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    El verbo encarnado de Juan

    Jamás conoceremos realmente a Dios como un Dios compasivo si no logramos comprender, con el corazón y la mente, que puso su morada entre nosotros,

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 17 DE DICIEMBRE DE 2017 08:45 h
    En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios./ Foto: Wikimedia Commons.

    Aquejado de males físicos propios de la temporada invernal, que no me dejan escribir como quisiera, reproduzco uno de mis artículos navideños del año pasado y reitero maravillado que la encarnación del Verbo es el corazón del Evangelio.



    El Evangelio de Juan inicia con líneas poéticas. Dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Biblia Reina-Valera, 1960). La versión antigua traduce Logos en lugar de Verbo, con lo que también le da resonancias filosóficas al vocablo.



    El Verbo encarnado es Emmanuel, Dios con nosotros porque se hizo uno de nosotros: “reconocemos que él se ha comprometido a vivir en solidaridad con nosotros, a compartir nuestras alegrías y dolores, a defendernos y protegernos, y a padecer toda la vida con nosotros.



    El Dios-con nosotros es un Dios cercano, un Dios al que llamamos ‘nuestro refugio y fortaleza’, ‘nuestra sabiduría’ e incluso, de manera más íntima, ‘nuestro socorro, nuestro pastor y nuestro amor’.



    Jamás conoceremos realmente a Dios como un Dios compasivo si no logramos comprender, con el corazón y la mente, que puso su morada entre nosotros, Juan 1:14” (Donald P. McNeill, Douglas A Morrison, Henri J. M. Nouwen, Compasión: reflexiones sobre la vida cristiana, Editorial Sal Terrae, Santander, 1985).



    Tras la línea que hemos citado, en el capitulo primero de su escrito el evangelista Juan hace dos referencias a Jesús como la vida y seis ocasiones le presenta como la luz que “en las tinieblas resplandece”.



    Regresa, en el versículo 14, a su afirmación sobre el Logos hecho carne: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Reina-Valera, 1960).



    Al igual que otros escritores del Nuevo Testamento, Juan estaba convencido que Jesús el Cristo era el cumplimiento de las promesas mesiánicas contenidas en el Antiguo Testamento.



    Por esto poco antes del final de los dieciocho versículos introductorios de su Evangelio afirma que “de su plenitud [la de Jesús] tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”.



    La cúspide de la revelación es Jesús, él ilumina el desarrollo de la historia de la salvación.



    En tanto que los evangelistas Mateo y Lucas ofrecen información sobre la extensa genealogía de Jesús, las condiciones de su nacimiento y las reacciones de distintos grupos y personas frente al acontecimiento, Juan es prolífico en el significado teológico de la encarnación y a lo largo de su Evangelio describe detalladamente cómo fue la vida de quien “puso su morada entre nosotros” (1:14).



    Después que Juan el Bautista presenta a Jesús como el esperado Mesías y bautizarle, el Verbo inicia su ministerio convocando discípulos y sucede la transmutación de agua en vino durante una fiesta de boda en Caná.



    El Evangelio de Juan contiene varios diálogos y controversias de Jesús con personas de muy variadas condiciones culturales, religiosas y económicas.



    En el capítulo 3, de manera subrepticia y de noche, Nicodemo (uno de los dirigentes de los fariseos) resulta sorprendido por Jesús. Éste le cuestiona que no ha comprendido la necesidad de nacer de nuevo, es decir, renovarse integralmente antes que ser un vigilante de la moralidad de los demás.



    Poco más adelante, en el capítulo 4, Jesús conversa con alguien muy distinta del encumbrado Nicodemo. En esta ocasión su interlocutora es una mujer samaritana y mal vista por su comunidad.



    En el diálogo con la samaritana, Jesús hizo añicos los convencionalismos étnicos, las relaciones varón/mujer, las tradiciones religiosas y las ideas sobre la pureza. Existía una enemistad de larga data entre judíos y samaritanos.



    Unos y otros se consideraban superiores a los demás y se referían a su contraparte en términos supremacistas. En cuanto a que Jesús (judío) haya tenido el encuentro con la natural de Samaria, el hecho resultó un tanto inexplicable para sus discípulos, quienes “se sorprendieron de verlo hablando con una mujer” (Juan 4:27, Nueva Versión Internacional).



    Y cómo no se iban a sorprender si en aquella sociedad patriarcal un varón y Rabí, uno de los títulos que propios y extraños le reconocieron a Jesús, no tenía permitido dialogar con una mujer, ¡y además samaritana!



    En otra ocasión, ante el cuestionamiento de un judío “doctor en la ley” (Lucas 10:25, según traduce La Palabra), Jesús respondió con una parábola, en la cual puso como ejemplo de compasión y justicia a un samaritano.



