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El poder transformador de la palabra XXXIV

Dios no se olvida de los huérfanos, de las viudas ni de los extranjeros. Y Jean Carlo llegó a Turmanyé, palabra quechua que en español significa arcoiris, el símbolo de la esperanza.

MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 26 DE JUNIO DE 2016 12:20 h
jean carlo turmanye Jean Carlo junto a sus hermanos y mamás de la Casa-Hogar Turmanyé, en el año 2011./ J. Alencar

Continúo leyendo a Timothy Keller y sigo retada a volver a reencontrarme con aquello que dije, escribí, hice. La semana pasada recordé a tantos que a través de su palabra y acción me fueron afianzando más en esa base bíblica que tenemos tan a la mano pero que a veces leemos con las gafas equivocadas. Si nada sucede por casualidad, de alguna manera tiene sentido que todo haya cambiado para tener que hacer lo mismo pero de otra manera, como Abraham, que por fe estuvo dispuesto a dar a su propio hijo en obediencia a Dios; se le pidió todo para después devolvérselo, "pero de otra manera".  



Aprovecho para agradecer a todos los que han puesto su granito de arena para ir llenando mi aljaba de pautas para no olvidarme del pobre y del menesteroso, y más aún de los que no me son cercanos; cada uno tiene su cometido. He absorbido teoría pero también praxis. Porque después pude ver de cerca el trabajo con niños que no tienen el privilegio de haber nacido con "un pan bajo el brazo". Fue gracias a una invitación del equipo de Alianza Solidaria, brazo social de la Alianza Evangélica Española, que pude viajar a Perú (pagando mi billete, por si acaso), concretamente a la ciudad de Huaraz, para sentir que valía la pena hablar y pedir por ellos. 



Recuerdo este viaje porque en estos días nos ha llegado la triste noticia de que uno de esos niños, ahora un joven de 19 años, que se encontraban en situación de abandono u orfandad, o habían sufrido maltrato, partió con el Señor. Se llamaba Jean Carlo. Más información sobre esta noticia aquí, en la web de Alianza Solidaria.



Imediatamente pensé: qué hubiera sido de este niño si no se le acogía en la Casa-Hogar Turmanyé, de la cual digo que no es la panacea, ni tiene grandes infraestructuras; donde todo es sencillo pero algo que no falta es el amor. Pues este niño, que partió con 19 años, sufría múltiples patologías, era totalmente dependiente. Gracias a Dios, a Alianza Solidaria, y a muchos granitos de arena de iglesias, y de tantos de vosotros, pudo tener casa, una gran familia, una silla de ruedas, terapia, y, sobre todo, el amor de Dios materializado en las personas de la Asociación Turmanyé; eso no tiene precio. Pudo disfrutar de una vida digna en el aquí y en el ahora. Porque el reino de Dios ya está aquí, se nos ha acercado, como dijo Jesús.  



Se puede pensar que otros podrían haber hecho lo mismo por él, pero digo que no. Seguro que en ese momento el Estado no podía hacerse cargo de alguien totalmente dependiente,  y seguro que los de su entorno tampoco. Pero Dios no se olvida de los huérfanos, de las viudas ni de los extranjeros. Y Jean Carlo llegó a Turmanyé, palabra quechua que en español significa arcoiris, el símbolo de la esperanza. Y es Esperanza lo que deseamos llevar a esos niños.



Cuando llegué a Huaraz por vez primera en el año 2011, escribí:



