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    David: Loco , pulga y príncipe heredero

    Un estudio novelado de 1 Sam. 21:10-14;1 Sam 24 y Salmo 34.

    AHONDAR Y DISCERNIR AUTOR Roberto Estévez 08 DE OCTUBRE DE 2017 07:20 h
    Con sigilo se introduce en lo más recóndito de esa cueva. Free Bible Images (CC)

    -Yo soy Tutankamon, yo soy Moisés, yo soy Sansón. ¡Viva yo que no ni no! El hombre saltaba para todos lados como un mono enjaulado.



    Tendría unos veinte y tantos años. Se encontraba en un estado de incesante agitación. Sus ojos se revolvían en todas direcciones como pelotas de ping- pong.



    La voz era fuerte, chillona y entrecortada. -Soy Tutankamon, soy Moisés -gritaba con toda su energía.



    La saliva le caía por las comisuras de los labios hasta la barba pero él no trataba de secarla. Su cabello estaba despeinado y entreverado como si no hubiera visto un peine por largo tiempo.



    Se acerca a los portales de la ciudad y escribe de un lado “Soy Tutankamon”. Va al otro y garabatea “Soy Moisés”.



    Varios soldados se acercan y lo prenden con fuerza pero él no se resiste. Grita más fuerte y más saliva resbala por su larga barba. Es llevado delante de Aquis, rey de Gaza.



    -Majestad -dice el sargento-, este hombre es David, nuestro enemigo, el héroe de Israel, aquel que venció a Goliat.



    -Suéltenlo por un momento -ordena el monarca y con una mirada escudriñadora le pregunta:



    -¿Quién eres?



    El hombre con una expresión de pánico, de inmediato comienza a dar saltos de animal salvaje y grita:



    -Soy Tutankamon, soy Moisés, soy Sansón. Aquis lo mira con esa combinación de desprecio y lástima que los poderosos han sido enseñados a demostrar desde que son jovencitos.



    Nuevamente la espesa baba cae como gelatina de la boca entreabierta del “enajenado” que luce una mueca de payaso barato.



    -Ya bastantes locos tengo en este país -y bajando la voz agrega el monarca- sin contar los de mi propia familia. ¡No quiero ver ni uno más!



    -Excelencia -repite el sargento-, este hombre es David, el héroe de nuestros enemigos…



    -¡He dicho que se vaya y no lo quiero ver nunca más! ¡Quién me va a hacer creer que este bufón es el yerno del rey, el superhombre de Israel!



    El “demente” se aleja haciendo piruetas y repitiendo como un viejo tocadiscos descompuesto…”Yo soy Tutankamon….



    El rey menea la cabeza musitando:



    -¡Qué triste es cuando alguien pierde la razón y ni siguiera sabe quien es! Ha pasado el tiempo.



    Aquel que fingía ser desequilibrado ha vuelto a una vida “normal” que en su caso incluye huir continuamente de los esbirros de Saúl.



    Como resultado de este episodio ha tenido una experiencia profunda con Dios. El futuro rey ha escapado al desierto y una pequeña banda de hombres de variados antecedentes se le ha juntado.



    Algunos son oprimidos, otros endeudados y otros amargados. El “fugitivo” tiene la habilidad de atraerlos y ellos encuentran en ese caudillo alguien que les alienta diciendo que si se sienten oprimidos va a llegar el día en que la opresión va a desaparecer.



    Si están endeudados podrán progresar y aun vendrá el momento en que puedan salir de sus deudas; si están amargados él les habla de un Dios eterno que seca las lágrimas y promete paz y gozo.



    Su grupo crece rápidamente. Daría la impresión que David tuviera un imán. Ya son 400 hombres (1Sam.22:2).



    El rey Saúl decide juntar un ejército de 3000 guerreros de sus mejores tropas para atacar a los “subversivos”.



    Hay cinco soldados experimentados del monarca de Israel por cada recluta del “rebelde”. El regimiento ha hecho un alto en el camino. El rey Saúl, acompañado de un grupo de sus guardaespaldas se dirige a una cueva.



    Ha tenido un buen almuerzo. Siente la necesidad de hacer lo que la naturaleza ha establecido.



    Se introduce en la gruta. El ambiente allí adentro es fresco y tiene ese olor a casona vieja deshabitada por muchos años. Con la ayuda de la poca luz que entra de la abertura la escolta efectúa una rápida inspección.