    La samaritana descrita por Juan debía ir por agua al pozo a una hora en que otras personas ya lo habían hecho, o lo harían más tarde. Usualmente en el pueblo de Sicar, donde tuvo lugar el encuentro de Jesús con la mujer, el tiempo de ir para abastecerse de agua era temprano en la mañana o en la tarde, y no al mediodía cuando el calor arreciaba.



    La mujer no tenía buena reputación entre los habitantes de Sicar porque había tenido cinco esposos y al momento cohabitaba con uno que no lo era. La forma en que Jesús la recibió y lo conversado con él transformaron a la mujer, de tal manera que se convirtió en una de sus seguidoras y “Muchos de los samaritanos que vivían en aquel pueblo creyeron en él por el testimonio que daba la mujer” (4:39, NVI).



    Los efectos de la lectura de este pasaje continúa tocando el ser de mujeres en distintas partes del mundo, así lo desarrolla Hans de Wit en su libro Por un solo gesto de amor: lectura de la Biblia desde una práctica intercultural, ISEDET, Buenos Aires, 2010.



    Otras mujeres supieron del trato fraternal de Jesús cuando lo usual es que fueran relegadas por la sociedad que privilegiaba la preponderancia de los hombres. Algunas de ellas fueron la sorprendida en adulterio y que sus acusadores estaban a punto de lapidar (Juan 8:1-11), y las hermanas de Lázaro, Marta y María (Juan 11).



    Es interesante que Juan sitúa, inmediatamente después de la escena en que la mujer casi es apedreada, lo expresado por Jesús a la gente: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).



    ¿Acaso estaría implicando que una manera de andar en tinieblas es ser juez de las conductas de los otros y buscar su erradicación mediante castigos crueles?



    Las desgracias e infortunios de otros siempre tienen explicaciones ominosas por parte de quienes las ven como resultado de una anormalidad ética. En el capítulo 9, Juan narra la sanación por parte de Jesús de un ciego de nacimiento.



    Su ceguera solamente tenía explicación, para los vigilantes de la pureza doctrinal, si era resultado del pecado de él o de sus padres. Jesús respondió que no era ni por faltas de él o sus padres, y le devolvió la vista, acto que le atrajo la enemistad de las autoridades religiosas.



    Inspirados en el hermoso Juan 1:14, el obispo metodista Sante Uberto Barbieri y el escritor Jorge Luis Borges nos legaron dos bellos poemas, que nos conmueven porque son un eco de la afirmación joanina:



    Carne de nuestra carne te hiciste,



    oh Cristo,



    Verbo de Dios,



    luz de la luz que iluminó las tinieblas



    de los siglos que no fueron



    y lo oscuro de nuestras increadas almas.



     



    Verbo palpitante hazte



    oh Cristo,



    en nuestra carne,



    verbo vivo, que clame en nuestro pecho



    desde el hondón de tu pasión creadora



    y hasta las cumbres de tu misericordia sufrida.



    Hazte verbo cantante en nuestra alma,



    oh Cristo,



    verbo que desgrane tu hermosura



    en estrofas de luz diáfanamente blanca,



    luz del corazón de Dios.



     



    Hazte verbo bullente en nuestra vida,



    oh Cristo,



    verbo-mar de ilimitadas playas



    que arroje con frenesí indómito,



    contra los arrecifes del tiempo,



    la espuma de ensueños tejidos con fibras eternas.



     



    Oh Verbo de Dios,



    hazte verbo en nuestra mortal carne;



    oh carne de nuestro sepulcro,



    hazte templo del Verbo de Dios.



    (Sante Uberto Barbieri, Llamarás su nombre Jesús, Casa Unida de Publicaciones, México, s/f, p. 13)



     



    “Y la Palabra se hizo hombre,



    acampó entre nosotros



    y contemplamos su gloria:



    gloria del Hijo único del Padre,



    lleno de amor y lealtad”



     



    Refieren las historias orientales



    La de aquel rey del tiempo, que sujeto



    A tedio y esplendor, sale en secreto



    Y solo, a recorrer los arrabales



    Y a perderse en la turba de las gentes



    De rudas manos y de oscuros nombres;



    Hoy, como aquel Emir de los Creyentes,



    Harún, Dios quiere andar entre los hombres



    Y nace de una madre, como nacen



    Los linajes que en polvo se deshacen,



    Y le será entregado el orbe entero,



    Aire, agua, pan, mañanas, piedras y lirio,



    Pero después la sangre del martirio,



    El escarnio, los clavos y el madero.



    (Jorge Luis Borges, en Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Un niño nos vino del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, EDIBESA, Madrid, 2000, p. 184).



    Sobre el Verbo encarnado de Juan, la eternidad humanada, cabe concluir como lo hizo de forma hiperbólica el evangelista: “Jesús hizo también muchas otras cosas, tantas que, si se escribiera cada una de ellas, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo entero” (Juan 21:25).


     

     


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