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Josep Araguàs: La iglesia, familia de familias

La hospitalidad nos conecta con el corazón de Dios, que ha sido hospitalario y nos ha recibido en su familia cuando éramos “extraños y extranjeros”.
MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 07 DE DICIEMBRE DE 2013

Del 31 de octubre al 3 de noviembre, en Cullera (Valencia), tuvo lugar el XXX Encuentro Nacional de GBG, que este año centró su temática en la familia. Josep Araguàs, pastor, psicólogo clínico y experto en Terapia Familiar, abordó durante el mismo dos interesantes temas, capaces de generar intenso debate: “La iglesia, familia de familias” y “La soltería, una opción como significado”, ambos como parte de las plenarias y seminarios, respectivamente. Y lo hizo de una manera idónea para llevarnos a la reflexión sobre temas vitales.

Hoy dialogaremos con Araguàs para adentrarnos en el quehacer de la iglesia en cuanto a su servicio a las familias, y por ende a todos sus miembros. Analizará su papel como comunidad terapéutica para los afectados por la soledad, las relaciones interpersonales problemáticas, las crisis, luchas… Nos ayudará a entender que no hay familias perfectas y que hay muchos tipos de relaciones sanas entre cristianos. Y que la iglesia debe ser una Familia de fe integradora de todos independientemente de su estado social: personas solteras, viudas, personas divorciadas, familia extensa, familia monoparental, etc.

Pregunta.- En nuestra cultura occidental se nos enseña que los lazos familiares se definen únicamente por la sangre. ¿Se trabaja en las iglesias para crear vínculos profundos donde la amistad, el compromiso y la fe sean elementos suficientes para formar una Familia (de la fe), por encima de los vínculos definidos por la procedencia biológica o por la procreación?
Respuesta.-Entiendo que en Cristo se adquiere una nueva identidad, que se concreta en la iglesia (la familia de Dios). Se trata de una nueva creación que trasciende los vínculos humanos. Es un proyecto que se extiende más allá la historia de la Humanidad y nos anticipa -al tiempo que evidencia- nuestro destino eterno.
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2: 19)

En las iglesias evangélicas de España, respecto al tema de familia e iglesia, se han dado dos hechos entre sí independientes, pero que afectan a dicha temática:

Por un lado, existe el hecho incuestionable de que muchas iglesias evangélicas de arraigo histórico en España fueron formadas a partir de familias biológicas extensas que aceptaron el Evangelio. Esto que fue en su día una bendición y dio estabilidad a las iglesias locales, puede con el tiempo engendrar comunidades muy endogámicas. En la práctica, estas familias pueden llegar a utilizar la iglesia local como una extensión de su propia familia.

El otro hecho importante es que las iglesias evangélicas en España han heredado del catolicismo y del protestantismo histórico un modelo de congregación culto-céntrico, donde el énfasis eclesial no ha acentuado el vínculo entre las personas sino la celebración de reuniones.

Cuando estos dos hechos se combinan encontramos muchas iglesias con carencias importantes, en cuanto al funcionamiento de “auténticas familias de la fe”.

P.- ¿Quiere decir esto que cuando se habla de la familia de la fe ningún creyente en Cristo debería sentirse solo o desprovisto de una familia? ¿Cuándo la iglesia funciona como una familia?
R.-Supongo que estoy afirmando una obviedad. De la misma manera que cuando un hijo se siente solo estando entre sus padres y hermanos hablamos de una familia disfuncional, sucede algo parecido en la iglesia.

La soledad de la persona creyente es un síntoma claro de disfuncionalidad eclesial. Entiendo por soledad no aquellos momentos de voluntario y necesario retiro, sino el sentirse aislado o desconectado cuando se están atravesando problemas o circunstancias difíciles.

P.- ¿Cuál es el papel de la iglesia a la hora de influenciar en las familias? ¿Está claro que familias sanas ejemplifican una iglesia sana?
R.-Iglesia y familia interactúan entre ellas de forma circular. Por una parte, cuando más sana es la iglesia, más sanas son las familias que la componen. Al revés, también resulta cierto. Cuando más sanas son las familias que componen una iglesia, más sanidad hay en dicha iglesia.

