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    Ángeles a los comandos de un corazón

    Ángeles moviéndose en silencio dentro de un cuarto. Pilotos expertos enviados por Dios para conducir a su ser amado a la Patria Celestial. Allá se fue Cire.

    EL ESCRIBIDOR AUTOR Eugenio Orellana 15 DE NOVIEMBRE DE 2014 23:05 h
    Cire con su nietita menor, Sophia, unas semanas antes de su partida. Lleva en su silla de ruedas el tanque de oxígeno al que se mantuvo conectada desde febrero. Con su mano en alto y su sonrisa parece decirnos «Hasta pronto».

    Nos encontrábamos en el Cuarto A3 de la ICU (Intensive Care Unit) del Hospital Bautista de Miami su esposo, tres de nuestros cuatro hijos (el mayor con su esposa venían viajando desde Costa Rica) y el personal médico. Doctores, enfermeras y técnicos atendiendo cada detalle. El instrumental funcionando bajo la atenta mirada de ojos expertos.



    Le cantamos varias veces Tu fidelidad qué grande es/ Tu fidelidad, incomparable es/ Nadie como Tú bendito Dios/ Grande es tu fidelidad. Oramos y la pusimos en los brazos amorosos de Dios. Se la entregamos a Él. El personal médico, que entraba y salía del cuarto, se movía como si estuvieran flotando en el aire: silencio absoluto. De pronto, Kenny, nuestro hijo menor, me puso el brazo sobre el hombro y me dijo: “Vamos, papi”; y a sus hermanas les dijo: “Quédense ustedes y hablen con la mamá”. Salimos. Se corrieron las cortinas y allí quedaron, mamá Cire y sus dos hijas, Laura y Vasthi. Nos imaginamos de lo que hablaron. No hemos pedido que nos cuenten en detalle el tema de su conversación. Lo sabemos. Después de unos minutos, volvimos al cuarto Kenny y yo. Los ojos de todos nosotros fijos en el monitor que registraba los signos vitales. Era como el altímetro de un aeroplano. La altura que registraba, en algún momento estuvo cerca del ideal: 130/70. Pero ahora, número a número, empezaba a descender. Ciento veinte. Ciento diecinueve. Ciento dieciocho… Ochenta. Setenta y nueve.



    Setenta y ocho… Cincuenta. Cincuenta y dos. Cincuenta y uno… Cuarenta…



    El corazón de Cire había sido el héroe de la jornada. Los demás órganos, habían caído derrotados por el Mal de Sjögren, aquel enemigo auto-inmune que —como el perro que le muerde la mano al que le da de comer— ataca al cuerpo que le da cobijo. Los pulmones ya no trabajaban; la respiración se mantenía gracias a un respirador externo. Hígado y páncreas, apenas cumplían. La sangre les llegaba por cuentagotas. Pero el corazón seguía trabajando a doble jornada.



    Y el monitor seguía marcando un descenso paulatino, gradual, tranquilo, previsible. Como un aeroplano en procura de su pista. Ni turbulencias ni sacudones. Descenso perfecto.



     



    Hace unos años, describí la experiencia que me contara Ginger Mills cuando su esposo, John, en otro cuarto de hospital en Carolina del Norte, abrió los ojos que habían permanecido cerrados y los fijó en seres extraños que se movían dentro del cuarto. Nadie más los veía. Solo él. Los seguía con la vista. Los señalaba con el dedo índice. Su rostro, iluminado. Expectante, como deseando unirse a ellos que se movían suavemente en el espacio reducido del cuarto. “No los dejen salir por esa ventana”, les dijo a Ginger y a quienes la acompañaban en ese momento. El rostro de John, que se había mantenido inexpresivo, ante la presencia de aquellos seres que solo él veía se iluminó. Después de unos segundos, cerró los ojos. Siempre con una leve sonrisa en el rostro. Y durmió. Su cuerpo quedó allí, mientras los seres angelicales llevaban su alma a Dios y su espíritu retornaba a quien lo había dado.



     



    En su cama Cire, con sus ojos cerrados, su rostro sereno y el monitor marcando descenso. Parecía conectada a un Poder Superior que era quien llevaba el control final del descenso mientras sus “enviados especiales” cumplían el trabajo de guiar delicadamente la nave con su preciosa carga a puerto seguro. Nosotros ya habíamos captado la señal; de modo que cuando vimos —con los ojos de la fe y de la confianza en el Creador— que el altímetro marcaba cero, sentimos que los expertos pilotos que habían manejado aquel corazón que nunca falló apagaron motores. En ese momento, el corazón se detuvo. Ya estaban posados en la pista al otro lado del Jordán, donde comienza el territorio eterno y donde se percibe la brisa suave de lo divino. Ya no tenía sentido mantener al corazón trabajando. Lo que venía ahora era cuestión que competía a quien la había mandado a llevar.



