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    El poder transformador de la palabra (LXX)
     

    Mackay, la teología de un peregrino

    "Es en ese caminar del peregrino a lo largo del Camino de su búsqueda, por donde va tratando de descubrir jalones que lo dirijan a un Rostro que ansía encontrar y a una Ciudad en que mora la justicia".

    MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 25 DE MARZO DE 2017 20:00 h
    MAckay, Teología cristiana

    En el capítulo 3 de Prefacio a la teología cristiana, titulado 'Búsqueda y Encuentro', Mackay dice que "UNA CONCIENCIA de culpa personal y un hambre de justicia divina son los dos serios intereses que hacen de un hombre, separados o juntos, un peregrino de tipo muy especial".



    Y es en ese caminar del peregrino "a lo largo del Camino de su búsqueda, por donde va tratando de descubrir jalones que lo dirijan a un Rostro que ansía encontrar y a una Ciudad en que mora la justicia", que hoy nosotros también vamos transitando. Es el eterno recomenzar de las cosas, pues a mi modesto entender en la época que le tocó vivir a Mackay sucedían situaciones parecidas a las que hoy nos enfrentamos... Muchas afirmaciones suyas o de otros de ese tiempo se escuchan aquí y ahora. Como señalaba él, "El camino de mañana pasa por el de ayer". Decía que la palabra 'recordar' es clave para la religión cristiana...



    He aquí uno de esos puntos en el Camino, que nos describe nuestro compañero Mackay en el primer apartado de este capítulo del libro... Yo también me uno en ese caminar como una peregrina más necesitada...



     



    “HUELLAS DE DIOS EN LA NATURALEZA Y LA CULTURA”



    El camino del buscador lleva primeramente por los senderos secundarios de la naturaleza y la cultura en el mundo del cual él forma parte. Busca por todas partes las huellas de lo Divino, cuya atracción siente, y a cuya realidad está apostando su vida. En su aproximación a la naturaleza, el hombre no puede ser otro que él mismo. Sabe que nadie puede estar completamente libre de inclinaciones y prejuicios al escrutar el mundo externo en busca de signos que sirvan de clave para dar con las realidades últimas. No puede ser desleal a sus experiencias de la vida ni a su ardiente anhelo de hacer de la vida lo que ésta debe ser. Y, por supuesto, no puede dejar de tomar en cuenta lo que el pensamiento científico y más reverente tiene que decir respecto al universo. El buscador descubre que la ciencia no pretende tratar con la substancia del cosmos, sino solamente con su estructura, (1) la cual, según él va descubriendo razones para creerlo, es de índole sacramental. (2) El universo misterioso al cual pertenece, es realmente un sacramento y una parábola. Lo visible de él habla de lo espiritual y lo invisible. Además, es un universo abierto (3), y no una máquina colosal, encerrada en sí misma, y en que todo es consecuencia de leyes inexorables".



    "Nuestro buscador no halla nada, en lo mejor del pensamiento contemporáneo, que podría destruir su intuitiva afirmación de que la realidad tiene una base espiritual y de que en el gran sistema de las cosas existe sitio para la justicia. Le impresiona el hecho de que para algunos grandes científicos el Ser Supremo no puede ser otro que un Artista, puesto que se halla tanta belleza en el mundo; en tanto que otros lo saludan como el Supremo Matemático, por la manera maravillosa como pueden expresarse, mediante ecuaciones matemáticas, las relaciones en el orden físico. Se interesa también el buscador al saber que al presente no existe ningún conflicto serio entre la ciencia y la religión. Se siente particularmente intrigado cuando oye a competentes autoridades educativas, decir que en estos días es más fácil hallar entre los jóvenes graduados en ciencias personas que muestran inclinaciones religiosas, que entre los estudiantes de literatura. Sus investigaciones lo conducen a la conclusión de que no hay razón, hasta donde concierne a la ciencia, por la que un hombre no haya de mantener su integridad intelectual a la vez que sustenta una fe religiosa".



