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    Maná para el peregrino XXXIII
     

    Juan de Ávila y la reforma de la realidad social

    Ávila tendrá una actitud sumamente crítica respecto a los valores que se mantienen en la sociedad de su tiempo, como lo eran la apariencia y la ostentación en el estilo de vida.

    MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 08 DE SEPTIEMBRE DE 2018 23:40 h
    Plaza de Anaya y catedral nueva de Salamanca. / J. Alencar

    Continúo con los comentarios contenidos en el libro de Mª Jesús Fernández Cordero, Juan de Ávila (1499-1569). Tiempo, vida y espiritualidad. Anteriormente ya me referí a la preocupación de Ávila por generar cambios en la realidad social de su tiempo. Sus recomendaciones a las autoridades acerca de sus responsabilidades inherentes a las personas y su formación integral. No estoy propugnando que Iglesia y Estado vayan de la mano, pero sí estoy reflexionando acerca de cómo los seguidores de Jesús podemos ser referencia en nuestro entorno y aportar en su construcción. Por qué no revisando el legado que nos han dejado nuestros ancestros, llámese Abraham, Pablo, Timoteo, o Lutero, o Juan, Casiodoro, Cipriano, o Miguel, Edmundo, Pedro, Ernesto, Luis, o Mariano… Hoy, hablo de Juan de Ávila, inspirado por sus referentes Cristo y Pablo de Tarso, quien se preocupaba por lo que pasaba con los de alrededor, pues podría haberse quedado muy quieto, ya que en su época pululaba la maquinaria de la Inquisición, que aun hoy me hace temblar y hace que con solo recordar se remuevan todas mis estructuras.



    Antes de entrar en el tema de la redistribución de la riqueza planteada por Ávila, me gustaría señalar un aspecto que anteriormente me atrajo: Ávila denunciaba males que venían ya desde muy atrás, relacionados con la educación. Decía que “la catequesis a los niños se consideraba solo una tarea familiar, de modo que en la misión pastoral de los clérigos era omitida de forma sistemática. Ello, a su vez, creó una mentalidad según la cual se trataba de una actividad no solo poco valiosa, sino poco digna del estado clerical”. “… algunos recibieron las críticas de quienes veían esto como incompatible con la dignidad de los religiosos. En definitiva, la dejación de los pastores, justificada con el argumento de su dignidad sacral, tenía como consecuencia la ignorancia de los fieles, que podían quizá saber de memoria el credo y las oraciones de la Iglesia, pero como decía Fr. Juan de Zumárraga, no tenían ‘verdadera noticia de lo que aquello contiene’. Así pues, cuando Ávila denunciaba esos mismos males y buscaba una sólida formación cristiana del pueblo, era consciente de las resistencias del clero a esta dedicación y del menosprecio y hasta desprecio con que en muchos casos era mirada. Él, en la práctica, fue uno de los pioneros de la renovación que, en este campo, se fue abriendo paso en el siglo XVI”.



    Comenta la autora que Ávila elevó estas cuestiones al concilio de Trento en su ‘Memorial Segundo’, solicitando que se retornara a la catequesis, que lo que había no era suficiente, y que se empezara por los niños, desde abajo. Que los niños no solo supiesen la doctrina cristiana ‘de coro’, sino que la pusiesen por obra…



    Leyendo estas apreciaciones, yo puedo decir que estos temas son totalmente actuales, y a los que, gracias a Dios, se está empezando a tomar en serio.



    “No debe parecer fuera de propósito criarlos con cuidado y con ayo, como se hace a los hijos del rey, pues ellos son del Rey celestial”, decía.



    Habría que tener cuidado incluso en los que podían quedar al margen, como los niños que no tuviesen quien vigilase su escolarización al tener padres negligentes, o que trabajasen, no pudiendo asistir… Pero también se preocupaba de los niños pobres, huérfanos o abandonados, en riesgo de caer en la delincuencia o al menos de crecer faltos de virtud”. Se preocupaba por la vida de estos y pensaba en soluciones como casas en las pudiesen recibir educación y aprender un oficio.



    ¡Todo ello me suena muy actual!



