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    Cuando un capitán se arrodilla delante de un profeta

    Un estudio novelado de 2 Rey. 1:1-18.

    AHONDAR Y DISCERNIR AUTOR Roberto Estévez 12 DE FEBRERO DE 2017 12:20 h
    El capitán se coloca en su pose arrogante y de hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido. / Distant Shores Media.Sweet Publishing,

    Esa mañana se pasaba la revista militar de rutina.Los soldados con sus escudos y armas estaban en filas ordenadas.



    - ¡Atención! – da la voz el sargento - ¡Un paso al frente!



    Los guerreros obedecen y el ruido de su equipo bélico se escucha como si fuera el chirrido de una maquinaria herrumbrada.



    En la ciudad había una atmósfera lúgubre. Unos días atrás se había caído por una ventana el rey Ocozías. Los médicos que lo atienden dicen que es probable que tenga fracturados los huesos de la cadera, piernas y brazos. El monarca está muy dolorido.



    ¿Qué hacer en esta situación? Los doctores parecería que no pueden ayudar mucho. El dolor sigue siendo intenso y no se puede movilizar. El rey llama a su consejero principal y dice:



    - Id y consultad a Baal-Zebub, dios de Ecrón, si he de sanar de esta enfermedad.



    Algunos de los pocos servidores que temen al Dios de Abraham se estremecen. Ellos saben que es muy grave insultar al Dios de Israel. Los mensajeros del rey salen de inmediato. Son detenidos en su camino por un hombre “velludo, que tenía ceñido un cinto de cuero a la cintura”.



    - ¡Alto! - ordena el extraño personaje. Ellos responden:



    - Somos los emisarios del rey, nadie nos puede parar.



    El profeta Elías abre su boca y con voz fuerte y firme dice:



    - ¿Acaso no hay Dios en Israel para que vosotros vayáis a consultar a Baal-Zebub, dios de Ecrón.”(v.6) Los mensajeros del rey empalidecen. Uno de ellos dice:



    - Nuestro monarca tiene derecho a hacer lo que a él le plazca. El puede ir a consultar a Baal-Zebub o a la divinidad que le parezca. Para eso es el rey.



    La voz del profeta de Dios se escucha nuevamente: “Por tanto a la cama que subiste no descenderás, sino que ciertamente morirás” (v.6)



    Los mensajeros tiemblan al escuchar estas palabras. El rey no tiene hijos. La sombra negra de una guerra civil cruza rápidamente por sus mentes. La flema y seguridad de este hombre es tal que vuelven al palacio. El rey les pregunta:



    - ¿Por qué habéis regresado? Ellos responden y le reiteran con fidelidad el mensaje.



    El monarca se pone rojo de cólera.



    - ¡Quién se cree este Elías que él es, esta insolencia no se la tolero; de ésta no se salva! Yo lo aborrezco por todo lo que hizo sufrir a mi padre el rey Acab y a mi madre la reina Jezabel.



    El rey trata de incorporarse en su cama pero no puede. Le duelen muchos sus huesos fracturados.



    - ¡Comandante! - grita el rey - Mande un capitán con cincuenta soldados y que me lo traigan vivo o muerto.



    El pelotón se pone en movimiento. Comienzan a bajar por las calles de la ciudad de Samaria. Mientras caminan uno le dice a otro:



    - ¿Por qué mandaría el rey a cincuenta de nosotros para apresar a un solo hombre?



    El otro le responde:



    - Dicen que ese Elías es un profeta de Jehová de los Ejércitos. Yo no creo en ese “Dios de Israel”. Si ese fuese el Dios vivo no estaríamos en la situación que estamos.



    - Yo tampoco creo - responde el otro - Miren a los pueblos a nuestro alrededor. Todos parecen que prosperan. Todos menos nosotros. Parece que los dioses de los sirios y los egipcios tienen más poder y los ayudan. ¿Qué hace por nosotros el Dios de Abraham?



    Llegan por fin a cierta distancia de la cumbre del monte. Allí está sentado el profeta Elías. A la distancia no sabemos si está orando o meditando. Al aproximarnos vemos que en su rostro hay paz. Los soldados se van acercando y el ruido se va intensificando. Elías se mantiene imperturbable.



