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    El poder transformador de la palabra LXIV
     

    Juan A. Mackay y Miguel de Unamuno

    Fue Unamuno quien ejerció una profunda influencia sobre la visión misionera de Mackay y su postura teológica, como dice el teólogo Samuel Escobar.

    MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 28 DE ENERO DE 2017 16:20 h

     



    Unamuno pintado por Miguel Elías.

    Impactante ha sido para mí ir adentrándome en la vida y obra de Juan A. Mackay. No es que haya conseguido ya conocer ambas en profundidad, pero voy remarcando aquello que me remueve. En otras entregas ya me referí a este escocés con alma latina, gracias a dos libros: El otro Cristo español, de su autoría, y a De la Misión a la Teología, de Samuel Escobar. 



    El primer encuentro con Juan A. Mackay, el teólogo del camino,  escritor, pensador, misiólogo, docente, amigo, mentor, evangelista, el de las cruzadas por la justicia social... lo tuve al escuchar la magnífica conferencia de Samuel Escobar al recibir el Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica en el año 2011, y al leer el libro El otro Cristo español, que llegó a mis manos en esta misma fecha. Ese día, también descubrí  la gran amistad entre Mackay y el vasco de Salamanca, D. Miguel de Unamuno. 



    Cito un fragmento de la conferencia de Escobar en el Aula Unamuno de la Universidad de Salamanca: "En el Colegio Secundario mi profesor de literatura española nos había hablado con gran entusiasmo de la Generación del 98, aunque se detuvo mucho más en Azorín que en Unamuno. Pero a mis diecisiete años tuve el placer de conocer personalmente en Buenos Aires al Dr. Juan A. Mackay, cuyos libros El sentido de la Vida y El Otro Cristo Español estaban entonces entre mis libros de cabecera de la adolescencia, y en ellos había múltiples referencias a Unamuno. En nuestra larga conversación yo escuchaba con avidez a ese maestro escocés que hablaba el castellano a la perfección con una pronunciación  muy castiza. Cuando mencionó a Unamuno se emocionó y me pareció que los ojos se le humedecían. De vuelta en Lima, empecé a releer sistemáticamente  a Unamuno y también devoré el Prefacio a la Teología Cristiana de Mackay. Varios pensadores evangélicos latinoamericanos de mi generación y de la anterior y las siguientes hemos reconocido que nuestra iniciación en la reflexión teológica nos la facilitó este libro de Mackay que acabo de mencionar. Debo aclarar que a estas alturas se puede decir que tenemos en América Latina una teología evangélica y al mismo tiempo latinoamericana. No es una simple repetición de la teología heredada de los misioneros anglosajones o europeos. Y sostengo que en esta teología se puede reconocer la huella de Miguel de Unamuno que llegó a nosotros mediada por Mackay. Este misionero y teólogo era escocés y había estudiado Filosofía  en la Universidad de Aberdeen , y luego Teología en el Seminario de Princeton en los Estados Unidos. Sin embargo no era Mackay un pensador presbiteriano cualquiera. Su paso por España, recién graduado de Princeton, y su amistad con Unamuno le dieron a su teología una dimensión existencial y una sensibilidad especial para entender el alma de los pueblos ibéricos".



    Después de  tal invitación a leer a Mackay, no pude resistirme...



     



    Don Miguel de Unamuno. Su personalidad, obra... Por Juan Mackay.

    Vuelvo a señalar que Mackay nació en Inverness, Escocia, en el año 1889. Fue preparado de forma excelente por la Academia Real de Inverness y la Universidad de Aberdeen, donde estudió Filosofía y descubrió su vocación misionera. En la Universidad de Aberdeen conoció al misionero norteamericano Robert E. Speer, quien le impactó mucho. En esa época también conoció a la que sería su esposa más tarde, Jane Logan Wells, mientras asistía a una iglesia bautista, pues en Aberdeen no había una de su denominación. Allí surge el llamado para ir como misionero a América Latina. Se graduó con honores y ganó una beca que le permitiría iniciar estudios en el Seminario Teológico de Princeton en 1913. En Princeton empieza ya a pensar sus propios conceptos sobre la iglesia, la educación teológica, y a rondar sobre lo que sería la teología encarnacional... En 1915 se gradúa de Princeton y viaja por ocho semanas a América del Sur enviado por la Junta de Misiones de la Iglesia Escocesa Libre. Se dice que de ahí vino la convicción de que sería misionero en Perú. 



