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    “Trabajo todo lo que puedo para que el tentador siempre me encuentre ocupado”

    Pongan los políticos tanto empeño en los derechos de los trabajadores, como lo hacen en sus derechos, dietas y prebendas.

    DESDE EL CORAZóN AUTOR Roberto Velert 11 DE MARZO DE 2018 10:00 h

    Sí, sí, ya sé que el título de este Desde el Corazón es muy largo, técnicamente poco apropiado para una columna periodística, pero lo dejo tal cual, para que si el lector no se siente atraído a leer todo el artículo, al menos por el título, saque algún motivo de reflexión. Por otra parte, hoy estoy un tanto desinspirado, pues en el programa de “Hombres que dejaron Huella” no tuve los momentos de “humor” que tengo en el guión y los compañeros no me los reclamaron, ni oyente alguno lo echó en falta, y me desilusioné un poco; porque la verdad es que trabajo mucho el guión y busco buenos chascarrillos para la distracción sonriente. Chuflas por otra parte, que en no pocas ocasiones a este “aprendiz de escribidor” le provocan ideas a desarrollar.



    Uno de los populares autores de chistes gráficos, cuya firma no me gusta “Caín” pero no por ello descarto sus interesantes agudezas, ponía texto en su reciente viñeta: “Nos ocupa tanto la defensa de los derechos de los politólogos que apenas tenemos tiempo para los de los trabajadores”.



    El trabajo, ese don celestial, que entre sus bienes ya nos permite experimentar que lo que con mucho trabajo se adquiere, más se ama. Esa actividad que el Creador encargó al hombre, en contra de los toólogos de mal agüero que inventaron que era un castigo de Dios, cuando su realización ayuda siempre, puesto que trabajar no es realizar lo que uno imaginaba, sino descubrir lo que uno tiene dentro. El Trabajo, ese ángel custodio, que hecho con gusto y con amor, siempre es una creación original. Ese eficaz maestro que invita a reflexionar que no debería emprenderse tarea alguna sin ánimo de conocer los dos aspectos primarios del trabajo: la alegría de hacer bien, a la par que uno se gana dignamente la vida. Aspectos que desde la primitiva enseñanza bíblica, ya nos enseñaba que “Dios trabaja y cuando Él se encarnó en la Tierra, moró en un hogar con carpintería incluida”. En ese ejemplo nos enriqueció con nobles principios.



    Primeramente, el trabajo es un deber moral y no, como muchos imaginan, una mera necesidad física. Jesús ya dijo a los de su tiempo: “mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” y el buen seguidor de Él, Pablo, dijo: “quien se niega a trabajar, debe morirse de hambre”. Siendo el trabajo un deber moral, es obvio que no sólo contribuye al bien social, sino que también presta otros servicios al trabajador. Impide la ociosidad, ese virus que camina con tanta lentitud que todos los vicios la alcanzan, y como del mismo modo que las aguas quedas se corrompen, así el ocio corrompe el cuerpo humano, por lo que el trabajo destruye la holgazanería de la que tantos males se derivan, y mantiene el cuerpo sometido a la voluntad razonada. El libro de los Proverbios también enseña: “el trabajo es el único capital no sujeto a quiebras”.



    En segundo lugar, “trabajar es orar”. La vida bien regulada no aplaza la oración hasta que se haya ejecutado el trabajo, sino que convierte el trabajo en una plegaria. Así lo cumplimos cuando pensamos en Dios, al principio y al fin de una tarea, y mentalmente la ofrecemos a su amor. Si es así, ora cuidemos un niño, curtamos una piel, elaboremos un dossier, conduzcamos un autobús, fabriquemos una pieza de precisión, investiguemos en el laboratorio o reparemos un ascensor, nuestro trabajo está santificado. Aunque en las horas de encuentros religiosos mostremos mucha piedad, ello no compensará nuestro descuido en la jornada de trabajo.



    En tercer lugar, un economista medieval como Antonio de Florencia, solía resumir la relación entre el trabajo y la vida mediante una fórmula que definía así: “el objeto de ganar dinero es atender a nuestras necesidades y las de los que dependen de nosotros”. El objetivo de atender a nuestras necesidades y la de los nuestros, es vivir virtuosamente. Así que los vagos y chabacanos no tienen cabida en esta sociedad moderna. El objetivo de vivir virtuosamente es dar sentido a nuestra vida, salvar nuestros espíritus e ir caminando hacia la felicidad eterna. En contraste, un hombre sin virtud no puede morar mucho tiempo en la adversidad, ni tampoco en la felicidad; pero el hombre virtuoso descansa en la virtud, y el hombre sabio la ambiciona.



    El trabajo, en justicia, debería recibir dos géneros de recompensa, puesto que no es sólo individual, sino también social. El imaginado minero Juan JONES se siente fatigado al terminar el día, y este es su sacrificio individual, por el cual recibe su salario. Pero también Juan JONES, durante el día, ha contribuido al bienestar económico de su país y del mundo.



    Por esta contribución social Juan JONES no recibe nada, aunque tiene un derecho moral a compartir la riqueza general que su trabajo crea.



    De modo que vendría bien reflexionar y modificar el sistema de salarios para que el trabajador, en lugar de sufrir recortes en sus ingresos, pudiera compartir los provechos, la propiedad o la dirección de su industria. Pongan los políticos tanto empeño en los derechos de los trabajadores, como lo hacen en sus derechos, dietas y prebendas. Y asumir que la igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ningún ciudadano tan pobre que se vea necesitado a venderse.



    Cuando los directores de las fuerzas trabajadoras y los capitalistas se pongan de acuerdo para dar al trabajo algún capital que defender, dejará de haber dos grupos rivales en la industria, y obreros y dirección serán miembros cooperadores que trabajarán juntos como las dos piernas de un hombre actuarán conjuntamente para hacerlo andar. Y se evitará que el tercer mundo se muera de hambre mientras que el primero y el segundo, de colesterol.


     

     


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