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Miguel de Unamuno y Juan A. Mackay: Diálogo entre fe y cultura (I)

Las ideas de Unamuno le servirán para entablar diálogo con la cultura iberoamericana, y tendrán gran influencia sobre su visión misionera y su postura teológica.

MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 24 DE FEBRERO DE 2019 18:00 h
Artículo publicado en la revista Nivola. / Jacqueline Alencar

El pasado mes de diciembre, en Salamanca, se presentó el sexto número de la revista Nivola, editada por la ‘Asociación Amigos de Unamuno en Salamanca’, en la cual publiqué un artículo. Miguel de Unamuno y Juan A. Mackay: Diálogo entre fe y cultura, lo titulé, intentando transmitir algo de la relación entre estos dos personajes, destacando la gran influencia que tuvo Unamuno en Mackay. La revista Nivola nos muestra, a través de sus páginas, las distintas facetas de la figura unamuniana: como pensador, político, filósofo, periodista, poeta, novelista, dramaturgo o Rector, entre otras. Sobre Juan Mackay, un escocés con alma latina, ya he tejido modestas líneas, apenas como una admiradora, pero me sigue persiguiendo el deseo de adentrarme más en la vida de personajes con los que, desde la modestia, puedo decir que siento cierta sintonía… Es conocida la cercanía de Unamuno a teólogos protestantes como Kierkegaard, Barth, entre otros. Hace unos días, en una mesa redonda sobre D. Miguel, llevada a cabo en la Casa-Museo Unamuno en Salamanca, el hispanista francés Jean-Claude Rabaté (quien, junto a su esposa Colette, son de los que más han trabajado sobre la vida y la producción literaria de Unamuno) comentó, entre otras cosas, que para él “Unamuno fue un protestante en tierras católicas”. Hoy hablamos de esa cercanía, pero con Juan A. Mackay.



Lo publicaré en dos partes al ser algo extenso… Ahí va la primera.



 



El primer encuentro con Juan A. Mackay, el teólogo, escritor, periodista, pedagogo, conferenciante, misiólogo, el de las cruzadas por la justicia social... lo tuve al escuchar la magnífica conferencia de Samuel Escobar, teólogo peruano, al recibir el Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica en Salamanca, el año 2011. Ese día también descubrí la gran amistad entre Mackay y D. Miguel de Unamuno.  



Cito un fragmento de la intervención de Escobar en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca: "… a mis diecisiete años tuve el placer de conocer personalmente en Buenos Aires al Dr. Juan A. Mackay, cuyos libros, El sentido de la Vida y El Otro Cristo Español, estaban entonces entre mis libros de cabecera de la adolescencia, y en ellos había múltiples referencias a Unamuno. En nuestra larga conversación yo escuchaba con avidez a ese maestro escocés que hablaba el castellano a la perfección con una pronunciación muy castiza. Cuando mencionó a Unamuno se emocionó y me pareció que los ojos se le humedecían. De vuelta en Lima, empecé a releer sistemáticamente a Unamuno y también devoré el Prefacio a la Teología Cristiana de Mackay (…) Su paso por España, recién graduado de Princeton, y su amistad con Unamuno, le dieron a su teología una dimensión existencial y una sensibilidad especial para entender el alma de los pueblos ibéricos".



Mackay nació en Inverness, Escocia, en el año 1889. Fue preparado de forma excelente por la Academia Real de Inverness y la Universidad de Aberdeen, donde estudió Filosofía y descubrió su vocación misionera. En 1915 se gradúa de Princeton y viaja por ocho semanas a América del Sur enviado por la Junta de Misiones de la Iglesia Escocesa Libre. Se dice que de ahí vino la convicción de que sería misionero en Perú. Aconsejado por uno de sus profesores en Princeton, viaja a España a estudiar la tradición religiosa española y aprender bien el castellano. Es así que el hecho de vivir ocho meses en España, entre 1915 y 1916, y otros años en Latinoamérica, le sirvieron para llegar a ser un gran conocedor de la espiritualidad y de la cultura de Iberoamérica, hecho que más tarde se plasmaría en su libro El otro Cristo Español.



