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    Maná para el peregrino XXXI
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    San Juan de Ávila ¿Erasmista?

    Ávila, según los autores, no fue un teólogo académico… aunque algunas piezas tienen tal maestría […], sus escritos nacieron en medio de su actividad apostólica y para comunicar el amor de Dios.

    MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 26 DE AGOSTO DE 2018 10:00 h
    Portada del libro de Francisco Martín Hernández y calle Compañía en Salamanca / J. Alencar

    Transcurría el año 1998, cuando el Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca Federico de Onís-Miguel Torga editó un libro: San Juan de Ávila, ¿erasmista?, escrito por Francisco Martín Hernández, catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca, obra que tuve la oportunidad de repasar en ese momento.



    Al leer el libro, nos admiramos de la destreza del autor para presentarnos un excelente resumen que nos permite tener una idea consistente acerca del pensamiento y del peregrinaje de Juan de Ávila (1499?-1569), y de las causas que lo llevaron a “tener algunos problemas con la Inquisición”. En un lenguaje claro, para los principiantes como yo, y, según mi parecer, queriendo acercarse con integridad a la realidad del momento en que vivió Juan de Ávila. Digo esto porque algunos autores comentan que a veces se moldea la figura de los religiosos “según lo que en el momento histórico la Iglesia considere necesario fortalecer y difundir…”.



    Casi sin proponérmelo, recordé el libro guardado en los más escondidos rincones de nuestra pequeña y revuelta biblioteca. Es como si me pidieran sacarlos del olvido y mostrarles si hoy la luz que alumbra el mundo se ha vuelto más intensa.



    El libro contiene parte del tema de la última lección que, como Catedrático de la Facultad de Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, leyó Francisco Martín Hernández. Inicia diciendo: “Me propongo hacer una valoración del erasmismo en san Juan de Ávila, tema del que puede pensarse que es bastante conocido, pero que sigue siendo novedoso y todavía se presta a variadas y controvertidas interpretaciones”. Yo apenas transcribiré algunas de sus apreciaciones para invitar al lector, si lo desea, leer el libro.



    Señala el autor que a Juan de Ávila, nacido en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), se le conoce como apóstol de Andalucía, lo cual es fácil de entender, mas no así lo de revolucionario: “San Juan de Ávila pasó dos años en la cárcel de Sevilla por sus doctrinas con aires erasmistas”, dice; y, más adelante: “… Pero con más fundamento puede que se le acusara en el siguiente proceso, cuando la primera obra que le publicaron, el ‘Audi, filia’, fue también condenada por la Inquisición”. 



    Martín Hernández señala algo interesante, que también fueron tildados de erasmistas Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, López Medel, entre otros. ¿Por qué?, preguntamos. Simplemente porque “querían implantar allá un cristianismo puro y renovado, más íntimo y espiritual al estilo paulino, despojado de las trabas y limitaciones que pudiera tener el cristianismo que ellos dejaban en Europa”. Y, además, señala que Juan de Ávila, siendo clérigo en Sevilla estuvo a punto de embarcarse para América. Bataillon, en su libro‘Erasmo y España’comenta, refiriéndose al franciscano Juan de Zumárraga, primer obispo de México: “Del erasmismo español se derivó hacia América una corriente animada por la esperanza de fundar con la gente nueva de tierras nuevamente descubiertas una renovada cristiandad”. El mismo Bataillon dice de Juan de Ávila: “Su evangelismo tiene no poco de erasmiano. Es otro cristiano nuevo que desempeña un papel de primer orden en la vida religiosa de su país; aspecto de España del que no podrá desentenderse ya quien estudie a España en su historia”. A lo que añade nuestro autor: “Cristiano nuevo o de conversos judíos era Juan de Ávila, como Teresa de Jesús, fray Luis de León y tantos otros, que, habiendo dejado la antigua Ley, buscaban la nueva de Jesucristo totalmente purificada; un evangelismo sin trabas ni adherencias como el de los primeros cristianos, al estilo de San Pablo”.



