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Casiodoro de Reina: Libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI (4)

Finalmente llega a Basilea, donde pudo completar su traducción de la Biblia y publicarla en 1569.

KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 11 DE FEBRERO DE 2018 10:26 h
La Biblia del Oso. / Marina Acuña

Cuando llegó a Basilea tenía una década huyendo de sus perseguidores. Casiodoro de Reina salió de España a finales de 1557, por un año estuvo en Ginebra y después de una breve estancia en Frankfurt se trasladó a Inglaterra donde permaneció hasta el otoño de 1563. Peregrinó por Montargis, nuevamente Frankfurt y Heidelberg, Estrasburgo, y finalmente Basilea, donde pudo completar su traducción de la Biblia y publicarla en 1569.    



En las entregas anteriores he referido a grandes rasgos lo que desarrolla Doris Moreno en su libro Casiodoro de Reina: libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI (Sevilla, Fundación Pública Andaluza Centro de Estudios Andaluces, 2017), obra que considero de indispensable lectura para quienes busquen conocer más sobre el personaje que si bien es cierto fue traductor de la Palabra al castellano, también intentó crear espacios eclesiales y teológicos para quienes no se identificaban del todo con las ortodoxias protestantes dominantes. El cristianismo evangélico/protestantismo de Casiodoro le llevó a comprometerse con las lides de otros cristianos identificados con el ala radical de la Reforma.



En Basilea el ex monje huido de San Isidoro del Campo encontró apoyos que hicieron posible completase una tarea que antes, en distintos momentos y lugares, estuvo a punto de abandonar no por voluntad sino exigido por diversas penurias. Doris Moreno reproduce lo que el mismo Reina escribió en 1573 al recordar cómo se encontraba física y económicamente cuando llegó a Basilea y la desesperación que le embargaba por estar imposibilitado de terminar la traducción. Así evocó Reina aquellos días: “Pues ni los médicos, ni vosotros, ni yo pensábamos otra cosa: Confieso sinceramente, como es la verdad, que seguro entonces de su inminencia, mientras estuve en mi sano juicio no me aterraba la contemplación de la muerte. Al experimentar la maldad de este injustísimo siglo la había deseado cuando estaba lejos y cuando a mi juicio, prolongaba demasiado su tardanza; ahora que por fin la tenía frente a mí la abrazaba con la mayor alegría […] Me producía no poca tristeza el pensamiento de  mi mujer y de mis hijos pequeños, a quienes parecía haber traído conmigo a Basilea  únicamente para que empezaran un nuevo exilio lejos de nuestros amigos y conocidos, y sobre todo, privados de mí. Pero incluso esta tristeza la alejaba fácil y rápidamente encomendándolos a la Providencia de Dios que, primero a mí y después a ellos conmigo, nos había hecho experimentar su cuidado paternal en medio de tantas dificultades y frecuentes trabajos, esto me era garantía segura de que él jamás abandonaría en su Providencia a los que yo dejaba atrás”.



Casiodoro de Reina pudo llevar a buen término la misión de concluir la traducción de la Biblia y publicarla debido, sobre todo, a su persistencia de proseguir con la tarea de verter al castellano los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, pero también gracias a la red que le apoyó protegiéndole y proveyéndole de los fondos necesarios. De ello dejó constancia: “Mi entrañable amigo [Marcos] Pérez, que siempre había sido generosísimo conmigo, también entonces, con caridad y piedad extraordinarias, nos trasladó a su casa a mí gravemente enfermo y a mi pequeña familia y cuidó con la mayor humanidad tanto de los enfermos como de los sanos. Sólo una cosa me producía el mayor dolor: que, después de haber trabajado durante diez años enteros en traducir la Sagrada Biblia al español, sufriendo en esta ocupación mucha envidia y muchas vejaciones por parte de aquellos a quienes esa empresa no les era grata como a mí –hasta el punto de que, comparado con ese desasosiego, me parecía levísimo el trabajo de la traducción–, cuando ya estaba a la puerta de la imprenta, la mies madura para la cosecha y el fruto de tan gran trabajo a punto para la recolección, me viera obligado a dejar mis labores a otros sin saber con qué cuidado y solicitud las llevarían a cabo. Y aun en el caso de que fueran personas de la mayor fidelidad y diligencia –como yo no lo dudaba si se tratara de [Marcos] Pérez– no sería yo quien diera cuna a la obra. Esta tristeza, aun en tan gran debilidad de cuerpo y de ánimo, me incitaba a dirigir ardientes preces a Dios para que me concediera todavía el tiempo suficiente para publicar aquella obra sagrada para gloria de su nombre, después de lo cual dejaría yo la vida con entera alegría”.



Al tener que salir de Inglaterra, Casiodoro creyó que en Amberes encontraría un mejor entorno para su proyecto de traducción. A principios de 1564 el gobernador de Amberes informaba en carta a la regenta de los Países Bajos que el rey Felipe II “ha gastado grandes sumas de dineros por hallar y descubrir al dicho Casiodoro, para poderle detener, si por ventura se encontrase en las calles o en cualquier otro lugar, prometiendo una suma de dinero a quien le descubriese”. Años más tarde los agentes al servicio del rey Felipe II, describe Doris Moreno, se enteraron de la posible publicación de la Biblia traducida por Casiodoro, el rey les instruyó para que invirtieran fuerzas y recursos con el fin de evitar saliese a la luz la obra. Reina no solamente debió evadir a quienes se afanaban por apresarlo y llevarlo a España, igualmente tuvo que hacer frente a desgracias como la muerte del impresor Oporino en julio de 1568, a quien el año anterior se le había dado un importante adelanto para que en sus talleres tuviera lugar la edición de la Biblia. Al morir Oporino todavía no habían iniciado los trabajos de impresión y el adelanto monetario no pudo recuperarlo Casiodoro de Reina.



El entrañable amigo de Casiodoro, Marcos Pérez, que en varias ocasiones contribuyó para el avance de la traducción, le hizo un generoso préstamo (que desde un principio dio por irrecuperable) que posibilitó pagar en Basilea los servicios del impresor Thomas Guarin, de cuyas prensas salieron dos mil seiscientos ejemplares de la Biblia del Oso. Fue conocida con este nombre por tener en la portada un oso alcanzando un panal. Otro estudioso de Reina, Carlos Gilly, considera que probablemente la impresión fue terminada el 24 de junio de 1569. En tal fecha Reina informó a un amigo que le había sido entregado el último folio.



Doris Moreno ha realizado una encomiable contribución historiográfica sobre la vida y obra de Casiodoro de Reina. Una manera de agradecerle es leer el fruto de su investigación, quien lo haga revalorará la figura y legado de un perseguido, quien como Abraham salió de su tierra y su parentela para cumplir una misión, la cual cumplió y tiene resonancias hoy.


 

 


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