    "Cuando el buscador, en su aproximación a la naturaleza, deja las reflexiones, y da libre curso a sus sentimientos, encuentra que le es imposible derivar ningún solaz espiritual de su comunión con el mundo que le rodea, como lo hacían los poetas románticos. Los aspectos severos de la naturaleza dicen más a su corazón que sus aspectos hermosos y amables. Los torrentes de la montaña se hacen para él parábolas de su propio torbellino interior, y en su presencia siente lo que sentía el poeta sagrado en su exilio en las fuentes del Jordán, cuando cantaba sus lamentos: "Un abismo llama a otro a la voz de Tus canales; todas Tus olas y Tus ondas pasaron sobre mí". (4) No hallando en la naturaleza ninguna traza de la Justicia personal, que tan apasionadamente busca, se recita a sí mismo, con honda emoción, las palabras de un poeta:



    La Naturaleza, pobre madrastra, no puede extinguir mi sed;



    Deje caer, pues, si se lo merezco,



    Ese azul velo del cielo, y muéstreme



    Los senos de su ternura maternal:



    Mas nunca una sola gota de su leche ha bendecido



    Mis sedientos labios". (5)



    "Dejando, pues, el sendero secundario de la naturaleza, nuestro buscador se adentra en el de la cultura. Le interesa especialmente, como es natural, la cultura que constituye su propia herencia, o sea la cultura occidental. Examina su arte, literatura, filosofía, filantropía, instituciones, formas de gobierno, vida religiosa, y encuentra que lo mejor de la cultura del mundo de Occidente es producto, directa o indirectamente, de la religión cristiana. Le impresiona, a este respecto, el hecho de que los maestros de humanidades, en los grandes centros de ilustración secular, están reconociendo que es indispensable cierto conocimiento del cristianismo para poder apreciar los estudios que forman el caudal humanista".



    "Advierte también, con interés, el movimiento espontáneo que ha aparecido en el extranjero, y que trata de rehabilitar el estudio del cristianismo en las principales universidades. Mediante el estudio y la reflexión en la esfera de las humanidades, el buscador realiza el descubrimiento de que el cristianismo simplificó en la cultura occidental la tarea de la filosofía. 'Initium sapientiae timor Domini'. Este antiguo proverbio bíblico, lema de mi Alma Mater escocesa, nunca ha dejado de ser verdad. El temor del Señor ha sido siempre el principio de la sabiduría. En el espíritu de ese lema escribió Tomás de Kempis en su Imitatio Christi, 'Aquel a quien el Espíritu Santo enseña, se ve libre de una multitud de conceptos innecesarios'. Estas palabras de Kempis podrían considerarse como el texto del notable libro de Etienne Gilson, El Espíritu de la Filosofía Medieval. El gran medievalista hace notar que las intuiciones y conocimientos proporcionados por el cristianismo, hicieron que los filósofos que tenían acceso a las fuentes cristianas pudieran llegar, por más cortos atajos, a lo que ellos mismos gustaban de llamar después 'verdades de la razón'. Verdades como, por ejemplo, la del Imperativo Categórico, según la cual los hombres deben ser tratados siempre como fines y nunca como medios, nunca habrían podido llegar a formularse, o al menos habría tenido que llegarse a ellas por una ruta mucho más larga y llena de rodeos, si no hubiera sido por las influencias del pensamiento cristiano".



    "Jamás llegó la especulación filosófica a cumbres más altas que en el pensamiento de Platón y Aristóteles. Y sin embargo, ni Platón ni Aristóteles llegaron al concepto de la unidad de Dios. 'Con sólo que los griegos hubieran conocido el Génesis', dice Gilson, 'la historia entera de la filosofía habría sido diferente'. (6) Pero las palabras de Moisés a Israel: 'Oye, oh Israel: el Señor nuestro Dios Uno es', (7) jamás resonaron en Grecia. Los grandes pensadores griegos nunca habían oído esas palabras que hicieron toda una época: 'Yo soy el que soy'. (8)



    En pocas palabras, 'el pensamiento griego', dice Gilson, 'aun en sus representantes más eminentes, no arribó a la verdad esencial que acuñan de un golpe, y sin sombra de esfuerzo probatorio, las grandes palabras de la Biblia'. La deuda de la filosofía occidental para con el pensamiento cristiano es, por tanto, incalculable: tan grande, que nadie que ignore la teología cristiana tiene derecho a considerarse como autoridad en la esfera de los sistemas filosóficos".



