo constante.



     





    ¡Ay qué fuerte esto del peregrinaje! ¡De los éxodos por tierras extrañas! No siempre fluyen la leche y la miel. También hay ortigas. Hay caminatas largas, los niños se desmayan de hambre, sed, frío o calor, de desesperanza. Te encuentras con muros, ríos difíciles de atravesar. Mares inmensos que muchas veces no permiten llegar a la otra orilla. Éxodos merecidos o inmerecidos, pero ahí están como un recurso. Y recordamos el libro de Esdras y a los desterrados a Babilonia por Nabucodonosor, y luego, por la misericordia de Dios, el regreso a Jerusalén y a Judá por decreto de Ciro, rey de Persia, para reconstruir, volver a comenzar. Dios obrando a través de reyes paganos como Ciro, Darío, Artajerjes, que facilitaron el regreso y restauración del templo y de las vidas. Surgen los Moisés que guían al pueblo en esta travesía, como Zorobabel, Josué, Esdras, Nehemías… Como cualquiera que se embarque en similares cruzadas en la actualidad, y donde Dios lo ponga según sus posibilidades y capacidades. Pareciera que los éxodos son el común denominador en la historia del hombre.



    Y te imaginas la caminata de Noemí y su familia hasta Moab, en medio de la hambruna que azotaba la ‘casa de pan’, que era Belén. Emigrando por hambre; no discutiré sobre si hicieron bien o mal, pero lo que sabemos es que todo acabó satisfactoriamente y con muchas enseñanzas para los de hoy. Y luego la vuelta a casa de Noemí, menos mal que acompañada por Rut, pero desprovistas de todo, como esos que regresan sin nada en el bolsillo, con lo cual se sienten avergonzados y con la autoestima por los suelos. Pero así estaba en el plan de Dios, donde la migración brilla por su presencia. Y si es así, ¿por qué nos causa tanta repulsa? Dios siempre consideraba a los migrantes en las leyes dadas al pueblo de Israel, a mi modesto entender. Y quedaban los que las respetaban y obedecían como Booz cuando manda a sus jornaleros que dejen caer algunas gavillas para la extranjera. Los más pudientes compartiendo recursos u hospitalidad, como Gayo, aun con los desconocidos. Lo cual no es fácil.



    Y recordamos otra historia que se encuentra en 2 Reyes. Se trata de la sunamita, aquella madre del niño que el profeta Eliseo había resucitado, la cual, junto con su marido, le había dado grandes muestras de hospitalidad. Tiempo después, dice Eliseo a la sunamita: “Ponte en camino con tu familia y emigra donde puedas, pues el Señor ha decidido enviar el hambre, que va a azotar el país durante siete años”. Y marcharon a territorio filisteo, permaneciendo allí durante los siete años que duró la hambruna. Deben preservar su vida en la época de hambruna y con autorización. Como algo normal en caso de necesidad: hay que buscar nuevos horizontes. Es lícito.



    De atrás hacia adelante, y de adelante hacia atrás, la Biblia me habla de migraciones, de cambios, de desplazamientos. Incluso puede ser en tu lugar de residencia, en tu barrio, en tu país. De Sevilla a Madrid, por ejemplo, o de Santiago a Barcelona. Migrantes somos todos. Y para los cristianos, la misión conlleva estar en constante migración, porque no es algo estático, más bien dinámico, en constante cambio sin perder la esencia. Basta adentrarnos en Hechos, para reconocer la persecución por causa de la religión. En el capítulo 8 se nos relata que después del asesinato de Esteban la iglesia de Jerusalén sufre una violenta persecución: “Todos los fieles, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría”.  Y el propio Saulo asolaba la iglesia en ese momento, invadía las casas y encarcelaba a hombres y mujeres. “Los discípulos que tuvieron que dispersarse se iban de pueblo en pueblo anunciando el mensaje”. Incluso me atrevo a pensar en que les habría venido muy bien un momento de tranquilidad, pero no; tocaba anunciar el mensaje en esas condiciones. Llegaban los viajes misioneros, o sea, los traslados, desplazamientos, a veces la huida. Se sucedían las llegadas, las despedidas. Volver a visitar las ciudades en las que se había anunciado el mensaje para ver cómo marchaban. Una especie de actividad pastoral, o discipulado-mentorado porque era necesario. Y así “las iglesias se fortalecían en la fe y aumentaban en número”. Y en medio de todo, los encarcelamientos, insultos, piedras, azote público sin juicio previo. Pero ellos perseveraban. Migrar se volvió una costumbre, pero no faltaba la hospitalidad y la comunión en las casas. Surgieron las grandes amistades, los fieles colaboradores, compañeros de milicia, pero fiables. Entonces, la migrancia se hacía soportable y la siembra también. Y cuando se iban acostumbrando a la tranquilidad había que ir a una iglesia para solucionar conflictos, o llevar una ofrenda para los necesitados. La paz no era como la habíamos soñado, era de otro mundo diferente. Antioquía, Derbe, Listra, Misia, Macedonia, Troas, Samotracia, Filipos, Tesalónica, y la lista es larga. Qué bonito suena la lectura, casi un poema… Cuando más tranquilos estaban había que ir. El mensaje tenía que volar en forma de cartas vivas.



    Y cuando Pablo relata su conversión en Hechos 22, admirada redescubro frases que invitan al movimiento. Pablo, ya cerca de Damasco, envuelto por una luz deslumbrante, cae al suelo y oye la voz del Señor.  Y preguntando qué debe hacer, solo oye: “Levántate y vete a Damasco. Allí te dirán lo que se te ha encargado realizar”. Y ya de parte de Ananías: “El Dios de nuestros antepasados te ha escogido… Porque debes ser su testigo ante todos de cuanto has oído y presenciado… No pierdas tiempo, anda, bautízate y líbrate de tus pecados…”. Y ya estando en Jerusalén oye de nuevo la voz del Señor: “Date prisa. Sal enseguida de Jerusalén…” Y lo más grave era que tenía que dar un mensaje completamente diferente al que había estado impartiendo. Peligraba su vida. Si él había sido el perseguidor por causa de la religión, quién le iba a creer. Pero ahí estaba la potente voz: “Ponte en camino, pues voy a enviarte a las más remotas naciones”. El cambio de vida no le auguraba una tranquila vida en Jerusalén, o en su tierra Tarso de Cilicia, enseñando en una sinagoga y elaborando tiendas de campaña. Todo auguraba azotes, persecución, barcos, tempestades, naufragios e incertidumbre. Y no digo que siempre es así, a otros les toca la tranquilidad de los días y domingos placenteros. Pero a otros no. Yo misma estoy bien sentada mientras otros se cansan de tanto caminar para llegar a la tierra prometida.



    Entonces, solo queda aprender a depender de las decisiones del que sabe lo que es mejor, y que, por experiencia, veo que está en constante movimiento. Sea como sea, incluso toca migrar de la fe a la acción, mostrar esos frutos del Espíritu que cuestan tanto. Y ya sé que no hay que hacer nada porque todo ya está hecho, pero hay que hacer; y eso solo lo entenderemos llegado el fin y el comienzo de todas las cosas. Cuando toque migrar hacia el más allá, saliendo del más acá. Al hogar, dulce hogar. Y llegarán todas las explicaciones. Mientras tanto, el equipaje siempre está preparado, por si hoy toca migrar, desplazarse. Lo cual, no es fácil.


     

     


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