La iglesia cristiana tiene una posición privilegiada para influir en las familias de dentro y fuera de su ámbito eclesial por varias razones: a) Las Escrituras declaran sin ambages cuál es el origen de la familia. Al honrar la familia y trabajar para una mayor sanidad de las mismas, se honra al Dios que ha establecido la familia como la primera y fundamental sociedad para la Humanidad (Gén. 1:28); b) Jesús mismo honró y se benefició como hombre de los vínculos familiares (Gál. 4:4); c) Pastoralmente en nuestras iglesias se acompaña a las familias a lo largo de todo su ciclo vital: desde la formación del matrimonio, el nacimiento de los hijos, el envejecimiento de los padres, etc.

Probablemente necesitamos librarnos de una “lectura individualista” de la Biblia, para entender con claridad que la misma está repleta de consejos y pautas para dar un fundamento sólido al matrimonio y a la familia, y que estas puedan vivir en plenitud; d) Aunque en Occidente estamos más acostumbrados a la pastoral individual, esto no tendría ningún sentido en muchos lugares del mundo, ni en muchos momentos de la Historia. El trabajo con familias resulta mucho más prometedor y eficaz que el realizado de forma individual.

Evidentemente las iglesias que trabajen en su agenda el tema familiar saldrán beneficiadas. Cuando la disfuncionalidad familiar se proyecta en la vida de una iglesia local, aumentan los problemas interpersonales y la agenda del pastor o del consejo de iglesia queda colapsada.

La disfuncionalidad no significa necesariamente que haya ruptura, pero sí abundancia de conflictos que lejos de resolverse se cronifican.

P.- ¿Cómo se debe ejercer la autoridad en la iglesia, enseñar a afrontar las crisis, ayudar a crear vínculos entre los miembros, ser sensibles a las personas que no tienen familia, etc.?
R.-De la misma forma que se ejerce la autoridad en una familia sana. Ni la familia ni la iglesia son entes democráticos, aunque a veces me temo que nos gusta pensarlo. La iglesia se rige por la autoridad de la Palabra y la voz del Espíritu Santo (por cierto, ambos hechos nunca están en contradicción). Los pastores y ancianos ejercen dicha autoridad desde la más profunda humildad, en amor y por amor.

Entiendo que en determinados momentos, las personas con capacidad de gobierno deberán hacer uso de la exhortación y a veces de la disciplina. Y en otros momentos, de la gratitud y del reconocimiento de lo positivo.

Se está introduciendo a mi entender un pseudo-concepto en muchas iglesias: “Que nadie puede juzgar a nadie”; la traducción simultánea es que cada uno puede hacer con su vida lo que le antoje. Y si bien es cierto, que el único Juez es Dios, dado que estamos llamados a vivir en santidad, a veces se requiere poner límite a determinadas conductas que comprometen el testimonio de la iglesia.

P.- Según su experiencia, ¿las iglesias en España actúan como sistemas abiertos a personas de distinta procedencia, razas, condición social y económica? ¿Se enseña a los miembros a ser sensibles ante situaciones problemáticas? ¿Cómo interactúa la iglesia en casos de divorcio, viudez soltería, inmigración?

R.-El corazón de Dios es claramente revelado en un texto como el que cito: “Padre de huérfanos y defensor de viudas/ Es Dios en su santa morada./ Dios hace habitar en familia a los desamparados” (Sal. 68: 5-6)

La tarea de la iglesia consiste en encarnar ese corazón de Dios. Asumir que las circunstancias de la vida, o incluso sus propios errores, han convertido a ciertas personas en “desamparadas” y debemos integrarlas en una familia que no está marcada por distinciones humanas. Ya que esa persona podría ser yo mismo si no fuera por la gracia de Dios.

Se hace imprescindible en cada generación poder identificar a estas personas en riesgo de exclusión social, económica o espiritual, y llegar hasta ellos con un Evangelio inclusivo, que les devuelva su dignidad.