"[...] He escuchado muchas historias en poco tiempo: niños y adolescentes que antes de llegar a la asociación trabajaban por las calles vendiendo chicles hasta las tres de la madrugada, con tan sólo cuatro años. Sientes en tu propio cuerpo las palizas que les propinaban si no llegaban con una cierta cantidad de “platita”, como se dice por acá. Insultos y otros actos denigrantes bajaron su autoestima. “Pensaba que no valía nada”, me dijo una chica que es maravillosa y tiene grandes planes de futuro. Planes que no cotizan en bolsa, pero tienen validez eterna. Muchos son ahora instrumentos de restauración de otros. Me encantó ver que los niños están bien atendidos: físicamente, emocionalmente y espiritualmente. María Jesús Hernández, la directora de Turmanyé, Eli Stunt (actual directora), Mayte de Barcelona, Susana, Sara, Gloria y otros son los responsables. Asociados con Dios, claro. Sí, hermanos y amigos, el cambio es posible. En niños que se prostituyen o que están enganchados a las drogas; en niños que han perdido la autoestima, que carecen de los mínimos derechos. Y tú y yo somos su tabla de salvación. Podemos cambiar la vida de Angy, de Nicol, de Luz Clarita, de Isaac… Me pregunto: ¿Qué haría Cristo en nuestro lugar? Vivimos planificándolo todo. El futuro nos obsesiona, pero no el del más allá sino el del más acá. Y no digo que no deba preocuparnos, sólo que no nos afanemos y compartamos. Compartamos, que a su tiempo recibiremos. Podremos decir: Señor, yo soy el que te dio de comer y te amó cuando lo hice por uno de estos más pequeños. Pienso en el gobierno que lleva el timón en este país de 30 millones de habitantes, donde dentro de poco estrenarán nuevo presidente, por lo que están enfrascados en una pugna electoralista. Pregunto: ¿formarán parte los más desfavorecidos de sus proyectos más relevantes? Creo que tendremos más de lo mismo. Pero también creo en un Dios de los imposibles quien es el que tiene el control. ¿Nos lo creemos?...". (Fragmento de "Impresiones de Huaraz").

 Sí, esta semana hemos recibido dos tristes noticias, pero sabemos también que tenemos Esperanza, esa que nos hace ver la muerte como un puente, que da paso de una vida hacia otra vida. Hemos despedido al hermano José M. Martínez, a quien me hubiera gustado conocer personalmente. Tuve el privilegio de entrevistarlo cuando le concedieron el Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica, junto a José Grau y Pablo Martínez, a través de su gentil hijo, el psiquiatra y escritor Pablo Martínez, lo cual me hizo valorar la gran nube de testigos que tenemos y hemos tenido en este país. Y en estos días desempolvé una revista donde se encuentra un artículo suyo que mucho me ha sido de utilidad. Llevaba por título: "El poder de la Resurrección. Fuente de aliento para la vida diaria", escrito para la revista Nuestra Labor, publicada el año 2005 por la UMMBE (pág. 12), y que desde Jerez de la Frontera me había enviado una amiga brasileña, Ana María Lemos, a quien había conocido en Bolivia en el año 1974 cuando ella y su esposo pastoreaban una iglesia bautista. Cito el párrafo del artículo: "Cuando el temor a la muerte te deprima y debilite, o cuando te arrebate un ser querido, 'acuérdate...'. El Señor no solo venció a la muerte, sino que, con su triunfo sobre ella, puede 'librar a todos los que por el temor a la muerte están toda la vida sujetos a servidumbre' (He. 2.14-15). Cuando somos conscientes de estas realidades, podemos mirar a nuestro fallecimiento o al de nuestros deudos y amigos con serenidad, sin miedos recónditos o frías incertidumbres. Nuestra fe descansa en la promesa de Aquel que dijo: 'Yo soy la Resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá' (Jn. 11.25). Tener a Cristo es tener la vida [...] ¡Acuérdate!".



 



Hace dos semanas cité nuevamente su libro "La España evangélica ayer y hoy", editado por Publicaciones Andamio y la Editorial CLIE; ya sé que tiene otros muy valiosos, pero he aquí que este me toca profundamente, porque me ha retado a tener memoria histórica. A ver hacia atrás. A veces nos disgusta el mirar el pasado, pero creo que es importante hacerlo para tener un presente más fuerte. Dice en su prólogo: "[...] Más de una vez he tenido la impresión  de que algunos creyentes ven su propia congregación y el templo en que se reúnen como si estos hubiesen descendido del cielo pocos días antes de que en su seno conocieran ellos el Evangelio. Poco o nada saben de sus antecedentes históricos. No tienen ni la menor idea de la sangre, el sudor y las lágrimas que regaron el testimonio de nuestros antepasados en la fe. Lo más deplorable de esta ignorancia es que a menudo engendra inhibición en cuanto al compromiso abnegado que la fe demanda. Para acabar con tal inhibición el conocimiento de las raíces puede ser de inestimable valor. De ahí la necesidad de un libro que, dentro de unos límites razonables, informe sobre los orígenes y el desarrollo del movimiento evangélico en España [...]". Y cuánta razón tiene.



