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    Hombres como árboles

    Posiblemente desde su nacimiento, ha vivido inmerso en una oscuridad indescifrable. Ceguera total.

    EL ESCRIBIDOR AUTOR Eugenio Orellana 26 DE FEBRERO DE 2017 19:55 h

    Posiblemente desde su nacimiento, ha vivido inmerso en una oscuridad indescifrable. Ceguera total. Ninguna posibilidad de llegar a ver. Aunque ha aprendido a valerse de sus otros sentidos para sobrevivir en un mundo de videntes, no puede evitar andar a topetones  o dependiendo de alguna mano amiga para hacer, diariamente, breves salidas desde y hacia el lugar donde reside.



    Un ciego siempre despierta lástima en los demás. Y no falta quien se ofrezca para ayudarle a cruzar la calle, a contestar alguna pregunta o a llegar a la esquina donde día a día extiende la mano con la esperanza de recibir algunas monedas que le permitan seguir su triste existencia de pordiosero.



    Este ciego, el de nuestra historia, tiene un oído adiestrado no solo para captar los sonidos más leves sino para enterarse de lo que acontece a su alrededor.  A Betsaida, la aldea donde vive, ha llegado la noticia del milagro hecho por el Galileo para sacar de su desgracia a otro ciego igual que él.  A aquél, le ha devuelto la vista en un chasquear de dedos. No se ha requerido más de medio segundo para trasladarlo desde la oscuridad a la luz. Y el ciego, ahora ex ciego, casi no ha sido capaz de procesar lo que ha ocurrido en su vida. Por eso, se ha ido por el camino, delante del Hombre de los Milagros y de la multitud que le hace compañía, brincando y gritando, fuera de sí: «¡Veo! ¡Veo! ¡Veo!»



    La noticia, con todos sus detalles ha volado hasta los oídos del ciego de Betsaida. Y con ella, la esperanza de ser también él un favorecido de la virtud milagrosa del Galileo. Si el otro sí, ¿por qué yo no? se dice. Este ciego, a diferencia del anterior, abriga en su ego una especie de orgullo, de autosuficiencia. Su auto estima alcanza niveles un poco mayores que la del otro ciego. Ese si el otro sí, ¿por qué yo no?  sugiere una actitud levemente soberbia. El Sanador lo capta pero no dice nada.



    En el caso del primer ciego, el de chasquear de dedos, la ayuda le había llegado sin él buscarla. Simplemente el Hombre de los Milagros había pasado por donde él se encontraba. Intencionalmente o no, había tomado ese camino para entrar (o salir) de Jericó. En el caso del de Betsaida, es éste que sale en busca del Sanador. Y lo encuentra. Alguien lo lleva ante él. Le sale al paso. El Sanador, al verlo, le toma cariño, lo agarra del brazo y sin decir una palabra, lo saca de la aldea. Betsaida no es el mejor sitio para que ocurra el milagro que está por ocurrir. Betsaida se ha ganado la fama de ser una ciudad pervertida, casi como Sodoma y Gomorra. O como Tiro y Sidón. El Sanador parece estimar que Betsaida no se merece el privilegio de ser testigo de otro hecho portentoso; porque dentro de sus límites han ocurrido ya muchos, pero nada de lo que ha acontecido allí ha llegado a conmoverla. («¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón que para vosotras»)



    Allá afuera, en medio de una multitud de curiosos y lejos de la mirada de una aldea contumaz, el Sanador toma al ciego de ambos brazos, le pone su rostro a treinta centímetros del suyo. Y lo mira. Con esa mirada puede darse cuenta que este ciego también merece ver. La suciedad moral de Betsaida no ha logrado ensuciarlo tanto como para hacerlo indigno de su favor. Quizás por estar involucrada de alguna manera una aldea perversa, el procedimiento para devolverle la vista al ciego se hace fuera de sus límites y de forma diferente.



    Los salivazos tienen mala fama. Generalmente son expresión de ira, de rabia, de desprecio. De mala educación. La gente no anda por ahí escupiendo. La saliva, mientras permanece en el cuerpo, es un elemento apreciado y necesariamente útil. Al ser expelida contra alguien o contra algo con violencia y mala intención, se transforma en una ofensa que bien puede tener consecuencias fatales.



    El Hombre de los Milagros decide sublimar los salivazos. Acerca su boca a los ojos muertos del ciego y lo escupe. Es un escupitajo bendito. Un escupitajo que lleva salud. Un salivazo que dignifica al que lo recibe y satisface al que lo lanza. Un salivazo que hace blanco, además de en los ojos del ciego, en el centro de su ego. ¿Habrá alguna relación entre la forma en que el Sanador devuelve la vista a este hombre y las palabras que pronuncia contra Betsaida? ¿Entre sanar a un ciego y hacerlo fuera de una aldea de la que se habría de expresar un ¡ay! tan doloroso? ¿No tendría, ese salivazo, dos destinos: uno de salud y otro de juicio?



    Un salivazo en el rostro de un hombre que, a pesar de su ceguera, se sobrevalora. «¿Ves algo?» le pregunta el Hombre de los Milagros. «Veo a los hombres como si fueran árboles, pero se mueven». En cuanto a saliva, es suficiente. El Sanador, entonces, le pone las manos sobre los ojos y le dice que mire de nuevo. Ahora ve de lejos y claramente a todos. Ya no son árboles que caminan; son hombres y mujeres, son gente que va y viene ocupada en sus quehaceres rutinarios. 



    El epílogo de esta historia también es diferente. El ciego de Jericó se une a la multitud que sigue al Sanador. Y su nombre ha traspasado los linderos de la Historia y ha llegado a nosotros como un ejemplo de buena voluntad y gratitud. Bartimeo, que es su nombre, se ha ganado las simpatías y el  cariño de multitudes a lo largo de más de veinte siglos. El ciego de Betsaida, sin nombre ni historia, recibe la orden de no volver (¿nunca más?) a esa aldea y que se vaya a su casa. Tranquilo. Viendo.  El ciego de Betsaida, recuperada la vista, desaparece, aunque el hecho milagroso queda. El Sanador, el Galileo, el Hombre de los Milagros, Jesucristo, Señor y Maestro de la Historia, sigue haciendo milagros hoy. Por ahora, yo veo a los hombres como árboles, que se mueven, pero mañana los veré como lo que son, con total claridad. Porque la saliva de Jesús es tan poderosa como chasquear sus dedos.


     

     


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