    Según leemos, nadie puede tener dudas acerca de dónde venían esos ‘aires erasmianos’ en San Juan de Ávila. De aquella universidad de Alcalá, “donde más se respiraba el erasmismo”, y adonde él llega, en 1523, para estudiar Artes y Teología. Señalar que antes había estado en Salamanca estudiando. Es Fray Luis de Granada quien comenta en su libro Vida, que Ávila llega a esta ciudad a la edad de catorce años para estudiar Leyes, pero solo por cuatro años. Ávila no vive aún los tiempos de esplendor de la Universidad de Salamanca, de mediados del siglo quince, por el que pasaron profesores como Pedro de Osma, el Tostado, entre otros, pero no son años de decadencia sino de gestación de un futuro prometedor. Y, como dice Mª Jesús Fernández Cordero en el libro Juan de Ávila (1499?-1569). Tiempo, vida y espiritualidad (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2017) que he descubierto en una librería salmantina, justo cuando empezaba a rememorar el ya mencionado libro de Martín Hernández: “Salamanca representaba el lugar por excelencia donde estudiar leyes en Castilla, para integrarse después en los órganos de administración o de justicia…”. Por ella también sabemos que el rector en aquel momento era D. Juan de Pimentel, de la familia de los condes de Benavente.



    Se sabe con certeza que al estar solo cuatro años en Salamanca no obtuvo grado alguno en Leyes, pues para la Licenciatura se requerían diez años y cinco para ser Bachiller. No obstante, se comenta que conoció bien el derecho canónico y que no le eran ajenas las leyes civiles.



    Dice Fray Luis de Granada en su biografía sobre Ávila que, “Ido a Alcalá comenzó a estudiar las Artes y que fue su maestro en ellas el padre fray Domingo de Soto”. Comenta Martín Hernández que Soto acababa de llegar de París y que tal vez alumno y maestro hablaran de las inquietudes espirituales que se respiraban en la ciudad del Sena, donde Lefèvre (el Faber Estapulensis, que Ávila citará más tarde en sus escritos) está gustando su evangelismo -al modo de Erasmo y aun del mismo Lutero-, junto con el abad Briçonet, en el monasterio de Saint-Germain de París”. Pues allí en Alcalá, Erasmo ejercía una amplia influencia a través de sus escritos. Mientras Ávila realiza estudios en esa universidad, las prensas complutenses publican varias obras de Erasmo. ¿Cómo permanecer indiferente?



    Como señala la profesora Fernández Cordero: “Desde antes que el colegio de San Ildefonso iniciase su andadura docente, comenzaron los esfuerzos de Cisneros por dotar a su institución de una buena ‘librería’, poniendo a Alcalá en conexión con los grandes centros del comercio internacional del libro, en especial de Italia (Venecia y Bolonia), con la consiguiente influencia del humanismo renacentista, pero también de Francia y Europa central. Fue una biblioteca que ha sido calificada de cosmopolita […]. Además de esta política de adquisición de libros, Cisneros procuró el establecimiento de la imprenta en Alcalá, y él mismo fue un mecenas de la edición de obras impresas”. […] Su mayor gloria (de la Universidad de Alcalá) había sido, sin duda, la Biblia Poliglota Complutense, cuidadosamente impresa en los talleres de Arnao Guillén de Brocar entre 1514 y 1517; pero el arzobispo había esperado para la distribución de la misma a que fuera sometida a examen y aprobada por el papa León X; tal aprobación no llegó hasta octubre de 1520, y la obra no se debió poner a la venta hasta 1522 (lo que favoreció la difusión del Nuevo Testamento de Erasmo de 1516, aunque los códices utilizados por éste fuesen de menor calidad). Juan de Ávila tuvo que conocer, por tanto, la primera y modesta difusión de laPolíglota. […] Juan -que tampoco fue Colegial en Alcalá- acudía a una universidad en la cual Cisneros no había establecido ninguna restricción respecto a los cristianos nuevos; baste recordar el importante papel desempeñado por los judíos conversos Pablo Coronel, Alfonso de Alcalá y Alfonso de Zamora en la Biblia Políglota, como transmisores del saber bíblico judío medieval que se complementó con los estudios humanísticos cristianos. Pero cuando llegó Ávila esta situación empezó a cambiar. En 1519 el colegio de san Ildefonso había establecido un estatuto de limpieza de sangre (aunque en el ámbito estricto del colegio, no de la universidad); este tardó en ser confirmado por el papa, por lo que quizá no fue aplicado inmediatamente y, de hecho, Alcalá no fue incluida en el decreto inquisitorial de 1522 que prohibía a los judeoconversos graduarse por las universidades de Salamanca, Valladolid y Toledo”.