    El no está pensando en ese hombre dado a la apostasía que es el rey Ocozías. No está meditando en el monarca tirado en una cama gravemente herido pero que rehúsa arrepentirse y buscar al Dios de Abraham, Isaac y Jacob.



    Por fin el grupo se detiene. El capitán toma la palabra y dice:



    - Oh hombre de Dios, el rey ha dicho: “¡Desciende!”



    Al comenzar la frase diciendo “oh hombre de Dios” no lo está tratando con respeto. El tono de su voz suena burlón e incrédulo. Si realmente creyera que Elías era un hombre de Dios de ninguna manera lo podría haber tratado de la manera que lo hizo. Cuando el capitán con afectación termina la frase los soldados sueltan una risa burlona.



    - ¡Ja, ja, ja! - ríen ellos - El capitán hoy está para la etiqueta y la reverencia.



    Con la expresión final “ el rey ha dicho” quiere remarcar: el monarca te ordena. Él es quien manda. Hay algo grave cuando la autoridad política trata de influir o limitar a los hombres de Dios. La idea que el capitán está dando es que “aquel que realmente manda es el rey”; y no “tu dios” quien ordena.



    En cualquier sistema militar una orden superior no puede ser cambiada por un grado inferior. Elías está allí porque ese es el lugar que el Señor le dijo que estuviera. Solamente una orden de parte de Dios puede cambiar la situación.



    El rey de ninguna manera puede pisotear el mandato de Dios. Elías es un profeta y como tal recibe órdenes de el SEÑOR.



    La frase concluye con el “¡Desciende!” o sea, ¡Baja! Me imagino a los soldados haciendo con su mano jocosamente la señal de bajar como ridiculizando al profeta.



    Quizás alguno agregara:



    - Si no desciendes te vamos a bajar a puntapiés, quieras o no quieras.



    Estos hombres no están bromeando. Elías está ofendido y dolorido. No porque lo estén tratando a él de esa manera, sino porque lo están haciendo con el mismo Dios de Israel.



    Visualizo la escena. Por un momento Elías mira a esta gente como dándole una oportunidad de retraerse. Guarda silencio. Los soldados allí abajo repiten con sorna:



    - “Oh hombre de Dios, el rey ha dicho “¡Desciende!” Nuevamente mueven sus manos de arriba hacia abajo como el aleteo de un pájaro.



    Elías se para y dice:



    - Si yo soy hombre de Dios que descienda fuego del cielo y te consuma a ti con tus cincuenta. (V.12)



    El cielo tiene unas pocas nubes pero no hay tormenta. De pronto un fuerte ruido se oye. Fuego ha caído del suelo y han sido consumidos. Los cuerpos han quedado carbonizados. Los escudos han sido algunos derretidos y otros retorcidos como si fueran el fuelle de un acordeón.



    Allí en la ciudad, en el palacio real, se espera en vano el regreso del capitán. Alguien viene y cuenta lo que ha visto.



    - Comandante - dice un campesino - Hemos visto una cosa horrible. Estábamos en el monte y observamos subir a los soldados. Después sentimos como un ruido muy extraño. Fuimos tras ellos y los encontramos a todos muertos.



    Los criados del rey empalidecen. Algunos de ellos saben lo que esto significa. Es que muchos años atrás Elías pudo hacer que descendiera fuego del cielo (I Rey.18:38) El comandante le explica la situación al rey:



    - Alteza: Tengo malas noticias que comunicarle.



    - ¡Hable de una buena vez! – ordena el rey.



    - El capitán y los soldados que mandamos sufrieron el impacto de una tormenta eléctrica. Ud. sabe que armas y escudos pueden atraer los rayos.



    - ¿Cuántos sobrevivieron? - pregunta el rey.



    - Ninguno - responde el oficial.



    El rey frunce el ceño y grita con ira:



    - ¡Por supuesto que esto fue casualidad! ¡Todo fue casualidad! ¡Estas tormentas eléctricas son muy peligrosas!



    En el palacio mientras tanto los sirvientes murmuran. Hablan entre ellos y se preguntan :



    - ¿Cómo es posible que un rayo matara a cincuenta personas?



