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    El poder transformador de la palabra LVII
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    El legado misionero de Juan A. Mackay (II)

    La reflexión teológica de Mackay fue movida por un impulso misionero lanzado siempre hacia el futuro.

    MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 27 DE NOVIEMBRE DE 2016 08:40 h
    Libro de Juan A. Mackay.

    Continuamos con las dos últimas etapas de la vida misionera de Mackay, en las que Escobar agrupa las experiencias de su vida, en el Capítulo II del libro De la Teología a la Misión. Siempre reescribiendo las palabras de Escobar.



    En 'Servicio misionero activo desde Norteamérica (1932-1959), Escobar nos comenta que una parte importante de su nuevo trabajo era la tarea educativa de propiciar el interés de congregaciones y personas en la tarea misionera. Algunos de sus sueños literarios no pudieron cumplirse debido a que su nueva posición implicaba, como él dijo, 'una transición violenta de la libertad literaria a la responsabilidad administrativa'.



    Pese a ello en 1932 publicó el más famoso de sus libros, El otro Cristo español, un esfuerzo por interpretar la realidad espiritual de las naciones ibéricas e iberoamericanas. Varios observadores reconocen que todavía no ha aparecido un libro global de la misma envergadura escrito por algún evangélico latinoamericano.



    Y continúa Escobar contándonos que en 1936 de nuevo Robert Speer influyó sobre la carrera de Mackay al animarlo a aceptar una invitación urgente para ejercer la Presidencia del Seminario Teológico de Princeton, y ser también profesor de Misiones e Historia de las Religiones.



    La famosa institución, que era el Alma Mater de Mackay, había sufrido profundas divisiones debido a encarnizadas batallas teológicas, y entre los presbiterianos con los cuales estaba vinculada, la situación había llegado a tal punto que según un historiador 'se necesitaba una alternativa para avanzar más allá tanto del fundamentalismo como del modernismo'. Mackay se dedicó a trabajar para conseguir 'la restauración de la teología', dándole de nuevo a la Biblia un lugar central como Palabra autoritativa de Dios, y al mismo tiempo insistiendo en que la tarea teológica debía tener una intención y una dirección misionera.



    La revista Theology Today, que Mackay fundó en 1944, llegó a ser un factor clave en el impulso hacia lo que se suele conocer en Norteamérica y Europa como el 'movimiento de teología bíblica'. En una de sus páginas Mackay escribió: 'La Biblia es más que un depósito de grandes valores literarios o religiosidad elevada, más que la fuente de verdad revelada; es sobre todo el medio supremo del trato entre Dios y el ser humano'.



    Dice Escobar que algunas de las convicciones claves de Mackay que fueron formulándose en esta etapa de su vida, quedaron plasmadas en tres libros que según él mismo constituyen 'una trilogía que no surgió intencionalmente'. Su mensaje puede resumirse en tres frases de Mackay que se hicieron célebres en círculos teológicos. El mensaje de su 'Prefacio a la teología cristiana' (original en inglés 1941) fue: 'Deja el balcón y lánzate al camino'; el de 'Heritage and Destiny' (1943) se resumía en la frase: 'El camino hacia el mañana pasa por el ayer', y el de 'Christianity on the Frontier' (1950) era un desafío: 'Toma el camino que lleva a la frontera'.



    Bajo la dirección de Mackay, en Princeton se comenzó un programa doctoral en 1940 y un instituto de teología para ofrecer educación continuada en 1942 ... En una tesis doctoral sobre el maestro escocés, Pedro Cintrón llega a la conclusión de que 'como Presidente del Seminario de Princeton, Mackay puso fin a un viejo orden de rigidez teológica e inauguró una era de dinamismo y progreso en todos los aspectos de la vida de esa institución teológica'. Muchas personas que se graduaron de Princeton en aquellos años recuerdan también el toque personal de las relaciones de Mackay con sus estudiantes, y la cooperación eficiente y esforzada de su esposa Jane, quien mantuvo siempre las puertas de su hogar abiertas a estudiantes, profesores y personal administrativo y de servicio.