Creo honestamente que la Palabra se expone con claridad en la mayoría de iglesias que conozco, sobre todo en aquellas iglesias donde hay una exposición sistemática y no se rehúyen “textos comprometidos”. Supongo que siempre podemos tender a la disociación entre lo teórico y lo práctico. Por eso es importante que los pastores sean conscientes que la disociación continuada instala a la iglesia en un Evangelio irrelevante.

P.- ¿Cuáles deben ser las motivaciones de esta Familia? ¿Cómo debe funcionar de modo que se convierta en un modelo atractivo a la sociedad circundante?
R.-Yo entiendo que cuando las personas se acercan a la iglesia, deben poder valorar que están pisando un terreno diferente. Que están conociendo a una comunidad de personas que se mueven por motivaciones y objetivos diferentes al resto de la sociedad.
En síntesis, personas que se encuentran vinculadas entre sí por un lazo común de fraternidad. Como creyentes, doctrinalmente todos conocemos que este vínculo de fraternidad nos ha sido otorgado desde el mismo momento de nuestra adopción a la familia. Ahora bien, su desarrollo y mantenimiento requiere algo más que pasar tiempos juntos. Sobre todo deviene por el hecho de compartir experiencias vitales y momentos de crisis.

Una vez el vínculo se ha consolidado es como aquel puente construido con fundamentos tan firmes que soportará aun las cargas más pesadas. Permitidme que use una paráfrasis de 1 Juan 2:9, “Cuando reconozco en la otra persona (a pesar de sus muchas carencias y diferencias) a mi hermano estoy en la luz, sino todavía sigo en tinieblas”. Creo que esta es una buena definición de vínculo fraternal.

P.- ¿Qué pasa cuando la iglesia es solo un lugar de culto donde no existen relaciones entre los miembros, ni se establece ningún tipo de vínculo entre ellos?
R.-Algún vínculo siempre existe. Ahora bien, a veces se trata de vínculos superficiales: económicos o meramente sociales. El riesgo es que la iglesia se pueda cohesionar en torno al edificio (su propiedad legal, su mantenimiento, su funcionalidad, etc.) O en torno a costumbres sociales o tradiciones religiosas. El resultado de compartir sólo vínculos superficiales conlleva: anonimato, gregarismo y a la larga, el mantenimiento de las diferencias existentes en la sociedad.

Anonimato porque la gente vive sus crisis en soledad y no se siente parte de un proyecto colectivo. Cada persona vive su vida dentro de su propia órbita. Gregarismo porque la asistencia a los actos no significa que haya vida en comunidad. Sólo implica compartir ciertos hábitos sociales, propios de los afiliados a un club deportivo o una entidad cultural o política.

La iglesia como “familia de Dios” es una expresión de “la nueva Humanidad”, ese lugar donde las barreras humanas se han derrumbado y constituye todo un reto para su generación, ya que ha abolido en su seno todo aquello que nos fractura como sociedad: desigualdades sociales, diferencias culturales, enfrentamientos de género…

P.- ¿Con qué tipos de iglesia nos encontramos hoy en día? ¿Cuál sería el modelo de iglesia ideal? Sabemos que en el Antiguo Testamento la familia era la unidad básica de Israel.
R.-Al hablar de iglesia como un organismo vivo y como una entidad social que se ha ido adaptando a lo largo de la Historia, debemos elegir qué modelo representa mejor la doctrina de las Escrituras.

De forma un poco anecdótica, permitidme citar tres modelos eclesiales que no son en sí mismos exclusivos, y que seguro hay iglesias que pueden combinar rasgos de uno u otro en su expresión: 1) La iglesia como un lugar de cultos. Este es un modelo heredado de una forma de entender la fe cristiana dentro del ámbito de las reuniones. Es un modelo del cual ya he hecho alguna referencia a lo largo de esta entrevista. Sólo añadir que dicho modelo provoca mucha insatisfacción en las personas. Se trata de un modelo frío que se basa en aspectos rituales. El culto a Dios y el culto a la tradición, no siempre resulta fácil de distinguir.