    Otro agrega:



    - Es que no había tormenta. ¿No habrá sido un castigo del SEÑOR...?



    El Rey da la orden que otro capitán con sus cincuenta vaya a buscar inmediatamente al profeta Elías.



    La escena se duplica casi como si fuera una grabación de video. Este otro capitán tampoco tiene temor reverencial del Dios de Israel. Palabras idénticas se reiteran. Las mismas sonrisas socarronas.



    Se repiten los gestos con las manos haciendo mímicas burlonas. El segundo militar no había aprendido por la experiencia de la suerte que corrió el primero. Podríamos decir que su prepotencia y pecado es aún mayor porque no reparó en el hecho que el anterior había sido condenado.



    El capitán se coloca en su pose arrogante y de hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido. Tiene un yelmo adornado con una hermosa pluma. Medallones y escarapelas cuelgan de su pecho que se parece a uno de esos muestrarios de los que venden monedas antiguas para coleccionistas.



    -Oh hombre de Dios, el rey ha dicho así: “¡Desciende pronto!”



    Elías se levanta y da la respuesta idéntica a la anterior:



    - “Si yo soy hombre de Dios descienda fuego del cielo y te consuma a ti con tus cincuenta”. “Entonces descendió del cielo fuego de Dios y los consumió a él con sus cincuenta”.



    Otra vez se ha producido el mismo estruendo. Los cuerpos que caen pesadamente al suelo, y los escudos, espadas y lanzas, todos retorcidos. La colección de monedas se ha derretido y ha quedado tan irreconocible como su portador.



    En el palacio pasan las horas y el capitán no regresa. Por fin vienen noticias. Otros campesinos que transitaban por el lugar encuentran los restos calcinados de los soldados. Cuando el monarca es informado dice:



    - Sin duda que fue otro rayo.



    - Majestad, - dice uno de sus servidores - no había ni siquiera una nube. El cielo estaba azul y diáfano.



    El rey, tirado sobre su lecho majestuoso no puede disimular su enojo.



    - ¡Si yo digo que fue un rayo, fue un rayo!



    Los sirvientes guardan el silencio de aquellos que no quieren contradecir a los déspotas.



    En los corredores del palacio, entre sirvientes y soldados hay un cuchichear constante.



    - ¡Comandante! - dice el rey - Mande otro capitán con cincuenta soldados y que lo traigan de inmediato. Yo le voy a demostrar a ese fanático quien es el que manda aquí. ¡Esta no se la perdono! ¡De aquí no sale con vida!



    Se oyen unas cuantas imprecaciones.



    - Alteza - dice el comandante - Ya hemos perdido dos capitanes y 100 soldados.



    El rey trata de incorporarse en su lecho. Su cara esta roja como un tomate. Sus ojos inyectados de cólera:



    - ¡Aquí el que manda soy yo!



    Sale el tercer jefe militar con su cincuentena. Van caminando lentamente hacia el monte donde está Elías.



    - Mi capitán - dice uno de los soldados - ¿Me permite decir algo?



    - ¡Hable! - responde el oficial.



    El soldado comienza a tartamudear y dice:



    - Nosotros fielmente lo acompañamos porque es nuestro deber. No queremos morir quemados. Yo tengo esposa e hijos. Elías es un profeta del Dios verdadero y éste ha sido ofendido gravemente.



    - ¡Calla! - responde el capitán - Yo también honro y temo al SEÑOR DE LOS EJERCITOS. No tengan temor. Yo voy a suplicar misericordia al Dios de Elías.



    Los soldados más animados lo siguen pero algunos todavía tienen miedo.



    - Hagan lo que yo hago - les dice el capitán - y van a ver que todo va a salir bien.



    Comienzan a subir el monte y se acercan en silencio. Allí está sentado Elías con toda calma; meditando u orando.



    Con prudencia y respeto se acerca donde está el profeta. Ante el estupor de sus soldados se pone de rodillas. Los demás de inmediato hacen lo mismo.



    ¡Qué escena increíble! Me recuerda a cuantos muchos años después Jesucristo va a ser entregado y los que vienen a prenderle “volvieron atrás y cayeron a tierra” (Juan 18:6).