    Comenta Escobar que, durante este período, Mackay participó en el desarrollo del movimiento ecuménico, al servicio del cual puso sus singulares talentos administrativos y diplomáticos ... Su participación como Presidente de la Comisión 5 en la famosa 'Conferencia sobre Iglesia, Comunidad y Estado' (Oxford, 1937) fue la ocasión en que acuñó una frase que se hizo famosa: 'Que la Iglesia sea la Iglesia' ... Tomó parte activa en la preparación de la famosa Asamblea de Amsterdam 1948, en la cual se fundó el Consejo Mundial de Iglesias (CMI). Allí pronunció el discurso inaugural: 'El legado misionero a la Iglesia Universal'.



    El meollo de su mensaje fue que el movimiento ecuménico debería permanecer fiel a sus orígenes en el movimiento misionero, y que la Iglesia cristiana, para ser fiel a sus principios, tenía que ser una comunidad misionera al mismo tiempo que una comunidad de adoración a Dios. [...]



    Y además, señala que Mackay también realizó actividades en servicio de su propia denominación. En 1954 fue elegido Presidente de la Alianza Presbiteriana Mundial y viajó extensamente por los países latinos y del Este de Europa, y por América Latina. Interpretó la herencia presbiteriana para nuestra época y al mismo tiempo interpretó la realidad de las iglesias protestantes de otras regiones para el público norteamericano.



    Su libro 'El sentido presbiteriano de la vida' refleja lo que refiriéndose a sí mismo él llama 'la personificación de una paradoja', que describe de esta manera: 'Por una parte hoy me considero un presbiteriano más convencido y fiel como nunca antes lo había sido. Por otra parte he dejado de ser un presbiteriano absolutista y sectarista como en ningún otro tiempo en mi vida'.



    Durante una época de maniqueísmo anticomunista, en que el tristemente célebre senador Joseph McCarthy estableció una verdadera inquisición ideológica, Mackay era Moderador de la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos. Fue entonces que escribió una famosa "Carta" que la Iglesia adoptó como propia en su 166a. Asamblea.



    Esta "Carta a los presbiterianos respecto a la situación actual en nuestro país y en el mundo" tiene como nota distintiva la marca del estilo profético de Mackay, y fue un rayo de luz y esperanza en aquellos siniestros momentos. Cuando se jubiló como Presidente de Princeton en 1959, Mackay había cumplido los setenta años.



    En 'El maestro en la plenitud de su madurez (1960-1983)', dice Escobar que luego de jubilarse Mackay continuó enseñando y en 1961 fue nombrado Profesor Adjunto de Pensamiento Hispánico en la Universidad Americana de Washington. Regresó al amor de su juventud por lo hispánico. En la agitada década de los sesenta la explosión de una revolución social que se anunciaba desde mucho antes vino a ser simbolizada por el triunfo de Fidel Castro.



    Mackay continuó la tarea que ya había empezado en El otro Cristo español y trató de continuar su tarea de intérprete cuidadoso de la explosiva situación social latinoamericana. Luego de visitar Cuba escribió dos artículos en 1964 y 1965, para la revista The Christian Century, los cuales fueron objeto de aguda controversia. En su interpretación de América Latina, Mackay mantuvo su convicción evangélica pero manifestó también una aguda sensibilidad hacia la realidad sociopolítica.



    Asimismo en estos años trató de sistematizar una reflexión sobre varios de los temas a los que había dedicado atención durante sus largos años de trabajo misionero. Este esfuerzo está plasmado en su libro Ecumenics: the Science ofthe Church Universal.



    Aunque ya en plena madurez, este maestro se mantuvo siempre en actitud de apertura. Así sucedió en lo relativo a los cambios que se estaban operando en el seno del catolicismo romano. Mackay había sido un centinela alerta, luchando siempre a favor de la libertad religiosa en América Latina, contra las medidas restrictivas del catolicismo conservador. Para un hombre así resultó una oportunidad singular y decisiva la que se presentó cuando el Programa Católico de Cooperación Interamericana (CICOP) lo invitó a presentar una ponencia en su conferencia de 1967, acerca del tema 'Perspectivas históricas sobre el protestantismo' en América Latina.