Sería como aquella familia que se reúne de forma periódica para hacer celebraciones y comer juntos, pero que no existe una interacción vital entre sus miembros. Saben que son familia porque hay unos lazos legales que así lo atestiguan, pero no comparten sus circunstancias; 2) La iglesia como corporación. En Occidente se ha copiado del modelo empresarial un modelo de iglesia, “la iglesia-corporación”. Esencialmente este modelo eclesial se mueve por objetivos, ya sea de funcionamiento interno, de satisfacción de los miembros o incluso de rentabilidad económica.

El culto a Dios queda muy diluido con el culto a la institución. Los miembros se parecen a accionistas con derecho a voto y las reuniones de iglesia guardan un gran parecido con las juntas económicas.

Todo ello conduce a una gran deshumanización de las personas, porque consciente o inconscientemente toda corporación se mueve por un sentido de utilización. El burn-out, el estrés y la frustración son variables frecuentes en los miembros; 3) La iglesia como un teatro. Sobre todo aquí prima el objetivo de entender la fe bajo una dimensión de diversión y de ocio. Los dirigentes de la iglesia no son esencialmente teólogos ni administradores, sino grandes comunicadores sociales (personas capaces de llegar a las masas).

Aquí el culto a Dios queda diluido con el culto al líder (que no pastor). Es el modelo ideal para post-modernos: a) La tecnología durante los encuentros y en el funcionamiento de la iglesia se hace imprescindible; b) Las emociones más que las convicciones es lo que se estimula a vivir, y sobre todo la espiritualidad es algo que necesariamente debe procesarse a nivel emocional; c) La fe cristiana es un menú a la carta. Lo que no apetece o es incómodo se descarta. Términos como esfuerzo y sacrificio tampoco encajan con este modelo eclesial.
Consciente o inconscientemente se fomenta el individualismo (como culto al individuo), la auto-satisfacción y la ruptura con el cristianismo histórico.
En contraposición a estos modelos eclesiales tan superficiales, creo muy importante retornar al modelo eclesial que deriva del funcionamiento familiar y que nos proporciona conceptos tan valiosos como el lazo fraternal, el vínculo, la hospitalidad, la inclusividad de los desamparados, etc.

P.- ¿Piensa que se tiende a un aburguesamiento de nuestra fe y a una institucionalización de la iglesia?
R.-Resulta casi inevitable no entrar en un proceso de institucionalización con el paso del tiempo. Todo movimiento revolucionario y toda relación de amor -y el Cristianismo es ambas cosas- ceden después de un tiempo de expansión a una fase de contracción, e incluso a la modificación de los objetivos inicialmente planteados.

Por institucionalización entiendo centrarse en las estructuras y en el mantenimiento de las mismas, más que en las personas o en el mensaje que se nos ha confiado.
La institución como tal pasa a primer plano, y las personas se vuelven secundarias. Mientras que los ministerios o cargos se vuelven parcelas de poder a defender o a perpetuar.

Sólo el vivir a la luz de la Palabra y en la frescura de una relación personal con Dios, atenúan el proceso de institucionalización de la iglesia. El equilibrio entre adoración, enseñanza, evangelización y discipulado ayuda a que las iglesias puedan luchar contra la inevitable fuerza de la institucionalización.

Como en toda familia, la llegada de los recién nacidos (nuevos creyentes) siempre alegra la casa. Sus inquietudes y sus deseos de crecer son todo un desafío para los creyentes que por el transcurrir del tiempo ya han olvidado sus primeros pasos en la fe.

P.- ¿Qué papel juega aquí la hospitalidad en esto de ser familia de la fe? El ceder nuestra intimidad, tiempo, recursos…
R.-Resulta muy interesante observar que la exhortación a “no olvidar la hospitalidad” sea insertada en un contexto de fraternidad o, dicho de otra forma, de entender la iglesia como una familia, “Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles (Hebreos 13:1-2)

La práctica de la hospitalidad nos obliga a salir de nosotros mismos y a centrar nuestra atención en el recién llegado, en el extraño y en sus necesidades. Ya sea porque las personas están necesitadas de ubicación, de techo o de afecto.
La hospitalidad nos conecta con el corazón de Dios que ha sido hospitalario y nos ha recibido en su familia cuando éramos “extraños y extranjeros”.
Significa instalarse en una gran contradicción el haber sido nosotros mismos recibidos a hospitalidad y no practicarla con otras personas.