    Luego el rey se dirige a sus acompañantes: -Ustedes se quedan allí afuera que yo me voy a tirar a hacer una siestita.



    El rey queda profundamente dormido. En lo recóndito de esa larga caverna están escondidos David y un buen contingente de sus guerreros. La cueva tiene varias conexiones con el exterior.



    David y sus hombres conocen todas estas comunicaciones como la “palma de la mano”. -Jefe, déjeme “enhebrarlo” con mi espada -susurra uno de los recios guerreros.



    -No -responde el interpelado-, déjenme sólo y ustedes permanezcan aquí sin moverse y en absoluto silencio.



    Los hombres de David están perplejos. No pueden entender como su jefe desperdicia la “oportunidad” de eliminar para siempre a su adversario.



    David se acerca sigilosamente al lugar donde está su suegro hondamente dormido. Saúl hace un movimiento para cambiar de posición. David se queda quieto, inmovilizado, y contiene la respiración.



    ¡Qué fácil le hubiera sido ensartarlo con su lanza y proclamarse rey! Saúl empieza a roncar nuevamente.



    Cuando el vencedor de Goliat está a menos de medio metro de distancia saca de sus ropas un afilado cuchillo y con mucho cuidado corta un borde del manto de rey. Aún durmiendo el rostro del soberano está contraído, denotando la natural pesadumbre de aquel que ha sido desobediente a Dios.



    Tan pronto como David ha hecho la “poda” su corazón empieza a latir rápidamente y con toda su fuerza. Teme que esas pulsaciones que son como martillazos puedan oírse y delatarlo.



    Con sigilo se retira y se introduce en lo más recóndito de esa cueva que conoce tan bien. Las palpitaciones siguen casi fuera de control. David se arrodilla y ora al SEÑOR y dice: “Perdóname Señor por haberle cortado el vestido a tu ungido” *(no en el texto)



    Los hombres de DAVID escuchan con atención lo que su jefe les dice que ha hecho.



    “Es un necio” piensan algunos. “¿De qué le va a servir ese “trapito”? preguntan otros. No pueden entender que su cabecilla haya perdido la “oportunidad” de eliminar a su adversario.



    Al despertarse de la siesta Saúl sale de la gruta y saluda a “la custodia”:



    -¡Gracias muchachos por cuidarme, hace mucho que no he dormido tan bien! El “jugo de uva” me cayó pesado y se me fue a la cabeza…



    De pronto, desde lo más alto de una de roca inalcanzable irrumpe una voz. David desde ese lugar inexpugnable le está llamando:



    -¡Mi Señor, el rey! Saúl se da vuelta y a cierta distancia ve la figura cuya voz ya ha reconocido.



    El joven guerrero continúa:



    -¿Por qué escuchas las palabras de los hombres que dicen: “He aquí que David busca tu mal”?



    Saúl, con una sonrisa burlona responde:



    -¡Qué extraño que no me hicieron daño, han sido realmente muy bondadosos! No sabía que tú eres también un perdonavidas.



    David prosigue:



    -Mis soldados me han dicho que te mate pero yo tuve compasión de ti. Mi rey, yo “no extenderé mi mano contra el ungido del SEÑOR”.



    Luego David exclama:



    - “¡Mira padre mío, mira el borde de tu manto en mi mano.” Yo corté el borde de tu manto pero no te maté. Mira, pues, y reconoce que no hay maldad ni rebelión en mi” (v.11). David muestra un trozo de la vestidura. Saúl observa al costado de su atuendo y empalidece, empezando a temblequear.



    Allí, en su vestimenta falta un pedazo. Es del mismo color y forma de la que le está mostrando David.



    Se da cuenta que ha estado en peligro de vida. ¡Nunca estuvo tan cerca de la muerte sin saberlo! “He aquí tus ojos han visto como el SEÑOR te ha puesto hoy en mis manos en la cueva” (v.10).



    -¡Sí, yo y mis hombres estábamos adentro de esta cueva y me hubiera sido muy fácil matarte. Saúl avergonzado baja su cabeza.



    El rey escucha con interés y por un corto tiempo parecería que aceptara que su yerno no es el maligno enemigo que todos sus “colaboradores” le han pintado. Quizás su hijo Jonatán tenga razón.



