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Pedagogía de Dios en Navidad

De poco nos habla la Navidad cuando el resto del año Dios no significa nada para nosotros.

EL ESPEJO AUTOR Lidia Martín 23 DE DICIEMBRE DE 2017 23:50 h
Foto: Rodion Kutsaev. Unsplash.

Se acercan, como cada año, fechas navideñas y uno percibe alrededor suyo, no sin cierta decepción, el desencanto de la gente por la Navidad, que crece y crece cada año.



Al margen de todo lo que se mueve de aparente “alegría”, los regalos, las comidas especiales, los días no laborables, y los buenos deseos que casi todo el mundo suele expresar, en el fondo, de manera más o menos soterrada, buena parte de la gente queda absolutamente indiferente ante el paso de estos días.



Es, sin más, como cualquier otro día del año. Somos seres cada vez más pobres y amargados en estas fechas especialmente, si cabe, y fe de ello dan las conversaciones a pie de calle o cuánto se llenan las consultas de psicología en las semanas antes y después de Navidad y Año Nuevo.



Honestamente, no creo que sea casualidad, más allá de lo que nuestras apariencias muestran.



En un sentido, claro que es como otro día del año. O lo sería para mí también, de no ser por lo que significa. Lo que ocurre es que cuando uno desprovee a las fechas de su significado, efectivamente, la cosa se queda bastante pobre.



Y eso es justo lo que sucede aquí. Cada elemento de estas fiestas tiene un significado profundo que, en nuestro intento por desmarcarnos de Dios, de lo religioso y, principalmente, del cristianismo, ha quedado vacío y convertido en “algo más”: un regalo más, una comida más, unas luces más…



Nuestra oscuridad es más profunda que nunca. Esto ni siquiera es un círculo vicioso. De hecho, creo más bien que siempre fue una espiral. Llena de luces, de aparente modernismo, laicismo, satisfacción personal al considerarnos “verdaderos hombres y mujeres del siglo XXI que por fin han logrado sobreponerse al opio del pueblo”, pero desprovista de todo lo importante en este tiempo, de todo lo que dio lugar en su origen a la festividad.



Nadie se imaginaría la celebración de un Ramadán desprovisto del significado religioso. Pero claro, “ellos son fanáticos”- dicen algunos despectivamente. Bueno, quizá son coherentes y no se quedan elásticamente con la parte de la festividad que les interesa desprestigiando y tirando a la basura el resto.



La Navidad, tal y como yo lo veo, y supongo que muchos de los que leen estas líneas también, habla de luces, pero sobre todo de nuestra oscuridad. Mejor dicho, habla de la Luz que alumbra a todo hombre, Jesús, viniendo a un mundo de absoluta oscuridad que no tiene posibilidad alguna de salvarse por sí mismo.



Porque creo que, eso, al menos, no lo podremos negar del todo: el mundo va cada vez peor, las personas vamos cada vez peor, y por más esfuerzos que ponemos en que el mundo funcione como debe, esto no termina de darse. El pronóstico, seamos realistas, es bien decepcionante.



Una de las preguntas que más frecuentemente nos hacemos las personas, incluso los propios cristianos, es por qué Dios permite el sufrimiento. También en estas fechas, porque son tiempos de regalos, de opulencia, de gastos desmesurados y de los grandes contrastes respecto a quienes no tienen nada, que son muchos.



Y es ese tema el que una y otra vez no nos deja indiferentes, y al mundo tampoco (eso sí se encarga de decirlo abiertamente, por más que venga negando a Dios) sino que nos hace entrar en crisis cada cierto tiempo, porque es difícil de entender y ni siquiera sabemos si algún día seremos capaces de entenderlo mientras nos encontremos sujetos a este cuerpo mortal.



Así, creyentes y no creyentes nos encontramos frente al mismo dilema: qué hace Dios en todo este sufrimiento y por qué lo permite.



La Navidad trae luz sobre estas cuestiones en la forma concreta de un Dios que sufre. Al fin y al cabo Jesús es el Hijo de Dios que nace en forma humana, pero que nace para morir finalmente en una cruz en rescate por muchos y hacerlo voluntariamente.



El regalo máximo, el justo por los injustos. Y lo hace cargando sobre sí la maldad de aquellos a quienes vino a salvar. Dios solidarizándose con nuestro dolor, llevándolo sobre Sus hombros, Padre sufriendo por la entrega y muerte de Su único hijo, el Hijo sufriendo en carne propia el precio de la muerte tuya y mía, y envuelto en sufrimientos indescriptibles concretados en la forma de tortura más horrenda de la época, la cruz, aunque eso sí, resucitado al tercer día de la tumba para alumbrar a ese mundo que estaba y sigue en tinieblas.



