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Caminos sin retorno

Nos sigue costando muchísimo comprender que lo que hacemos y dejamos de hacer, por acción y por omisión, tiene consecuencias.

EL ESPEJO AUTOR Lidia Martín 29 DE OCTUBRE DE 2017 08:10 h
Foto: Anisur Rahman Unsplash.

En la vida uno no suele tardar demasiado en darse cuenta de que lo que se hace tiene consecuencias.



Cuando te subes donde te dijeron que no lo hicieras, generalmente te caes y te haces daño. Cuando tocas algo peligroso y te cortas, te duele y la próxima vez decides que mejor no volver a tocar.



Cuando vas creciendo y no estudias lo suficiente, a la llegada del suspenso piensas, aunque los buenos propósitos no siempre duran demasiado, que la próxima vez debes hacerlo mejor.



Y así en una infinidad de situaciones en las que, por cierto, a la vez que uno puede aprender sobre su propia responsabilidad (o no hacerlo, porque desgraciadamente así es a veces, que no aprendemos nada), a la vez puede hacer una lectura victimisma que le llevará por un camino bien distinto, es decir, aprenderemos la lección equivocada.



Esto es así: todas aquellas situaciones en las que somos responsables de nuestros actos pueden ser interpretadas en clave de víctima. Porque, efectivamente, a nuestra decisión y conducta siguió una consecuencia a veces nefasta que nos hizo sentir dolor, malestar o en la que, incluso, cometimos el error de nuestras vidas con fatales consecuencias.



En esas situaciones nos sentimos, debido a nuestra tendencia a la autocompasión, principalmente víctimas. Y es cierto que lo somos, pero se nos olvida con facilidad la segunda parte de la frase: somos víctimas de nuestras propias decisiones, en muchas ocasiones desacertadas y, en muchas ocasiones sin retorno.



No estoy hablando hoy de esas circunstancias en las que uno paga por los errores de otros. Lo digo pensando en quienes ahora mismo se dirán que hay muchas situaciones en las que las personas son verdaderamente víctimas y sentirán que no estoy siendo especialmente justa con ellas.



Es cierto que esas situaciones suceden y no es mi pretensión ni mi intención poner eso en duda, porque efectivamente es una realidad sangrante.



Sin embargo, sí aprovecharé para mencionar que muchas de estas personas, o nosotros mismos, si alguna vez hemos vivido la desgracia de tener que pagar por decisiones terribles de otros, decidimos en muchas ocasiones no vivir como víctimas aunque lo seamos.



Pero eso será tema para otra reflexión. Hoy no quiero desviarme del asunto principal viendo como vemos en qué derroteros nos estamos metiendo, cada cual desde la defensa acérrima de lo que cree innegociable.



La cuestión es que nos sigue costando muchísimo comprender que lo que hacemos y dejamos de hacer, por acción y por omisión, tiene consecuencias, para nosotros mismos y para quienes nos rodean, y que además muchas de esas decisiones, acciones, omisiones, palabras… son la entrada a un camino sin retorno de no ser por la intervención de un milagro en el recorrido.



Confiar en la aparición de ese milagro, sin embargo, es una ingenuidad en muchas ocasiones, no porque nuestro Dios no tenga la capacidad de obrarlo, sino porque el principal interesado en que entendamos que nuestras acciones tienen consecuencias es Él mismo.



Se nos llama a vivir de una determinada manera en todas las esferas de la vida para bien nuestro, y cuando decidimos un camino distinto, suceden cosas. No nos parte un rayo, como muchas veces esperamos, porque Dios no actúa así con nosotros.



Pero hemos de reconocer que hemos perdido de vista la necesidad de hacer las cosas todo lo bien que podríamos por otro fenómeno complementario a los que hemos venido describiendo, y es que, en ocasiones, muchas ocasiones, cuando hacemos las cosas mal o no tan bien como podríamos, tampoco pasa nada, o al menos no de forma inmediata.



Apliquemos esto donde queramos, da igual: la vida personal, nuestra intimidad, la convivencia familiar, social o política. Esa aparente arbitrariedad en la llegada de consecuencias no hace sino potenciar demasiado a menudo nuestra sensación de impunidad al defender lo que creemos justo de cualquier manera.



Los cristianos tenemos tanto que aportar como ciudadanos como el que más. Por supuesto, estamos llamados a construir en las sociedades en las que estamos inmersos siendo luz y sal a un mundo que está sumido en oscuridades de todo tipo.



Pero no estamos autorizados para hacerlo de cualquier forma. Entiéndaseme como quiera. En esto estamos convocados todos y todas sin excepción, estemos en el “bando” que estemos en cualquiera de los conflictos que se nos vengan a la cabeza.



Porque algunos, o muchos, créanme, estamos en los dos bandos a la vez. Pienso en lo que sucede, sin ir más lejos, en nuestro país, y créanme que se me abren las carnes por ambos frentes, porque en los dos tengo mis raíces y mi origen, mi infancia y mi familia, y también mi presente, mi estabilidad actual, mi nación y mi corazón también.