    El vencedor de Goliat agrega una frase que está impregnada con ese concepto de la soberanía divina:



    -“Que el SEÑOR juzgue entre tú y yo, y que el SEÑOR me vengue de ti; pero mi mano no será contra ti”.



    Saúl tiene un respeto superficial a la voluntad divina; ahora él percibe que David tiene un aprecio profundo de la misma.



    Luego, el futuro monarca agrega:



    -¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues?



    Los hombres de Saúl no pueden creer lo que escuchan. Allí está delante de él aquel que es el héroe nacional, aquel que venció al gigante invencible quien se compara a si mismo con un perro muerto y una pulga.



    El rostro de Saúl muestra el conflicto interno en aquel hombre que empezó tan bien y que se había apartado de los caminos del Señor.



    Se da cuenta que él está equivocado. Lágrimas pesadas y saladas surcan el rostro arrugado y envejecido del rey de Israel.



    Con un arrepentimiento real pero liviano se dirige a su yerno como hijo y confiesa “Tú eres más justo que yo” (1 Sam. 24:17).



    Pero su remordimiento no va a durar mucho. David hace un saludo más y se retira. El rey esa noche está desvelado y tiembla en su lecho.



    No puede más que mirar a ese manto que le falta un pedazo. Deduce que su reino tiene los días contados.



    Se da cuenta que nunca estuvo tan cerca de la muerte. Que él que “se llevaba a todo el mundo por delante” está vivo nada más y nada menos porque su enemigo tuvo lástima de él.



    En los días siguientes esa imagen de David mostrándole el pedazo amputado de su vestido le aparece una y otra vez como una pesadilla imborrable.



     



    La historia Bíblica y nosotros



    ¡El mismo hombre que no le tuvo miedo al gigante con todo su armamento ahora le tiene temor a Aquís, un semejante de su misma estatura!



    Aquel que muy pronto va a ser el rey honrado y respetado por todos los soberanos de los alrededores se ha convertido en un payaso, siendo el tema de las carcajadas de los filisteos.



    ¡De héroe nacional se ha transformado en el hazmerreír de los enemigos del pueblo de Israel!



    No podemos dejar de pensar lo deplorable que es la escena del futuro monarca fingiendo ser un enfermo mental. Pero la lección que por esta experiencia él mismo ha aprendido es provechosa.



    La encontramos en el Salmo 34 escrito en relación a este episodio. David confiesa que es el miedo el que lo ha llevado a actuar de la manera que lo hizo.



    “Yo busqué al SEÑOR y el me oyó y me libró de todos mis temores” (v.4).



    Este pavor y el riesgo eminente de perder su vida lo ha conducido a un estado de ansiedad severa.



    Es entonces que él aprende una nueva dimensión: Dios escucha la oración de los suyos. “Este pobre clamó y el SEÑOR lo escuchó y lo libró de todas sus angustias” (v. 6).



    David ha asimilado la verdad que la existencia del creyente no está exenta de dificultades pero el Señor puede obrar de una manera extraordinaria en cualquier circunstancia. Aunque “muchos son los males del justo, pero de todos ellos los librará el SEÑOR” (v.19). A veces los creyentes, por nuestra carnalidad y falta de sabiduría nos colocamos en una situación similar al actuar “sin sentido” o locamente en nuestras vidas. ¡



    Qué deplorable es convertirse en el bufón de los “filisteos”! Sin una delicada sensibilidad del oído no se puede nunca llegar a ser un buen músico. Sin una refinada sensibilidad a la luz, formas y colores es imposible ser un pintor.



    Sin sensibilidad a la voluntad divina es imposible ser un creyente maduro y profundo. La generación del XXI podríamos llamarla la generación de los insensibles.



    David en su vida cometió pecados muy graves pero era un hombre sensible. Tenía una conciencia que no estaba cauterizada. La divina providencia hace que el rey Saúl se refugie en la caverna ignorando que en la misma se encuentra su perseguido.



    Es fácil para nosotros tomar ligeramente una circunstancia como indicación de que esta es la voluntad de Dios.



    David muestra su profundidad espiritual al no tomar esta oportunidad como evidencia concluyente del camino a seguir.



    A diferencia de Saúl, ha aprendido con paciencia a esperar en el SEÑOR. Acepta que alguien que es menos capacitado que él, y que sabe que va a caer muy pronto, pueda seguir en esa posición de preeminencia.