    Ávila y sus discípulos promovieron colegios y llevaron a cabo obra de formación e integración social. Como señala Mª Jesús, para que estos centros se difundiesen, “instaba a todas las autoridades, seglares y religiosas, a fomentarlos: por el bien de la república, era algo que incumbía a los reyes y señores; y ‘por ser cristianos, y miserables, y huérfanos, pertenece su remedio a la Iglesia’ y ‘están a cargo del paternal corazón del obispo”. La atención a la infancia era para ambos sexos y con énfasis en los más pobres y desprotegidos.  



    Otro apunte: “Junto a esta atención a la infancia y con acento a los más pobres y desprotegidos, encontramos la inquietud, en el otro extremo, por los jóvenes dados a la ociosidad entre los sectores medios de la burguesía y la nobleza: ‘mozos holgados y en regalos, y sin doctrina, y que son principales del pueblo’, que causan alborotos, pierden mujeres y son ‘de ningún provecho’. De nuevo apelaba aquí a la autoridad del rey, que debería ordenar su educación y ocupación, y al obispo, que debería atender a su formación cristiana (…). De este modo continúa Fernández, la perspectiva pastoral del Maestro buscaba responder a las necesidades educativas de la infancia y juventud sin descartar ningún sector social, apelando a la responsabilidad de las máximas autoridades civiles y religiosas, comprometiendo a los obispos en el desempeño de la misión y abarcando las distintas facetas de una formación integral: sociabilización y cultura, oficio, doctrina cristiana, vida de piedad y buenas costumbres”.



    Me admira su preocupación por todos, pues con certeza había leído en Romanos 2.11: “Porque no hay acepción de personas para con Dios”.



    Tarea harto compleja, pero que con sacrificio llevan a cabo muchas organizaciones cristianas en la actualidad. No obstante, reconozco que todavía nos falta a todos comprometernos con sus proyectos. Leyendo sobre esta labor en el siglo XVI, mucho me asombra reconocer en su discurso el que hoy escucho para animar a nuestros colectivos a colaborar. La tarea continúa y viene de atrás. Y hay que pensar en el futuro.



    Añado dos recomendaciones importantes de Ávila que la autora nos proporciona con gran detalle. “Por una parte, la ineludible responsabilidad del obispo, padre de los pobres… debía ‘dar la mejor parte de limosna que ningún otro’ (expresión de un máximum que implicaba la reforma del uso de los bienes eclesiásticos); debía también guiar, impulsar, vigilar y sustentar estas obras, para evitar que decayesen del primer espíritu, animar a sus realizadores, y ejercer él mismo una atención directa y personal a los destinatarios: visitar ‘muchas veces a los pobres y enfermos’, como sería bueno que a los pobres de la cárcel ‘alguna vez los visitase y consolase con alguna plática, y diese en aquel día algún regalo de comida’…”. También se dice que a Ávila le preocupaba la calidad y preparación de quienes tuviesen la responsabilidad en esta labor con los pobres, en especial en los de extrema necesidad. He aquí un texto de sus ‘Advertencias’, que extraigo del libro:



    “Y procúrese por todas las vías que las personas a quien se ha de dar este cargo sean tales, que […] puedan con sus buenas palabras y exhortaciones santas animar, consolar a los enfermos, huérfanos, pobres viudas, procurando encaminarlos en la vida cristiana y recogida”.



    Conviene aclarar lo que nos dice Fernández Cordero sobre que “la intención avilista se mueve más bien por la preocupación evangelizadora que mira a todas las dimensiones de la persona…”.  “…era preciso no solo remediar o aliviar la pobreza material, sino alcanzar la dimensión espiritual del pobre, el huérfano, la viuda, el enfermo, y abrirla al contacto con Dios, de lo cual formaba parte la vida sacramental”. Recomendaciones de Dios para su pueblo que encontramos en las Escrituras. Quizá son palabras de otros tiempos diferentes a los nuestros, pero me aventuraría a decir que la esencia de las mismas no cambia.



    Ya estaba hablando de Misión integral, que es el modelo que nos dejó Jesús.



    ¿Por qué mirar hacia este tiempo pasado? Quizá porque siento que me conviene revisar nuevamente mi ‘Manual de instrucciones’ tal como ellos lo sintieron en su momento, esa necesidad urgente de ir a la fuente única y verdadera. Pienso que se arriesgaron porque querían servir al Señor que había cambiado sus vidas y les había dejado un acompañante para el camino, que les estimulaba a entrar en la misión a pesar de lo peligroso que era si querían hacerlo mas o menos bien. No creo que se dedicaran a esta causa reformista por que no tenían nada mejor que hacer o por alcanzar una gloria pasajera.  Creyeron que las buenas noticias tenían que darlas a todos los que estaban dispuestos a recibirlas y apropiárselas, procesarlas y luego ellos mismos ser transmisores de las mismas a otros.



