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    El Arcángel gasterópodo

    Pasamos horas arrastrándonos por los caminos del mundo ¿y dejamos algo más que baba?

    DESDE EL CORAZóN AUTOR Roberto Velert 04 DE FEBRERO DE 2018 12:00 h

    Allá por el 2010, teníamos en nuestra Radio un programa, mejor dicho, una de nuestras colaboradoras, Lourdes COLOMÉS, creó un programa acerca de lo que podíamos aprender de los animales, lo titulábamos: “Escuchar a los animales”, de modo que investigábamos y estudiábamos características e instintos de ese mundo, también maravilloso, cual es el mundo animal. Y no es de extrañar que el sabio libro de la Biblia, Proverbios, nos sugiriera ya de antiguo: “ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio… las hormigas, pueblo no fuerte, en el verano preparan su comida” y de tal trabajo de estudio aprendimos magistrales lecciones y curiosidades interesantes; como que los trenes en Japón ladran y berrean, para alejar a los ciervos de las vías y así protegerlos de riesgos.



    No es menos original el Concurso de Belleza de camellos en Arabia Saudí, en donde se descalifican a 12 camellos por haberles implantado sus dueños Bótox. La pulcra Suiza prohíbe cocinar langostas vivas en agua hirviendo ¿habrá que anestesiarlas antes? y nos hace sonreír que en una calle de Ramat Gan (Israel) se ha encontrado al erizo “Sherman” que por su obesidad no puede caminar, de modo que se le ha sometido a dieta. Pero escogida curiosidad, de entre muchas de las Fábulas de Esopo; Lafontaine o nuestro genial Samaniego, distinguimos la oriental que cuenta la llegada de un caracol al cielo.



    El animalito había recorrido arrastrándose, kilómetros y kilómetros desde la tierra, dejando un surco de babas por el camino y girones de su alma por el esfuerzo. Al llegar al pórtico celestial, Pedro, mirándole compasivo, le preguntó: “¿qué vienes a buscar aquí pequeño caracol?”; el animalito levantando su cabeza con orgullo, respondió: “vengo a buscar la inmortalidad”, lo que hizo reír a Pedro, con ternura, pero riéndose mucho; “¿y qué harás tú con la inmortalidad?”; “no te rías -dijo el caracol con tono enfadado- ¿acaso no soy yo también una creatura de Dios, como los arcángeles?; sí, eso soy, el Arcángel Gasterópodo”. Pedro no dejo de reír bonachonamente; “¡tú, un Arcángel!, los Arcángeles, llevan alas de oro, escudos de plata, espada flamígera, sandalias rojas… ¿dónde están tus alas, tu escudo, tu espada, tus sandalias?”; el caracol, sacando sus cuernecillos con orgullo, que les sirven de ojos, respondió: “están dentro de mi caparazón. Duermen, esperan”; “¿y qué esperan, si puede saberse?”; insistió Pedro; “esperan el gran momento”, contestó el gasterópodo. El portero del cielo, pensando que el caracol se había trastornado de repente, insistió ¿en qué gran momento?”; éste, respondió el caracol, y al decirlo, con la untuosidad que le facilita su mucus en la locomoción, con una contracción poderosa cruzó el dintel de la puerta del Paraíso, del cual ya nunca pudieron echarle.



    “Desde el Corazón” que nadie serio, por muy teólogo que sea, me criticará por contar tal fábula. No la comparto para decir que alguien se puede colar en el cielo dando un salto, la comparto porque quiero señalar la dignidad humana, pues ¿no valemos nosotros más que los caracoles?



    Pasamos, como seres humanos, horas arrastrándonos por los caminos del mundo ¿y dejamos algo más que baba?; si medimos los tiempos de los hombres, hay en muchos más mala baba y mediocridad que heroísmo. A veces, parece que nuestras manos las usamos más en equivocarnos; que retienen más que dan; que de ellas sale más dolor que ayuda. Y, cuánto nos domina el miedo y el egoísmo, ¡cuántas veces nos arrinconaríamos dentro de nosotros mismos si contáramos con esa concha protectora en la cual refugiarse!



    Y sin embargo, dentro están nuestras posibilidades: las alas de oro de la inteligencia, es escudo de plata de la voluntad, la espada de la verdad de la Palabra, las sandalias rojas del coraje; están ahí, dentro, pero dormidas, casi sin usar. ¡Qué pocas veces desenvainamos las almas por adormiladas!



    Duermen, pero también esperan. Y mientras haya tiempo, todavía hay esperanza para dar la poderosa contracción y cruzar el dintel. “Desde el Corazón” me gusta la palabra todavía. Todavía Dios nos ama, todavía estamos vivos, todavía podemos cambiar mucho el mundo, todavía, todavía y, en ese todavía, el Creador nos da fuerzas para arrastrarnos hasta las puertas del cielo, para llegar a ellas con el orgullo de no dejar sólo babas por el camino.



    El orgullo de ser hombres no puede ser pecado a no ser el de la soberbia que olvida que somos criaturas para vivir con miras del Creador que nos hizo “algo menor que los ángeles” y no es importante la baba que hayamos podido dejar en el camino, sino el alma que ningún camino nos podrá arrebatar si ésta se ha entregado en fe al Señor.



    El portero del cielo no podrá decirnos: “¿tú, pobre criatura, te atreves a esperar la eternidad?... ¡reventarías, estallarías nada más entrases en ella, como los aviones al atravesar la barrera del sonido!; tú, con ese fuselaje de conchita de miseria, has nacido cuanto más para babear”, pero el auténtico portero sabe que no: el alma del hombre es incombustible. Se construyó, no para el tiempo, sino para la eternidad, que dura como el diamante.



    Pero falta, eso sí, la contracción hacia la fe. Los que viven en la esperanza, los que se atreven a vivirse, los que cada mañana y cada tarde, saltan desde el suelo de la existencia, buscan el Reino de Dios y su justicia. De estos será el reino de los cielos y mucho de lo mejor de la tierra: la alegría.


     

     


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