    Acertado fue el consejo recibido de B.B. Warfield, uno de sus profesores en Princeton, quien le comentó: "Si va a servir como misionero en Sudamérica, ¿por qué no va a España a estudiar la tradición religiosa española y aprender bien el castellano?".  Es así que el hecho de vivir ocho meses en España y otros años en Latinoamérica le sirvieron para llegar a ser un gran conocedor de la espiritualidad y cultura de Iberoamérica, y que se materializó en su libro El otro Cristo Español.  



    Mackay permanecerá en España de 1915 a 1916, y allí aprenderá un español que será como su lengua materna. Alguien dijo que el español de Mackay fue 'docto y clásico'.  



    Mackay dijo: "Esta experiencia cultural...  la más decisiva en mi vida". Al llegar a Madrid en noviembre de 1915, el consulado de Gran Bretaña le informará acerca de un internado para extranjeros en Madrid llamado 'La Residencia de Estudiantes'. Mackay se matriculó en el 'Centro de Estudios Históricos' relacionado con el 'Instituto de Enseñanza Laica', fundado por Giner de los Ríos, quien había muerto meses antes de la llegada de D. Juan. Dice él: "Durante casi un año, viví en el ambiente intelectual de don Francisco Giner de los Ríos y en amistad íntima con sus discípulos...".



    Destaco que esta experiencia le abrirá nuevos horizontes en su intención de propiciar un diálogo entre fe y cultura, algo que estará presente hasta el final de sus días. Desde Madrid vemos cómo utiliza lo que llamará su 'método encarnacional'. Él decía que un misionero tenía que ganarse el derecho a ser escuchado en los círculos culturales e intelectuales. Es lo que él llamaba 'lo encarnacional'. 'El misionero no debe imponerse sobre los demás, sino debe entrar en diálogo con personas de otras ideas, orientación cultural y, sobre todo, con otras ideas religiosas. Por ejemplo, las ideas de Unamuno fueron usadas por Mackay para entablar diálogo con la cultura iberoamericana'.



    Una de las visitas que llegó a la Residencia de Estudiantes para dar una charla fue Miguel de Unamuno. Se dice que Mckay dijo que "La Residencia encarnaba el espíritu de Unamuno y que tomó para sí el deber de hacer divulgar sus ideas". En la Residencia conoció a Juan Ramón Jiménez, el poeta español. También Ortega y Gasset estaba relacionado con la Residencia y era miembro de la Junta Directiva. Además, conoció a Carlos Reyes, Tomás Navarro, Américo Castro.... Federico de Onís fue uno de sus profesores de español. Y allí conoció a Luis Alberto Sánchez del Perú. Toda esta experiencia con el ambiente cultural en Madrid, le sirvió para adentrarse sin dificultad en los ambientes literarios de América Latina.



    Pero fue Unamuno quien ejerció una profunda influencia sobre la visión misionera de Mackay y su postura teológica, como dice el teólogo Samuel Escobar.  



     



    Juan A. Mackay.

    Dice Mackay en su libro El otro Cristo español: "En la tradición religiosa y vida presente de España hay otro Cristo. Un Cristo distinto del de la fe popular y la propaganda oficial. Nos encontramos con Él primera mente en el siglo trece, en Raimundo Lulio.  Aparece más tarde en la vida y escritos de los grandes místicos del siglo dieciséis. Se destaca en alto relieve en el pensa miento y obra de los grandes hombres que en ese mismo siglo se pusieron del lado de la Reforma Protestante. Vol vemos a hallarlo en muchos grandes rebeldes religiosos de los siglos subsecuentes. En la España moderna este Cristo ha hallado santuario en la vida de los dos precursores de la España nueva, nacida con las instituciones republicanas en 1931: don Francisco Giner de los Ríos y don Miguel de Unamuno".



