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    Superficialidad o profundidad

    Un estudio novelado de Lc 5: 1-11  ; Mt 4: 18-22 y Mr 1: 16-20.

    AHONDAR Y DISCERNIR AUTOR Roberto Estévez 07 DE ABRIL DE 2019 13:10 h
    Jesús sugierea Pedroque bogue mar adentro. / Free ible Images (CC)

    El sol se va levantando despacio sobre las montañas que rodean el mar de Galilea. El aire es fresco y puro. Algunas nubes todavía  están pintadas con los colores rojizos que pronostican un día caluroso.



    El barco se va acercando lentamente a la orilla. Los pescadores  levantan gradualmente los remos, como si cada uno pesara cien kilos.



    Tan pronto desembarcan se les acercan algunos probables compradores y otros curiosos de esos que abundan por todas partes, y preguntan:



    - ¿Qué tal estuvo la pesca?



    - Mala -responde uno de ellos haciendo un gesto con la cara mostrando su descontento. 



    - ¿Y sacaron algo? -pregunta otro. 



    - Nada –contesta Pedro.



    Los indiscretos  no se quieren dar por vencidos e insisten: 



    - ¿Pero no sacaron ni siquiera esos chiquitos que casi no sirven para nada?



    - ¡Ya les dije que no sacamos nada y nada significa nada! –refunfuña Pedro.



    - ¡Cuando yo no pesco no pesca nadie! –agrega seguidamente, irritado.



    Ellos habían experimentado muchas veces una pesca pobre, pero siempre había algunos de esos peces pequeños y comunes que no eran los más cotizados. Han sufrido esa noche un fracaso total.



    Con cara de pocos amigos Pedro y sus compañeros empiezan a limpiar las redes que se han ensuciado con algas, cangrejos y otros  restos inservibles que ha dejado la resaca. Simón dice:



    - ¡Yo no sé por qué me dediqué a la pesca!



    El otro con cara de no dormir le responde:



    - Yo tampoco, ¡y que vamos a hacer!



    Es entonces que un grupo bastante grande se acerca. La gente rodea a un hombre que se llamaba Jesús. Se decía que había sanado a uno en la sinagoga que tenía une espíritu inmundo. También se rumoreaba que había sanado a otros cuantos en Capernaum.



    El gentío se amontonó para escuchar a ese “profeta” de Galilea. No querían desatender ni siquiera una palabra. 



    Tenían miedo que ese murmullo constante que las multitudes producen pudiera hacerles perder algo importante.



    Después de un rato "el Nazareno" deja  de hablar y se dirige a uno de los barcos. Es el de Pedro. Entonces dice a éste que lo apartase de tierra un poco. Desde ese improvisado púlpito le enseña a la multitud.



    Por último la prédica del Nazareno llega a su punto final. Ya había dicho todo lo que tenía que decir. La "dosis" de enseñanza se había completado. Alcanzó al punto en que no era necesario repetir más ni traer nuevos conceptos.



    Quizás alguno le pidió que siguiera hablando pero ya se había dicho todo lo que esa multitud debía escuchar. El púlpito era muy inusual pero adecuado. 



    La voz potente y clara del Redentor se escuchaba con el trasfondo del ruido agradable y apaciguador que hacen las olas cuando se despliegan mansamente sobre las orillas de la playa.



    Pedro y sus amigos quedan pasmados cuando escuchan la sugerencia de Jesucristo: "Boga adentro y echad vuestras redes para pescar". Ellos están a un nivel que el agua les llega a las rodillas.



    Pedro responde: “Maestro toda la noche hemos estado trabajando y nada hemos pescado". Hace una larga pausa y hace un gesto con sus manos como diciendo ¿qué puedo hacer?  Observa  el rostro bondadoso  de Jesús y agrega "mas en tu palabra echaré la red”.



    Pedro con sus compañeros empiezan a remar mar adentro.



    Se escucha el ruido rítmico de los golpes de los remos partiendo el agua como si fuera un machete.  Con cada golpe cientos de gotas saltan como si el mar estuviera chorreando sangre blanca.



    Estos hombres tienen músculos acostumbrados a deslizar esa pesada barca.



    El pescador no hace más preguntas. Sabe muy bien lo de bogar mar adentro.



    Las siluetas de los hombres en la playa se hacen más pequeñas y apenas  se distinguen como bultos oscuros.



    Por fin llegan a cierto punto. Las olas golpean la barca suavemente. Hay un poco de viento. El pescador mira al Maestro buscando su aprobación. El Mesías hace una seña afirmativa y ellos empiezan a tirar las redes.



