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    La esencia del anabautismo (II)

    Su compromiso con el pensamiento y modo de vivir del Reino los alejó de una fe individualista y de las estructuras eclesiásticas complejas.

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 13 DE MAYO DE 2018 10:00 h
    Una mujer anabautista conducida a su ejecución.

    La comunidad de fe, como laboratorio del Reino, debe expresar los valores de quienes siguen a Jesús el Cristo. En la entrega anterior intenté resumir las implicaciones cristológicas y cristocéntricas que para el anabautismo tiene que Jesús es el centro de la fe. Hoy me ocupo de la comunidad de creyentes como foco de la fe cristiana.



    Palmer Becker, en La esencia del anabautismo. Diez rasgos de una fe cristiana singular, Harrisonburg, Virginia, Herald Press, 2017, desarrolla el segundo valor central de la fe cristiana desde una perspectiva anabautista y lo llama “la comunidad es el centro de nuestra vida”. La iglesia, explica, está conformada por quienes han experimentado “perdón vertical […] que proviene de Dios”. Si bien los anabautistas coincidían con Lutero en cuanto a la justificación mediante la fe en Jesús, por otra parte subrayaban que como resultado de esa justificación tendría que darse un cambio de vida. Es decir, manifestar en la vida cotidiana la nueva naturaleza de haber nacido de nuevo en Cristo. Para ellos y ellas la conversión, nuevo nacimiento, arrepentimiento, ser nuevas criaturas mediante el sacrificio salvífico de Jesús, implicaba necesariamente reflejar el carácter de Cristo en todo. A la salvación necesariamente debía sucederle el seguimiento de Jesús.



    Para los anabautistas, observa Becker, “Nacer de nuevo implicaba un nuevo comienzo […] Creían que la vida vuelve a comenzar cuando una persona rechaza viejas lealtades, abre su vida al Espíritu Santo y comienza una vida en obediencia a Jesucristo. El apóstol Pablo dice que cuando una persona comienza una relación con Cristo ‘todo lo viejo’ (pensamientos, actitudes, acciones y relaciones) ‘pasó’ y todo (pensamientos, actitudes, acciones y relaciones) ‘se hizo nuevo’ (2 Corintios 5:17). Esto se aplica tanto a los individuos como a la iglesia. Todas las visiones de la salvación incluyen la confesión y el perdón. Los cristianos anabautistas enfatizan la transformación que sucede mediante la confesión, el perdón y las nuevas relaciones” (p. 49).



    La comunidad de perdonados debe aprender a perdonar, acción que Palmer Becker llama “perdón horizontal”. Añade: “los creyentes que tienen una perspectiva anabautista reconocen que el perdón vertical de Dios es esencial para la salvación y que el perdón horizontal del prójimo es esencial para la comunidad”.



    El siguiente punto abordado por el autor es que “la voluntad de Dios se discierne en comunidad”. La de creyentes tiene que ser una comunidad hermenéutica, donde se estudian y disciernen las enseñanzas de la Palabra en clave cristológica y cristocéntrica con el fin de ponerlas en práctica. El de los anabautistas no era un acercamiento académico, aunque reconocían su valor, sino que privilegiaban la comprensión de las Escrituras para encontrar orientaciones éticas.



    En el siglo XVI los teólogos protestantes de distintas orientaciones doctrinales despreciaban y minimizaban al populacho anabautista, al que consideraban una banda de iletrados por no producir sofisticados sistemas ortodoxos. Para los anabautistas “a través del discernimiento comunitario, las personas de fe arriban a comprensiones corporativas de la voluntad de Dios para una situación particular. Si bien los eruditos pueden interpretar las Escrituras en términos generales, los anabautistas creen que las personas guiadas por el Espíritu que conocen las situaciones de la vida y el trabajo de unos y otros pueden comprender e interpretar mejor un pasaje de las Escrituras en una situación determinada” (p. 60).



    Desde sus inicios el anabautismo debió argumentar su óptica hermenéutica y contrastarla con la de distintas vertientes de la Reforma del siglo XVI. Fue así que los anabautistas suizos desafiaron las enseñanzas del reformador de Zúrich, Ulrico Zwinglio, y desobedecieron en 1525 el mandato del Concejo de la ciudad que ordenaba el bautismo de infantes. También confrontaron la hermenéutica de Thomas Müntzer, por un lado, y la de Martín Lutero, por el otro, ya que ambos defendían el uso de la espada para proteger su respectiva causa.



    La comunidad que ha sido perdonada y practica el perdón, que es un cuerpo de hombres y mujeres ejerciendo la interpretación de la Palabra, a través de la predicación, enseñanza mutua y diálogo, de la misma manera, agrega Palmer Becker, tiene que estar integrada por una membrecía que rinde cuentas entre sí. Dado que se toma en serio el sacerdocio universal de los creyentes, no hay cabida para liderazgos que exigen a los demás pero ellos no le dan explicaciones a nadie.



    Dado que para los anabautistas la iglesia necesariamente es integrada por creyentes que voluntariamente deciden comprometerse con una comunidad de fe, entonces su “identidad […] estaba ligada a su visión del Reino. Ellos detectaban un marcado contraste entre el Reino de Dios y los reinos de este mundo. Su compromiso con el pensamiento y modo de vivir del Reino los alejó de una fe individualista y de las estructuras eclesiásticas complejas. Los ayudó a desarrollar fuertes conceptos de la vida en comunidad donde todos deben rendirse cuentas” (p. 73).



    Los anabautistas del siglo XVI, y sus descendientes, rechazaron la simbiosis Iglesia-Estado y objetaron a las iglesias territoriales. No compartieron la doctrina que afirmaba la existencia de territorios cristianos, sino enarbolaron una convicción distinta: que había cristianos viviendo en ciertos territorios. Por lo mismo las iglesias territoriales, fruto de la unión gobierno con determinada confesión, persiguieron con intensidad a los anabautistas que desarticulaban el modelo religioso/político.



    Recapitulando, a los tres rasgos esenciales del anabautismo consignados en la entrega pasada, hoy se suman otros tres, a saber: la comunidad de los perdonados ejerce el perdón entre sí, la comunidad es un espacio hermenéutico donde se discierne conjuntamente, con base en la Palabra, la voluntad de Dios, y la comunidad debe encarnar con todas sus consecuencias el principio del sacerdocio universal de los creyentes (mujeres y hombres).


     

     


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