    Cito otro de los varios textos que Mackay escribió sobre Unamuno en su libro El otro Cristo español (págs. 194-203):



    c) Don Miguel de Unamuno: La resurrección del otro Cristo español



    "... Cuando se escriba la historia de la España moderna, la España que ha vuelto a nacer tantas veces, cuando parecía muerta para siempre, habrá sólo un don Francisco y sólo un don Miguel, a quienes los hijos futuros de esa tierra tan antigua llamarán 'nuestros padres'. Con la vida y obra de estas dos grandes almas se ha tendido un puente en la historia moderna de España, sobre el ancho abismo que ha existido entre la religión y la conducta. 



    Don Miguel de Unamuno era vasco, nacido en 1864, en la ciudad cantábrica de Bilbao; por tanto, un conterrá neo de Ignacio de Loyola, y, como éste, perteneciente al tronco étnico más primitivo de la Península. Cuando niño, siendo alumno de la escuela jesuita de San Luis Gonzaga, en su Bilbao nativa, acostumbraba soñar, nos dice, en llegar a ser un santo.



    Don Miguel llegó a ser un santo, pero de un tipo bien diferente del que, en su mocedad, soñaba ser, y que la tradición religiosa de su raza, especialmente la tradición representada por su gran compatriota el de Loyola, había consagrado como el beau ideal de la santidad. Unamuno se hizo un rebelde, un santo rebelde cristiano, el último y el mayor de los grandes herejes místicos de España. En Giner vemos y oímos al Cristo que enseñaba a sus discí pulos en las laderas de las colinas, cabe el plácido mar galileo; en Unamuno, a Aquel que arrojó a los mercaderes del Templo, anatematizó a los jefes religiosos hipócritas, lloró amargamente sobre Jerusalén y agonizó después en el jardín de los olivos y en la Cruz, el Cristo que luego se levantó de entre los muertos para reanudar la lucha re dentora en las almas de sus seguidores.



    Waldo Frank no exagera cuando dice: 'Unamuno es el moralista más vigoroso de nuestros días. Wells y Shaw son voces débiles al lado de su certero rugido'. 



    Este profesor vasco de griego en la vieja Universidad de Fray Luis de León, que leía en quince lenguas y aprendió el danés con el fin de estudiar a Kierkegaard en el original, y que, aunque en comercio íntimo con la cultura de la Europa moderna, tuvo sus raíces en las Escrituras y en los grandes místicos de su pueblo, es uno de los más grandes contemporáneos. Su formación espiritual debió no poco también a autores británicos. Siendo todavía joven hizo sus favoritos a Tennyson v Carlyle, del último de quienes tradujo al español la obra sobre la Revolución Francesa. Además, fue uno de los pocos extranjeros que fueron ca paces de apreciar a Browning. Seguía con profundo in terés los movimientos y pensamiento religiosos de los otros países europeos. Keyserling, cuyos juicios sobre Karl Barth se han citado con tanta frecuencia, ni siquiera co nocía el nombre del gran teólogo suizo hasta que se en contró y habló con Unamuno en Biarritz.



    La llegada de Unamuno a Salamanca en 1891 tuvo la misma significación en la vida espiritual de España que el arribo de Giner de los Ríos a Madrid más de veinte años antes. En la persona del nuevo profesor de griego, sopló por los enmohecidos claustros de la universidad me dieval un hálito fresco de campos de conocimiento anchos y variados. El Támesis y el Rhin, el Sena y el Tíber, para no hablar de las aguas del Egeo y del Lago de Galilea, comenzaron a vaciarse en la pesarosa corriente del Tormes.



