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    Dormir con leones o no dormir por la conciencia

    Un estudio novelado del relato de Daniel 6:1-28

    AHONDAR Y DISCERNIR AUTOR Roberto Estévez 28 DE AGOSTO DE 2016 08:10 h
    Cuando Daniel aparece no hay evidencia de ningún daño. Daniel con todo respeto saluda al Emperador.

    Las tardes eran muy calurosas y una pequeña brisa del río era un gran alivio. Las casas con las ventanas abiertas trataban de combatir ese calor insoportable.



    En aquella mansión vivía un anciano de 80 años. Era muy respetado en la comunidad. Tenía un cargo de ministro en el gobierno del imperio. También lo había sido durante las administraciones anteriores. Había pasado muchos años en la corte y era muy respetado por el mismo Emperador.



    Aquella noche en otra parte de la ciudad se reunieron en secreto altos dignatarios del gobierno. Su propósito era como sacarse de encima a tan influyente rival “político”. Es que aquel anciano les era un estorbo para sus planes. Sabían que era inteligente y prudente. Lo envidiaban porque el emperador lo apreciaba mucho. Si había una situación difícil él era siempre el que tenía la última palabra.



    - ¿Cómo podríamos hacer para eliminarlo? - dice uno de los conspiradores - No podemos matarlo pues si nos descubren estaremos perdidos.



    -El “cautivo de Judá” está encargado de un tercio del imperio – recuerda otro con voz grave - El rey está planeando ponerlo al frente de los 120 provincias en las que se divide el imperio. Lo quiere nombrar ministro de Economía , Finanzas, y otras carteras. ¡Es que ese hombre es un mago con los números y las finanzas! Si esto sucede estamos en peligro.



    Se levanta uno de los ministros de edad madura y toma la palabra:



    - Por los últimos meses yo he tratado de ver si ha sido negligente y no he podido encontrar ninguna falta. Cumple sus funciones con todo esmero.



    Otro se para y agrega:



    - Yo investigué si había hecho alguna cosa turbia, pero no; ¡este hombre no me gusta nada! Tengo que confesar que es un enemigo de la corrupción. No acepta propinas ni donativos. Rechaza los sobornos.



    Se levanta el más anciano y explica:



    - No hallaremos contra este Daniel ningún pretexto, a menos que algo aparezca en relación con la ley de su Dios. Sabemos que este “cautivo” es muy religioso y que ora a su “dios” tres veces por día. Tenemos que convencer al emperador que haga un edito que por el plazo de treinta días esté prohibido hacer una petición a cualquier dios u hombre con la excepción del rey. Digamos al rey que con este proyecto va a “consolidar su poder” en el imperio.



    Hay un completo acuerdo entre los ministros y gobernadores para promulgar el edito. Obviamente, Daniel ha quedado al margen de las conversaciones y la resolución. El rey se siente halagado por esta ley. No se da cuenta de la trampa. Esta legislación va a demostrar en todo el reino que solamente Darío puede proveer todo lo que el pueblo necesita. Va a poder exhibir su poder y magnanimidad.



    Unos días después la comitiva en pleno de los celosos conspiradores se acerca al rey para que firme el edito. Han esperado el momento oportuno. Daniel ha salido en un largo viaje y conviene aprovechar su ausencia. La pena para el que desobedezca es que será “echado en el foso de los leones”.



    Aquella mañana los sirvientes están muy preocupados. Se han enterado de la nueva orden que ha sido firmada por el rey. Los sirvientes discuten qué hacer. Ellos saben que su amo ora tres veces por día con las ventanas abiertas mirando hacia Jerusalén. ¿Será posible convencerlo de que no lo haga? Discuten las posibilidades entre ellos. Uno de los más jóvenes sugiere que se pongan cortinas obscuras en las ventanas para que nadie pueda ver.



    El más viejo de los sirvientes responde con una negativa. El sabe que Daniel no va a hacer eso. Otro sugiere que cambie la manera de hacer sus plegarias. Si ora caminando, sin arrodillarse, con voz bien baja y sin levantar los brazos, nadie se va a dar cuenta. Regresando Daniel del viaje es enterado del edito imperial. ¿Qué hacer en un caso así? Daniel no tiene dudas:



    - ¿Qué pretenden que haga? Yo he orado a mi SEÑOR durante toda mi vida. Yo hago intercesión por el remanente de Israel. Yo oro a Dios por los hebreos en Babilonia. Yo suplico a Dios por los que están dispersos. ¿Cómo podría dejar de orar por mi pueblo, para que se arrepientan de su apostasía y se tornen a Dios?