    Después de un rato ellos vuelven a mirar al Nazareno. Como preguntándole: ¿Podemos ya empezar a recoger las redes? El Mesías hace otro gesto de aprobación.



    Cuando empiezan a tirar se dan cuenta que no es nada fácil. Apenas pueden hacerlo.  Uno de los pescadores le dice a Pedro:



    - ¡Esto está tan pesado que parece que pescamos al pez que se tragó a Jonás!



    - ¡Cuidado! -grita el otro- La red no aguanta, se va a romper.



    Cientos de peces grandes han quedado atrapados en la red.



    Los ojos de Pedro y colaboradores parece que se saldrán de sus órbitas.



    “Y habiéndolo hecho  encerraron gran cantidad de peces y su red se rompía”.



    Estos hombres nunca habían visto algo así. Sí escuchado historias que todos los pescadores cuentan. Cada vez que la misma se repite el pescado ha crecido un palmo.



    Pero aquí las redes estaban repletas de peces grandes y "gorditos". No había entre ellos alfeñiques.



    Al fracaso de toda la noche sin pescar nada se alterna una mañana luminosa y con la bendición del Señor una pesca extraordinaria.



    Gritan haciendo señas a los de la otra barca. El patrón les pregunta:



    - ¿Qué pasa, por qué están tan alborotados? ¿Tienen algún problema?



    -  ¡Vengan enseguida -exclama  Pedro- no podemos con todo el cardumen!



    "Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles: y vinieron y llenaron ambas barcas de tal manera que se hundían” 



    Las redes parecía que se iban a romper pero aguantaron. La barca parecía que se iba a hundir, pero no, no naufragó.



    - ¡Carguen más que mi barca apenas aguanta! –vociferaba Pedro.



    Simón Pedro nunca había visto algo así en toda su vida de pescador. Mira a Jesús y se da cuenta que es mucho más que un maestro de religión.  Cae sobre sus rodillas.



    Sus ojos están cubiertos de lágrimas por la emoción y exclama tartamudeando: "Apártate de mí Señor, porque soy hombre pecador".



    El maestro con toda naturalidad le responde: “No temas desde ahora pescarás hombres”.



    Por fin llegan a tierra. Los mismos curiosos se acercan a observar. Unos elogian lo copioso de la pesca; otros, la sin igual destreza de Pedro.



    - Nunca he tenido una pesca como esta –comenta Pedro- ¡Con ella me despido!



    ¡Hoy es mi último día trabajando como pescador!



    Los curiosos han quedado de boca abierta.



     



    LA HISTORIA BÍBLICA Y YO



    Dios tiene un propósito al permitir el fracaso en la pesca de Pedro y sus compañeros.



    Lo que ellos ignoran es que en su plan maravilloso, Él ha hecho lo que hace el joyero cuando quiere mostrar una perla o un diamante. Para que resalte lo pone sobre un fondo de terciopelo negro.



    Cuando el Señor obra así en nuestra vida y solo vemos el fondo oscuro, nos desanimamos. Uno de los problemas del fracaso es que se  sufre por la pérdida en sí.  Es decir, Pedro ha perdido el dinero  que él pensaba ganar.



    Pero a su vez hay otra desventura: la de las personas a nuestro alrededor que nos miran compasivamente preguntándose: “¿Cómo es posible si tienen  la bendición de Dios les vaya tan mal?”.



    Noten que el v. 3  declara: "y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud". No sabemos por qué utilizó el barco de Pedro y no otro. Quizás por la sencilla razón de la confianza que con él tenía.



    ¿Acaso no había sanado a su suegra?  Conociendo la personalidad del futuro apóstol nos damos cuenta que él estuvo pronto a poner todo lo que tenía a disposición del Señor.



    En la vida espiritual del creyente todo comienza con un poco de separación. Pedro, estando con sus amigos lavando las redes, a su pedido lo deja todo para complacerle.



    Primero hace que la barca se aparte un poco de la orilla, y luego se distancia remando mar adentro a lo más profundo.



    Las aguas superficiales son normalmente tranquilas. Las profundas pueden estar agitadas y ser aún peligrosas.



    Recuerden a aquella María que ungió al Señor con ese perfume precioso y costoso. ¿Se acuerdan del jovencito que permitió que sus pocos panes y peces fueran utilizados por el Señor y como resultado varios miles fueron alimentados? 



    En cada caso que alguien ha puesto de lo suyo para el servicio del Señor hay una bendición o un reconocimiento. En este caso Pedro puso a disposición del Mesías su embarcación.



    ¡Cómo me gustaría saber lo que Él les enseñó!