Y citaré otro pasaje retador que dice en la página 490 del capítulo XV, bajo el título "Perspectiva sociocultural": "La dimensión social de la misión ha de manifestarse en una acción de servicio de la Iglesia en favor de la sociedad, especialmente de los más afligidos y marginados. Una religiosidad que se desentienda del prójimo es una caricatura del cristianismo genuino...".



Puedo afirmar que todo lo que leemos o nos leen es como un alimento que va penetrando en nuestro organismo y se va procesando; y en ese proceso se va separando aquello de lo que necesitamos nutrirnos. Fue así que en el año 2011 pude escribir, en este medio, un texto que expresaba lo que me iba quedando de todo lo que había ido ingiriendo. Con sus fallos, pero así lo expresé:



 



SOBRE LA VIDA DEL CRISTIANO: UNAS IMPRESIONES



Me pregunto si, como cristianos, todavía nos falta claridad sobre nuestra misión aquí en la tierra, ésa que nos dejó Jesús, que va más allá de lo que es la evangelización, el ganar almas para Cristo. No es necesario buscar mucho en la Biblia para tener claro que debemos ser voces proféticas en nuestra generación. Ya lo dice Isaías 58: “¡Grita bien fuerte, grita sin miedo, alza la voz como una trompeta!... El ayuno que a mí me agrada es que liberen a los presos encadenados injustamente, es que liberen a los esclavos…; es que compartan el pan con los que tienen hambre, es que den refugio a los pobres, vistan a los que no tienen ropa, y ayuden a los demás. Los que ayunan así brillarán como la luz de la aurora, y sus heridas sanarán muy pronto. Delante de ellos irá la justicia y detrás de ellos, la protección de Dios…”. Ser la voz de los mudos; de los que no poseen un lugar privilegiado en esta sociedad en la que nos ha tocado vivir, con más de mil millones de hambrientos que son ignorados por la mayoría que vive de espaldas a sus necesidades. 



Nuestra sociedad propicia el laissez faire y el laissez passer social y económico. ¿Será que nosotros vamos por la misma senda? Si de verdad hemos entendido el mensaje de los evangelios, nada más recordar cómo inicia Jesús su ministerio público en la pequeña Nazaret, se nos abren los ojos del entendimiento. Y tenemos luz acerca del punto de partida de su proyecto, bajo estas líneas programáticas: “El espíritu de Dios está sobre mí, porque me eligió y me envió para dar buenas noticias a los pobres, para anunciar libertad a los prisioneros, para devolverles vista a los ciegos, para rescatar a los que son maltratados y para anunciar a todos que: ¡Éste es el tiempo que Dios eligió para darnos salvación!” (Lucas 4:18-19). Y Jesús dejó sentadas las bases de su misión, llevada a la práctica en el pasaje donde alimenta a una multitud de cinco mil personas con sólo unos pocos panes y peces. La lección dada a los discípulos es también para nosotros, hoy, en pleno siglo XXI. Les dice: “Siento compasión de toda esta gente. Ya han estado conmigo tres días y no tienen nada que comer. Algunos han venido desde muy lejos; si los mando a sus casas sin comer, pueden desmayarse en el camino” (Mr. 8:2-3). Les alimentó con su palabra, pero también se dio cuenta de que tenían necesidades físicas como el hambre, el cansancio… No hay duda, su Misión era y es integral. Nos habla de la importancia de preocuparnos no sólo por la salvación del alma, sino también de otros aspectos de la vida de las personas: la necesidad de afecto, de techo, de alimento, de dignidad, de salud física y mental… 



La persona transformada tendrá comunión con su Dios y con su prójimo, pues el cambio afecta a todo su ser. En este sentido, nuestra labor en beneficio de los más necesitados no se debe enfocar sólo en asegurar su provisión de pan y techo, sino de ocuparse también de su transformación en individuos que aman al prójimo y buscan la equidad y la paz. Y lo anterior va para nosotros también. Debemos estar seguros que cuidamos de nuestra salvación con temor y temblor, pero que al mismo tiempo está asegurado nuestro cambio radical en personas que unen la compasión a la proclamación. Dice Santiago: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarlo?”. Y, más aún, no debemos callar ante la falta de justicia social que impera en el mundo.