    En esa ponencia Mackay dio la bienvenida a las señales de cambio que se estaban dando en Roma, pero también expresó su regocijo en hechos y movimientos tan variados como el crecimiento pentecostal, la obra del Instituto Lingüístico de Verano y el movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), uno de los antecedentes de las teologías de la liberación. Su enseñanza y actividad periodística continuaron aun después de haberse mudado con su esposa a un tranquilo lugar de retiro para ancianos en Meadow Lakes, New Jersey. Allí lo encontró el momento de pasar a la presencia de su Señor, el 9 de junio de 1983.



    El fundamento teológico de la acción misionera



    Después de concluir las etapas de la vida de Mackay, el autor nos introduce en el interesante apartado que aborda 'El fundamento teológico de la acción misionera'. En sus abundantes escritos como teólogo y periodista Mackay iluminaba los hechos de la vida diaria con la luz de la verdad bíblica. 'Relacionándose con las realidades de la vida —decía Mackay— para las muchedumbres agitadas, para quienes viven inmersos en la diaria lucha por la vida, y para los viajeros y peregrinos en su marcha constante, la teología debe reinterpretar el sentido de su existencia y la esperanza de su salvación'.



    Sus escritos comunican una sensación de movimiento y avance, y sus libros tienen una estructura clara y lógica, porque Mackay hizo lo que proponía su maestro Miguel de Unamuno: se casó con unas pocas ideas básicas y convivió con ellas, a fin de procrear una rica reflexión teológica. En uno de sus últimos escritos autobiográficos Mackay evocaba las 'grandes realidades' que él sentía que 'habían dado forma a su pensamiento y su vida a lo largo de sus años'. A saber: la realidad de Dios como presencia soberana y amorosa, y la aproximación encarnacional a la situación humana. Estas fueron la fuente de su estilo misionero y el meollo de su legado a las generaciones futuras.



    Asevera Escobar que la reflexión teológica de Mackay siempre se mantuvo atenta al torbellino de las corrientes teológicas de nuestro siglo y fue movida por un impulso misionero lanzado siempre hacia el futuro. Su discurso, sin embargo, conservó de su raíz Reformada un sentido de maravilla, solemnidad y devoción cuando se refería a Dios. El lema de su escuela en Aberdeen fue el que Mackay adoptó para el Colegio Anglo-Peruano en Lima: Initium Sapientiae Timor Domini (Pr. 1.7). Ese temor de Dios fue el principio de su sabiduría. Para él cuando la teología era fiel a su sentido esencial, venía a ser una doctrina acerca de Dios que se empieza y se prosigue a la luz de Dios mismo.



    Su teología era decididamente trinitaria y soteriológica. La teología de Mackay estaba íntimamente relacionada con su experiencia espiritual, porque para él más que una abstracción o una teoría, el meollo de la realidad es un encuentro concreto y creativo entre Dios y el ser humano... un encuentro en el cual Dios toma la iniciativa y que deviene para el ser humano una experiencia transformadora que cambia su vida, ilumina su pensamiento y moldea su destino.



    Dice que Mackay cultivaba el encuentro con Dios en la mejor tradición de la vida de piedad evangélica. A una de las promociones que se graduaba de Princeton les dedicó estas palabras: 'Hagan de la Biblia su compañera más cercana entre lo que hay escrito, el medio principal de su comunión con Dios y su conocimiento de Dios ... Permitan que el Libro de los libros continúe abriendo para ustedes el esplendor del propósito de Dios en su Hijo'.



    El ya citado James K. Morse, pastor de Mackay en sus años de jubilación, nos dice que en esos días crepusculares llegó a conocer el secreto de la grandeza de Mackay: 'El secreto de este hombre era la oración. Oración. Cuando él oraba las ventanas del cielo se abrían. El sonido de lo divino se escuchaba con claridad. Cada mañana hacía el esfuerzo de caminar hasta nuestro centro médico en Meadow Lakes y se sentaba a los pies del lecho de su amada esposa Jane. Allí él leía entonces la Palabra de Dios en voz alta, y se entregaban juntos a la oración.



    Esa vida de piedad rodeó y sostuvo también la actividad ecuménica y misiológica de toda una generación.



    En el apartado 'Lecciones de un estilo misionero', Escobar dice que para Mackay la vida misionera tenía que ser una vida cristocéntrica. Muchas veces citó el lema del gran misionero español Raimundo Lulio: 'Tengo una pasión en la vida y es Cristo'. Para el maestro escocés la marca de grandeza de sus héroes Mott y Speer era que podían ser considerados como personas cristocéntricas.