    Durante más de treinta años, el profeta vasco hizo retumbar su mensaje en el aula universitaria, en las salas públicas y en la página escrita. Fluyeron de su pluma ensayos, poemas, novelas, disertaciones filosóficas. Competía con su amigo Ángel Ganivet en  de descubrir y retratar el alma española. Atacó sin cuartel los males que azotaban a su nación. No hubo cáncer corrupto que no denunciara, ídolo popular que no hiciera pedazos, problema vivo con el que no se encarara.



    Por su hincapié en la individualidad, la pasión y la acción, y su menosprecio supremo de la sociología, Unamuno se asemeja a Nietzche. El prólogo a su Vida de Don Quijote, en que hace sonar una clarinada de llamado a la acción heroica y mística, es quizás la pieza más incandescente, en prosa, de la literatura contemporánea. Su sentido de lo trágico y lo paradójico, y el dualismo esencial de su pensamiento, nos recuerdan a Kierkegaard y Dostoievsky. En su defensa del corazón contra el intelecto, del hombre 'de carne y hueso' contra la lógica fría y desprovista de sangre, es discípulo ferviente de Pascal.



    Ni el propio Karl Barth ha puesto en más alto relieve las realidades cristianas fundamentales de la encarnación, la redención y la resurrección, que Unamuno. El famoso cuadro del Cristo en la Cruz, de Velázquez, ha ocupado el mismo lugar en la vida y pensamiento de Unamuno que el cuadro de la Cruz, de Gruenwald, con el índice apun tado de Juan el Bautista, en el pensamiento de Barth.



    Por su indómita oposición a la monarquía, la dicta dura y la Iglesia, Unamuno fue desterrado de España en 1925. De la isla de Fuerteventura, a que se le confinó, escapó meses más tarde a Francia en el yatecito de recreo de un amigo inglés.



    Muchos fundamentales puntos de vista de este gran pensador español se hallan dispersos por todo este libro. No estará fuera de lugar, sin embargo, el sintetizar su posición religiosa fundamental, con tal que se tenga pre sente que nuestro autor es el menos sistemático de los escritores, y enemigo jurado de la lógica, y, además, que sus escritos abundan en esas contradicciones íntimas que se presentan por todas partes en la vida y naturaleza hu manas.



    El pensamiento de Unamuno halla su centro en dos principales ideas que reviste de significación religiosa: la de vocación o misión, y la de lucha agoniosa, especialmente la lucha por vivir para siempre. La verdad se revela y la vida se cumple, sólo sobre el camino, cuando marcha uno hacia delante, leal a la visión celestial. El gran problema de la civilización moderna, dice Una muno, no es la distribución de la riqueza, sino la distribu ción de vocaciones. Un hombre comienza a vivir cuando puede decir con don Quijote: 'Yo sé quién soy'. Otros pueden tenerle por loco, pero para él la vida tiene un sentido. Toda tarea ha de acometerse con un sentido religioso de su importancia. Si la tarea particular de un hombre no le satisface, que la cambie por otra, pero que trabaje en algo en que pueda poner su alma entera. Que se esfuerce, además, por hacerse insustituible en la vida de aquellos en cuyo interés sirve. Para hacerlo se necesita el más completo abandono v sacrificio en el cumplimiento de su vocación. Dice Unamuno en uno de sus poemas: 'Siém brate':



    En los surcos lo vivo, en ti deja lo inerte,



    ..................................................................



    de tus obras podrás un día recogerte.



    Hablando por sí mismo, él se contentaría con que su mensaje muriese en la mente de sus lectores, con tal que, muriendo, ayudara a fertilizar los pensamientos de éstos. He ahí el evangelio del trabajo, y del sentido de la vi da, de Carlyle, que Giner de los Ríos predicaba en Ma drid. En un medio en que los jóvenes se arrastraban por la vida y en que se trabajaba generalmente no con motivos de servicio sino por la esperanza de las ganancias, ninguna doctrina podía ser más importante. Fue en esa clase de ambiente en el que Unamuno ayudó a resucitar el famoso dicho de Santa Teresa: 'Entre los pucheros anda el Se ñor'. Puede obtenerse la ayuda del Señor para el desem peño de las tareas más humildes y domésticas. Ningún trabajo era vil cuando lo transfiguraba un sentido de vo cación y de Dios.