    "Nuestro buscador descubre también que la ciencia y la democracia, productos los más característicos de la civilización occidental, son hijos del cristianismo. Fue el hincapié hecho por el cristianismo en la verdad, fue su insistencia en que la verdad es una, porque Dios es Uno, lo que puso en libertad el espíritu científico, y colocó delante de la ciencia el ideal de un cuerpo unificado de verdad. Como hija del cristianismo, la ciencia participará del destino de éste. (9) Cuando el Ministro de Educación alemán, hablando en la gran Conferencia de Heidelberg, hace unos años, anunció que el nazismo se emancipaba de 'la falsa idea de la objetividad', la ciencia en Alemania entró en agonía. (10) Cuando se hace a la antropología probar que una raza particular es de un valor tan absoluto que le pertenece un destino mesiánico, la ciencia perece. Donde prevalece semejante actitud, ninguna verdad de la ciencia, por bien apoyada que esté en consideraciones objetivas, puede ser tolerancia si choca con el absolutismo racial y las conclusiones políticas derivadas de él. Situaciones de esa índole producen un estremecimiento de repugnancia en quien busca, agoniosamente, la verdad y la justicia".



    "La democracia es también hija del cristianismo, especialmente en la forma en que se la ha conocido en los países anglosajones. Los cimientos de la democracia descansan en tres grandes concepciones: la majestad de la verdad como don de Dios, el valor y dignidad de todos los hombres como criaturas de Dios, y la realidad de la responsabilidad personal del hombre de servir a Dios. La convicción de estas verdades conduce a importantes consecuencias. 1.- Por cuanto la verdad es real y constituye un don de Dios, es digna de morir uno por ella. El hecho de que algunos hombres y grupos religiosos estuvieron resueltos a morir por la verdad, hizo que el Estado, al correr del tiempo, decretara la tolerancia religiosa y la libertad del pensamiento para todos los ciudadanos. 2.- Puesto que los hombres son de infinito valor a los ojos de Dios, deben ser tratados por sus semejantes con toda consideración, y debe dárseles todo género de oportunidad para que cumplan su destino divino como hijos de Dios. La afirmación del valor y dignidad de todos los hombres dio origen al reconocimiento de derechos para todos. 3.- La insistencia, por parte de la Iglesia, en que todos sus miembros debían participar en su obra preparó a los hombres para la ciudadanía y el servicio de la sociedad. Como el hombre es personalmente responsable de servir a Dios, todo trabajo está investido de una nueva dignidad.



    Ahora bien, aun cuando es cierto que el cristianismo existió antes que la democracia, y seguirá viviendo, si fuere necesario, en las catacumbas, cualquiera que fuere la suerte que corra la democracia, es igualmente verdad que hay aspectos de la religión cristiana que no pueden expresarse con toda plenitud sino bajo las libertades concedidas por un régimen que sea democrático o similar. La democracia, por otra parte, no puede existir sin el cristianismo. Nuestro buscador considera como hecho muy impresionante, del cual se percata plenamente, el que hoy día, por todo el mundo, cuando es repudiado el cristianismo, la democracia es repudiada con él".