     



    Portada del libro de Mª Jesús Fernández Cordero y fachada del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca. / Jacqueline Alencar.



    Volviendo al libro de Martín Hernández: “Erasmo era considerado como el maestro del humanismo cristiano, artífice de una espiritualidad interior, el profeta de una nueva ‘paz cristiana’ dentro de la ‘república cristiana’, heraldo de la auténtica reforma por la que clamaban, desde hacía tiempo, también en España, todos los innovadores…”. “Aun confundiéndole a veces con Lutero -solía decirse que ‘Erasmus posuit ova, Lutherus excluxit pullos’, o lo tan conocido de que ‘Lutero erasmiza o Erasmo luteraniza’, sin que por ello dejaran de distanciarse el uno del otro-, muchos espíritus inquietos se habían sentido ‘iluminados’ y sus ‘conciencias consoladas’ con la lectura de sus libros y en ellos habían encontrado ‘descanso’ y ‘consolación’… Sus admiradores encontraban en Erasmo una piedad íntima, lejos de formulismos y de rutinas exteriores, piedad que ‘ilumina’ y que por la confianza que pone en Cristo, sirve de ‘consuelo’ y de ‘descanso’ para el que la practica”.



    Afirma Martín que, aunque difieran en algunos puntos esenciales, Ávila comparte con Erasmo el empeño que tiene por la formación de los clérigos, el afán por divulgar la Biblia, su anhelo de reforma eclesiástica, y el deseo de llevar una vida cristiana a lo San Pablo y de la primitiva Iglesia, llena de unción y de afectividad como la que el mismo Erasmo describe en su ‘Enchiridion’o ‘Caballero cristiano’. Recomendará a sus discípulos algunos de los libros de Erasmo, “con condición que se lean en algunas partes con cautela”. 



    Señala Martín Hernández: “Recordemos que por este tiempo se da un fenómeno de índole religiosa y espiritual, que influye en la génesis y en el desarrollo de todo el movimiento luterano y de la idea que el mismo Erasmo se forma del cristianismo. Me refiero al paulinismo, que buscaba una religión más interior, con desprecio de las obras exteriores y de los formulismos farisaicos; y al evangelismo que suspiraba por transformar los sistemas teológicos y las instituciones jurídicas en una corriente de vida auténticamente paulina”.



    El autor también destaca el inicio de su apostolado en Sevilla, después de dejar Alcalá. “En Ecija predica y lee unas lecciones sacras de San Pablo, a la vez que enseña la doctrina a los niños; se rodea de un grupo de clérigos fervorosos, conversos como él la mayor parte (conversos fueron muchos de los seguidores de Erasmo, que creían encontrar en su doctrina el auténtico cristianismo que ellos añoraban), clérigos que son el núcleo primero de su escuela sacerdotal y enseña también a hombres y a mujeres, en la casa en la que se hospeda, la práctica de la oración mental… Juan de Ávila es acusado a la Inquisición. Lo que predicaba o comentaba con sus discípulos, sobre todo con los seglares, sonaba a cosa de los iluminados o de aquellos erasmistas que ya empezaban a ser perseguidos en España”. 



    Aparte de las cuestiones religiosas, ¿se mezclarían también con éstas asuntos políticos y de poder? 



    Fueron 22 cargos con los que se le acusó a Juan de Ávila. Uno de ellos tenía que ver con que había dicho que “los quemados por la Inquisición eran mártires”. 