     



    El otro Cristo español y El sentido de la vida

    Mackay explicó muchas veces la combinación de teología y entrega personal que ese cristocentrismo significaba: 'Capté de San Pablo en su carta a los Efesios una visión de Cristo como el centro y el significado de todas las cosas. Al ir peregrinando de país en país y de puesto en puesto, mi fe en Cristo como Salvador y Señor de la vida no ha vacilado un solo momento. En sus relaciones históricas y cósmicas él ha sido quien ha alumbrado todo lo que veo y mi compañero de camino'.



    Esta relación con Jesucristo trae aparejado también un llamado imperativo a la acción misionera: 'Jesucristo, el Salvador del mundo, llama a toda su Iglesia a la acción misionera. El envía a su Iglesia a ir en el Espíritu de su amor a todos los seres humanos para socorrerlos en su necesidad física. El manda a su Iglesia a que traigan a todos los seres humanos a Él, que es la vida para su redención espiritual'.



    Tomando en cuenta el fundamento de este Cristocentrismo podemos comprender mejor lo que Mackay llamó su aproximación encarnacional a la tarea misionera.



    Entonces, Escobar nos habla de un Estilo encarnacional y sensibilidad cultural. Es sorprendente, dice, cuántos latinoamericanos llegaron a considerar a Mackay como uno de ellos mismos. En preparación para su servicio misionero en el Perú había estudiado a conciencia el idioma, y Sánchez observa: 'Venía de España, en donde había aprendido un magnífico castellano, con una fonética que nosotros no usamos, y que además pronunciaba las elles y las zetas...'.



    Antes de presentar el Evangelio a la juventud latinoamericana y conforme lo hacía se esforzó en comprender el alma ibérica, como es evidente en su libro El otro Cristo español, que ha llegado a ser un clásico de la historia espiritual del continente. Mackay formuló su estilo encarnacional en un principio muy claro: 'la palabra evangélica debe hacerse carne autóctona. La persona que representa a Cristo y procura comunicar el Evangelio de Cristo ... debe identificarse de la manera más cercana posible con su ambiente humano'.



    Siempre con esa sensibilidad, al mudarse a América del Norte, desde su atalaya en Princeton Mackay mantuvo una mirada atenta sobre el mundo ibérico, pero también sobre Asia y Europa. Se esforzó cuanto pudo en ser un intérprete misionero bien informado de lo que era el mundo de otras latitudes, para sus auditorios norteamericanos. Esto iba a costarle mucho dolor y sufrimiento en los días oscuros del Macartismo.



    Cuando Mackay pidió que se tratase con justicia y juego limpio a la China de Mao y se dialogase con ella, y más adelante cuando trató de proveer elementos de comprensión para la situación de la Cuba revolucionaria, tuvo que aguantar los ataques despiadados de aquellos que habían hecho del anticomunismo su nuevo ídolo, como él mismo denunció. En este punto estaba en la noble sucesión de tantos verdaderos misioneros que se hicieron intérpretes de realidades extranjeras para su propio pueblo, manteniendo así una autocrítica profética aun a costa del rechazo y la incomprensión.



    He leído que en 1954 escribió un documento llamado 'Una carta a los presbiterianos', una declaración que fue publicada en el periódico The New York Times; y que era una llamada a la Iglesia Presbiteriana para que cumpliera su misión profética. En la Carta aseveraba que hay un orden de Dios que está sobre todos los regímenes de los hombres y que solo a Dios le debemos nuestra lealtad.



    Escobar también nos habla de Un sentido de la historia y la estrategia. La perspectiva de Mackay estaba iluminada por esa profunda conciencia de momentos y movimientos decisivos, nos dice, y que sólo es posible comprender dentro del marco del kairos divino en la historia. Su visión estratégica se nutría de esta percepción singular. Cuando llegó al Perú se dio cuenta que la inquietud de los estudiantes universitarios era un signo de los tiempos, la señal de que emergía un nuevo momento histórico en el cual los jóvenes iban a ser figuras protagónicas.