    Saúl ignora que está en el borde de un precipicio y David no quiere ser la persona que le da el empujón final.



    Qué fácil le hubiera sido justificarse: “ yo soy más espiritual, yo tengo la bendición y la promesa de Dios. Tú has asesinado a los sacerdotes de Nob y por lo tanto te has descalificado como rey de Israel (1Sam.22:18).



    Cuando David le corta el vestido al rey Saúl se traslucen varios aspectos de su personalidad. Sin duda que no hubiera necesitado cortar la vestimenta para hacerle saber al rey que había estado allí.



    Quizás le podría haber dejado un mensaje escrito o algo que le recordara al monarca de su presencia. En una manera simbólica ha atacado a su rey si bien por supuesto no le ha infligido ningún daño físico.



    David, en ese tiempo vive muy cerca en comunión con el SEÑOR. Su conciencia es muy sensible a la voluntad de Dios. Por eso cuando corta el vestido su fuero interno reacciona y se da cuenta que no debía haberlo hecho.



    Su corazón protesta de inmediato y empieza a golpear fuertemente. Otro lo podría haber ensartado con una lanza sintiendo poco o nada.



    David pudo darse a si mismo muchas razones por las cuales se “justificaría” matar al rey. Sin embargo él reconoce que a pesar de todos sus defectos, sus pecados y fallas, Saúl es aquel a quien Dios ha ungido y como tal lo respeta y le debe obediencia.



    ¡Qué difícil es para nosotros dar el honor y la sumisión a aquellos que nos han lastimado! David lo pudo hacer.



    El que venció a Goliat no vio en Saúl a un rival sino al ungido de Dios. “David no aprovechó la oportunidad para matar a Saúl en la cueva, sin embargo, sabiamente el tomó la ocasión para matar la enemistad, si fuera posible, convenciéndolo que él no era el tipo de persona que Saúl creía que era”.* (Matthew Henry)



    David no culpa al rey directamente sino que denuncia a aquellos que sin duda sabía que le acusaban injustamente.



    Al mostrarle el trozo cortado del manto, el futuro rey demuestra a Saúl que le tuvo compasión. Ningún caudillo en aquella época le hubiera perdonado la vida a su antagonista mortal, quien a su vez constituía el único obstáculo para adquirir la corona regia.



    David tiene un concepto muy alto de la soberanía de Dios. El no puede aceptar que aquel que el SEÑOR ha ungido pueda ser eliminado aún usando el argumento de la “defensa propia”.



    Mucho nos cuesta tener piedad de aquellos que nos persiguen, que nos han herido profundamente y quieren nuestro mal. David en cambio, sintió misericordia genuina. ¿Son reales o solamente figurativas las comparaciones con una pulga o un perro muerto?



    Quizás ambas sea la respuesta. Al perdonarle la vida, David le ha demostrado a Saúl que él no está tan en control de su destino como lo cree. De inmediato se compara con una pulga que es un insecto pequeño, molesto e insignificante.



    Parte de la semejanza está en el hecho que la pulga es muy movediza y él al tratar de huir ha estado saltando de un lado para otro.



    Un perro muerto no tiene ningún valor ni presenta ningún peligro para una persona. Algunos han planteado la posibilidad que estas palabras son irónicas demostrando con ellas que David no es tan débil como piensa Saúl. (David Gunn)**



    Sería algo así como decir: “¿Ud. cree que yo soy tan insignificante como una pulga?”. “¿Ud. cree que yo no tengo más poder que un perro muerto?”



    Podríamos argumentar si lo que hizo David al cortar el borde del vestido fue o no un pecado. Algunos han dicho que simbólicamente en ese momento le quitó el reino.



    Obviamente los comentaristas europeos del siglo XVII al IXX acostumbrados a la monarquía consideran que lo que hizo David fue un delito contra la persona del rey).



    Pero lo que es indiscutible es la reacción que de inmediato David experimenta. Su corazón le empieza a latir “con fuerza” como cuando hay una descarga de adrenalina.



    Su conciencia le ha tocado. Se da cuenta que ha hecho algo que no debía haber efectuado; que estaba equivocado y había hecho mal. Por supuesto que no le causó ningún daño físico al rey.