    Comenta Martín Hernández que “de las acusaciones que se le hacen había algunas de sabor iluminista-erasmista, que debieron resultar a la Inquisición sospechosas de aquellos errores: por ejemplo, que él podía dar una explicación suya de la Escritura mejor que la de San Agustín; que afirmaba categóricamente: ‘Lo que digo es verdad; y si no es verdad, Dios no es verdad; que San Juan, al escribir en la escena de la Samaritana que Cristo estaba sentado en el pozo, pensaba en otro sentido diverso; que no había por qué maravillarse de las comunicaciones de Dios a mujeres, puesto que viene diariamente a las manos de los sacerdotes; que la oración debe ser mental; que era mejor dar limosna que dejar capellanías (se entiende que para difuntos); que en Ecija y otros lugares hacía reuniones secretas de gentes en las que predicaba y luego hacía quitar la luz, quedando todos en contemplación; que muchas veces se retiró en Ecija con una beata que tenía desmayos y arrobos; que afirmaba que era herético... Un tufillo de iluminado podía encontrarse en alguna de estas acusaciones; y había otras que, de confirmarse, podían tener alguna relación con Erasmo, como aquellas que se referían a la Escritura, tema preferido tanto de éste como de Lutero; al hecho de dar limosnas antes que dejar capellanías; sobre el estado de virginidad en relación con el matrimonio; o lo de que el paraíso era para pobres y labriegos y no para los ricos. En el ‘Enchiridion’de Erasmo, en su ‘Paráclesis’o ‘Exhortación a las letras divinas’, y en otros de sus escritos puede rastrearse algo parecido, como cuando escribe: ‘Desearía yo que cualquier mujercilla leyese el Evangelio y las Epístolas de San Pablo. Y aún más digo: que pluguiese a Dios que estuviesen traducidas en todas las lenguas del mundo para que todos las pudiesen leer y conocer’. Cosa que estaba prohibida entonces por la Inquisición”.



    Agrega Fernández Cordero: “A la acusación de mantener pretensiones sobre su interpretación personal de la Escritura, respondió que no recordaba haber dicho que pudiese dar una explicación mejor que la de San Agustín, pero que quizás hubiese dicho: ‘Podría dar también yo una buena explicación, pero, por ser mía, no quiero darla’. Es decir, trató de mantener el sentido de la autoridad de los Santos Padres, sin por ello renunciar a su saber escriturístico y su capacidad para explicar las Escrituras, aunque hizo de la humildad su refugio. Hay que recordar las afirmaciones alumbradas y luteranas respecto a la interpretación de la Escritura. Por otra parte, reconoció haber explicado a sus discípulos texto de la Carta a los Hebreos […]”. También me gustaría agregar comentarios de María Jesús acerca de las acusaciones referentes a la mujer, ya señaladas por Martín Hernández. Dice: “… Hemos indicado cómo las sospechas que despertaba la presencia femenina tenían relación con el alumbradismo. […] Hay que decir que Ávila se mantuvo fiel a su idea de que Dios podía comunicarse a una mujer y refrendó experiencias espirituales como las de doña Sancha Carrillo. En su itinerario como director espiritual acompañó a muchas mujeres, lo que significa que ellas veían reconocida por él su experiencia de Dios, y no despreciada ni minusvalorada. […] Pero el tema femenino no se limitó solo a las cuestiones espirituales, sino que implicó además referencias al pensamiento de Ávila sobre la libertad de actuación de las mujeres. Y ello nos introduce en otro bloque de acusaciones, que podemos caracterizar por su repercusión en el orden social. La que aludía a las mujeres le atribuía haber dicho que estas ‘eran muy dueñas de dar limosna de los bienes propios, aun vendiendo, si era preciso, sus alhajas’. En su defensa explicó que podían hacerlo sin licencia de su marido, apoyándose en que ‘dicen los doctores que es en caso de necesidad, si tiene ella bienes extradotales o si es en poca cantidad’ […]”. Un pequeño detalle a considerar: de las 263 cartas que componen su Epistolario, 112 fueron dirigidas a mujeres. Muchas le acompañaron en su ministerio. Revolucionario para esa época en la que transitó Juan de Ávila.