    El marasmo de un orden feudal agonizante iba a ser sacudido por una generación influenciada por el socialismo y el anarquismo. En la búsqueda de justicia en que esta juventud estaba embarcada, Mackay detectó una búsqueda espiritual más profunda, y quiso conectar con ella su acción misionera, por medio de un evangelismo creador.



    Sus próximas transiciones hacia la administración misionera y la educación teológica fueron también mudanzas estratégicas. Vio lo oportuno que era trabajar para dar un sentido renovado de misión y comunidad a la tarea teológica en su Alma Mater. Quiso corregir lo que describió como 'la raíz de la debilidad del cristianismo popular de los Estados Unidos... es decir, su carácter no-teológico, su virtual desdén por la teología, su preocupación suprema y exclusiva con las así llamadas cuestiones prácticas'.



    Años más tarde explicó como la creación de la revista Theology Today, los esfuerzos por construir nuevas instalaciones y aun el horario de las comidas en su hogar de Presidente del Seminario, habían estado determinados dentro del marco de esa visión estratégica. Los escritos de Mackay acerca de la Segunda Guerra Mundial, en la década del cuarenta, y contra la guerra de Vietnam, dos décadas más tarde, brotaron también de este sentido estratégico del momento histórico.



    Se refiere Escobar a Una postura evangélica y contextual. Dice que la nota Evangélica era clara y definida en la práctica misionera y la teología de Mackay. Tenía de hecho una perspectiva protestante, pero observaba con gran preocupación el crecimiento de lo que él llamaba 'nominalismo religioso e ignorancia teológica', que se habían vuelto característicos de las tradiciones protestante, católica y ortodoxa, en las cuales 'las apariencias habían reemplazado a la realidad'.



    Por otra parte para él 'hay que recalcar que el protestantismo todavía no ha alcanzado su mayoría de edad religiosa, ni ha cumplido a plenitud su misión histórica. Está todavía en proceso de llegar a ser; su momento óptimo no está atrás sino en el futuro'.



    Al expresarse en los grandes encuentros ecuménicos, desde el trasfondo de su inmersión encarnacional en la realidad latinoamericana, Mackay abrió el camino para el reconocimiento del derecho que tenía el protestantismo a existir como minoría religiosa en países nominalmente católicos. Cuando pasó a vivir en Norteamérica continuó siendo un defensor de ese tipo de presencia evangélica en América Latina y Europa Latina.



    Su visión ecuménica estaba abierta a los nuevos desarrollos que se daban en el catolicismo romano, pero también firme en la convicción de que la Iglesia Católica Romana sostenía presupuestos eclesiológicos que resultaban inaceptables, y que 'ninguna postura condescendiente o evasiva' debería ocultar las diferencias.



    También habla Escobar de Un ecumenismo misionero. Para Mackay era muy significativo el hecho de que en nuestro siglo nos toca vivir en 'la era ecuménica'. Ello lo impulsó a invertir tiempo y energías en las grandes conferencias ecuménicas, muchos de cuyos documentos reflejan la mano y el estilo de Mackay. Desde 1948 mantuvo su insistencia en la necesidad de que el ecumenismo permaneciese fiel a la visión misionera, porque las raíces del movimiento ecuménico eran precisamente misioneras.



    En su discurso programático de Amsterdam en 1948, dijo que 'La comunión evangelística en el campo misionero precedió a la comunión eclesiástica en el santuario de nuestros países de origen. Las iglesias cristianas que tomaron en serio su obligación misionera y cruzaron las fronteras de las tierras no-cristianas empezaron también a trascender las barreras que los habían dividido en sus propios países de origen'. Mackay lamentó mucho la tendencia a convertir la unidad institucional y estructural en el ideal ecuménico, a expensas del fervor misionero...



    Concluye Escobar señalando que la teología y el estilo misionero de Mackay son un legado que tiene pertinencia sin igual en la situación contemporánea. Su crítica del cristianismo nominal, y su insistente llamado a la conversión y a seguir a Jesucristo en el camino señalan lógicamente al tipo de evangelización integral del cual nace una fe que tiene poder para transformar la sociedad.



    Su sentido de la historia informado por categorías bíblicas le dio una visión clara e inteligente del poder demónico de algunos aspectos de la ideología marxista, que conducían a regímenes totalitarios. Esto constituye un correctivo válido para la aceptación ingenua de la lectura marxista de la historia que caracteriza a ciertas teologías de la liberación. Ello resulta especialmente pertinente hoy en día frente al colapso de la teoría y la práctica marxista en Europa.