    - Mi amo, - dice uno de los sirvientes más viejos - todo lo que le ruego es que Ud. cierre la ventana y las cortinas y estoy seguro que Dios igual lo va a escuchar.



    - La ventana abierta hacia Jerusalén me hace acordar de la promesa de Dios – explica Daniel - No puedo cerrar esa ventana. Dios ha prometido oír en los cielos a los que le oran en dirección a la tierra…a la ciudad que ha elegido y al templo”(1 Rey. 8:48) ¡Que el SEÑOR me ayude para que esta ventana permanezca abierta. “Si me olvido de ti, oh Jerusalén, que mi mano derecha olvide su destreza. Mi lengua se peque a mi paladar, si no me acuerdo de ti, si no ensalzo a Jerusalén como principal motivo de mi alegría” (Sal.137:5,6).



    “Cuando Daniel supo que el documento estaba firmado, entró en su casa y con las ventanas de su cámara abiertas hacia Jerusalén se hincaba de rodillas tres veces al día. Y oraba y daba gracias a su Dios, como lo solía hacer antes” (v. 10).



    Qué fácil es para el creyente ceder un poco acá y otro poco allí en sus convicciones. Pero Daniel, de la misma manera que sesenta años atrás cuando se propuso en su corazón no contaminarse con la comida del rey (Dan.1:8) está también ahora decidido a ser fiel a su Dios aun hasta la muerte si es necesario (Apoc.2:10).



    A la mañana siguiente los criados despiertan a Daniel:



    - ¡Amo, toda la casa está rodeada de gente emboscada tras los árboles y casas vecinas! Son los sirvientes de los otros dos ministros. Están acechando para ver que va a hacer usted.



    -No se preocupen - les dice con tranquilidad el hombre de Dios - Yo sé lo que tengo que hacer.



    A la hora de costumbre, cuando los rayos del amanecer están pintando de rojo las paredes blancas de la casa de Daniel, se abren las ventanas. Los espías se acercan con sigilo. El profeta de Dios los ve pero no les presta atención. También reconoce entre las personas que se han reunido algunos de sus hermanos hebreos que están mirando para ver qué es lo que él va a hacer.



    El anciano se arrodilla y eleva a Dios una oración simple y hermosa. Las palabras fluyen de su boca con toda naturalidad. Alaba a su Dios por su grandeza y misericordia hacia nosotros. Pronuncia con naturalidad los Salmos donde la alabanza y la súplica se unen en una forma maravillosa. Mientras ora el rostro del anciano parecería que se va transformando. Su faz expresa una paz y un gozo indecibles. Le da gracias a Dios por su fidelidad y su gracia hacia él durante toda su vida. Le adora y reconoce que Dios está sentado en el trono.



    Quizás termina con palabras tales como: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por eso no temeremos aunque la tierra tiemble, aunque los montes se derrumben en el corazón del mar… Jehovah de los Ejércitos está con nosotros” (Sal.46:1,2,11). Pasan las horas y los espías siguen escondidos creyendo que nadie los ve. Al mediodía y a la tarde Daniel ora a Dios con toda tranquilidad.



    Los conspiradores con sus testigos corren al palacio real. Allí acusan al varón de Dios. No lo llaman de “Señor Ministro” como correspondería. Se refieren a él para denigrarlo con el apelativo “Daniel, uno de los cautivos de Judá”. El rey se da cuenta de la celada y trata de salvar a su ministro. Los pérfidos con su astucia apelan a la ley “de los medos y persas, que ningún edicto o decreto que el rey pone en vigencia puede ser cambiado”.



    Daniel es traído delante del rey y no trata de defenderse. Ni siquiera reprocha a sus acusadores que son nada menos que sus colegas, los ministros de Estado (I Pe.2:23). Él sabe que tiene su Defensor en los Cielos. El Emperador con tristeza dice:



    - ¡Tu Dios, a quien tú continuamente rindes culto, él te libre!



    El monarca lo ve todo perdido. Quiere confiar que ese Dios al que Daniel sirve pueda hacer un milagro y librarlo. Pero le es difícil creerlo. Los verdugos se acercan al anciano. Daniel está con una calma perfecta. La misma que setecientos años después Esteban va a tener cuando va a ser apedreado (Hech. 7:56,57). Lo llevan a la parte de atrás del palacio donde a unos pocos cientos de metros está el temido foso.