    Sin duda que pronunció frases semejantes a aquellas que dijo al paralítico “¿Qué es más fácil decir tus pecados te son perdonados o levántate y anda? (Lc 5:23). O quizás palabras como las que anunció a Nicodemo "os es necesario nacer otra vez".



    O  expresiones como las dichas a la mujer samaritana: "El que bebiere del agua que yo le daré para siempre no tendrá sed". O como le dijo a Marta: “El que cree en mí aunque esté muerto volverá a vivir” (Juan 11:25).



    Vivimos en una sociedad y tiempos de superficialidad: en las conversaciones, en las lecturas, inclusive hasta en los libros sobre temas  “espirituales”.



    En nuestros estudios bíblicos, queremos un mensaje corto que muchas veces dura menos que un 30% de lo que nuestros padres escuchaban.



    ¡Y qué triste cuando tenemos superficialidad en el ministerio de la palabra!



    El Señor le dijo a Pedro “boga a lo profundo”. ¿Sugerencia o una orden? 



    Quizás lo correcto fuera que Pedro decir algo así como: Señor voy a hcer lo que tu me mandas y nada más. Pero alega: “hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada”. Insinúa –como haríamos nosotros-  "si no pescamos nada no es porque no lo hayamos intentado".



    Pero la segunda parte de la frase ilumina el carácter de Pedro al decir "más en tu palabra echaré la red".



    Me imagino al pescador pensando algo así: "Maestro, tu eres el hijo de un carpintero; nada más lejos de ellos que el arte de pescar.  ¡Yo soy un pescador profesional!



    Pero si lo pensó, se contuvo. Se habían afanado toda la noche sin resultados. Es una confesión de mucho tiempo y esfuerzo invertido para fracaso. Sin duda que intentaron en zonas prometedoras, las más hondas y las no tan profundas.



    Es que aquella noche es como si alrededor del barco de Pedro hubiera bajo el agua un letrero luminoso advirtiendo a los peces: “Prohibido pasar”.



    Y cuando el barco se desplazaba a otro lugar el  anuncio también se movía. Era como una barrera impenetrable cerrando el paso hacia las redes.



    El Señor Jesús le muestra al futuro apóstol  como Él está en control absoluto de la naturaleza.



    Lo que ningún ser humano puede hacer Él lo puede.



    Observamos que ”las redes se rompían”. Esta es una expresión elocuente por la magnitud de la pesca: lo que por la impresión se teme, no acontece.



    La obediencia al Señor siempre trae bendición. De romperse la red todo se hubiera perdido.  Ninguna persona que ha sido alcanzada por la red del Evangelio de la Gracia de Dios se puede perder; eso es estar en la mano del Hijo y la del Padre sin nadie que de allí los arrebate (Juan 10: 28,29).



    Nos preguntamos: ¿cómo podría tener una  bendición abundante del Señor? Cuando Pedro pescó y fracasó el Señor no estaba con él. Cuando se produce el milagro, el Señor está muy cerca de él, precisamente  en la misma embarcación. 



    Pedro dice: “apártate de mí que soy un hombre pecador”. Él se da cuenta que Jesús es santísimo y él es un pecador.



    El mismo David plantea la pregunta en el Salmo 15: "¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu santo monte? El que anda en integridad y hace justicia. Y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua. Ni hace mal a su prójimo. Ni admite reproche alguno contra su vecino. Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo no por eso cambia. Quien su dinero no dio a usura. Ni contra el inocente admitió cohecho. El que hace estas cosas, no resbalará para siempre”.



    Los que estaban en la otra barca vinieron para ayudar y fueron bendecidos, aunque ajenos a los detalles y pormenores de lo que los otros fueron testigos. Siento que muchas veces  -hablando en forma figurada-  somos  como los que estaban en la otra barca.



    Compartimos las bendiciones pero no tenemos la apreciación gloriosa de la persona del Señor. No podían ellos tener la misma sensación de Pedro en cuanto a la naturaleza  pecaminosa humana y la santidad del Señor.



    Años después, en su epístola, el apóstol hablando del monte de la transfiguración dijo: “como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2Pe 1:16).



    El pescador hizo algo que no tendría que hacer a menos que Jesús fuese divino. Se arrodilló delante del Mesías.  Mucho tiempo después un centurión romano se arrodilla delante de Pedro pero este le dice: "Levántate pues yo mismo también soy hombre" (Hch. 10: 26). Observemos que Jesús no le dijo que no lo hiciera.



    El Señor no se podía apartar de él dado que estaban en el barco, pero tampoco lo hizo cuando llegaron a tierra firme.