Al llegar a Madrid en noviembre de 1915, se hospeda en la Residencia de Estudiantes y se matricula en el Centro de Estudios Históricos, relacionado con el Instituto de Enseñanza Laica, fundado por Giner de los Ríos, quien había muerto meses antes de su llegada a Madrid. Dice él: "Durante casi un año, viví en el ambiente intelectual de don Francisco Giner de los Ríos y en amistad íntima con sus discípulos...".



Una de las visitas que llegó a la Residencia de Estudiantes para dar una charla fue Miguel de Unamuno. Se dice que Mackay comentó que "la Residencia encarnaba el espíritu de Unamuno y que tomó para sí el deber de hacer divulgar sus ideas". En la Residencia conoció a Juan Ramón Jiménez, el poeta español. También Ortega y Gasset estaba relacionado con la Residencia y era miembro de la Junta Directiva. Además, conoció a Carlos Reyes, Tomás Navarro, Américo Castro.... Federico de Onís fue uno de sus profesores de español. Y allí tuvo el primer contacto con Luis Alberto Sánchez, quien llegaría a ser vicepresidente del Perú. Toda esta experiencia con el ambiente cultural de Madrid le sirvió para adentrarse sin dificultad en los ambientes literarios de Lima, y facilitó su intención de propiciar un diálogo entre fe y cultura, algo que estará presente hasta el final de sus días.



Las ideas de Unamuno le servirán para entablar diálogo con la cultura iberoamericana, y tendrán gran influencia sobre su visión misionera y su postura teológica.



Unamuno lo impresionó de tal manera que Mackay lo visita en Salamanca. A ello se refiere en El otro Cristo español: "Jamás podré olvidar, mientras viva, aquel día, que inició toda una época en mi experiencia, cuando visité a Unamuno en su hogar de Salamanca durante las navidades de 1915. Fue el año después que la influencia clerical lo había depuesto del rectorado de aquella antigua Universidad, y unos años antes de ser desterrado de España”.



Para Mackay, Unamuno fue un personaje que en 1891 llegó a Salamanca como profesor de griego, y que durante treinta años hizo retumbar su mensaje en la Universidad, en las salas públicas y con su pluma, de la que emanaron ensayos, poemas y disertaciones filosóficas.  Unamuno se entrañó con Salamanca, como más tarde lo harían Mackay y su esposa, al llegar al Perú. El propio Mackay lo afirma: “Llegamos a ser uno con ellos y nos consideramos peruanos…”. Por ello fundaron un colegio y Mackay se matriculó en la Universidad Nacional de San Marcos, donde, en 1919, leyó su tesis doctoral sobre Unamuno, intitulada: Don Miguel de Unamuno: Su personalidad, Obra e Influencia; primera tesis que se conoce sobre el pensamiento filosófico de éste. Además, Mackay no solo se afianzó intelectualmente, sino que se relacionó con los profesores de dicho centro académico, como Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía, Víctor Raúl  Haya de la Torre... También resalta el hecho de que él mismo fuera invitado a dar clases de Filosofía Contemporánea y Metafísica en la Universidad de San Marcos. Y algún tiempo breve fue director del Departamento de Filosofía y Letras.



Mackay tomó de Unamuno esa facilidad de entrar en diálogo con la cultura, en su caso con la cultura hispanoamericana, y esto lo utilizó para sus propósitos misioneros. En Perú, Mackay formó parte de un grupo de intelectuales llamado La Protervia. Mackay también acercó la cultura anglosajona a los peruanos... Escribió artículos para el periódico 'El Mercurio Peruano' sobre Woodrow Wilson y David Lloyd George, llamándoles demócratas que habían aprendido a gobernar a los pies de Jesús... Destacando asimismo los aportes de la literatura inglesa. Hay que mencionar también su amistad con Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, al iniciarse sus carreras política y literaria. Escribió en las revistas Amauta y Mercurio Peruano, dirigidas por Mariátegui y por Víctor Andrés Belaúnde, respectivamente.