Nuestro llamado es, en medio de todo eso, ante la realidad de que ni todos somos tan buenos ni los otros son tan malos, a ser distintos, a no perder de vista que nuestra ciudadanía está en los cielos, a no depositar nuestra confianza y esperanza en proyectos de dudosa fiabilidad y más escasa caducidad, y a actuar en medio de todo ello procurando siempre la mayor de las glorias para Aquel que nos llamó.



En eso, reconozcámoslo, fallamos todos, pero nos hemos acostumbrado, quizá, a convivir con ello y no aspirar a nada más.



Creo que se nos olvida con facilidad que no solo es la física la que funciona por las leyes de acción-reacción-repercusión, sino nuestro comportamiento individual, familiar, social, político.



Todas las esferas de la actividad humana, desde lo más privado hasta lo más público, están relacionadas, teñidas, “intoxicadas” si se quiere, por este principio. El comportamiento que tenemos con nuestras parejas, con nuestros hijos, en nuestro puesto de trabajo, en la iglesia, y cómo no, en la esfera social y política, se rige por los mismos principios sencillos pero potentes a los que aludimos hoy: a nuestras acciones siguen consecuencias, esas consecuencias nos animan o desaniman a repetir la acción, y en breve comprobaremos si decidimos hacer un cambio de conducta o establecimos que lo mejor era permanecer como estábamos.



Sueno excesivamente conductista, lo sé. No lo soy en un sentido estricto, créanme, aunque pueda parecerlo. Pero es inapelable que aunque estos principios no son los únicos que están en marcha, son una parte de ellos y son probablemente los más sencillos de entender, aunque es evidente que no los más fáciles de interiorizar y tener en cuenta para reconducir nuestras conductas erradas, a la luz de los hechos.



Ya con que entendiéramos estos conseguiríamos una potente mejoría en muchas áreas. Porque, en ocasiones, aunque las consecuencias nos llaman a gritos para reconsiderar nuestra conducta, no lo hacemos.



Los avisos verbales, las llamadas de atención, las advertencias… no suelen ser suficientes para no caer en determinados errores. Luego, llevamos a cabo lo que desde el principio queríamos hacer y a aquello le siguen consecuencias positivas o negativas que decidimos o no tener en cuenta dependiendo de con cuánta intensidad queremos seguir haciendo lo que empezamos haciendo.



Porque hay temas en los que nos va la vida, pero no sé si nos lo podemos permitir. Porque sobre esos temas suele haber otros que siempre son mucho más importantes. Cuando se nos vienen las consecuencias de las que se nos advirtieron, preferimos frecuentemente acusar aunque sea al apuntador de tener responsabilidad y culpa de ello, pero nos cuesta reconocer nuestra parte en el proceso.



Somos víctimas, en definitiva, que es lo que siempre fuimos desde nuestro propio razonamiento circular. Claro que, por otro lado, nuestros propios sentimientos al respecto son parte de las consecuencias que siguen a nuestros comportamientos.



Y donde podríamos estar aprendiendo alguna lección valiosa por las consecuencias recibidas, nuestros sentimientos nos juegan una mala pasada: al sentir que estamos consiguiendo o, aunque sea, reivindicando algunas de las cosas que deseamos intensamente, eso parece suplir todas las posibles consecuencias negativas que se puedan derivar y finalmente no aprendemos la lección que era tan obvia pero a la vez necesaria.



Pero no es así. Lo uno no suple lo otro. Por el camino, por el contrario, podemos haber dejado un reguero de cadáveres que no volverán a la vida por muy buenas intenciones que tuviéramos al defender lo que defendimos, o por muy en la verdad que estuviéramos.



Esto nos lleva a lo que es el corazón de esta reflexión y hacia donde quiero dirigir la atención en este momento: ¿qué sucede cuando el alivio personal que obtengo al conseguir lo que quiero, al sentir que mis reivindicaciones justas y buenas, legítimas y defendibles quizá, son, aunque sea por la fuerza, por fin tenidas en cuenta, supone consecuencias negativas y sin retorno para una basta mayoría que quizá no ha opinado al respecto y que también tiene sus propias razones?



¿Qué ocurre cuando estamos dispuestos a llevar nuestras intenciones adelante por encima de cualquier cosa, estando dispuestos a pagar cualquier precio, aunque ese precio tenga que ser abonado por quienes no tienen nada que ver en el asunto o, quienes pudiendo tener que ver, decidieron no optar por la vía de la tremenda o de la explosión generalizada para resolver el conflicto?



¿Estamos los cristianos en todo esto mostrando un camino aún más excelente aunque, como le pasó al Maestro, nos toque renunciar a nuestro derecho? ¿Dónde queda en medio de nuestras muchas batallas, las pequeñas y las grandes, el fruto del Espíritu, que no es sino uno pero manifestado de muchas y variadas maneras? Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza… cosas contra las cuales, por cierto, no hay ley.



No conozco ningún conflicto que pueda resolverse por la vía de la explosión, me da igual cuál de los dos bandos sea quien acciona la bomba. Las explosiones dan lugar a destrucción, no a reconstrucción.