    Ahora, retomando ese apartado llamado Reforma de la sociedad: la fuerza transformadora del amor, donde Ávila expresa sus inquietudes sociales y su llamado a un gobierno responsable que vela por el bien común, donde uno de los conceptos que ilustran tal situación era la lucha contra la pobreza, la autora nos recuerda su escrito dirigido a Felipe II: “Al oficio de la majestad real conviene procurar que sus vasallos no vengan a pobreza”. Tanto por el bien de la república como por el sentido cristiano, pues ‘de la pobreza se siguen muchos pecados y males contra Dios y contra los prójimos…”.



    Comenta Fernández que, al buscar el origen de la pobreza, sin entrar en análisis socioeconómicos, este tendría tres causas: la primera correspondería a una concepción providencialista…; la segunda y la tercera dependían más de la acción directa del gobernante: la pobreza era fruto de ‘mucho gastar’ y del ‘poco ganar’. Ávila tendrá una actitud sumamente crítica respecto a los valores que se mantienen en la sociedad de su tiempo, como lo eran la apariencia y la ostentación en el estilo de vida, algo en lo que se jugaba el mantenimiento de la diferenciación social de los estamentos privilegiados y, al tiempo, donde se reflejaban las tensiones de ascenso de los grupos enriquecidos.



    Percibimos que aquí estaba el meollo del asunto que interesaba a Ávila, tanto desde la perspectiva del Estado como del clero: la búsqueda incansable de poder, de estatus, de prestigio, influencia… que alcanzaba aun a “quienes no tenían mayores recursos ni posibilidades de ascenso social”. A todos los niveles, por tanto, Ávila propugnaba que el príncipe prohibiera estas actitudes, que se extendían incluso a los sectores plebeyos. Lo refleja esta cita que nos ofrece la autora:



    “Ahora hay muchos oficiales que comen tan regaladamente y más que la gente noble; y esta tampoco se contenta con lo razonable, ni los señores. Pues las demasías de banquetes y comidas que hay en la corte y fuera de ella son tan manifiestas, que ella misma predica su confusión y pide su remedio” (A. Álvarez-Ossorio Alvariño, Rango y apariencia. El decoro y la quiebra de la distinción en Castilla (ss. XVI-XVIII): Revista de Historia Moderna 17 [1998-1999] 263-278).



    Ávila, según Fernández, “apelaba a una sociedad que se decía cristiana -la cristiandad-, mostraba la contradicción en que había caído, pues sus miembros debían seguir a Cristo tanto en lo interior como en lo exterior y, en ambos ámbitos, diferenciarse del mundo… terminaba lamentando: ‘somos en este caso más mundanos que el mismo mundo”. La autora nos ofrece más detalles que nos permitirán ahondar en el tema en cuestión. Seguro muchos han leído sobre los aconteceres en el mundo cristiano, tiempos en los que surgieron voces que pedían reformas por las situaciones límite a las que se había llegado. Quisieron emular el modelo de Cristo, y, por ende, el de Pablo, y de toda esa nube de testigos que había sido relegada por el polvo del tiempo en los rincones de la memoria. Querían volver a revisar la palabra que habían vuelto a encontrar cuando decidieron reformar la casa de Dios.



    Quisieron tener un encontronazo con Dios para saber cual era la dirección que había que retomar. Quitar los ídolos a los que habían ido forjando a lo largo de los siglos. Quitar las imágenes de otros dioses que no eran el del Todopoderoso que había visitado la tierra y haciéndose carne de la estirpe de Melquisedec había abierto el camino, una vez y para siempre, a una nueva vida abundante. Y había dejado un compañero-consolador y abogado-mentor para culminar la carrera que quedaba por delante, y una paz diferente a la que había en el mundo. Con ellos volvimos a retomar Palabra que podía ser escrita en los corazones, como esa que encontraron en la época del rey reformador Josías (Crónicas 34), quien se confrontó con ella, se sensibilizó ante su potencia y menguó para obedecerla, junto con su pueblo.