Ambos se interesaron por la cultura, pero también por la espiritualidad de los lugares donde estaban asentados. Por eso, El otro Cristo español de Mackay tratará fundamentalmente de ese Cristo que no llegó con la conquista.  Dice: “A Sudamérica llegó un Cristo que ha puesto a los hombres de acuerdo con la vida, que les ha dicho que la acepten tal como es, y las cosas tal como son, y la verdad tal cual parece ser”. Habla del mismo Cristo que Unamuno menciona en uno de sus poemas: “Este Cristo, inmortal como la muerte, /no resucita; ¿para qué?, no espera sino la muerte misma. /De su boca entreabierta, /negra como el misterio indescifrable, /fluye hacia la nada, /a la que nunca llega, /disolvimiento. /Porque este Cristo de mi tierra es tierra…” (Fragmento).



Dramáticas palabras de Unamuno para retratar el culto a ese Cristo que solo es tierra, que según él ha sofocado la religión de España, al igual que en Sudamérica. Y añade Mackay: “Pero ¿y el otro? ¿El que hace que los hombres no estén satisfechos con la vida tal cual ésta es, y con las cosas tal como son, y que les dice que, por medio de él, la vida será transformada, y el mundo será vencido y sus seguidores serán puestos de acuerdo con la realidad, con Dios y con la verdad?”. A lo que responde: “El otro Cristo no ha abandonado por completo aquel país. Se le encuentra entre los grupos que disienten de la fe oficial y que han buscado en una u otra de las iglesias protestantes de la Península la satisfacción espiritual que anhela … Consideremos a dos miembros representativos de este grupo, en la vida de la España moderna… Estudiando la personalidad espiritual de estos dos hombres podremos formarnos un retrato del ‘Otro Cristo español’ contemporáneo. Ambos son laicos…: don Francisco Giner de los Ríos y don Miguel de Unamuno”.



Es en este libro mencionado donde se encuentran diseminados puntos esenciales del pensamiento de Unamuno. Sobre todo, Mackay intenta sintetizar su posición religiosa fundamental; señalando, asimismo, “con tal que se tenga presente que nuestro autor es el menos sistemático de los escritores, y enemigo jurado de la lógica, y, además, que sus escritos abundan en contradicciones íntimas que se presentan por todas partes en la vida y naturaleza humanas”.   



Mackay afirma que el pensamiento de Unamuno halla su centro en dos ideas esenciales: la de vocación o misión, y la de lucha agoniosa, especialmente la lucha por vivir para siempre. “El gran problema de la civilización moderna -dice Unamuno-, no es la distribución de la riqueza, sino la distribución de vocaciones. Un hombre comienza a vivir cuando puede decir con don Quijote: 'Yo sé quién soy'. Para él la vida tiene un sentido, aun cuando otros puedan tenerle por loco. Es decir, que cada hombre tiene una vocación determinada, la cual debe ejercer para que su vida tenga sentido, pero para alcanzar esto se hace necesario ir hasta las últimas consecuencias. “Toda tarea ha de acometerse con un sentido religioso de su importancia. Si la tarea particular de un hombre no le satisface, que la cambie por otra, pero que trabaje en algo en que pueda poner su alma entera. (…) Para hacerlo se necesita el más completo abandono y sacrificio en el cumplimiento de su vocación”.   



Nos recuerda Mackay que Unamuno confiesa que se contentaría con que su mensaje muriese en la mente de sus lectores, con tal que, muriendo, ayudara a fertilizar los pensamientos de éstos. Y que en este pensamiento está contenido el evangelio del trabajo, y del sentido de la vida, de Carlyle, que Giner de los Ríos predicaba en Madrid, cuando los jóvenes trabajaban no con motivos de servicio sino por la esperanza de las ganancias. Ambiente en el que Unamuno hace resurgir el famoso dicho de Santa Teresa: 'Entre los pucheros anda el Señor'. Es decir, que ningún trabajo era menospreciable si se realizaba con un sentido de vocación y de Dios.