    En cuanto a las otras acusaciones “con incidencia social que se referían a la desigualdad entre ricos y pobres…”, también mencionadas por Martín Hernández, la autora señala, entre otras cosas, que lo de “mejor dar limosnas que capellanías… aparecía con frecuencia en quienes propugnaban la reforma de la Iglesia y denunciaban una religiosidad ritual a la que había que recordar las exigencias de la caridad. (…) Ávila matizó su afirmación, pero sin dar un paso atrás: ‘no dijo que ningún rico pudiese salvarse sino aquellos que, pudiendo hacerlo, no quieren remediar a los necesitados, porque estos tales son malos y asesinos de los pobres. Y que no otra cosa dice el Evangelio: ‘En verdad os digo que los ricos difícilmente entrarán en el reino de los cielos; Bienaventurados los pobres de espíritu…’. Citaba Lucas 18,24 y Mateo 5,3. Indicó que atendía en su predicación a situaciones reales. Aclaró también que sus consejos respecto a las limosnas o las capellanías los daba siempre considerando las circunstancias concretas, especialmente cuando veía en un lugar coexistir la abundancia de misas y la extrema necesidad en los pobres o en los descendientes de los difuntos; además, advertía que así lo seguiría haciendo”. Se dice que él continuó hablando de estos temas en sus predicaciones y escritos de reforma. 



    “Siendo como somos hijos de Dios, somos todos hermanos; y no es de hermanos buenos que unos tengan muy demasiado y que otros se mueran de hambre”.



    Por lo leído podemos deducir lo peligroso que era abordar ciertos temas como los mencionados. Constituían delitos muy graves y que ameritaban fuertes condenas.



    El 16 de junio de 1533 los inquisidores emitieron su voto. El acto lo presidió el licenciado Antonio del Corro, que, en ese momento, era canónigo e inquisidor de Sevilla. Entre otras cosas relevantes, era colaborador del arzobispo Manrique, al que acompañó en sus propuestas religiosas y culturales … Se comenta que en 1546 viabilizó la edición del ‘Tratado de la oración’de Erasmo, que traducía al castellano el ‘Modus orandi’de este justo en los momentos en que su nombre comenzaba a despertar inquietudes en algunos sectores. Es destacable señalar también que era tío de aquel otro Antonio del Corro, fraile jerónimo en el monasterio de San Isidoro del Campo, quien formó parte del grupo de doce monjes que huyeron a Ginebra, entre ellos, Casiodoro de reina y Cipriano de Valera. Dice que Corro se vio constreñido a procesar a Juan de Ávila y, más tarde, al doctor Egidio, que había sido su amigo y colaborador y con quien había compartido trabajos en el cabildo… Corro y las demás personas que formaban parte del jurado que emitió el voto en el proceso, eran cercanos a Manrique, arzobispo de Sevilla e inquisidor general. Tanto es así que dos de ellos, Corro y Pedro del Corral, según parece ayudaron a que disminuyeran las presiones sobre los conversos y se diera una mayor libertad a las distintas corrientes religiosas.



    El proceso contra Juan de Ávila, llevado a cabo entre 1531 y 1533, se dio en la misma época en que tuvieron lugar otros procesos contra erasmistas y alumbrados. Era una época en que las obras de Lutero y los que tenían un acercamiento a sus ideas, eran el blanco de la atención, y persecución, si fuere necesario, de los inquisidores. Cualquier atisbo de aires luteranos, alumbrados o erasmistas debía de ser extinguido.



    Dice el profesor Martín Hernández que “Ávila se defiende con habilidad y sale sin mancha ni nota alguna. Pero el tribunal que le absuelve bien se cuida de añadir en la sentencia “que los dichos señores inquisidores y letrados impongan y manden que en los sermones que en adelante predique (el bachiller Juan de Ávila) y fuera de ellos, atienda mucho y se modere en su manera de hablar, especialmente en aquello que, según la información, parece que dijo”. “Pero se le recomendaba, dice Fernández Cordero, que se moderase en el hablar, se le imponía silencio sobre las materias contenidas en el memorial que se le leería y notificaría, y se le ordenaba, bajo pena de excomunión, volver a predicar en los lugares donde lo había hecho para declarar el sentido correcto de dichas cuestiones. Así, pues, recibía una seria advertencia”. Y que conviene matizar el carácter de la sentencia, que, en este caso, no garantizaba la absolución total del reo, sino solo la absolución “de la instancia del juicio”, de modo que dejaba la puerta abierta para que el proceso se reiniciara si surgían sospechas de herejías sobre el mismo; no se le calificaba como inocente. Él cumplió la sentencia, incluso pidió oración por los que le habían calumniado… 



    En todas las lecturas me encuentro con su inquebrantable confianza en Dios, que le da fortaleza incluso en la cárcel, desde donde escribe cartas de consuelo para otros. 