    Claro que el contexto de Ávila y de otros disidentes de su época difiere del nuestro en algunos aspectos, pero el hombre continúa siendo el mismo. Con sus luces y sombras, quizás siendo conscientes de no ser “tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios”, como nos transmite la segunda epístola a los corintios, no buscando su propio beneficio, sino el de todos, quisieron aportar a la construcción de un mundo mejor.



    Ocupaban un lugar privilegiado y podrían continuar beneficiándose si se quedaban cómodamente. Pero, antes bien, se recomendaron en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles … en palabra de verdad, en poder de Dios (…)  como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo… palabras de Pablo en la misma carta citada, totalmente de carácter pastoral que no podía dejar indiferente a ellos, que habían decidido releer los textos bíblicos con ojos nuevos y contagiar de esta sed a los demás, buscando que también ensancharan sus corazones. ¿Qué podían ganar? ¿Cárcel, procesos, la caza de brujas, el desprecio? Pues va a ser que sí, pero continuaron su curso, aun cuando tuvieron que hacer malabarismos para seguir resistiendo, o para morir.



    La expresión mencionada de Ávila, el ‘mucho gastar’ venía acompañada del ‘poco ganar’, y la usaba para enfrentarse a la actitud de desprecio por el trabajo, al rechazo de los oficios que eran considerados como viles, tal como lo ilustra en esta cita que la autora toma de la Advertencia a los reyes (n. 16, OC II, 638):



    “El holgar es cosa muy usada en España, y el usar oficio muy desestimada; y muchos quieren más mantenerse de tener tablero de juego en su casa, o de cosa semejante, que de usar un oficio honesto. Porque dicen que por esto pierden el privilegio de la hidalguía y no por lo otro. Y yo no alcanzo la razón de esta ley. San Josef fue carpintero (cf. Mt 13,55); y no estaría mal a quien no tiene de comer por vía lícita aprender un oficio y usarlo en su casa, pues, por muy alto que sea, no será tanto como san Josef ni como Jesucristo nuestro Señor, que también ayudaba al oficio a su Ayo”.



    Como afirma Fernández, Ávila “defendió el valor del trabajo y de todo oficio honesto cuando la jerarquización social asentada sobre los valores señoriales iba en dirección contraria”. Y nos recuerda que esta asociación entre esta mentalidad y la pobreza aparecía reflejada en las palabras del Lazarillo de Tormes (1554), cuando el protagonista, sufriendo por el hambre oculta de su amo, un escudero de pulcra apariencia, exclamaba: “¡Oh, Señor, y cuántos de aquéstos debéis Vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra, lo que por Vos no sufrirían”. Es decir, que Ávila consideraba que dichas actitudes solo traerían pauperización y males, y que deberían corregirse y evitarse desde una perspectiva cristiana.



    Decía: “Los príncipes que están adeudados han de mirar mucho los gastos y mercedes que hacen; porque, si considerasen las necesidades de cuantos se saca lo que a los reyes se da, estrecharíanse todo lo posible”.



    La autora resalta la fuerza reformadora que Ávila le da al cristianismo. Y que se nota en sus cartas. Por ejemplo, en la carta a la villa de Utrera que se ha mencionado anteriormente, en la que, en el trato a sus destinatarios, guarda respeto a las diferencias sociales, a la vez que introduce términos cristianos tendentes a la igualdad; se dirigía a ellos como “señores y hermanos”, confraternizando con ellos en sentido evangélico, señala Mª Jesús. Emulando al apóstol Pablo “como si se dirigiese a una comunidad eclesial, y deseando que sus palabras sobre el papel fuesen inscritas por el Señor en sus almas”. Así dice: “y quede la mía alegre con veros hechos carta, escrita con el dedo de Dios, transformándoos en Él y semejantes a Él”, inspirándose en 2 Corintios 3,3.



    La autora nos deja percibir los trazos paulinos en las misivas de Ávila, queriendo este acercarse a esa palabra que vivificaba a la iglesia naciente. Con amplio sentido pastoral que nos conmueve y reta. Dice ella: “se dirigía a los ‘mayores’ orientándolos al bien común en el ejercicio de los oficios públicos. A los que ocupaban el lugar de los 


     

     


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