    En lo que toca a su propia y particular vocación, Una muno consideraba que ésta era la de reencarnar a don Quijote en la España y época modernas, en defensa de lo eternamente espiritual y bregando con el mal dondequiera éste apareciese, sin hacer cuenta de las consecuencias. Quería que sus compatriotas aprendieran a pensar en lo más profundo de la vida y el destino. Su función sería la de lanzarlos, según nos dice, al océano de Dios, para que aprendan a nadar. Deben abandonar la 'fe del carbonero' y es menester trastornarles esa paz de cementerio en que han pasado la vida. Es necesario despertar en ellos la inquietud espiritual. Y que no esperen de él pan, sino sólo levadura y fermento. Tócale a él provocarlos a una lucha espiritual creadora, a una verdadera comprensión de las palabras de Cristo, tan trágicamente mal interpretadas en las guerras del siglo dieciséis: 'No he venido a meter paz, sino espada'. Los hombres pueden obtener la paz de Westfalia sólo cuando primero han pasado por la Dieta de Worms. Que esta guerra divina penetre en todo hogar. Apostrofando a Cristo, dice en uno de sus poemas: 'Sólo en tu guerra espiritual nos cabe / tomar la paz, tu beso de saludo; / solo luchando por el cielo, Cristo, / vivir la paz podremos los mortales! / Pero tu paz, Hermano, y no el embuste / que como tal da el mundo'.



    Pero Unamuno no quiere nada de la paz jesuita. 'La iglesia romana -dice en un libro publicado en el exilio-, digamos el jesuitismo, predica una paz, que es la paz de la conciencia, la fe implícita, la sumisión pasiva. León Chestov (La Noche de Getsemaní) dice muy bien: 'Recordemos que las llaves terrenales del reino de los cie los correspondieron a San Pedro y a sus sucesores justa mente porque Pedro sabía dormir y dormía mientras Dios, descendido entre los hombres, se preparaba a morir en la cruz'.



    Esto nos lleva directamente a la idea o actitud funda mental de Unamuno, la de la lucha trágica y agonizante. Oímos la voz de lo más profundo de su alma en aquellos 'Salmos' que forman parte del volumen principal de sus poemas. Porque Unamuno es también un poeta, el más grande de los poetas líricos de España después de Fray Luis de León. Sus salmos son el grito de un alma angus tiada que, al remontarse, azota sus alas contra el velo en un esfuerzo por atravesarlo. Su lenguaje trae a nuestra memoria algunas de las expresiones de Moisés, Job y San Agustín. 'Quiero verte, Señor, y morir luego', exclama. 'Dame, Señor, tu espíritu divino -para que al fin te vea'. Y también: '¿Por qué encendiste en nuestro pecho el ansia -de conocerte, el -ansia de que existas, -para velarte así a nuestras miradas?'. En uno de sus primeros ensayos escribía: 'Mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible -o In cognoscible, como escriben los pedantes- ni con aquello otro de 'de aquí no pasarás'.



    Entre la cabeza y el corazón de Unamuno se libra una batalla interminable. Con su corazón experimenta a Dios y confía en la esperanza de la inmortalidad. 'Creo, Se ñor -dice en cierto pasaje-, ayuda mi incredulidad'. Y en otro, en más tranquilo talante: 'Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traza mi pro pio destino'.