    Señala Martín Hernández: “De cierto ‘sabor erasmista’, aunque sin extremismos, puede que fuera acusado entonces el novel apóstol de Andalucía, Juan de Ávila. Pero con más fundamento puede que se le acusara en el siguiente proceso, cuando la primera obra que le publicaron, el Audi, filia, fue condenada por la Inquisición”. “Fruto de las luces recibidas y de lo que reflexionó en los largos silencios de la cárcel son las páginas de su memorable libro Avisos y Reglas christianas, más conocido con el nombre de Audi, filia. Sobre el mismo ahondaremos en la próxima entrega.



    Leyendo estas líneas sobre Juan de Ávila, se hace evidente que fue dejando huellas allá por donde transitó: iglesias, plazas, casas, lugares de nuestra España, allá donde le acogían. No tenía casa, se hospedaba en las de sus discípulos y otras almas hospitalarias. Se dice que también residió en un hospital desde donde también confortaba a los pobres y a los que estaban en peligro de muerte.



    Adentrándonos en el proceso contra Juan de Ávila, no podemos dejar de percibir que en todos los tiempos se nos hace difícil el querer hacer de la Biblia, nuestro ‘Manual de instrucciones’. Hasta hace poquito, ver a alguien con una Biblia debajo del brazo despertaba sospechas; y hoy mismo muchos son perseguidos por leerla. Y esto es lo que también se percibe allá por el XVI, cuando leemos testimonios sobre la desconfianza que suscitaban las actuaciones de muchos, como es el caso de Ávila: Lo extraigo del citado libro de Fernández Cordero:




    “[…] un tiempo interpretó por las tardes en la Iglesia parroquial de ‘omnium sanctorum’ de esta ciudad las epístolas de san Pablo en lengua vulgar por que le pudiesen entender el mucho concurso de gente seglar que le iba a oír, y en particular muchas señoras nobles de vida muy recogida, lo cual escandalizó algún tanto a cierto maestro del orden de santo Domingo que a la sazón estaba en Córdoba, y no había tratado al dicho maestro, y con recelo que no fuese aquella alguna doctrina sospechosa, como en aquellos tiempos corría la secta de los alumbrados, comenzó a murmurar de este caso entre otros religiosos de su casa, al cual respondió otro maestro grave que estaba muy seguro de que en aquel caso no había que temer porque conocía bien al sujeto: ‘suplico a vuestra paternidad que vaya esta tarde y le oiga, y después de haberle oído puede juzgar de aquella doctrina mal’; acertadamente fue a la dicha iglesia y volvió a la noche diciendo con gran admiración: ‘he oído a san Pablo interpretar a san Pablo”.




    Como señala la autora de este segundo libro que hoy menciono, la divulgación de la Palabra al mundo seglar, y la presencia femenina, solo despertaba la desconfianza en los distintos ámbitos de una sociedad influenciada y distorsionada por los recelos del aparato inquisitorial.



    Ávila, según nos dicen los autores, no fue un teólogo académico o de escuela… aunque algunas piezas tienen tal maestría […], sus escritos nacieron en medio de su actividad apostólica y con el fin de comunicar el amor de Dios. Sin excluir de modo absoluto la presencia de algunos elementos escolásticos, lo prioritario en su reflexión es la revelación bíblica y ‘su discurso es de tipo sapiencial”.