    Una multitud de curiosos les ha seguido a distancia para ver qué es lo que va a suceder.



    La voz del capitán se eleva no con un tono demandante y prepotente sino como alguien que está pidiendo clemencia:



    - ¡Oh hombre de Dios, te ruego que sea de valor a tus ojos mi vida y la vida de estos cincuenta siervos tuyos”!



    Los curiosos no lo pueden creer. El capitán se ha arrodillado junto con sus cincuenta soldados y le está diciendo al profeta que él y sus soldados son sus siervos.



    Le está rogando que tenga misericordia de ellos y de sus vidas. ( Me hace recordar cuando muchos años después Cornelio el centurión romano se arrodilla delante del ex pescador judío. Hech.10:25). El capitán sigue y dice:



    - He aquí ha descendido fuego del cielo y ha consumido a los dos primeros jefes de cincuenta con sus cincuenta. ¡Sea ahora mi vida de valor a tus ojos!



    Elías guarda silencio y ora al SEÑOR.



    “Entonces el ángel del SEÑOR dijo a Elías: - Desciende con él no le tengas miedo”.



    El profeta de Dios obedece. Desciende del monte con el capitán y sus cincuenta soldados. No marcha como un prisionero, sino va delante de todo el destacamento que lo sigue con una actitud de respeto y reverencia.



    La multitud que desde la distancia estaba esperando un episodio similar a los anteriores mira con asombro la extraña caravana. Elías, con toda calma, baja siguiendo el sendero que él elige y el pelotón lo sigue dócilmente.



    Aquel que un día huyó para salvar su vida de la impía Jezabel (1 Rey.19:3) ahora con toda tranquilidad va al palacio donde le espera el hijo de esa misma reina.



    Al llegar, Elías es introducido a la cámara real. En esa espaciosa habitación adornada con alfombras y coloridos almohadones está el rey Ocozías postrado en su lujoso lecho.



    Al entrar el profeta, el soberano trata de incorporarse en la cama ayudado de sus sirvientes.



    Elías, una vez más con su voz enérgica dice:



    - “Así ha dicho el Señor: “Por cuanto enviaste mensajeros a consultar a Baal-Zebub, dios de Ecrón (¿acaso no hay Dios en Israel para consultar su palabra?) por tanto, de la cama a la cual subiste no descenderás, sino que ciertamente morirás”. El rey se desploma mientras que con una mirada de odio trata de matar al profeta. Los sirvientes lo abanican tratando de ayudar en la situación. El profeta se retira en silencio. Poco tiempo después la música fúnebre resuena en el palacio real. El monarca ha muerto.



    Novecientos años después se hace una referencia a esta historia que acabamos de leer.



    Los discípulos van caminando con el Señor Jesús. “Aconteció que cuando se cumplía el tiempo en que había de ser recibido arriba, él afirmó su rostro para ir a Jerusalén (Luc.9:51).



    Manda unos emisarios a una ciudad de Samaria, quienes sin duda todos entusiasmados van y llaman a las autoridades de la aldea y les traen las “buenas noticias” que el Mesías quiere visitar la comunidad. Sin duda que necesitan comprar alimentos y probablemente descansar y pasar la noche. Los ancianos de la aldea renuncian recibirlos.



    La razón es que se dan cuenta que ellos se dirigen a Jerusalén que es el centro de adoración en competencia con el suyo (Juan 4:20).



    Es verdad que en muchos lugares habían sido rechazados pero nunca toda una aldea con sus autoridades les había negado la entrada. Eso era un ultraje. Era imperdonable.



    Los emisarios vuelven corriendo y se acercan al grupo que se está aproximando a la aldea.



    - ¡Maestro, maestro! – dicen - No nos quieren recibir. Si vamos a Jerusalén no nos quieren dejar ni entrar.



    Jesucristo guarda silencio. Una expresión de tristeza mezclada con compasión aflora en su rostro.



    - ¿Qué? - dice uno de esos discípulos - ¿Que no nos dejan entrar? ¿Con qué derecho? ¿Quiénes se piensan que son?



