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Día Mundial de los Refugiados: Esperando la tierra prometida

En el Libro de los libros, la Biblia, constatamos que hay alguien a quien le importan todos los seres humanos, hechos a su imagen y semejanza.

MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 23 DE JUNIO DE 2019 10:00 h
Las comunidades de fe también deben implicarse en la defensa y denuncia de la situación de los que están al margen del desarrollo.

El pasado 20 de junio, nuevamente se celebró el Día Mundial de los Refugiados, y refugiados son aquellas personas que han cruzado las fronteras de su país debido a los conflictos, persecuciones, desastres naturales o conculcación de los derechos humanos. Situación diferente de los considerados como desplazados, los cuales también tienen que huir, pero dentro de su propio país.  Según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), a finales del año 2018 había 25,9 millones de refugiados (incluidos 5,5 millones de refugiados palestinos), 41,3 millones de desplazados internos y 3,5 millones de solicitantes de asilo, señalando también que  44.500 personas se vieron obligadas a abandonar sus casas cada día en 2017, lo cual hizo que la cifra de desplazados forzosos en el mundo alcanzara la cifra de algo más de 70 millones, reflejando un incremento del 50% con respecto a hace diez años, cuando eran 42,7 millones. Asimismo, señala que la guerra, la violencia y la persecución han incidido para que los desplazamientos forzados alcancen cifras muy elevadas, principalmente por la guerra en Siria, la crisis en la República Democrática del Congo, la guerra de Sudán del Sur y la huida hacia Bangladesh de los rohingya desde Myanmar. Destacable es que el 85% de los refugiados ha sido acogido por países en vías de desarrollo. Entre los diez primeros, sobresale Turquía (3,5 millones) por acoger el mayor número de refugiados; le siguen Pakistán (1,4 millones), Uganda (1,4), Líbano (1 millón), Irán (979 mil), Bangladesh (906 mil), Sudán (906 mil), Etiopía (889,4 mil) y Jordania (691 mil). Alemania es el único país desarrollado que está en esta lista de diez, con 970,4 mil personas acogidas.



Con la guerra de Siria se desató la crisis de los refugiados, pero son muchos más los puntos conflictivos que aparecen en el mapa de nuestro globo terráqueo, que generan millones de refugiados, desplazados, así como migrantes por otras causas. Como sabemos, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), “migrante es cualquier persona que se desplaza o se ha desplazado a través de una frontera internacional o dentro de un país, fuera de su lugar habitual de residencia, independientemente de su situación jurídica, el carácter voluntario o involuntario del desplazamiento o la duración de su estancia”. Así que, migrantes son todos, porque si bien algunos tienen que salir de su país porque son perseguidos a causa de sus ideas, religión, color, etc.; otros tienen que salir porque son perseguidos por el hambre, la pobreza extrema, la falta de medicamentos, agua potable, electricidad… Si ayer en Siria empezaba la crisis de los refugiados, hoy podemos hablar de una similar crisis con los venezolanos, que al día de hoy, según las agencia de la ONU para los refugiados y migrantes alcanza la cifra de 4 millones de personas, en su mayor parte acogidos por países de América Latina y el Caribe como Colombia (1,3 millones), Perú (768 mil), Chile (288 mil), Ecuador (263 mil), Argentina (130 mil), Brasil (168 mil), México y otros países centroamericanos. Todos migran en busca de mejores horizontes, aunque unos tengan una situación más dramática que los otros. Sabemos que nadie sube a una patera, o se apunta a una caravana de migrantes por puro placer. Los niños son los grandes damnificados en esta problemática que parece no tener solución a corto plazo. Un dato alarmante en 2018 era que, por cada dos refugiados, uno era niño o niña, y muchos se encontraban solos.  



Hoy más que nunca se incrementan las cifras debido a los conflictos, las persecuciones (política, religiosa…), la pobreza, los desastres naturales. No menos atención debe prestarse a los más de 200 millones de cristianos que sufren persecución a causa de su fe en países como Corea del Norte, China, Irak, Siria, Irán, Pakistán, Afganistán, Somalia, Colombia, entre otros muchos, donde no se respeta lo que dice en el artículo 18 de la Convención de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.