    La puerta superior del pozo de los leones se abre. Es una pequeña trampa. Al sentir el ruido de los hombres tratando de abrir la reja los leones se agitan. Ellos reconocen ese ruido: es señal de que les ha llegado la comida. Un rugido estremecedor se escucha. Uno a uno los leones hacen sentir su presencia como diciendo “A mí nadie me va a sacar mi comida ”.



    Finalmente la reja se abre. Un olor nauseabundo sale de ese lugar que casi nunca se limpia. El foso de los leones no tenía el perfume de un jardín de rosas. Allí abajo las fieras están inquietas preparándose para el festín. El cuerpo del varón de Dios es tirado cual si fuera una bolsa de papas. Los verdugos rápidamente cierran la pesada reja de hierro. Esto lo han hecho muchas veces.



    Esta vez les ha sido muy fácil. Casi siempre han tenido que atar a las víctimas quienes han luchado hasta el último momento agitando sus brazos y piernas y gritando con todas las fuerzas desde insultos a pedidos de gracia. Daniel les ha dicho que no lo aten. Esta vez es muy distinto. No hay pataleo ni puntapiés ni puñetazos. Una pesada piedra se pone “sobre la entrada del foso, la cual el rey selló con su anillo y con el anillo de sus nobles” (v.17 comp. Mat.27:66). Uno de los “ejecutores de la justicia” al volver comenta con otro:



    - ¿Te diste cuenta que el anciano ni siquiera gritó cuando se lo comieron los leones?



    - ¡Ja, ja, ja! – rió el otro despiadado - Tenía tanto miedo que ni siquiera pudo abrir la boca para decir: ¡Ay!



    - ¡Pero que raro! Hoy los leones no se pelearon por la comida. ¡A veces se “arma” cada pelea entre ellos…!



    El sol se pone lentamente sobre el horizonte de la ciudad. El emperador trata de seguir su rutina pero no puede. Le traen la cena en esas bandejas repletas de manjares dignos de su realeza.



    - ¡No tengo apetito! - dice el monarca.



    - Mi Majestad, mire esta fuente, Esta es la comida que a Ud. tanto le gusta.



    El aroma es exquisito pero el rey ha perdido el apetito. Vienen luego los músicos y los danzarines pero el soberano no tiene humor para escuchar esos ritmos sensuales. Esa noche, en esa cama repleta de mantas lujosas el rey no puede dormir. - ¿Cómo es posible - se pregunta -, que este hombre enterado del decreto siguiese dispuesto a servir a su “dios” a costo de su propia vida? (Hech. 20:24) ¿De donde saca esa fuerza para ser fiel a su divinidad? ¿Cómo puede tener esa convicción tan firme? ¿Y si el Dios de Daniel fuera real?



    Se recuesta sobre un lado, se da vuelta, trata de dormir y no puede. La visión de ese ministro de estado que le ha sido fiel le atormenta. Es que Darío se considera a sí mismo un hombre justo y recto. Pero este caso le ha demostrado que él no ha tenido la sabiduría y valentía para salvar a su siervo de la trama de los enemigos.



    A unos cientos de metros de la habitación real hay un hombre descansando en el foso de los leones. Está durmiendo plácidamente “Porque a su amado dará el SEÑOR el sueño”. Cuando los hombres lo tiraron en el foso y cerraron la puerta con el sello lo que sucedió fue muy interesante. Lo arrojaron brutalmente para que su cuerpo se estrellara contra el suelo.



    Pero de una manera inexplicable para nosotros aunque lo “arrojaron de cabeza” el cuerpo de Daniel se da una media vuelta en el aire como si fuera un hábil acróbata. En vez de golpearse el cráneo sus pies se depositaron suavemente sobre el suelo. En el mismo momento en que esto sucede los atroces rugidos cesan y se hace un completo silencio.



    Es muy probable que hasta el olor repugnante ha desaparecido. Por la poca luz que entra por la trampa del techo se pueden ver las siluetas de los animales hambrientos. Pero lo increíble es que están como paralizados. Es como si un indio del Amazonas les hubiera clavado una flecha con curare. Las felinas fauces abiertas al máximo se cierran y quedan como si les hubiera puesto un candado de acero.



    Los cuerpos paralizados de las feroces bestias caen al suelo en un sueño profundo. Daniel no está igual de petrificado porque sabe que su Dios le puede librar de la misma manera que lo hizo con los tres jóvenes en el horno de fuego (2 Tim. 4:17).