    Pero cuando rompe la alborada de la Razón, comienza de nuevo la lucha. El corazón ha afirmado la realidad de Dios y la certidumbre de la inmortalidad, pero la Razón niega ambas. Enzárzanse en mortal combate, como resul tado del cual ambos, corazón y razón, se precipitan al fon do del abismo. De las heridas del corazón nace una espe ranza, una trágica esperanza, que Unamuno llama 'pesi mismo trascendental'. Sean reales o no Dios y la inmor talidad, él vivirá su vida de manera tal que si, a pesar de todo, lo que le espera es la aniquilación, ésta resultará una injusticia. Es el eterno 'Sí' del profeta el 'Aunque me matare, en Él confiaré', el 'sí' de Federico Róbert son, de Brighton, proferido en la hora más negra de su vida: 'Si Dios no existe ni hay vida futura, aun en tal caso es mejor ser generoso que egoísta, mejor ser casto que licencioso, mejor ser leal que falso, mejor ser valiente que cobarde'.



     Coloca así Unamuno, de esa manera, la ética sobre una base trágica. Sea cual fuere el costo, el hombre ha de vivir gozosamente de acuerdo con los valores morales eternos. Arroja el guante al universo. Si no hay porvenir para la bondad en la naturaleza de las cosas, entonces ésta es in justa. Sin embargo, hasta el fin el verdadero significado de la vida debe ser lucha. Y tan convencido está Una muno de que la esencia de la vida es lucha v no victoria, que en uno de sus poemas exclama: 'No busques luz, mi corazón, sino agua / de los abismos... // Quiere que esta su ardiente e insaciable sed de la ver dad continúe para siempre, y prorrumpe: // No te ama, oh Verdad, quien nunca duda. . . // Tampoco le satisface un Dios racionalizado: // Lejos de mí, Señor, el pensamiento / de enterrarte en la idea...'.



    Continúe, pues, esa lucha creadora mientras dura la vida, corazón y cabeza en perpetuo conflicto. Mas para esta prueba interminable, nútrase el corazón de paz crea dora, cuya fuente es el símbolo mismo de la lucha y del compromiso de victoria: Cristo Crucificado.



    El más largo poema de Unamuno, intitulado El Cristo de Velázquez, es único en la literatura moderna. El poeta medita, en un ensueño de devoción, en el Crucificado, a quien se dirige amorosamente, haciendo soliloquios sobre el significado místico de cada uno de los rasgos de Cristo. La Cruz es a la vez el más divino de los símbolos, 'la enseña y cifra de lo eterno', y un símbolo de lo que debe ser la vida humana, 'agonía' en su sentido griego original de 'lucha'. Pero es algo más: no un mero símbolo, sino el instrumento y prenda de la victoria. Contempla el poeta al Crucificado y exclama: 'Tú salvaste a la muerte'. 'Por ti nos vivifica esa tu muerte'. Pero no se trata sólo de vida sin fin, sino de vida nueva. 'Mas la Muerte te hizo Rey de la Vida'. 'Eres el Hombre eterno que nos hace hombres nuevos'. La muerte de Cristo fue creadora, porque no fue un mero hombre quien murió sino Dios en naturaleza humana. En uno de sus libros dice que nunca se sintió Dios más Creador y Padre que cuando murió en Cristo, cuando en Él, en su Hijo, probó la muerte.



    La Cruz, sin embargo, no puso fin a la agonía de Cris to, pues Él agoniza todavía en la vida de sus seguidores. La idea de Unamuno es la misma de Pablo, a quien llama 'el descubridor místico de Jesús', y quien, viviendo en la 'participación de sus padecimientos', procuraba cumplir 'en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia'. A este respecto cita las nota bles palabras de Blas Pascal: 'Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo: entre tanto, no debemos dormir'. Y lo mismo que pasa con Cristo y con los cristianos, pasa con el cristianismo: es una religión de agonía. 'El supremo objetivo de su agonía' -dice Unamuno-, debe ser la redención de los individuos, a quienes debe convertir en cuerpos agonizantes de Cristo. 'El Reino del Redentor -añade- no es de este mundo'. La llamada civilización cristiana es una contradicción de términos. Guárdese el cristianismo de identificarse con una marca particular de economía política, democracia o patriotismo. Su misión específica es la de hacer hombres nuevos, centros vivos de una agonía creadora, y éstos debe forjarlos de pobres y ricos, esclavos y tiranos, condenados y verdugos".