     



    POR MEDIO DEL LIBRO”



    Impresionado por la grandeza de la influencia que la religión cristiana ha ejercido en los asuntos humanos, y por la medida en que el futuro de la civilización está vinculado con ella, el buscador se vuelve ahora al Libro que ha sido la principal fuente de esa influencia. Se entera de que la Biblia es todavía el libro que más se vende en el mundo. Descubre, con mucho asombro, que una inmensa multitud de personas, en los países cristianos, están redescubriendo la Biblia en la actualidad, y leyéndola tan extasiadas como si fuera un tesoro literario perdido durante mucho tiempo y sacando a luz nuevamente por los paleontólogos. Hallando que tal es la situación contemporánea y, dada la urgencia de su búsqueda, ya no considera necesario, a la altura en que se encuentra, hacer una larga desviación para ponerse a examinar las otras grandes religiones de la humanidad. Se confirma en lo correcto de esta decisión con la frase de un pensador distinguido: 'La diferencia verdaderamente radical entre las religiones no está tanto entre oriente y occidente como entre la Biblia y la carencia de ella'. (11)



    Al recorrer los documentos bíblicos, el buscador se halla en un mundo extraño y nuevo. No es un mundo de ideas, donde se provee al viajero de información acerca de Dios. Es un mundo en que Dios Mismo habla, en que los hombres lo escuchan, en que suceden cosas extraordinarias. El viajero se encuentra, no en medio del silencio de un místico ashram oriental, sino en un campo de batalla en que se desarrollan a su derredor acontecimientos dramáticos. Las voces que oye, hablan con mucho más frecuencia en primera y segunda personas que en la tercera. Al escuchar con atención, llegan a su oído preguntas como éstas: '¿Quién eres?', '¿Dónde estás?', '¿Qué haces aquí?', '¿Qué has hecho de tu hermano?' Y en seguida comienzan a resonar voces de mando: 'Haz esto y vivirás', 'Venid a mí', 'Creed en mí', 'Sígueme'. Voces humanas parecen responder: 'Soy hombre de labios impuros', 'Ten misericordia de mí que soy pecador', 'Creo, Señor, ayuda mi incredulidad', 'Querríamos ver a Jesús'. El buscador se siente aludido y apremiado. Se da cuenta de que él también tiene que resolverse y llegar a una decisión. Se ve abrumado por la conciencia de la realidad y majestad de Dios, cuya existencia no se hace materia de prueba en la Biblia, sino que es en todas partes asumida como un hecho, y a quien se presenta como siempre en actividad, aunque a veces oculto. Si el buscador pensó alguna vez que la Biblia le iba a ofrecer datos para un tranquilo estudio 'científico' de Dios, su ilusión se ha desvanecido".



    "El Antiguo Testamento le fascina tanto como el Nuevo. Experimenta la fuerza de un impresionante pasaje del arzobispo Soederblom: 'En el Antiguo Testamento', escribe el gran arzobispo sueco, 'todo es acción, situaciones, historia. Se apodera de la personalidad una potencia apasionada. Aquí Dios no es nunca un problema. Está soberanamente cerca, peligroso, terrible, insistente. Se conoce, seguramente, a todos los dioses, pero adorarlos es para el pueblo del Señor un adulterio que merece castigo. En todo momento, en la vida de los pueblos y los individuos, Dios está en acción. La gran cuestión no es las emociones del alma, los ejercicios del cuerpo y el espíritu, y, finalmente, la percepción del Eterno. La gran cuestión es constantemente el bien y la justicia. Con una pasión no igualada en los anales de la especie humana, los profetas se hallan dominados de una pasión por la justicia y la verdad, aun a costa del dolor y de ser rechazados ellos y su amado pueblo. La absorción en el cosmos, y la paz contemplativa del alma, son algo que se busca en vano en las Escrituras". (12)



    "Estudiando a los hombres de la Biblia, el buscador nota que están interesados supremamente 'no en la construcción intelectual de la deidad, sino en conocer cuál es la mente de Dios con respecto a la situación en que Él los ha colocado'. (13) Encuentra que muchos de esos hombres han sido peregrinos como él, grandes viajeros, hombres que mostraron con su actitud entera que estaban 'buscando un país'. En verdad, nada es más notable en la Biblia que el hecho de que tantas de las grandes personalidades del Antiguo y el Nuevo Testamento vivieron en el Camino una vida de constante peregrinación. Fue en el Camino donde aprendieron lo referente a Dios. Así fue con Abraham, llamado del Balcón de la civilización babilonia a la vida de un nómada en tierra extranjera, sin saber a dónde iba. Fue lo mismo en la vida de Moisés, que fue llamado de una existencia balconizada en Egipto al camino del desierto: pero al lado del sendero del desierto estaban tanto el Sinaí como el Pisga, el monte en que se dio la Ley, y el picacho desde el que se descubría la Tierra de la Promesa.