    Esta escena nos trae de inmediato a la memoria al profeta Isaías cuando este tiene la visón de la gloria de Dios y dice: "¡Ay de mí! que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey Jehová de los Ejércitos” (Isaías 6:5).



    Cada vez que hay una revelación de la gloria de Dios, el ser humano se hace muy consciente de su naturaleza pecaminosa. Pero insistimos, el Señor en su bondad no se apartó de Pedro.



    Nosotros  hubiéramos  sospechado que el Mesías hubiera utilizado un prodigio espectacular de curación o de resurrección para convencer a Pedro y conseguir que él aceptara el llamado. Pero no fue así, Pedro era un pescador y Jesús le va a ofrecer un milagro de su propio ámbito cotidiano.



    Pedro cayó de rodillas tomando la misma posición que va a tomar el endemoniado gadareno (8:28)



    Vemos cierta similitud con la escena de Apocalipsis: "Cuando yo le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí diciéndome: "No temas yo soy el primero y el último y el que vive y estuvo muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1:17).



    La palabra profundo es el mismo término que se menciona en Mateo 13 vr 5 cuando se nos dice de la semilla que nació y se quemó y se secó porque no tenía profundidad. 



    Hay un peligro de sembrar sin profundidad. Esta es  una profundidad que hay que eludir y prevenir.  



    Tenemos la profundidad en relación a la sabiduría y conocimiento de Dios.  "Porque Dios encerró a todos en incredulidad para tener misericordia de todos y luego en el vr 33 "¡oh profundidad de las riquezas de la sabiduría  (sofía) y ciencia de Dios cuán  insondables son sus juicios  e inescrutables sus caminos"!  (Rom.11:33) Una profundidad que hay que admirar.



    Observamos  la  profundidad  en relación  a la naturaleza divina. "Dios nos las reveló por el Espíritu por el Espíritu todo lo escudriña aún lo profundo de Dios” (I Cor.2:10).  Una profundidad que hay que escudriñar.



    Así llegamos a otra “hondura” muy preciosa. La del amor de nuestro Salvador. "Que habite  Cristo por la fe....para que podáis comprender con todos los santos cual sea la anchura  y la longitud y la  profundidad  y la altura  y conocer el amor de Cristo  que excede a todo conocimiento” (Efes.3:18). Es  una profundidad en la que nos regocijamos



    Pero hay un precipicio  que no podemos ignorar y se debe evitar.   Hablando de la iglesia en Tiatira leemos  "lo que ellos llaman las profundidades de Satanás" (Apoic.2:24).



     



    DETALLES TÉCNICOS



    El texto bíblico nos dice que "el Señor se sentó". Nosotros para hablar en general nos paramos, pero era costumbre de los israelitas sentarse para enseñar.  Jesús estaba sentado al lado de un pozo cuando encontró a la mujer samaritana (Juan 4).



    En Juan 8 en relación con la mujer adúltera se nos dice que estaba sentado  y les enseñaba. En Mateo 5  al comienzo del Sermón del Monte se dice específicamente que "sentándose vinieron a él sus discípulos y les enseñaba"(1, 2).



    Las cosas que no pasaron



    1) Pedro le dijo al Señor que se apartara de él y el Señor no se apartó.



    2) La red parecía que se rompía pero no se rompió.



    3) Las dos barcas parecerían que se iban a hundir pero no se hundieron.



    4) Pedro creyó que era un día de fracaso y el Señor lo cambió en un día muy productivo con su bendición.



     



    EL LÍDER QUE HAY EN CADA UNO



    El dirigente obedece los principios de la Palabra de Dios así como Pedro obedeció al mandato del Verbo de Vida. Cuando no lo hace no puede contar con la bendición del Señor porque Él no puede honrar nuestra desobediencia.



    Así como Pedro puso su embarcación a disposición del Señor el líder está dispuesto a poner sus posesiones y aún el tiempo, para el servicio de nuestro Salvador.



    El adalid reconoce que no tiene la  perfección, santidad y conocimiento que le gustaría tener y está dispuesto a reconocerlo y lucha para lograrlo.



    Trata de "remar mar adentro" en la palabra de Dios, la cual medita y la  estudia regularmente.



     



    TEMAS PARA GRUPO DE ESTUDIO



    1) ¿En qué se muestra la obediencia de Pedro?



    2) Cuando Pedro dice "apártate de mi, Señor, que soy hombre pecador” ¿lo hacía por humildad o por otra razón?



    3) ¿Qué significa profundidad espiritual?



    4) ¿Quiénes son en un modo figurativo "los de la  otra barca"?



    5) ¿Qué significa ser pescador de hombres?


     

     


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