     



    En la Navidad de 1915 visita a Unamuno en Salamanca. Cito texto de Mackay escrito en su libro El otro Cristo español, donde hace alusión a esta visita:



    "Jamás podré olvidar, mientras viva, aquel día, que ini ció toda una época en mi experiencia, cuando visité a Unamuno en su hogar de Salamanca durante las navida des de 1915. Fue el año después que la influencia clerical lo había depuesto del rectorado de aquella antigua Uni versidad, y unos años antes de ser desterrado de España. Catorce años más tarde, yendo de Sudamérica a las mon tañas de Escocia, compartí dos días de su exilio en el pueblo francés fronterizo de Hendaya, frente a las mon tañas vascas, tan fatalmente simbólicas en la vida de Es paña. Fue aquella la oportunidad que yo había soñado durante tantos años, de compartir un breve espacio de la vida del hombre que me había revelado los secretos del alma española y cuyos escritos habían estimulado mi mente más que los de cualquier otro pensador contemporáneo.



    Vivía don Miquel con gran sencillez en un hotelito, a unos cuantos metros apenas de la frontera internacional entre Francia y España. Se había escapado del estrépito y la publicidad de París para estar cerca de la sombra de sus colinas nativas. Todos los días hacía una caminata a lo largo de la frontera. Los sencillos vecinos de Hendaya sentían gran cariño por aquel anciano, de cabeza descu bierta y mejillas rubicundas, que transitaba diariamente por sus calles, vivo modelo de salud y amistad. Conocían los detalles de su vida sin miedo y sin tacha, y de la larga lucha que había sostenido en su propio país por la jus ticia y la libertad; conocían también la pureza nazarena y la austeridad de su manera de vivir; y por ello lo consi deraban un santo.



    Durante aquellos dos días tuvo lugar un sucedido que simboliza profundamente el mensaje religioso de Unamuno. Por varias semanas, antes de mi llegada, se había hos pedado con él un escultor amigo suyo, el mismo notable artistaque había hecho el busto del gran novelista Pérez Galdós. El segundo día de mi visita, se me invitó a ver el busto de don Miguel, recién terminado en un molde de yeso, y que era de una semejanza magnífica. 'Pero ¿qué es eso que tiene en el pecho?', pregunté. ¡Grabada del lado izquierdo, sobre la región del corazón, aparecía la figura de una cruz! El escultor me contó lo que había pa sado. Antes de secarse el molde, Unamuno fue un día a verlo, y con el dedo trazó el signo de la cruz sobre el lugar en que debería hallarse su corazón. '¿Qué va a decir la gente de Madrid cuando vea esto? -dijo, sorprendido y un poco molesto, el escultor-; no se da usted cuenta, don Miguel, de que esa cruz va a aparecer por fuerza en el bronce cuando se haga el vaciado?'. Don Miguel se limitó a sonreír en silencio.



    Una cruz, no suelta y pendiente del pecho, sino gra bada sobre el vivo corazón de cruzado de don Miguel de Unamuno: tal es el verdadero símbolo de la vida y fe de este príncipe de los pensadores cristianos modernos. He ahí un poderoso reto a la cristiandad de nuestra época, a rehabilitar la Cruz al lugar que le pertenece, al centro de toda vida y pensamiento, y a descubrir de nuevo el sig nificado de la agonía creadora. Es una invitación al cris tianismo español a estudiar de nuevo el significado de la Cruz y del Crucificado, que han desempeñado papel tan central en la épica católica en España y Sudamérica". (Final de la cita)



     



    Después de esta visita viajó por Europa y también visitó a Karl Barth. Más tarde, ya de regreso, escribió a Unamuno esta carta escrita el 6 de octubre de 1930, que extraigo del texto de Samuel Escobar leído en Salamanca, y que se encuentra en el archivo de la Casa-Museo Unamuno, cita en esta ciudad.