    Allí, entre él y las fieras hay un ser angelical. Es nada menos que un Ángel enviado por el SEÑOR. Ignoramos si hubo una conversación. “El ángel de Jehovah acampa en derredor de los que lo temen, y los libra” (Sal.34:7). Al tiempo acostumbrado Daniel ora al SEÑOR, y luego se acurruca en un rincón y queda profundamente dormido.(Hech.12:6)



    Temprano de mañana - “al rayar el alba” -, el rey abandona el palacio y se dirige al temido foso de los leones. Camina “apresuradamente”, como si un segundo más o menos fuera a hacer una diferencia en el resultado. Parece absurdo hacer el viaje. Jamás alguien ha sobrevivido a algo así. ¡Pero qué, si acaso el Dios de Daniel fuera real! En la penumbra de la aurora llega al lugar. - Es extraño - se dice - no se escucha ningún ruido, ¡nada! ¡Esto es inaudito! Los leones hoy parecen tranquilos.



    Darío no era un hombre sentimental. Era un emperador que sabía que los sentimientos pueden ser peligrosos para alguien en su posición. Al hablar, el tono de su voz mostrará la tristeza de su alma. Esto era rarísimo para el soberano:



    - ¡Oh Daniel, siervo del Dios viviente! Tu Dios, a quien tú continuamente rindes culto, ¿te ha podido librar de los leones?



    La escena parece ridícula. Humanamente hablando, no había posibilidad que Daniel estuviera vivo. En el pasado algunos habían tratado de defenderse pero el resultado siempre era el mismo. Las crueles fieras ganaban.



    Daniel no dijo: - ¡Chissss! ¡No despierte las fieras! No puedo hablar porque estoy muerto de miedo.



    Transcurren unos segundos que para el rey se le hace demasiado largo. La voz del hombre de Dios se escucha. Es una voz clara, tranquila y fuerte. A diferencia de la del monarca no denota tristeza sino total firmeza:



    - ¡Oh rey, para siempre vivas! Mi Dios envió a su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño; porque delante de él he sido hallado inocente. Tampoco delante de ti, oh rey, he hecho nada malo.



    La triste cara del emperador se ha transformado en pocos segundos. Una gran sonrisa inunda su rostro.



    El rey manda s sus sirvientes que abran la puerta del foso. Los sellos se rompen. La piedra se mueve. Aquella esperanza que para Darío le era tan remota, ha acontecido. Daniel está vivo. “Entonces el rey se alegró en gran manera a causa de él y mandó que sacaran a Daniel del foso… y ninguna lesión se halló en él, porque había confiado en su Dios” (v. 23). Tan pronto como el profeta pone sus dos pies fuera del pozo, unos escalofriantes sonidos se escuchan. Al unísono todos los leones comienzan a rugir.



    Cuando Daniel aparece no hay evidencia de ningún daño. No hay rasguño. Daniel con todo respeto saluda al Emperador.



    El monarca ahora le pide a Daniel que le explique algo más de su Dios. El profeta lo hace y le habla sobre Jehovah de los Ejércitos. Le dice que no tiene principio pues “es desde la eternidad”. Le expresa que no es un dios muerto sino que es el Dios viviente. Le explica del reino eternal de Dios. Le habla de Aquel que es el creador del universo. De aquel que está sentado en el Trono en los Cielos.



    Le enseña que EL SEÑOR salva y libra. El Emperador lo ha visto con sus propios ojos.



    “Luego el rey dio la orden, y trajeron a aquellos hombres que habían acusado a Daniel. Los echaron al foso de los leones, a ellos, a sus hijos y a sus mujeres. Y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando los leones se apoderaron de ellos y trituraron todos sus huesos.” (nota 3) “El justo es librado de la desgracia, pero el impío llega al lugar que le corresponde” (Prov. 11:8).



    El emperador se da cuenta que el Dios de Daniel es real y puede lograr lo que ninguno de sus dioses pueden. Percibe como ha sido engañado por sus ministros. Envía un edito a todo el imperio que dice: “De parte mía es dada la orden de que en todo el dominio de mi reino tiemblen y teman delante del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente, que permanece por la eternidad. Su reino es un reino que no será destruido y su dominio dura hasta el fin. El salva y libra; él hace señales y milagros en el cielo y en la tierra”.



    El varón de Dios vuelve a su casa. Allí la ventana ha quedado abierta desde que salió. Sus criados lo reciben con lágrimas en los ojos. Daniel se acerca a esa misma ventana, se arrodilla y ora a su Dios.



     



    Notas



    Como resultado de esta prueba Daniel es incluido en el capítulo de los héroes de la fe (Hebreos 11:33). Tiene una visión de la magnificencia de Dios y de la exaltación del Hijo del Hombre - el Señor Jesucristo - en gloria (Cap. 7:13,14).