Y se incrementa el número de personas que piden asilo, refugio, trabajo, alimento, un lugar en nuestras cómodas y bien cuidadas ciudades, que no están exentas de problemas, pero nada comparable con los lugares de donde proceden los desesperados que llegan pidiendo ayuda. Somos conscientes que hay que tomar medidas para organizar mejor estas problemáticas, por eso son esperanzadoras las noticias que recibimos y que hablan de sentarse para resolverlas. Como es ese Pacto Global para la Migración, acordado en julio de 2018, como parte de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, en el que los miembros de la ONU se comprometieron a “facilitar la migración segura, ordenada y regular”. Es un marco para cooperar y lograr los objetivos que los países habían acordado en la Declaración de Nueva York en el año 2016. Dicha declaración representaba “un Marco de Respuesta Integral para los Refugiados que recoge medidas específicas necesarias para aliviar la presión sobre los países de acogida, mejorar la autosuficiencia de los refugiados, ampliar el acceso a las soluciones de terceros países y mejorar las condiciones en los países de origen para facilitar el regreso de forma segura y digna”, según fuentes de la ONU. El 19 de septiembre de 2016, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes, una declaración política fundamental con la que se pretendía mejorar la forma en la que la comunidad internacional responde a los grandes desplazamientos de refugiados y migrantes y la larga duración de estas situaciones. Como resultado de esa Declaración de Nueva York tenemos este Pacto Global para la Migración, y también la propuesta del Pacto Mundial sobre los refugiados que fue presentado en julio de 2018.



En cuanto al Pacto Global para la Migración, este se adoptó formalmente en la Conferencia de Marrakech, durante los días 10 y 11 de diciembre de 2018, con el fin de conseguir una migración más segura y digna para todos. Que se aprovechen las ventajas de la migración y se protejan los derechos de los indocumentados. Dicho Pacto no es vinculante y respeta la soberanía de los Estados. Tanto es así que Estados Unidos y algunos países europeos se han desvinculado de dicho Pacto: Austria, Hungría, Polonia, Estonia, Bulgaria, República Checa, Israel, Australia y República Dominicana, afirmando que el pacto es incompatible con su soberanía y que puede tener un efecto llamada a la inmigración.



Según la ONU, “El pacto se estructura en torno a 23 grandes objetivos. Entre esas metas, hay algunas genéricas como la cooperación para abordar las causas que motivan la migración o mejorar las vías de migración legal. Pero también hay compromisos concretos, como medidas contra la trata y el tráfico de personas, evitar la separación de las familias, usar la detención de migrantes solo como última opción o reconocer el derecho de los migrantes irregulares a recibir salud y educación en sus países de destino.  Los Estados se comprometen también a mejorar su cooperación a la hora de salvar vidas de migrantes, con misiones de búsqueda y rescate, y garantizando que no se perseguirá legalmente a quien les dé apoyo de carácter ‘exclusivamente humanitario’.  Además, los Gobiernos prometen garantizar un regreso ‘seguro y digno’ a los inmigrantes deportados y no expulsar a quienes se enfrentan a un ‘riesgo real y previsible’ de muerte, tortura u otros tratos inhumanos”.



También, después de un proceso de consultas, resultó el Pacto Mundial sobre Refugiados. Aunque la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados recoge los derechos de estos y las obligaciones de los Estados, con este Pacto se añade algo nuevo, y es que con el mismo se pretende estimular la cooperación internacional, presentando formas de compartir entre todos las cargas que conlleva la acogida de refugiados. Algo muy necesario, dadas las elevadas cifras de refugiados, de los cuales más de la mitad son menores de 18 años, y el 85% de los mismos se encuentran en los países en vías de desarrollo, como ya se ha mencionado. Es innegable que existe una gran disparidad entre las necesidades y las medidas realizadas para paliarlas, de ahí la importancia de estos pactos mundiales que incentivan la cooperación internacional. Cuatro son sus objetivos esenciales: 1) Aliviar las presiones sobre los países que acogen a los refugiados; 2) Desarrollar la autosuficiencia de los refugiados; 3) Ampliar el acceso al reasentamiento en terceros países y otras vías complementarias; y 4) Fomentar condiciones que permitan a los refugiados regresar voluntariamente a sus países de origen en condiciones de seguridad y dignidad.



Con este pacto, muchos países, albergadores de mayores contingentes de refugiados, como Turquía, Líbano, Paquistán, Uganda, Etiopía, Jordania, Kenia, Chad, así como los países acogedores de Centroamérica, tendrán más apoyo, no solo humanitario, sino en cuanto a la cooperación al desarrollo. También es importante este pacto porque pretende que se mejoren las formas de recepción de los refugiados y se abandonen las políticas de los campamentos. Se pretende asegurar la educación de los niños refugiados y que se pueda acceder a una mejor atención sanitaria, así como mejorar las posibilidades de encontrar un trabajo y un mayor número de plazas de reasentamiento en terceros países.