Pero más allá de esto, sucede un fenómeno aún más digno de consideración, tal y como yo lo veo, aunque pueda estar equivocada. Paradójicamente, lo que sucede en situaciones así es que quienes se daban por víctimas indiscutibles de lo que quiera que estuviera sucediendo, se convierten, automáticamente, también en verdugos para otros, que iniciarán de nuevo la posible secuencia con la que empezábamos la presente reflexión: soy víctima de algo de lo cual no soy responsable, así que voy a reivindicar mi postura caiga quien caiga, por todos los medios a mi alcance, hasta que se haga justicia.



Pensemos, llegado este punto, si alguno estamos en condiciones de tirar la primera piedra, porque quizá hasta que no hagamos esa reflexión difícilmente haremos un cambio de rumbo, por necesario que sea.



Dice un proverbio que circula por ahí que hay tres elementos que, una vez puestos en marcha, no tienen retorno: la flecha lanzada, la oportunidad perdida y la palabra dicha. Me pregunto cuántas de las cosas que vivimos y que sufrimos a todos los niveles en los que nos movemos, individual, familiar, social, político, incluso a nivel de la propia iglesia, tienen que ver con estas cosas.



Somos especialistas en bombardearnos con proyectiles y flechas de todo tipo, algunos con apariencia políticamente correcta pero que están tan cargados de veneno como cualquiera de los que no hubieran sido tan hábilmente disfrazados. Nos hemos hecho expertos en disimular.



De ahí que a los cristianos no pocas veces se nos considere una pandilla de hipócritas con grandes dotes para el disfraz, pero con ninguna o muy poca capacidad para reconocer coherentemente nuestras muchas flaquezas y defectos. No se nos vino a salvar por ser los más buenos, sino en primer lugar por ser lo que estábamos más podridos.




  • Perdemos oportunidades constantemente para edificarnos, animarnos, sostenernos, acompañarnos y construirnos en el amor y la gracia con los que hemos sido rescatados y escasamente hacemos referencia, ni siquiera somera, al poder superior que representamos como embajadores del amor de Dios y de Su obra con nosotros en una tierra hostil. Creemos que la forma de vida a la que se nos llama en el Evangelio es opcional. Pero lejos de serlo, es un mandato y es que la fe sin obras es muerta y no vale para nada. Nos manejamos exactamente por los mismos parámetros que se mueve el mundo, y por eso no nos diferenciamos en nada de él, con el escaso impacto que eso supone del Evangelio sobre un mundo que se pierde. Cuestiones tan claras en la Palabra como la obediencia a las leyes, el respeto mutuo, o poner al otro y sus intereses por encima de uno mismo, nos resultan impracticables e inalcanzables cuando pretendemos defendernos de lo que consideramos nos ataca. Y esto tristemente también pasa así entre creyentes. El “yo” toma por la fuerza lo poco o mucho que quede de pie y relega a la práctica desaparición el proyecto del “nosotros”, cuando somos y nos desarrollamos principalmente desde comunidades.

  • Mucho de todo esto se materializa también en la manera en la que nos hablamos, en la que nos dirigimos los unos a los otros. La palabra dicha, la lengua, ese órgano afilado que nadie sabe del todo controlar y que genera los mayores incendios y destrucciones, sigue marcando ese camino de no retorno del que ya prácticamente, lo veamos o no, no sabemos cómo salir.



Así las cosas, pudiera ser entonces que debamos reducir nuestro arsenal de flechas, estar más pendientes de las oportunidades de ser constructivos y de cuidar no decir aquello de lo que más tarde hayamos de arrepentirnos.



Honestamente, nadie se puede permitir transitar por este tipo de vías, quemando todos los posibles puentes y barcos, como si nunca fuéramos a necesitar utilizarlos.



Pero los creyentes aún mucho menos que los demás. Porque no deberíamos hacer las cosas como es correcto por si acaso algún día nos puede convenir lo recogido mediante esa siembra, sino porque estamos llamados y convocados, en lo pequeño y en lo grande, a vivir nuestra vida conforme a los principios del Reino.



Según esos principios, los individuos no son tales a secas, sino miembros de una comunidad que se engrandece o se empequeñece a partir de las acciones de cada particular.



Somos un cuerpo, como bien explica el apóstol Pablo, de forma que cuando un miembro se duele, el cuerpo entero es dañado. Y somos miembros de muchos grupos, desde el familiar a la nación en la que nos desarrollamos como ciudadanos.



No somos tan independientes como creemos, ni siquiera como nos gustaría. Somos partes de un todo, pero somos a la vez mucho más que la simple suma de esas partes. Cuando una de ellas emprende un camino de no retorno obliga a las demás, quieran o no, a embarcarse de una forma u otra en ese viaje.



Y me temo que tenemos por delante, no uno, sino varios, de los cuales ya no nos libraremos sin padecer las consecuencias dramáticas de nuestra corta vista y perspectiva.


 

 


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