    Pero es igualmente pertinente la insistencia de Mackay en la demanda bíblica y la validez moral de la lucha por la justicia. Su epistemología, arraigada en los énfasis bíblico y reformado de la obediencia a la verdad, coincidiría con la insistencia contemporánea sobre la 'praxis'. Sin embargo, él mismo preferiría el término 'obediencia', no como iniciativa o hazaña humana, sino como respuesta a la iniciativa de Dios en Jesucristo.



    La manera en que Mackay leía la herencia protestante tiene mucho que decir a la Norteamérica actual, en vista del estado de ánimo derrotista que parece subyacer a la falta de presencia y mensaje de los protestantes en los grandes debates de la vida nacional. Sus críticas son también muy apropiadas frente al ecumenismo decadente que ha perdido sentido de misión en los Estados Unidos.



    Las profundas raíces teológicas de la misiología de Mackay, aparejadas con el fuego de su celo evangélico, podrían ser uno de los correctivos necesarios para la superficialidad teológica de las tendencias gerenciales que están corrompiendo la empresa misionera evangélica hoy en día. En uno de sus últimos escritos él decía que: 'la necesidad suprema de la Iglesia en nuestro tiempo es la de hombres y mujeres nuevos, personas entregadas a Jesucristo y a los valores eternos de la fe de la Iglesia, que al mismo tiempo estén dedicados a cooperar con otros hermanos y hermanas cristianos en el esfuerzo por demostrar la significación de esos valores para el día presente'.



    Termina Escobar afirmando que Juan A. Mackay fue una de esas personas.



    Yo me quedo con ese llamado de Mackay a 'dejar el balcón por el camino'. La suya era la Teología del camino, la Teología del compromiso: cristocéntrica, ecuménica y misionera. Resalto también su afirmación de que 'la misión de la Iglesia esencialmente es ser una comunidad misionera para así vivir en las fronteras de la vida en todas las sociedades y en todas las épocas. La meta de la Iglesia es llevar a cabo el propósito de Dios en Cristo para la humanidad...'.



    Ese Mackay que se preocupaba por entender las preguntas que la cultura hace a la religión. Y que dijo que 'la teología, los teólogos y los seminarios teológicos tienen que ser misioneros. No tiene hoy la Iglesia cristiana una tarea más importante que la teológica. La mente tiene que estar iluminada y sus corazones encendidos'...



    Paul H. Lehman dijo que 'Mackay canalizó su celo evangélico de proclamar el Evangelio por el mundo, por medio de una profunda pasión por la justicia social y lo hizo sin perder la perspectiva evangélica'.



    Concluimos el Capítulo II del libro De la Teología a la Misión. En la próxima entrega nos introduciremos en el Capítulo III.


     

     


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    COMENTARIOS

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    Protestantólogo
    29/11/2016
    13:41 h
    2
     
    Siendo adolescente leí: 'El sentido presbiteriano de la vida', me impactó la profundidad, vivacidad, certeza, estilo, sin embargo estimo que Mackay se equivocó en dos aspectos: 1. Estimar al ecumenismo “real” como proyección del consenso misionero (¿qué queda del animus misionero al interior del CMI , aparte de la “misión integral”- un eufemismo- de los neoevangélicos?); 2: confundir y dar preeminencia a la JUSTICIA escritural en tanto justicia social, énfasis equívoco que ha pervertido mucho.
     

    Óscar Margenet Nadal
    29/11/2016
    11:21 h
    1
     
    Gracias Jaqueline, es bueno hacer todo lo posible por exponer el aporte del teólogo escocés-peruano John Mackay, de quien Samuel Escobar analizó y compartió la benéfica influencia que tuvo en iberoamérica (ver en P+D: Unamuno y Mackay, El otro Cristo español, abril de 2011). Cinco años después, al citar a Mackay en mi artículo (Perdón: ¿De qué ecumenismo hablamos? 26/07/16) compruebo que todavía hay quienes lo ven como comunista o neoliberal. ¿Cómo lo leerán? Bendiciones querida hermana.
     



     
     
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