    Pero es ese palpitar del corazón de David que nos muestra su receptividad. Hemos perdido mucho de esa sensibilidad a las advertencias de la conciencia como la tuvo el futuro rey. Escuchamos de hechos atroces y a veces actuamos como si fuera algo que no nos incumbe.



    El Salmista en cambio tenía un corazón muy sensible. Quiera el Señor que los lectores de estas páginas tengan una conciencia perceptible a la voz del Espíritu Santo.



    Lo que ha sentido David al ser perseguido por Saúl lo tenemos bien expresado en las palabras del Salmo 57 cuyo título dice “cuando estaba en la cueva”. Es así que nos habla de su crisis pero al mismo tiempo su confianza en el SEÑOR.



    En la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen las calamidades (v.1). Describe la situación en la cual se encuentra rodeado de adversarios sanguinarios.



    Uno tiene la sensación que los enemigos son muchos más que el rey Saúl. “Mi vida está echada entre leones; estoy tendido entre hombres que devoran. Sus dientes son lanzas y flechas y su lengua es como espada afilada”.



    Pero en medio de esa crisis en que parecería que la aflicción ha hecho que su cítara se haya quedado dormida y olvidarse de la alabanza clama ¡despierta alma mía! ¡Despertad, oh arpa y lira! (v.8).



    Despertaré al alba. El horizonte ha cambiado, de la noche y el silencio al alba, y a las notas melodiosas de alabanza a Dios. “¡Seas exaltado sobre los cielos , oh Dios; sobre toda la tierra, tu gloria” (v.11).



    En el Salmo 142, también escrito cuando estaba en la cueva expresa su angustia. Confiesa que su espíritu desmaya (v.3), y que está por darse por vencido. Sus enemigos se han multiplicado y son muy fuertes (6).



    Pero en medio de este conflicto mira hacia el trono inmovible y exclama “A ti clamo, oh SEÑOR, Digo: tú eres mi refugio y mi porción en la tierra de los vivientes” (v.5) y termina con una expresión de victoria “los justos me rodearán porque me colmarás de bien” (v.7).



    Saúl no ha podido dejar de pensar en aquel momento en que el profeta Samuel se retiraba luego de condenarlo por su falta de obediencia al mandato divino.



    En su desesperación, se había afianzado del extremo del manto de Samuel con tanta fuerza que al seguir el profeta su camino el manto se desgarró.



    Seguía golpeando su memoria como un martillazo las palabras del Siervo de Dios: “El SEÑOR ha rasgado hoy de ti el reino y lo ha dado a tu prójimo que es mejor que tú” (I Sam. 15:28).



    El había ultrajado al profeta rompiéndole el vestido. Nada menos que aquel que él temía que iba a ser su sucesor le había roto el suyo. El bumerang volvió y golpeó con toda su fuerza a quien lo había arrojado.



    Muchos años después va a ser una mujer quien se acerca al Rey de Reyes y no corta pero toca con fe el borde del vestido del Mesías y el milagro se producirá.



     



    Temas para discutir en grupo de estudio



    ¿Qué significa una conciencia sensible a la voluntad divina?



    ¿Cómo un creyente hoy se puede transformar en tema de" burla de los filisteos"?



    ¿Son las circunstancias la única indicación de la voluntad de Dios en nuestras vidas?



    ¿Está bien pagar mal por mal? (ver Rom.12:20-21)



    ¿Hay circunstancias en las que se justifique que el creyente trate de aparentar ser lo que no es?



     



    Temas para predicadores



    El vestido roto de Saúl (1 Sam. 24:4) REPROBACIÓN



    El vestido nuevo del hijo pródigo RESTAURACION El vestido del Señor en el monte de la transfiguración GLORIFICACION (Mat.17:2)



    El vestido del Señor Jesús tocado por la mujer CURACION (Luc.8:44)



    El vestido de los creyentes en el cielo EXALTACIÓN (Ap.7:9)



     



    Bibliografía



    *Mathew Henry Commentary on the Whole Bible vol.2 pag.319 (VERIFICAR).1991 Hendrickson.



    ** Gunn citadopor Ronald F Youngblood The expositor’s Bible Commentary vol.3. pag.748 Zondervan 1992.



    Extracto del libro “Cuatro mujeres y siete hombres de fe” de Editorial Mundo Hispano.

     


     

     


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