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    Sebastián Castellio en México (III)

    El pensamiento de Sebastián Castellio se filtró en obras de reformadores españoles que dejaron un importante legado.

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 10 DE FEBRERO DE 2019 12:00 h

    La influencia de Sebastián Castellio en ex monjes del Monasterio de San Isidoro del Campo es una veta en exploración. La experiencia de haber sido perseguidos en España por la Inquisición dejó en algunos de ellos, particularmente en Casiodoro de Reina y Antonio del Corro, improntas que les llevaron a desarrollar solidaridad con pensadores protestantes que padecieron distintos tipos de hostigamientos.



    En dos artículos anteriores he compartido que gracias al esfuerzo del historiador y pastor presbiteriano Lemuel Reyes pude, tras años de haberlo intentado, tener dos libros de Sebastián Castellio publicados por el Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet. Las obras llegaron a México y amablemente Lemuel las puso a mi disposición. He leído con fascinación Contra el libelo de Calvino y Sobre si debe perseguirse a los herejes. En ambos escritos Castellio se manifiesta irreductiblemente a favor de la libertad para examinar por sí mismo asuntos de fe y a no ser perseguido por sostener puntos de vista diferentes a los normados por un determinado acercamiento doctrinal. 



    En el siglo XVI una argucia usada por diversos autores era difundir como propias, o de un tercero, ideas que en realidad pertenecían a personajes mal vistos o censurados en un cierto territorio. Fue así que se filtraron propuestas que inicialmente pasaron inadvertidas para los censores. Por ejemplo, ha demostrado Carlos Gilly que el Diálogo de doctrina cristiana de Juan de Valdés, publicado en 1529, introdujo subrepticiamente ideas de Martín Lutero y otros autores vedados en España: “Miguel de Eguía estaba lejos de imaginar  que el librito salido de sus prensas fuese en realidad la primera compilación española de escritos de Lutero. La insistencia sobre el influjo de Erasmo fue en realidad un subterfugio utilizado por el autor para impedir que los censores descubrieran las fuentes verdaderas del libro: los Decem Praecepta Wittenbergensi praedicata populo de Lutero del año 1518, su Explanatio dominicae orationis pro simplicioribus laicis de 1520, el In Iesaiam Prophetam Hypomnemata de Ecolampadio de 1525 y probablemente también el Enchiridion elementorum puerilium de Melanchthon de 1524”. 



    Gilly expuso su descubrimiento en un artículo, publicado en alemán, de 1983 en el cual disertó sobre la apropiación que de Lutero hizo Juan de Valdés. El trabajo fue publicado en castellano, en 1993, por el Instituto Juan de Valdés. Posteriormente el autor ha realizado agregados y adiciones que refuerzan su hallazgo original.



    Ideas protestantes llegaron a Nueva España. Lo hicieron por vías insospechadas, como fue el caso del catecismo del primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, de 1546, que es en mucho un compendio de ideas erasmistas y apropiación de lo escrito por Constantino Ponce de la Fuente en Suma de doctrina cristiana (1544). Constantino a su vez tomó varios planteamientos que Juan de Valdés hizo en Diálogo de doctrina cristiana. Fue así que subrepticiamente, y sin proponérselo Zumárraga, se filtraron en la Nueva España principios doctrinales protestantes.



    Constantino Ponce de la Fuente fue un gran predicador, capellán de Carlos V y acompañó al hijo y sucesor de éste, Felipe II (fiero antiprotestante), en varios viajes por Europa. De regreso a Sevilla continuó predicando en la catedral, por el contenido de sus sermones lo arrestó la Inquisición y fue encarcelado el 16 de agosto de 1558. Las condiciones de su encarcelamiento le provocaron disentería, de la que murió a principios de 1560. Sus restos fueron desenterrados y quemados en la hoguera en el Auto de Fe de diciembre del año de su muerte.



    Antonio del Corro y Casiodoro de Reina leyeron atentamente a Sebastián Castellio. Compartían inquietudes teológicas e intelectuales y eran dados a intercambiar entre sí obras de autores protestantes radicales. De esto quedó constancia en la misiva escrita el 24 de diciembre de 1563 por Antonio del Corro a Reina. En la misiva Corro comenta sobre su interés de leer escritos de Gaspar Schwenckfeld, Valentino Crotaldo, Andreas Osiander, Justus Velsius y Jacob Acontius, y solicita la opinión de Casiodoro al respecto.