    Todos los discípulos están indignados. Me imagino a Pedro moviendo sus brazos como diciendo “Los quiero agarrar a trompadas”. Jacobo y Juan están que “explotan”. Ellos tienen una solución, y es con “base bíblica”:



    - “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como lo hizo Elías, y los consuma? (Luc. 9:54 VRV 1960).



    ¡Qué fácil es tratar de justificar nuestras aptitudes belicosas y explosivas con un texto bíblico! Es evidente que Jacobo y Juan no le tenían nada de simpatía a los samaritanos. Esta era la oportunidad que el rencor inconsciente había esperado.



    El discípulo del “amor” quiere mandar la destrucción por fuego de los no simpatizantes. En este momento de su vida, quien será luego el discípulo del amor no tiene mucha compasión. Todos los otros discípulos muestran en sus rostros la aprobación al proyecto. “Que la fuerza área los bombardee” diríamos nosotros.



    Jesucristo los observa con una mirada que muestra decepción , desencanto y tristeza.



    - “Entonces volviéndose él, los reprendió diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas”.



    El tono aquí es muy similar a Juan 14:9 “tanto tiempo he estado con vosotros Felipe, ¿y no me has conocido? El que me ha visto, ha visto al Padre”.



    Las caras de los discípulos se tornan rojas como tomates en el verano. Uno a uno reconocen su culpa y falta de compasión. Siguen caminando y es probable que el Mesías les explique mejor la situación.



    Los discípulos habían creído erróneamente que Jesucristo estaba buscando simpatizantes y adeptos. Su espíritu no estaba lleno de venganza sino de amor y misericordia. El haber enviado fuego del cielo hubiera significado la pérdida de muchas almas.



    Notemos que no se nos dice que el pecado de los de esta ciudad no era grave sino que se enfatiza la gracia de Dios.



    Comentario



    Tres preguntas surgen de esta narración



    1) ¿Fue Elías excesivamente severo en mandar fuego del cielo que destruyó a 102 personas?



    2) ¿Desaprobó Jesucristo la conducta de Elías?



    3) ¿Actúa Dios en forma distinta en el Antiguo que en el Nuevo Testamento?



    Esta es una historia difícil para nosotros de captar en su profundidad. ¿Fue el profeta Elías demasiado drástico? Si nos pusiéramos en el contexto nos daríamos cuenta que no fue así. Elías no era un hombre desconocido.



    Era respetado por miles como un verdadero profeta de Dios. Era una persona que había actuado en la vida pública de la nación. Había hecho tremendos milagros como la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta.



    Había logrado una victoria contra los profetas de Baal cuando Dios envió fuego del cielo que consumió el sacrificio. Sin duda que al presenciar estos prodigios hubo un avivamiento espiritual al menos en parte de la población.



    Cualquier persona con sentido común y que hubiera considerado estos hechos no hubiera actuado con tanta insolencia contra un siervo del SEÑOR. El trato prepotente e irrespetuoso de los dos primeros capitanes son tomados muy en serio. El rey indudablemente quería matar a Elías. El SEÑOR protege a los suyos “como la niña de sus ojos” (Sal.17:8).



    Para Dios cada uno de sus hijos tiene un inmenso valor. Los creyentes somos su tesoro (Mal.3:17; Juan 17:24). Aquellos que se burlan y blasfeman a Dios se sitúan en una posición muy peligrosa.



    2) El Señor Jesucristo no criticó ni deploró la conducta de Elías al mandar fuego del cielo. El “les reprendió” o en las palabras de VRV 1960 “vosotros no sabéis de que espíritu sois”.



    Los profetas del A.T. proclamaron el juicio de Dios y la necesidad del arrepentimiento. El mensaje de Jesucristo es: “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.



    El énfasis está en “la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres”(Tito 2:12). Ningún profeta en el A.T. pudo decir “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar” (Mat. 11:28). No es posible comparar el carácter o la reacción de Elías o ningún héroe de la fe con nuestro bendito Salvador. Sólo El pudo decir “yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).



    3) ¿Actúa en forma distinta en el Antiguo que en el Nuevo Testamento? A primera vista parecería que Dios expresa más misericordia y compasión en el Nuevo Testamento. En éste vemos el “día de la gracia” que se extiende hasta hoy.



