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    La marca del experto

    En presencia de un debate entre personas que parecen expertos, ¿cómo elegir entonces mi postura? ¿Cómo saber a quién escuchar?

    CIENCIA Y FE AUTOR Antoine Bret 21 DE NOVIEMBRE DE 2015 11:40 h
    cientifico experto

    Cambio climático, evolución, edad de la tierra, big bang, geocentrismo… Tantos asuntos que, cada uno en su propia medida, sacuden a menudo el mundo evangélico. Y sobre todo, tantos asuntos sobre los cuales uno puede leer cualquier cosa y su contrario desde fuera, o incluso dentro, del mundo cristiano. En presencia de un debate entre personas que parecen expertos, ¿cómo elegir entonces mi postura? ¿Cómo saber a quién escuchar?



    Anunciemos la conclusión de entrada: el auténtico experto pasa con éxito el examen de otros expertos. Mi médico puede decirme lo que le dé la gana, no tengo criterio para valorar. Pero si los demás médicos siempre le contradicen, pues, probablemente cambiaré de médico. Debo elegir al experto que tiene el respecto de los demás expertos. Desarrollemos el tema.



     



    ¿CÓMO SABER A QUIÉN ESCUCHAR?



    Si un biólogo me dice que hay pruebas de que todos los seres vivos tienen ancestros comunes, mientras otro mantiene lo contrario, ¿cómo elegir entre los dos? Sin un científico cuenta que hay un cambio climático mientras otro dice lo contrario, ¿qué debo pensar? El problema aquí es que solo puedo confiar en mi propio juicio hasta un cierto punto: escuchando al uno y al otro, pronto vendrá el momento donde no podré entender lo que dicen.



    Un experto me puede engañar fácilmente en asuntos que desconozco. Pero seguramente no podrá engañar a otros expertos tan fácilmente. Supongamos entonces que 99 ingenieros me dicen que no puedo cruzar un puente, mientras uno solo me asegura que sí. Sería muy arriesgado confiar en este único, ¿no? O si 99 médicos me dicen que tengo un cáncer mientras uno mantiene que no tengo nada, ¿en quién voy a depositar mi confianza?



    La verdad es que conscientemente o no, valoramos en estos casos el consenso entre expertos. No sé nada de puentes. Pero si 99 ingenieros dicen que no puedo cruzar y uno sí, pues no voy a cruzar. Y si después de haber discutido mucho, los 99 me aseguran que el “solitario” no es un rebelde que tiene razón en contra de todos, sino un fanfarrón que no sabe muy bien lo que dice, probablemente borraré este fanfarrón de mi lista de “expertos”.



    Tenemos una pista: no importa mi propia opinión sobre la tesis del experto, ya que no la entiendo. Lo que sí importa es lo que opinan los demás expertos. Pero ¿dónde debate esta gente? En un tipo de foro que no se ubicua en la televisión, ni en la radio, ni en los periódicos o la web. Este foro es el conjunto bastante desconocido de las denominadas revistas “revisadas por pares”.



     



    LAS REVISTAS REVISADAS POR PARES



    Supongamos que un biólogo llamado Juan piensa haber descubierto algo importante. Escribe un artículo y lo manda a una de estas revistas. Al recibir el artículo, el responsable de la revista que llamaremos el “editor” hará lo que hago yo cuando recibo una propuesta de artículo para Journal of Plasma Physics: mandarlo enseguida a dos especialistas, dos “pares”, expertos en el mismo tema.



    Estos dos biólogos sabrán de qué está hablando Juan. Sabrán si los aparatos que usó Juan para sus mediciones son de fiar para el problema en cuestión, o no. Sabrán si las conclusiones de Juan van en contra de resultados anteriores ya bien establecidos. Si fuera el caso, evaluarán los argumentos presentados en contra de dichos resultados anteriores. Cada uno escribirá luego un informe para el “editor”. Le indicara si, en su juicio: 1/ el articulo presenta resultados novedosos (en caso contrario, puede ser muy interesante, pero no es investigación), sí 2/ el trabajo presentado está exento de errores de método, razonamiento, cálculo… y si, 3/ el trabajo es importante, muy importante o más bien anodino.



    Según el contenido de los informes, el editor puede decidir publicar el artículo, rechazarlo, o devolverlo a Juan para que cambie cosas. En ese último caso, el manuscrito modificado volverá a los evaluadores. El ciclo “autor-evaluadores-editor-autor” puede repetirse varias veces hasta la publicación, o rechazo, del trabajo. En algunas ocasiones, si la opinión entre los expertos está dividida, es muy posible que el editor contacte a un tercero o más.



    A estas alturas, cabe destacar varios puntos importantes:




    • Juan no sabe quiénes son sus árbitros. De modo que incluso si es un catedrático muy potente con premio Nobel, sus evaluadores no tienen nada que temer al escribir un informe desfavorable.

    • Tales revistas existen en virtualmente cada campo del conocimiento humano. Biología, física, astronomía, matemáticas, medicina, arqueología, historia, geografía, sociología, administración de empresas… Y cada campo cuenta con decenas de ellas, que se publican en diversos países e idiomas (aunque el inglés es el más usado) y por diversas editoriales. La base de datos Web of Science indexa el contenido de casi 10.000. El principio es siempre el mismo: fomentar el progreso asegurándose que los artículos superan la prueba de lectura por unos expertos anónimos.