    Acercándome más a este hermano del XVI, no he podido evitar recordar las líneas dejadas por el apóstol Pablo; recordar su talante pastoral que tanto me atrae. Su amor por la iglesia y la misión de Dios. Ávila me vuelve al pensamiento acerca del discipulado, a esa nostalgia que nos produce el pensar en el ‘mentorado’. El amor por la Palabra y su envío a todo ser en lengua asequible, en toda su sencillez y paciencia. 



    Termino con dos fragmentos más de Fernández Cordero: “Ávila señalaba la necesidad de mantener un espíritu de hijo para con Dios y de padre y madre para con los que Dios les diere por hijos. Esta doble relación, de filiación respecto de Dios y de paternidad-maternidad respecto de los prójimos, aparece como algo esencial del ejercicio del ministerio, y solo manteniendo unidas ambas dimensiones cada una de ellas puede realizarse en plenitud”. Y



    “Ávila hizo de Pablo la referencia más valiosa -después de Cristo- para sí mismo y para sus amigos en tiempo de persecución…”.



    A pesar de mis exiguos recursos, espero poder continuar ofreciendo algunas pinceladas sobre este tema que por hoy concluyo; sobre lo que más me ha impactado y hace reflexionar. Preguntándome por qué me atrae toda esta temática y problemática. Por qué me siento unida a estas personas por algo así como un ‘cordón de grana’. Por qué este dejo de tristeza…



     



    Sobre los autores:



    Francisco Martín Hernández (La Cabeza de Béjar, Salamanca, 1927), doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Central de Madrid y doctor en Historia Eclesiástica por la Universidad Gregoriana de Roma. Ocupó la Cátedra de Historia Antigua y Medieval de la Facultad de Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca; destacables y numerosos son sus trabajos históricos.



    Entre sus libros: Obras completas de San Juan de Ávila, 6 vols., edic. crítica, introducciones, índices y notas, Madrid, BAC, 1970-1971, 700 pp., de promedio cada volumen; Don Vasco de Quiroga, Protector de los indios, Salamanca, Universidad Pontificia, 1993, 340 pp.; ‘Cristianismo y erasmismo español: Juan de Valdés, San Juan de Ávila y el ‘Quijote de Cervantes’(Discurso inaugural del Curso Académico 1977-1978 en la Universidad Pontificia de Salamanca), Salamanca, Universidad Pontificia, 1977, 40 pp.; ‘La Iglesia en la Historia’, 1º vol., Madrid, Edit. Atenas, 1984, 344 pp.; ‘La Iglesia en la Historia’, 2º vol., Madrid, Edit. Atenas, 1985, 365 pp.



    Mª Jesús Fernández Cordero es doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciada en Teología por la Universidad de Comillas, donde es profesora de Historia de la Iglesia (Edad Moderna) e Historia de la Espiritualidad en la Facultad de Teología. Ha publicado varios estudios sobre Juan de Ávila.


     

     


    4
    COMENTARIOS

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    flash
    29/08/2018
    01:58 h
    4
     
    No olvidemos que San Juan de Avila es hijo de la Iglesia Católica. Eso se tiene que notar.
     

    Alberto
    27/08/2018
    21:08 h
    3
     
    Ùn reportaje muy interesante. Se lee muy bien y aporta para no olvidar.
     

    F. Ruiz de Pablos
    26/08/2018
    11:32 h
    2
     
    Muy atinado y esclarecedor artículo. La autora pone en su sitio netamente paulino al Apóstol de Andalucía. Aparte de la doble autoría investigadora, la limpieza doctrinal de Juan de Ávila, está reiteradamente comprobada en los cinco densos tomos que sobre el alumbradismo publicó A. Huerga en F. U. Española.
     

    JRMM
    26/08/2018
    10:31 h
    1
     
    Precisamente ayer mismo estuve leyendo el texto de Hernandez acerca de Juan de Ávila, Valdés y el Quijote. Coincidencias de la vida . A mi entender , es clave para profundizar en las ideas de Juan de Ávila, las diferencias entre la edición inicial del Audi, Filia, y la finalmente conocida. Hernandez lo trata en Este libro sin profundizar en cuestiones teológicas , cuando realmente fue un blanqueamiento profundo de su pensamiento de cara a la Inquisición. Gran arriculo. Atte. Juan R Mendez
     



     
     
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