Estas son apenas unas pinceladas sobre dos asuntos que se han vuelto críticos. Diría que el avance de los siglos no ha hecho más que acentuarlos. Ni siquiera la llegada a la luna, el Internet, ni el teléfono móvil, el whatsapp, han conseguido hacer que mengüen los éxodos y las peticiones de asilo, la llegada de pateras, con sus vivos y sus muertos. Pero noto que todas estas noticias se van tornando rutinarias, casi ni conmueven de tanto escucharlas. Incluso hasta nos da pereza escribir, si tenemos que repetir lo mismo, y de pronto ya están ahí las noticias sobre los contingentes de venezolanos que cruzan fronteras para llegar a Colombia, Perú, Brasil… O aquella caravana de migrantes que vagan soñando con llegar a los Estaos Unidos con la pretensión de saborear la leche y la miel. Vemos imágenes de los niños sirios, agotados y maltrechos por deambular a la intemperie. Y despiertas.



 



Caravana de migrantes centroamericanos.



Entiendo que es un gran problema para quien es receptor de refugiados, de migrantes o de desplazados. Por ello, tanto las instituciones públicas, las ONGs, las empresas, los medios de comunicación, los sindicatos, así como la sociedad en general, debemos implicarnos para que los pactos mencionados, u otras medidas, se cumplan, aunque sea mínimamente; que haya atisbos de voluntad por parte de los implicados, que somos todos, porque a todos nos concierne y beneficia. 



Para los que se consideran cristianos, no hay excusa para no denunciar y salir en defensa de los más desprotegidos del mundo, ya que, en el Libro de los libros, la Biblia, constatamos que hay alguien a quien le importan todos los seres humanos, hechos a su imagen y semejanza. Constantes son los recordatorios de Dios a su Pueblo: “Cuando un extranjero resida en vuestra tierra con vosotros, no lo oprimáis; deberá ser considerado como un nacido en el país y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en el país de Egipto. Yo soy el Señor, vuestro Dios” (Levítico 19.33-34). O “Cuando seguéis la mies en vuestros campos, no segaréis hasta el último rincón, ni espigarás tu siega, sino que dejarás el espigueo para el pobre y el extranjero. Yo soy el Señor vuestro Dios" (Levítico 23.22). También Jesús dijo: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis” (Mateo 25.35). 



Dios se hizo uno con el hombre. Era perfecto, pero vivió cada una de las facetas que tenemos que experimentar.  Jesús y su familia tuvieron que hacer cola para empadronarse, como muchos inmigrantes que necesitan legalizar su estancia en nuestro suelo. Fue un migrante y refugiado por causas políticas diría, ya que cuando Herodes oyó de labios de los sabios llegados de Oriente sobre el nacimiento del Mesías, se asustó, por miedo a que le quitaran el cargo; y más aún cuando los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley le dijeron que el Mesías nacería en Belén de Judá, porque así lo había escrito el profeta: “Tú Belén, en el territorio de Judá, no eres en modo alguno la menor entre las ciudades importantes de Judá, pues de ti saldrá un caudillo que guiará a mi pueblo Israel”. El temor a perder su medio de poder fue tanto que mandó matar a todos los niños menores de dos años. Y la familia de Jesús tiene que salir huyendo a Egipto. Un ángel se parece a José en sueños y le dice que tome al niño y a su madre y huya, porque Herodes quería matar al niño, según dice la Palabra. 



Salen cruzando fronteras, buscando asilo, como tantos perseguidos que huyen de la intolerancia de todo tipo, porque el rey Herodes quería matar al niño. Como tantos niños que forman parte de esos contingentes que huyen de los conflictos bélicos, los desastres naturales, la pobreza o la persecución porque les han sido coartadas las libertades y son condenados por su raza, religión, o ideas políticas. Y después, son de los que regresan nuevamente a su tierra para empezar de cero. Con miedo todavía, ya que percibimos que José, previendo represalias decide instalarse en otro lugar. Dios dejaba por sentado que, aunque ser inmigrante o refugiado no es la panacea, no es algo malo que hay que castigar, más bien hay que conmoverse.



Por tanto, las comunidades de fe también deben implicarse (algunas ya lo hacen y diversas organizaciones del ámbito cristiano están entregadas a esta labor) en la defensa y denuncia de la situación de los que están al margen del desarrollo y del bienestar material, emocional y espiritual. Deben estimular y recordar a los dirigentes de los países que están obligados moralmente a elaborar las medidas necesarias para acabar con la pobreza y la exclusión social, materializando así el compromiso asumido por ellos a través de distintos pactos y acuerdos mundiales.



Debemos recordar lo que Dios pide de nosotros: “practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente ante Él”. Yo misma, al decir, esto, siento temor y temblor, y una responsabilidad inmensa, ya que no es fácil llevar a la práctica todo lo que en teoría es tan bonito. Que Dios nos guíe en este caminar por este mundo, como humanos, pero acompañados por su espíritu que nos renueva cada día, y fortalece.


 

 


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