¡Qué duda cabe de que tenemos un Dios que hace una estupenda pedagogía por métodos sorprendentes, hablando de Su carácter y de Sus intenciones para con nosotros!



Sobre esa pedagogía de Dios, en cualquier caso, los cristianos, no solo los que no creen, nos hacemos preguntas constantemente y en general, pero muchas de esas preguntas son también relevantes en este tiempo de Navidad.



Porque, por un lado nos revolvemos, nos rebelamos y nos parece mentira que Dios tenga que usar algunos métodos, como los que tienen que ver con el sufrimiento, para enseñarnos cosas que, pensamos, podría mostrarnos de formas menos dolorosas o drásticas. Al fin y al cabo, con un “chasquido de dedos” sería suficiente para Él.



Pero a la vez que esta pedagogía nos produce gran rechazo, y a algunos les aleja de la fe, estén dentro o fuera, a la vez si somos honestos nos permite ver cómo es verdaderamente la más eficaz posible, con todo y que sea dolorosa.



Que las pruebas nos curten, nos hacen crecer y nos conforman más hacia el carácter que deberíamos tener es inapelable. Casi siempre que miramos atrás tenemos que reconocer que crecimos mucho más durante el tiempo de prueba que en cualquier otro tiempo de bonanza, por muy “centrados” que estuviéramos, por mucha fe que creyéramos estar ejercitando en ese momento.



Y suele ser también que, además, generalmente salimos reforzados de tales situaciones porque nunca como en las pruebas nos sabemos sostenidos y mantenidos por fuerzas que no son las nuestras, sino las de Otro, ya que las nuestras nos abandonaron tiempo atrás.



Descubrimos mucho de la acción sobrenatural de Dios sobre nuestras vidas en los tiempos difíciles, más que en los periodos “interguerras”, aunque estos últimos son clave para prepararnos para las curvas que en algún momento nos encontraremos.



Y Dios ha de estar presente tanto en unos como en otros, con acciones distintas, probablemente, pero presente en todo caso, para seguir trabajando en nosotros y enseñándonos aquello que debemos ver.



De poco nos habla la Navidad cuando el resto del año Dios no significa nada para nosotros. Pero, ¡qué diferente es nuestra jornada diaria a lo largo del año cuando Dios se ha hecho Navidad en nosotros!



Este método del uso de las pruebas en la pedagogía de Dios es uno de los probablemente más estudiados, reflexionados y también cuestionados. Pero no es el único, y yo quisiera detenerme en otro hoy, también relacionado con la oscuridad que la Navidad vino a alumbrar, que parte de la pregunta “¿Por qué Dios permite que pequemos?”



“¿Puede Él enseñarnos algo a partir de esas situaciones de derrota que son para nosotros los tiempos de mayor oscuridad en nuestra vida?” “¿Puede salir algo bueno de todo esto?”



Porque por mucho que hayamos aceptado el regalo de la Navidad, algunos hace ya muchos años, hemos de reconocernos que la salvación de Dios sigue siendo necesaria para nosotros cada día porque aún no hemos llegado a ser lo que deberíamos ser.



En general nos cuesta aceptar lo que no entendemos. Por otro lado, nos encanta quedarnos con la parte que nos conviene de cada cosa que obtenemos de Dios. Con el libre albedrío no nos pasa algo distinto: nos gusta sabernos dueños de nuestras decisiones y saber que podemos hacer lo que queramos.



Por otro lado, no nos gustan las consecuencias que muchas veces nuestros actos tienen y, en ese momento, nos cuestionamos, no a nosotros mismos y nuestras decisiones, sino más bien a Dios que las ha permitido.



En ese instante nos agarramos a la idea de un Dios que debería estar ahí para cubrirnos las espaldas constantemente en vez de ser responsables con la carga que supone tener ese libre albedrío del que tan orgullosos estábamos.



Y en esa lucha prácticamente absurda y esquizofrénica en la que podemos decir algo y negarlo al segundo siguiente, pero que nosotros hemos llegado a ver normal, no nos entendemos ni nosotros mismos.



Sin embargo, cuando somos creyentes, en ocasiones, y guiados por la conciencia en unos casos y por el Espíritu Santo en otros –lo cual al final es probablemente lo mismo-, volvemos nuestra mirada hacia nosotros mismos y nuestras acciones, no tanto para echar balones fuera, sino para reconocer que no solo no estamos a la altura en el momento que pecamos de forma flagrante, sino que nunca llegamos realmente a estar a la altura, ni siquiera cuando pensamos que sí lo estábamos.



La Navidad nos habla de eso: de que nosotros no podemos, ni ahora ni nunca. No solo es un mensaje para los de fuera, que “necesitan la Navidad hecha realidad en sus vidas”. Es para nosotros, los que hemos creído, porque seguimos necesitándola en medio de la oscuridad en la que seguimos viviendo.