     



    Carros de fuego. Ángeles moviéndose en silencio dentro de un cuarto. Pilotos expertos enviados por Dios para conducir a su ser amado a la Patria Celestial. Allá se fue Cire. Allá está. Tuvo el privilegio, que no muchos tienen, de ser trasladada a la patria eterna por enviados especiales que los que quedamos, aunque no los vimos con los ojos físicos, los percibimos a través de ese impresionante descenso del altímetro, número a número.



     



    Un día de estos, alguien me escribió: Dios está contigo, con Laura, con Kenny, con Vasthi, con todos ustedes. Nosotros también, pidiéndoles que tengan resignación y fuerza en un trance tan duro como el que están sufriendo.



    En momentos como este es cuando a veces falla la fe, y uno se pregunta cosas.



    No falles tú, no fallen ustedes. Han vivido toda una vida con el Señor. No sería justo abandonarlo o flaquear ahora.



    Cire está descansando. Dios lo dispuso así. Y cuando Él dispone algo, ¿qué podemos hacer nosotros...?



    Piensa que donde el Señor la tenga, estará más tranquila, no sufriente como aquí. Ya no era vida la que estaba viviendo.



    Tengan la seguridad que desde donde esté, estará velando por ustedes. Las buenas esposas y las buenas madres son así.



    Y ahora, con fuerza y sinceridad, deseando que desde tu mente se disipen esas nieblas que obnubilan y que causan tanto dolor, repito lo mismo que tú escribiste una vez:



    Haga resplandecer Dios Su rostro sobre ti, y ponga en ti paz...”.



    Y mi respuesta fue: No estamos enojados con Dios, mi querido amigo. No pensamos renegar de nuestra fe. Solo que nos habría gustado tenerla un poco más de tiempo con nosotros. Pero la enfermedad la atrapó. Le puso lazos en cada salida por la que intentó escapar. Al final no murió por su fibrosis pulmonar sino por una hemorragia interna que no fue posible detener.



    Sabemos con certeza, basada en nuestra fe, dónde está. Cire supo vivir el evangelio según lo planteó el mismísimo Jesús cuando dijo: “si ves a alguien sediento, dale un vaso de agua; si ves a alguien desnudo, dale uno de tus vestidos y cúbrelo; si ves a alguien afligido, consuélalo; alégrate con los que se alegran y llora con los que lloran”. Y eso fue lo que ella hizo, desde siempre. Mientras tuvo fuerzas para ello, el teléfono no dejó de llamar a Chile, a Costa Rica, a España, a sus amigos, evangélicos y no evangélicos, católicos o librepensadores por igual, para darles una palabra de ánimo y felicitarlos por su cumpleaños. Aun enferma como estaba, no dejó de preocuparse por los demás. Su dolor físico no era tan grande como su dolor emocional cuando llegaba a saber de alguien que estaba pasando por tiempos difíciles. Y allá iba ella, con una palabra de ánimo, con una oración a Dios pidiendo sanidad y recuperación. Con una expresión sincera de cariño. Y aunque muchas veces recibió el silencio por respuesta, nunca dejó de amar; supo pasar por sobre esos silencios que la hacían sentir un poco de pena y seguir cumpliendo esa hermosa tarea que Dios le había dado a ejecutar. Esa era mi esposa. Esa era Doña Cire.



    Bien, buen siervo y fiel; sobre poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré. ENTRA EN EL GOZO DE TU SEÑOR”.



     



    Una última nota, anecdótica, que bien puede integrarse a esta reflexión.



     



    Al comunicar la noticia a algunas de nuestras iglesias de apoyo en los Estados Unidos, mencioné que Cire se había encontrado con Jesús en una campaña evangelística llevada a cabo en la ciudad de Temuco por el misionero Phil Saint. El pastor de una de estas iglesias, ubicada en el estado de Massachusetts, contestó y en su respuesta, nos dijo: Se sorprenderá al saber que la iglesia en la que crecí, en Virginia, apoyaba a Phil Saint como uno de nuestros misioneros. Y recuerdo que nos visitaba de vez en cuando.

    Eso hace que alabe a Dios hoy sabiendo que de alguna manera nuestra iglesia jugó un papel importante en la conversión de Cire. Y me hace reflexionar sobre el trabajo soberano de Dios para saber, inadvertidamente, que la iglesia que he tenido el privilegio de pastorear durante tantos años ha estado apoyando a Cire y a su esposo como misioneros por todos estos años.


     

     


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