    La acuciosidad de Gilly respecto a la presencia de Castellio en reformadores españoles del siglo XVI es bien reflejada en un trabajo panorámico sobre el tema: “El influjo de Sebastien Castellion sobre los heterodoxos españoles del siglo XVI”, en Michel Boeglin, Ignasi Fernández y David Kahn (coords.), Reforma y disidencia religiosa. La recepción de las doctrinas reformadas en la península ibérica en el siglo XVI, Casa de Velázquez, Madrid, 2018, pp. 305-349. En otra parte Gilly ahonda en la influencia castellioniana sobre uno de los ex monjes de San Isidoro: “Camuflar la herejía: Sébastien Castellion en los Diálogos teológicos de Antonio del Corro”, en Ana Vian Herrero, María José Vega y Roger Friedlein (coords.), Diálogo y censura en el siglo XVI (España y Portugal), Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt, 2016, pp. 153-225. 



    En el gran proyecto encabezado por Emilio Monjo Bellido para publicar en ediciones críticas la colección Obras de los Reformadores Españoles del Siglo XVI, salió en el 2010 de Antonio del Corro Comentario dialogado de la Carta a los Romanos. La traducción del latín al castellano y el estudio introductorio son de Francisco Ruiz de Pablos. Otros libros de su autoría forman parte de la citada colección. Su alegato a favor de la libertad religiosa quedó plasmado en carta que le escribió a Felipe II. 



    El comentario de Corro a la epístola paulina es de 1574, y en él incorpora “textos y argumentos de Sébastien Castellion, sin que sus correligionarios calvinistas o zuinglianos lograran propiamente identificarlos”, anota Carlos Gilly, agrega que “sus censores inmediatos no eran los inquisidores y otros ‘monacos hispanos’, al parecer del todo ignaros en el conocimiento directo de textos de Lutero, sino dos de los mayores teólogos de la Reforma en Suiza, Heinrich Bullinger y Rudolph Gwalther, y a la vez enemigos declarados de la doctrina de Sébastien Castellion”.



    Antonio del Corro hizo llegar ejemplares de su comentario a los reformadores suizos. En la carta que acompañaba el volumen para Bullinger, el español le confió que desde sus años en el monasterio sevillano había tenido oportunidad de leerle: “Yo soy uno de aquellos, sabio hombre, que con la ayuda de tus escritos pudieron llegar a un conocimiento más puro de la doctrina cristiana. Eso sucedió hace veinte años, cuando por obra de la providencia se presentó la oportuna ocasión de leer tus libros, que me daban los mismos inquisidores, y de donde logré obtener frutos ubérrimos por los que, todavía hoy cuando pienso en ellos, me siento altamente agradecido hacia ti”.



    En el Comentario dialogado de la Carta a los Romanos el autor hizo uso de la Biblia al latín que tradujo Castellio y publicó en 1551. Su cercanía con los planteamientos de Castellio, quien a su vez criticó duramente la pena de muerte infligida en octubre de 1553 en Ginebra a Miguel Servet, levantaron suspicacias acerca de la ortodoxia de Antonio del Corro. En enero de 1575 el futuro obispo de Lincoln, William Barlow, escribió una misiva en la que describió a los que consideraba dos teólogos peligrosos que enseñaban en Londres. Uno era francés, Pierre, Loyseleur, “el otro, español, se llama Antonio Corranus, es docto y elocuente, pero muchos dudan de su piedad, ya que cuestiona la autoridad de los reformadores más meritorios. Es, en cambio, un admirador incondicional de Sébastien Castellion, cuya versión latina de la Biblia él aprecia no tanto como traducción —pues no ha traducido palabra por palabra— sino como paráfrase o traducción frase por frase; y es aquí donde, según Corro, Castellion supera a todos los demás intérpretes en muchas leguas. El denunciante añade que Corro se interesó muchísimo en obtener un ejemplar de unos diálogos sobre la trinidad de [Ochino pero traducidos por] Castellion y que, asistiendo él una vez a sus lecciones, oyó decir a Corro que no habíamos sido salvados ni por Lutero ni por Calvino, sino por la sangre del cordero muerto por los pecados del mundo, pero omitiendo expresamente las palabras “ab initio mundi”. ¡Ójala se hubiera quedado en Compostela!” 



    El pensamiento de Sebastián Castellio se filtró en obras de reformadores españoles que dejaron importante legado al conjunto del protestantismo iberoamericano: Francisco de Enzinas, Casiodoro de Reina (cuya Confesión de Fe de 1560 hizo eco de ideas de Castellio) y, como hemos visto, Antonio del Corro.


     

     


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