    Y lo mismo fue con nuestro Señor mismo. Vivió en el Camino. Su único hogar, como escribió uno de sus biógrafos, era 'el Camino por el que andaba con Sus amigos en busca de nuevos amigos'. En cuanto a Pablo, el principal intérprete del Cristo, fue el más grande peregrino y cruzado que ha existido, cuyos viajes son todavía la desesperación de los viajeros modernos.



    "En consecuencia, la verdad en la Biblia es siempre, en uno u otro sentido, verdad personal. Jamás es abstracta. En algún punto de ella intervienen personas, relaciones personales o decisiones personales. Esto es natural en ella, pues la Biblia está supremamente interesada en las personalidades, en la formación de hombres. 'El mayor y más auténtico libro de texto sobre la personalidad es todavía la Biblia', dice el doctor Henry C. Link, con verdadero acierto, 'y los descubrimientos que los psicólogos han hecho tienden a confirmar más bien que a contradecir la codificación de la personalidad que en ella se encuentra'. (14) Pero la verdad bíblica es verdad personal en un sentido mucho más hondo que ése.



    Ningún pensador profano tuvo una conciencia más intensa de la índole personal de la verdad bíblica que aquel gran francés, Blas Pascal. Pascal es la gloria de Francia, el único hombre que Francia puede parangonar con el inglés Shakespeare. En ciencia, en filosofía, en religión, califica entre los genios intuitivos más grandes de todos los tiempos. Después de muerto Pascal, se halló cosido en su jubón un arrugado papel en que el gran filósofo, después de un arrebato místico, había escrito estas palabras: 'Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y los letrados. Dios de Jesucristo, mi Dios y tu Dios. Tu Dios será mi Dios'. En este pasaje, Pascal penetra hasta el corazón de la revelación bíblica. Dios no es la Idea de los filósofos, la sublime concepción que la mente humana alcanza en su vuelo especulativo para explicarse el universo. Es el Dios viviente,  el Dios de personas en quienes Él se revela, y por medio de quienes llama a otros a establecer con Él relaciones personales.



    Los patriarcas hebreos, Abraham, Isaac y Jacob, eran tipos representativos, parabólicos, humanos. Lo único realmente significativo tocante a ellos era que Dios era su Dios, y que ellos eran órganos para la realización de Sus propósitos. El Dios de Israel entretejió sus oscuras vidas en la trama de la historia del mundo, y al hacerlo, manifestó claramente que Su Supremo interés está en las personas, y que continuará siempre sacando exploradores espirituales como Abraham de su tierra y su parentela; sosteniendo a hombres fieles y pacientes como Isaac, que hacen muy poco más que 'estar en pie y esperar' en medio de situaciones convencionales y rutinarias; luchando hasta el alba con pecadores endurecidos como Jacob hasta que el cambio de nombre represente el cambio de naturaleza. Esta descripción de Dios como Dios de personas, significa que Él se revela de manera suprema en y por medio de las personas. Lo cual es muy natural, pues, después de todo, lo que es finalmente luminoso y revelador no es tanto una idea como una personalidad. Pero es, sin embargo, hasta escuchar esa nota triunfante que Pablo hace sonar en su carta a los Efesios, 'Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo', cuando sentimos la fuerza plena de la expresión arrobada de Pascal, y cuando se manifiesta de modo obvio y pleno la índole intensamente personal de la verdad bíblica. La más sublime descripción que puede darse de Dios es que es el Dios de Jesucristo. En el hombre Cristo Jesús, Dios y Su voluntad se dieron a conocer con toda plenitud. La posesión de este hecho dio paso a una nueva alborada en las sombras del mundo romano. Dios estaba en Él; al 'hacerse el Verbo carne', la gracia y la verdad de Dios se derraman sobre la humanidad. El Dios vivo se reveló en aquella Persona, de manera que Pascal, y con él una hueste de personas, al contemplar la gloria divina en Cristo, se sintieron impulsados a exclamar: 'Tu Dios será mi Dios'. El hacerlo, cumplen la índole esencial de la verdad bíblica, en una relación personal con el Altísimo. Pero hacer esta declaración con verdad, es experimentar la redención. Así pues, nuestro buscador halla que el significado y fin de la verdad bíblica es la redención, o sea la participación del hombre en la vida de Dios".