El malentendido es que quizá pensamos que nos habíamos liberado, si no del todo, de buena parte de esas tinieblas, para nuestro desencanto cuando descubrimos que no es así del todo.



En esos momentos y no en otros, cuando nos enfrentamos con nuestras propias luchas, derrotas y decepciones con nosotros mismos (que solo se explican porque pensáramos que “eso” o “aquello” lo teníamos superado), es en los que descubrimos acerca de nosotros mismos lo que no podríamos haber visto en esos periodos en los que nos encontramos demasiado complacidos con nuestras propias vidas.



Porque desde la pedagogía de Dios necesitamos darnos cuenta de que pecamos constantemente por acción y por omisión, por hechos y por pensamientos, antes incluso de ser conscientes de ello ya había pecados que nos eran ocultos, y que con todo y que esta idea no debe servirnos para normalizar el pecado, sí al menos debe hacernos considerar que nunca fuimos lo que creímos ser, ni tampoco llegaremos a serlo en esta vida.



La Navidad, es entonces, también relevante para nosotros en estos días, su mensaje acerca de la gracia y de nuestra correspondiente incapacidad está vigente para nosotros y este es uno de tantos recordatorios a tener en cuenta.



Cuando pecamos nos cuesta acercarnos a Dios, qué duda cabe. Su palabra y Su voz nos recuerdan lo que no queremos saber, ni oír, ni recordar… En ocasiones, también es así, probablemente, porque no tenemos intención alguna de cambiar nuestra conducta y acercarnos a oír Su voz nos comprometería demasiado… quizá ya no podríamos alegar ignorancia.



En otros momentos, sin embargo, no nos acercamos porque nos sentimos del todo indignos. Pero eso solo pone de manifiesto que, quizá, en otro tiempo, llegamos a sentirnos dignos y por eso nos acercábamos con excesiva facilidad, no midiendo nuestra verdadera posición y la Suya.



Sin embargo nunca estuvimos a la altura y eso solo lo descubrimos con claridad en momentos como estos, frente a nuestras batallas perdidas, frente a Su santidad, frente a la incapacidad que tenemos de acercarnos sin volver una y otra vez a abusar de la gracia.



Y aún así, y esta es la maravilla del tiempo de Navidad para nosotros también, desde el evangelio se nos anima a acercarnos confiadamente al trono de la gracia para recibir el oportuno socorro.



Y que no lo hagamos solo vuelve a hablarnos de hasta qué punto en el fondo seguimos peleando este asunto en nuestras propias fuerzas y, por tanto, por obras y no por gracia.



¿De qué sirve, entonces, el sacrificio de Dios encarnado, Jesús, muriendo por nuestros pecados? ¿Será que para nosotros, los cristianos, la Navidad se convierte a veces también en una festividad y recordatorio inútil?



Lo es cuando no lo vivimos desde corazones humillados, agradecidos y conscientes de sus muchas faltas, sino desde la arrogancia del que cree que ya no necesita la Navidad de Dios en su vida.



La realidad de sabernos cometiendo algo que claramente desagrada a Dios nos lleva, si aún estamos sensibles a que Dios obre en nosotros, a considerar nuestras vidas desde una perspectiva mucho más amplia y profunda que la que teníamos cuando estábamos en aparente bonanza.



Todos tenemos cadáveres en los armarios, pecados con los que luchamos especialmente porque nos son más difíciles de apartar de nuestra vida. Por eso nadie debería leer estas líneas pensando en otros, sino más bien en uno mismo.



Ante esos pecados que a veces pueden ser incluso evidentes a los ojos de los demás nos hacemos conscientes de ellos también para nuestros propios ojos, que son a menudo los más ciegos de todos.



Y es que mientras creemos que todo va bien no nos examinamos demasiado a nosotros mismos y nos olvidamos de pedirle a Dios que nos examine y nos haga ver aquello que debemos apartar de nosotros. Seguimos la vida como si nada pasara, sin que nada perturbe nuestra aparente paz y conformidad con nosotros mismos.



Pero los salmos nos recuerdan cómo, si Dios mirara los pecados, ninguno podríamos mantenernos. Dios nos llama en Navidad también a considerar nuestra viga en el ojo y no la paja en el ojo ajeno, nos recuerda sobre aquello respecto a lo cual juzgamos a otros, ya que nosotros hacemos lo mismo, nos recuerda que el mundo se pierde, sí, pero que nosotros demasiadas veces vivimos como ellos.



Una pedagogía “simplemente verbal” no es suficiente para corazones y cabezas duros como el nuestro. Necesitamos más, y seguramente, de ahí que Dios permita el sufrimiento, porque no aprendemos igual desde lo uno y desde lo otro.