    Asimismo es un modelo a los otros hebreos de la importancia de la fidelidad al SEÑOR . Es un ejemplo a la sociedad y al mismo emperador.



    Una de sus profecías va a ser mencionada por el mismo Señor Jesús (Mat. 24:15 y Mar. 13:14).



    Hay muchas similitudes y diferencias entre Daniel en el foso y Jesucristo antes y después de la cruz:



     



    Daniel:




    • El rey se esforzó por librarlo (Dan.6:14)

    • Fue condenado

    • Estuvo cerca de la muerte

    • No se defendió de sus acusadores

    • Se puso una piedra a la entrada del foso

    • Se puso un sello a la entrada

    • Un ángel lo socorrió

    • Salió del foso sin lesiones

    • Salió triunfante

    • Fue engrandecido



    Jesús:




    • Pilato “procuraba soltarle”(Juan 19:12)

    • Fue condenado

    • Fue muerto

    • No se defendió de sus acusadores

    • Una piedra a la entrada de la tumba

    • Se puso un sello en la tumba (Mat.27:66)

    • Un ángel lo fortaleció (Lucas.22:43)

    • Salió de la tumba con las cicatrices, los clavos y la lanza.

    • Salió triunfante

    • Fue ensalzado después de la resurrección.



    El castigo de los enemigos de Daniel es sin duda muy severo. El emperador actúa de acuerdo a los principios paganos de esa época. En el Antiguo Testamento específicamente se prohíbe castigar a los hijos por los delitos de los padres (Deut.24:16)



    Algunos opinan que la costumbre de matar al resto de la familia era para impedir que los familiares se vengaran. Esta práctica tan cruel se ejerció hasta el siglo pasado en varias partes del mundo.



    En esta narración hay varios hechos que los podemos considerar milagrosos:



    1) Daniel no se lastimó al ser arrojado desde cierta altura a lo profundo del pozo.



    2) Los leones no actuaron con Daniel conforme a su naturaleza como después lo harán.



    3) El ángel del Señor estuvo presente.



    Las sugerencias que siguen son probables pero no tenemos certeza:



    1 - Que fuese el Ángel del Señor quien lo recibió al ser echado.



    2 – Que fue neutralizado el insoportable olor del pozo.



    Es probable que el Señor actuara específicamente para que ese hedor desapareciera o no afectara a Daniel. De lo contrario tenemos que admitir que la experiencia de Daniel en el foso fue espantosa aunque pudo salvar su vida.



    Cuando los tres jóvenes hebreos fueron rescatados del horno de fuego no hubo olor a humo en ellos. De la misma manera suponemos que cuando salió Lázaro de la tumba no había olor en él ni en su mortaja, lo que no hubiera soportado ningún judío al desatarle para dejarle ir (Juan 11:44).



    Si interpretamos literalmente la frase “no habían llegado al fondo ...y los leones trituraron todos sus huesos” tenemos que admitir que esto también es un hecho sobrenatural.



    Alguien se preguntará: - ¿Qué hubiera pasado si los leones hubieran “ganado”?



    La mayoría de las profecías de Daniel y sus interpretaciones probablemente fueron escritas después de este acontecimiento. La famosa profecía de las “setenta semanas” no había sido dada todavía (Dan. 9:22 - 27)



    Dios tiene un plan perfecto y Él sigue en su Trono.



     



    Ideas para estudio o predicación:



    El tema de los leones en las Escrituras es interesante.



    David y el león del entrenamiento (I Sam.17:34). El león que ejecuta el juicio al profeta desobediente (I.Rey. 13:24). El león durante la nevada (ICro.11:22). El león de Amoz (Amós 5:19). El león del cual fue librado Pablo (2 Tim.4:17. El león que menciona Pedro (IPed.5:8). El león de la tribu de Judá( Apoc.5:5)



    La importancia de mantener las convicciones espirituales.



    La fidelidad de Dios en nuestras pruebas.



     



    Preguntas:



    ¿Cuántas de las características del carácter de Daniel tengo yo? (cap. 6:3 y 4)



    ¿Estamos dispuestos a ser fieles a Dios en medio de la oposición y el peligro?



    ¿Cuáles son los resultados positivos de esa prueba?



    ¿Puede el creyente de hoy ser vencedor en las pruebas y dificultades? (Jud.24)



     



    Del libro CUANDO DIOS HACE MARAVILLAS Autor: Dr. Roberto Estévez Publicado por Editorial Mundo Hispano ... Casa Bautista de Publicaciones


     

     


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