    • Los evaluadores prestarán más atención al método empleado, al razonamiento, que a las conclusiones. Por ser muy sorprendente, un resultado no tiene que ser falso. En física por ejemplo, unas partículas supuestamente más rápidas que la luz fueron objeto de varios artículos en este tipo de prensa en 2011. Resulta que había habido errores de medida. Pero no había ninguna razón para censurar este resultado experimental mientras dichos errores no se hubiesen descartado. Existen numerosos ejemplos de resultados que encontraron resistencia al principio, pero que terminaron aceptados porque estaban muy bien fundamentados (relatividad, mecánica cuántica, big bang, tectónica de placas…).

    • ¿Puede que se publiquen resultados erróneos? Claro que sí. En 2014 por ejemplo, se publicaron más de 3 millones de estos artículos. Es imposible que los millones de árbitros involucrados no hayan cometido ningún error de juicio. Pero los resultados erróneos no pasarán con éxito la prueba del tiempo. Si son importantes, otros repetirán el experimento, o los cálculos, o las observaciones, y se darán cuenta de los errores. Y si no son importantes, pues, todo el mundo los olvidará. Esta situación se ha dado en casos de gran interés como nuevos avances sospechosos en la clonación o la presunta detección de ondas gravitacionales, que en pocos meses fueron desmontadas por el esfuerzo combinado de la comunidad científica internacional.

    • ¿Existen casos de resultados muy importantes, y válidos, que NO fueron publicados en revistas revisadas por pares? Sí. Así mismo, la demostración matemática de la hipótesis de Poincaré (un enigma matemático centenario) se publicó en 2002-2003 en la web ArXiv, donde los artículos no pasan ninguna inspección antes de publicación. Eso sí, pronto los matemáticos expertos en el tema se dieron cuenta de la validez de la prueba, y premiaron a Grigori Perelman, su autor, con el equivalente del premio Nobel de matemáticas (lo rechazó).

    • Al mandar un artículo a estas revistas, nadie os pedirá un doctorado, un certificado de empleo en una universidad, ni nada de esto. A nadie le importa. Lo que importa es el contenido del artículo, nada más. Conozco varios ejemplos de autores que publicaron indicando su dirección personal como correo “profesional”, ya que no trabajaban para un organismo donde se investiga. El mismo Albert Einstein no fichaba en una universidad cuando publicó su artículo sobre la relatividad en 1905. Freeman Dyson, uno de los físicos más importante del siglo XX, no tiene doctorado (lo que no impidió que la universidad de Princeton le contratase en 1953).



    El procesador del ordenador que estoy usando empezó su “carrera” así. Las medicinas que usáis, igual. Los métodos usados para diseñar el avión que os lleva de vacaciones, lo mismo. En otros términos, allí se cocina el conocimiento.



     



    ¿CUÁL ES LA MARCA DEL EXPERTO?



    ¿Qué tienen en común Grigori Perelman, Albert Einstein, o los millones de autores de artículos publicados en revistas revisadas por pares? Todos sometieron, y someten, sus ideas al juicio de los que saben tanto como ellos en su campo de conocimiento.



    Puedo impresionar a mis amigos diciéndoles que “una perturbación en un plasma sin colisiones nunca se amortigua”. Pero cualquier físico de los plasmas sabe que es completamente falso. En cuanto a mí, estoy muy impresionado cuando leo el título del primer artículo de Perelman: “The entropy formula for the Ricci flow and its geometric applications”, porque francamente, ni lo entiendo. Hay que ser matemático y experto en los “Ricci flow”, para evaluar si se trata de una farsa o de lo que es de verdad: algo revolucionario.



    Si os cuento que existió Carlos V o que Nueva Zelanda está en los antípodas de España, no hace falta comprobar mi currículo, ya que cuento algo que cada uno sabe muy bien. Pero si de repente uso mi doctorado para dar crédito a tesis revolucionarias sobre la edad del universo, la evolución biológica o el cambio climático, tenéis que comprobar quien está hablando. Tenéis que aseguraros que llevo la marca del experto. Tenéis que preguntaros si consigo publicar mi tesis en revistas con revisión por pares. Que mis escritos en general, y la tesis incriminada en particular, sobrevive a la prueba de Proverbios 18.17:



    “Parece tener razón el primero que aboga por su causa; Pero viene su adversario [otro experto], y le descubre” (RV1977).


     

     


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    COMENTARIOS

        Si quieres comentar o

     

    Javier B
    23/11/2015
    18:48 h
    3
     
    Muy bueno! Gracias! Es impresionante la cantidad de cosas sin "la marca del experto" que andan dando vuelta en internet, y en nuestra cultura, y se aceptan solo porque nos parecen más bonitas de acuerdo a nuestra forma de ver el mundo o por ignorancia o costumbre. Espero que podamos ser humildes y objetivos nos guste o no la realidad, entendiendo que Dios tiene todo bajo su control.
     

    Apolos
    22/11/2015
    13:57 h
    1
     
    Si Copérnico, Galileo, Kepler, Darwin, etc. se hubieran sometido al consenso de la mayoría de los "expertos" de su época, muy probablemente sus teorías no habrían visto jamás la luz.
     
    Respondiendo a Apolos

    Antoine
    23/11/2015
    13:04 h
    2
     
    Tuvieron problemas sobre todo con la iglesia de su época, e incluso la de ahora. Dentro de los círculos científicos, sus ideas fueron debatidas y con el paso del tiempo, aceptadas. Un itinerario que también siguieron la relatividad, la mecánica cuántica, la tectónica de placas, etc. El consenso nunca viene de entrada. Lo que si viene de entrada, es el debate. El consenso científico sigue tarde o temprano cuando las observaciones no dejan de respaldar la nueva teoría.
     



     
     
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