Por eso vino Cristo: porque en nuestras pretensiones de independencia, decidimos ir por libre. Los límites verbales, la propia ley de Dios, nunca nos han resultado suficientes para hacernos reconsiderar nuestro camino.



Y aún cuando en algunas ocasiones somos capaces de tomar en cuenta esas Sus palabras, rápidamente hay cosas alrededor que nos llevan al engaño de creer que somos más inteligentes que el propio Dios y que Su consejo para nosotros no es ni tan relevante, ni tan necesario.



Preferimos creer que Dios está errado en Sus avisos, que quizá es demasiado alarmista, que no nos conoce tan bien como nos conocemos nosotros a nosotros mismos… y terminamos teniendo que vernos en el fango para darnos cuenta de aquello que se nos avisó.



Navidad nos habla de salvación, porque la salvación implica un juicio. Y si nos quedamos solo con las luces, privamos a la Navidad de la mitad de su mensaje.



No me dedicaré en estas líneas a hacer apología del fango, ni mucho menos. Eso sería un nuevo abuso de la gracia, algo que hacemos con extrema facilidad.



Pero es desde esa gracia que Dios nos enseña: cuando estamos en el barro, cuando estamos cubiertos de nuestros propios males, algunos de ellos muy antiguos y que nos eran ocultos, otros más recientes y quizá, por más escandalosos, también más alarmantes para nuestra conciencia que sigue haciendo diferencia entre “pecados y pecadillos”, pero todos ellos recordándonos quiénes somos nosotros y quién es Dios, santo como ninguno.



A veces no es sino al intentar limpiar las manchas nuevas en una prenda que descubrimos las antiguas, las que se nos habían pasado desapercibidas, porque ya nos habíamos acostumbrado a vivir con ellas.



Su presencia se había mimetizado tanto con nosotros mismos y nuestras acciones, con una vida probablemente que nadie desde fuera podría juzgar, por tener una fachada impoluta, que ni siquiera sabíamos que estaban.



Pero sí. Permanecían allí, sin esconder, pero sin molestar aparentemente a nuestras conciencias y, por tanto, en la sala de espera aguardando a ser abordadas en algún momento de iluminación de nuestra mente para, reconociendo quiénes somos nosotros y nuestra indignidad, traerlas a los pies de Cristo para que Él nos limpie y nos ayude a vivir las vidas que a Él le agradan y le honran.



Muchas veces caminamos por la vida conformes con el estatus de salvación y gracia que nos ha alcanzado, olvidándosenos que nunca fue por tener un curriculum perfecto, porque fue por gracia siempre y, como tantos fuera del evangelio, nos conformamos con no matar o no robar, con no llevar vidas escandalosas.



Pero no somos distintos a ellos si lo pensamos con cierto detenimiento. Somos más bien como el fariseo, que se había conformado con no ser como aquellos otros a los que criticaba, pero estaba bien lejos del corazón de Dios. ¿Dónde queda la Navidad en todo esto? ¿Había algunos, acaso, por quienes la Navidad ni siquiera hubiera sido necesaria?



Su aparente perfección, en cualquier caso, era una cuestión de fachada, porque a los fariseos es que se les llamó, precisamente, sepulcros blanqueados. Y muchos de nosotros podríamos perfectamente movernos como pez en el agua en tal secta del momento.



Somos, de nuevo, el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. El publicano, sin embargo, bien consciente de lo lejos que estaba de la santidad de Dios, estaba más cerca que el primero de alcanzar la gracia que anhelaba y necesitaba.



Como finalmente le pasó también al hijo menor de la parábola, que entró al banquete a diferencia de su hermano mayor, demasiado complacido con su propio servicio al padre y dando por hecho que este le debía algo.



¡Qué difícil es tener una verdadera conciencia de nuestra situación delante de Dios! Solo cuando nos encontramos ante la realidad de nuestro pecado es esto posible. Solo reconociendo que abusamos de la gracia una y otra vez.



Solo recordándonos que siempre estuvimos lejos y seguiríamos lejos si no fuera porque Dios tuvo a bien alcanzarnos, porque la Navidad llegó a nosotros. Y hoy, en fechas navideñas, de nuevo ante la pedagogía de Dios, ante la forma inquietante que tiene de hablarnos, precisamente en estas fechas quizá más que en otras, es tiempo de encontrar también, escondida, la mejor de las misericordias y bendiciones para nosotros, porque es en medio de esa tormenta que se nos muestra quiénes somos nosotros verdaderamente y quién es Él en todo ello:



Jesús encarnado, hecho vida real en nosotros, habiendo muerto por nuestros pecados pasados, presentes y futuros, conscientes o desconocidos para nosotros, dándose solo por amor… rescatando solo por gracia.


 

 


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