    Dios exhibe su gracia y es muy misericordioso. Sin embargo en múltiples partes en el Antiguo Testamento vemos la gracia de Dios. Por ejemplo en la intercesión de Abraham con el SEÑOR para impedir la destrucción de Sodoma y Gomorra.



    - “Por favor, no se enoje mi Señor, si hablo sólo una vez más: Quizás se encuentren allí diez… Y respondió: No la destruiré en consideración a los diez” (Gén.18:32). O en la frase tan hermosa de Lamentaciones: “Por la bondad del SEÑOR, es que no somos consumidos, porque nunca decaen sus misericordias. Nuevas son cada mañana, grande es tu fidelidad (3:22,23). Desde otro ángulo podemos decir que Dios no actúa en forma distinta o diferente. Sus atributos son los mismos e incambiables. La misericordia de Dios no es mayor en el Nuevo Testamento que en el Antiguo. Las Escrituras nos enseñan que “Dios pasó por alto los tiempos de la ignorancia” (Hech.17:30). Vivimos en el día de la gracia pero la Palabra nos advierte “Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Heb.3:7,8).



    Dios se reserva el derecho de actuar en forma severa cuando El lo considera. Ejemplos: Ananías y Safira (Hechos 5); Herodes (Hechos 12); los hermanos en Corinto que han muerto (I Cor.11:30).



    No se nos dice cuales fueron exactamente las lesiones que sufrió Ocozías. Suponemos que fueron fracturas múltiples y muy probablemente de las piernas y de la cadera (fémur). No creemos que el problema principal fue un traumatismo de cráneo porque él puede pensar y expresarse adecuadamente.



    Sospecho que tuvo fractura de las piernas y que luego tuvo una embolia pulmonar (o sea un coágulo que se forma en las venas de la pierna y que emigra al pulmón y puede ocasionar la muerte). Esta complicación es una causa muy frecuente de muerte en los politraumatizados.



    Uno de los temas que se percibe en esta historia es la irreverencia. Es muy penoso ver como el sentido de reverencia se ha perdido en muchos lugares.



    Cuando meditamos en la grandeza, santidad, poder y amor de Dios nos damos cuenta de nuestra insignificancia y brota de nuestro corazón una actitud de reverencia.



    Hemos visto una transformación muy grande en el carácter de Elías. No es más el hombre que se deprime, tiene miedo y huye. Al igual que los discípulos muchos siglos después, el profeta pronuncia su sentencia con perfecta calma y valentía (Hech.4:13).



    Nos anima saber que este mismo proceso de progreso espiritual el Espíritu Santo lo quiere realizar en cada creyente. (2 Tim.4:18).



    Contrastes y coincidencias entre Elías y el Señor Jesús:



    Elías:



    - Quiso morir.



    - Dijo: “yo estoy sólo”; pero había 7000.



    En el desierto se deprimió.



    Mandó fuego del cielo como castigo.



    Subió al cielo en un torbellino.



    Los judíos esperan su retorno. 



    El Señor Jesucristo:



    - Quiso dar su vida.



    - Dijo: Dios mío, ¿por qué me has- desamparado?



    En el desierto salió victorioso



    Mandó el Espíritu Santo como ayudador.



    Lo recibió una nube.



    Los creyentes esperan retorno.



     



    Temas para predicadores o maestros:



    - El peligro de desafiar a Dios.



    - La irreverencia.



    - El Juicio de Dios.



    - La Gracia de Dios.



    - La Fidelidad del profeta.



    Ventanas:



    - Ventanas de la incredulidad (2 Rey.7:2,19)



    - Ventana de juicio ( Ocozías 2 Rey 1:2)



    - Ventana de la consolación (Eutico Hech.20:9)



    - Ventana de liberación Pablo (2 Co.11:13)



     



    Tomado del libro CUANDO DIOS HACE MARAVILLAS Autor: Dr. Roberto Estévez Editorial Mundo Hispano – Casa Bautista de Publicaciones


     

     


    1
    COMENTARIOS

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    EZEQUIEL JOB
    15/02/2017
    03:21 h
    1
     
    Como en el artículo, los siguientes versos lo he visto cumplirse cuando los hermanos son maltratados:"Isa 41:11-13 He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo. Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra. Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo."
     



     
     
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