    "La Biblia es un libro que trata de la redención. Dice a los hombres lo que Dios ha hecho por ellos y cómo pueden hallar al Dios redentor, hacer Su voluntad y buscar Su Reino. Sólo posesionándose de este hecho es como puede uno estudiar el Libro de los Libros con verdadero provecho. Sólo juzgándolo dentro de la perspectiva de la redención puede ser justamente juzgado. Con sólo que esto se hubiera tenido presente siempre, se habría echado de ver luego la impertinencia de muchas de las cuestiones que se han hecho surgir en lo que respecta al carácter y extensión de la inspiración de las Sagradas Escrituras. La verdad de la revelación, por la cual Dios ha hecho a los hombres conocer Su propósito redentor, es algo muchísimo más importante que cualquier cuestión relacionada con ésta o aquella palabra, o éste o aquel detalle que no entran en la textura de la revelación divina. Siempre es posible 'creer la Biblia de pasta a pasta', sin descubrir la verdad que contiene. Es igualmente posible conocer la verdad histórica referente a los documentos que forman la Biblia, y permanecer egregiamente sordos a la voz del Eterno que habla en la historia bíblica".



    "Para que el estudio científico de la Biblia sea realmente provechoso, es necesario haber tenido antes un encuentro espiritual con el Dios de la Biblia. Y así es como irrumpe en la conciencia del buscador, la verdad de que lo que a la Biblia interesa supremamente es que se realice el encuentro personal del hombre con Dios. Consciente de que Dios se dirige a él, en una forma muy personal, el buscador se prepara para ese encuentro. Comienza a comprender  lo que quería decir Tomás de Kempis cuando escribía: 'La Biblia debe leerse con el mismo Espíritu con que fue escrita'. Comprende también con claridad lo que Kierkegaard quería decir con estas palabras: 'La Biblia es una carta de Dios con nuestra dirección personal escrita en ella'. También puede ahora comprender y apreciar plenamente lo que sentían Karl Barth y sus amigos cuando decían que hubo un momento en su vida en que se pusieron a leer la Biblia como náufragos en busca de salvación. Cuando se estudia la Biblia con este espíritu, los "diecinueve y más siglos intermedios se telescopian, y el hombre oye la voz de Dios que le habla, por medio de profetas, apóstoles y el Hijo, a él mismo, personalmente, en lo concreto de la situación en que se halla su vida".



     



    NOTAS



    (1) Sir Arthur Eddington, The Philosophy of Physical Science.



    (2) A.A. Bowman, A Sacramental Universe.



    (3) Herman Weyl, The Open World.



    (4) Salmos 42.7.



    (5) Francis Thompson, The Hound of Heaven.



    (6) Gilson, The Spirit of Mediaeval Philosophy, págs. 46-47.



    (7) Deuteronionio 6: 4.



    (8) Gilson, op. cit., pás. 71.



    (9) Véase John MacMurray, Freedom in the Modern World.



    (10) Citado en Liberty and Civilization, por Gilbert Mxirray, pág. 52.



    (11) Edwyn Bevan, cit, por F. R. Barry en What Has Christianity to Say?, pág. 82.



    (12) Nathan Soederblom, Tke Living God, pág. 267.



    (13) John Ornan, Significance of Apocalyptics, pág. 286.



    (14) Link, The Return to Religión, pág. 103.


     

     


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