Estamos respaldados por la Palabra, ¿o es que tenemos que redescubrir a los pobres en ella? ¿Cómo debe ser entonces esa fe nuestra que decimos tener? Diría que auténtica, viva; una fe que actúa, dejando entrever en esta actuación el perfil de alguien que ha pasado por un proceso de transformación espiritual genuino, sin fisuras. Pues como dice Miqueas 6:8: “¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Porque tampoco debemos olvidar una máxima de invaluable fuerza para todo cristiano: “…el que oprime al pobre ofende a su creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Pr. 14:31). Ser justos, misericordiosos, ser humildes… Nos hablan de un actuar a favor del otro, como buenos samaritanos. Pero si rebuscamos, encontramos unos versos que completan lo dicho, contenidos en el mismo libro de Proverbios: “¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! ¡Levanta la voz, y hazles justicia! ¡Defiende a los pobres y necesitados!” (31:8-9). 



Busquemos ser portavoces en todos los ámbitos, tanto en nuestra ciudad, en nuestro barrio, en nuestra iglesia, en la calle como en otras latitudes. Entiendo contundente este mandato, por lo cual no tenemos excusa para desobedecer. Es un mandato del mismísimo Jesús. Con creces nos lo demostró obedeciendo las directrices de su Padre para cumplir Su plan; las siguió sumiso y sin protestar. Tenía tres años para ejecutarlo y no desperdició el tiempo, supo redimirlo. Y lo hizo con excelencia. 



Tú y yo podemos decir que tenemos muchas limitaciones para hacer algo por nuestro prójimo, que hay falta de oportunidades…, pero Dios no te pide más de lo que tienes, sino que hagas lo que puedas, como la mujer que ungió los pies de Jesús con perfume de nardo puro (Mr. 14:8). Eso es lo que se espera de nosotros, los que hemos sentido el llamado del Señor para ser la voz de los desechados por la sociedad de nuestro entorno o del último lugar de la tierra, de los que carecen de lo más elemental para todo ser humano. Y, especialmente, para los que no conocen el amor de Dios. Seamos sus voces para conmover e incentivar a que iglesia y sociedad contribuyan en la restauración integral de los más indefensos, transmitiéndoles una Bíblica verdad: “el que es generoso será bendecido, pues comparte su comida con los pobres”. Pero no olvidemos que para ser portavoces de cualquier causa debemos conocerla en profundidad, haberla oído, comido con ella, escuchado… Y ahí es donde se encuentra el cuello de botella que nos impide ser portavoces de unos menesterosos que no conocemos, que no nos inspiran confianza, que no nos dignamos a mirarlos. Porque no nos hemos atrevido a pasearnos por su medio, tal vez ¿para no contaminarnos y evitar conmovernos y/o comprometernos? Quizá no queremos tocar su lepra, coger el barro que puede hacerlos ver. Quizá tememos mancharnos con la impureza de un flujo que ya dura muchos años.



Y yo sigo oyendo la historia de Zaqueo o aquella otra sobre cómo Jesús llamó a sus discípulos. De cómo se sentaba a comer y a beber con los publicanos por encima de los comentarios de la prensa amarilla y rosa de la época. Pero parece que esas historias no pueden contextualizarse en nuestra sociedad, como si el hombre de ayer no fuese el mismo de hoy, y el mensaje de Jesús estuviera obsoleto. ¿Cómo vamos a llevarles las buenas nuevas de ese otro reino si no salimos de nuestras fronteras? Decirles que hay futuro prometedor, pero también hay presente gratificante acompañado de pan con abrazo. Entonces, sólo entonces, podremos hablar por ellos. Y sentiremos en nuestra piel su dolor, su hambre. Y nos conmoverán las llamadas de socorro. Y las de salvación. Y lloverán los “me gusta” en todos los medios, pues hoy escasean cuando se mencionan las palabras Hambre o Desigualdad. 



Nos asusta cuando Juan Simarro se escandaliza por la insensibilidad de algunos cristianos. Nos asusta Desafío Miqueas, esa campaña en favor de erradicar la pobreza a la mitad para el año 2015. No escuchamos a los hermanos que nos dicen que "juntos podemos" acercar el reino de Dios a los menos privilegiados en todo lugar. Nos asusta comprometer vida, pan y hacienda. Alguien lo entregó todo por amor a nosotros. ¿Seremos capaces de entregar un poquito de lo que no nos pertenece?


 

 


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