    Querido Señor Unamuno:



    Tras largas andanzas por Europa he regresado al fin a tierra hispanoamericana. Lo primero que hago al hallarme instalado en mi nuevo hogar en las montañas de México, es dedicar algunos días a la tarea placentera  de enviar unas líneas a aquellas personas cuyo trato durante los meses pasados en Europa, ha dejado una huella en mi espíritu. Antes de todas las otras pienso en usted y en aquellos dos días inolvidables que, hacia fines del año pasado, pasé al lado suyo en el hotelcito de Hendaya.



    Usted fue de los pensadores contemporáneos quien más hondamente ha influido sobre mí. Hallé en sus escritos lo que no encontraba en otra parte en la literatura moderna. Su amor a las Escrituras y sobre todo a San Pablo, a quien yo debo mi alma, su hondo sentido de lo trágico y lo paradójico de la vida, su colocación de lo ético en el pedestal de ella, su espíritu de caballero andante a lo divino conducido por las sendas de existencia por una 'mano invisible e intangible que lo estruja', todo ello despertó un eco en mi espíritu. Por acá y allá, por Hispanoamérica, en conferencias a la juventud universitaria y al pueblo, sus inquietudes y soluciones eran a menudo   la médula de mis palabras, de suerte que llegué aquella mañana a Hendaya como quien visita un santuario. Estuve un par de días cerca de usted mirándole, escuchándole. Al partir una tarde para París, llevé conmigo la satisfacción de poder querer más aún al hombre que a sus escritos.



    Dos imágenes han pasado desde entonces muy vivas en mi espíritu: la del camino y la de la Cruz. La Cruz sobre el corazón palpitante y el Camino que es superior a todo método. La realidad de ambos son mías también. A ellos debo lo que soy. Día a día reanudo la aventura por el Camino con la Cruz.



    Los nueve meses de mi estada en Europa los dividí entre visitas a mis padres y familiares  en las montañas de Escocia celta, conferencias en universidades inglesas, y cuatro meses en Bonn junto a Karl Barth. Con éste llegué a intimar mucho. Conversamos mucho de usted. Creo que Barth y los de su grupo, Brunner de Zurich, Bultmann de Marburgo y Gogarten de Jena van a devolver al pensamiento teológico el concepto del Dios viviente y creador de los profetas y de Pablo y de Kierkegaard, el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Creo, sin embargo, que son un tanto intelectualistas y desprecian demasiado el corazón. Pascal tenía lo que ellos y algo más. Pero que sigan en sus arremetidas contra el Dios que es pura Idea o  Gran Encarcelado… 



     



    Dice Escobar "que no podía ser más elocuente y explícito el reconocimiento de Mackay hacia Unamuno. Y precisamente algunos de los temas que toca en esta carta y que amplía en varios otros escritos, han sido temas que la reflexión teológica evangélica ha asumido en América Latina". 



    Desde su encuentro inicial con Unamuno en Salamanca, Mackay se convirtió en un difusor del pensamiento y de la persona de Miguel de Unamuno, tanto en América Latina como en los Estados Unidos. Se dice que Mackay utilizaba las conferencias sobre Miguel de Unamuno para entrar con mayor facilidad en los ámbitos universitarios de América Latina, tanto como misionero en Lima como conferencista en la Asociación Cristiana de jóvenes en el período 1916-1932.



    Cuando todavía se desconocía la figura de Unamuno fuera de España, Mackay escribió su tesis para un doctorado en la Universidad de San Marcos de Lima,  titulada: Don Miguel de Unamuno: su personalidad, obra e influencia, que fue leída en 1918, y con la que obtuvo el título de doctor en filosofía.



    En diversos pasajes de El otro Cristo español Mackay cita a Unamuno, así que os invito a su lectura. 



    En la próxima entrega continuaré descubriendo otros aspectos de la vida y obra de Juan Mackay que han llamado mi atención.


     

     


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