Señala Mackay que, “en lo que toca a su propia y particular vocación, Unamuno consideraba que ésta era la de reencarnar a don Quijote en la España y época modernas, en defensa de lo eternamente espiritual y bregando con el mal dondequiera éste apareciese, sin hacer cuenta de las consecuencias. Quería que sus compatriotas aprendieran a pensar en lo más profundo de la vida y el destino. Su función sería la de lanzarlos, según nos dice, al océano de Dios, para que aprendan a nadar. Deben abandonar la 'fe del carbonero' y es menester trastornarles esa paz de cementerio en que han pasado la vida. Es necesario despertar en ellos la inquietud espiritual. Y que no esperen de él pan, sino sólo levadura y fermento. Tócale a él provocarlos a una lucha espiritual creadora…”.   



Mackay beberá del libro de Unamuno Del sentimiento trágico de la vida para analizar las deficiencias del hombre que influyen a la hora de llegar a ser un agente idóneo de transformación de la sociedad de la que forma parte. Sobre todo, como señalan algunos estudiosos de la obra de Mackay, él aprendió de Unamuno no solamente a buscar un sentido a la vida, sino también un sentimiento religioso que la enriquezca para hacerla duradera.



Todo esto nos lleva a entender la idea preponderante de D. Miguel, la de la lucha trágica y agonizante. Escribe Mackay: “Oímos la voz de lo más profundo de su alma en aquellos 'Salmos' que forman parte del volumen principal de sus poemas. Porque Unamuno es también un poeta, el más grande de los poetas líricos de España después de Fray Luis de León. Sus salmos son el grito de un alma angustiada que, al remontarse, azota sus alas contra el velo en un esfuerzo por atravesarlo. Su lenguaje trae a nuestra memoria algunas de las expresiones de Moisés, Job y San Agustín…”. Es interesante su análisis sobre El Cristo de Velázquez, el poema de Unamuno, del cual dice que es único en la literatura moderna, y a través del mismo el poeta medita en el Crucificado, y a él se dirige en un monólogo, que expresa el significado místico de cada uno de los rasgos de Cristo.  […] “La muerte de Cristo fue creadora, porque no fue un mero hombre quien murió sino Dios en naturaleza humana. En uno de sus libros dice que nunca se sintió Dios más Creador y Padre que cuando murió en Cristo, cuando en Él, en su Hijo, probó la muerte”.



Porque, como afirma Mackay en su tesis Don Miguel de Unamuno: Su personalidad, Obra e Influencia, éste viene de esa ‘crema y nata de una raza de místicos luchadores’, de ese misticismo que brotó del litoral cantábrico: activo, turbio y desasosegado, diferente del misticismo castellano: pasivo, sereno y contemplativo. No nos extrañe, pues, que Unamuno escriba “Mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible -o Incognocible, como escriben los pedantes- ni con aquello otro de 'de aquí no pasarás” (de su ensayo ‘Mi religión’). Como afirma Mackay: entre la cabeza y el corazón de Unamuno se debatía una lucha interminable.



Ambos propugnaban que una vida que no estuviera comprometida, ya sea en la vida secular o religiosa, no era digna de ser vivida, viniendo a ser tan reprensible como una vida sin rumbo. Eran conscientes de la necesidad de una responsabilidad en cuanto al uso de sus ideas. Necesitaban ser pensadores dinámicos, imposibles de quedarse relegados a las rigideces. Voces críticas. De ahí que su pensamiento fuese apasionado y comprometido; no eran meros espectadores, sino que buscaban la Verdad en el Camino, lo cual trae consigo una nueva vida personal y una especial vida colectiva, encarnándose en la realidad en la que estaban inmersos. Continúa Mackay: “Coloca así Unamuno, de esa manera, la ética sobre una base trágica. Sea cual fuere el costo, el hombre ha de vivir gozosamente de acuerdo con los valores morales eternos”.



 



(Continuará…)


 

 


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