P.- ¿Cómo encaja en esta familia el sector de los solteros? ¿Cómo actúa la familia de familias con respecto a la soltería?
R.-Justamente las personas denominadas solteras (del latín “solitarius”) dejan de sentirse solos y encajan con todo significado y dignidad en un modelo eclesial donde las personas no son valoradas ni definidas por su estado civil o emocional.

P.- ¿Qué nos quiere decir Jesús en Mateo 19.12 sobre el tema de la soltería? ¿Es la soltería un don de Dios?
R.-Hay dos textos paralelos en cuanto a matrimonio y soltería, Mt. 19: 1-12 y 1 Corintios 7. En ambos textos se habla de la naturaleza del matrimonio como una relación de pacto, algo instituido por Dios y que por lo tanto debe permanecer hasta el final. Y de la soltería como de un estado que permite una mayor libertad en cuanto al servicio de Dios.

A pesar de esa naturaleza relacional que hay en el ser humano, no todos los creyentes deben verse forzados a vivir en matrimonio. Y habrá creyentes que por diferentes razones vivirán una vida de más satisfacción permaneciendo en soltería.

Esto sorprende en una sociedad como la nuestra, donde la soltería muchas veces es valorada de forma estigmática. Bien como una opción de egoístas o debido a una situación de fracaso. Es más, en la enseñanza de Mateo, Jesús distinguirá entre tres clases de personas que nunca van a entrar en el vínculo del matrimonio. Me atrevo a contextualizar y a decir que probablemente Jesús se refiera a: a) Personas asexuadas o incapaces de forma innata a poder tener relaciones de intimidad; b) Personas que de forma adquirida, debido a trastornos físicos o emocionales inducidos, tendrán serias dificultades en poder mantener un matrimonio de forma satisfactoria; c) Personas que de forma electiva y con el propósito de poder servir mejor a Dios en su vida decidirán no casarse.

Para ser honesto con los lectores, hay una posibilidad muy extendida que aparentemente no resuelve el texto bíblico: la persona que no queriendo permanecer soltera, no le resulta posible casarse.

Aunque es una enseñanza muy radical y que como el mismo Señor advierte, “no todos la podrán recibir”, lo cierto es que evidencia algo muy trascendente. Ni el matrimonio ni la soltería son estados eternos, sino sujetos a la temporalidad de la vida en la tierra.
Muchas veces nosotros obviamos esta perspectiva y vivimos vidas de mucha frustración porque “eternizamos estados temporales”, cuando en realidad lo que va a trascender nuestra vida es ese servicio a Dios que hemos iniciado ya aquí.

P.- ¿Qué áreas deben enfrentar o resolver los solteros a lo largo de su vida? ¿Cuáles las áreas de expansión?
R.- La persona soltera tendrá que hacer frente básicamente a tres áreas muy importantes: a) Enfrentar la soledad. Aprender a hacer de la soledad un tiempo de creatividad, de aprovechamiento y de enriquecimiento. Y todo ello en medio de una sociedad donde la “normalidad” consiste en casarse o tener pareja; b) Integrar la sexualidad. No ceder a la presión social que nos hace creer que el sexo es vida y que quien no lo practica acaba siendo un enfermo mental. No vivir en un estado psicológico de angustia y represión que le puede hacer ser una persona rígida y peligrosa. Y finalmente, entender que su renuncia a algo tan bueno y saludable como es la sexualidad, es debida a que obtiene algo todavía mucho más valioso y trascendente; c) Compensar la falta de intimidad.Algo muy terapéutico que concede el matrimonio es el disfrute de una sana intimidad. Hablar, pasear, amar y discurrir por la vida junto a la persona que es mi compañero/a nos produce un gran placer y es una fuente inagotable de sanidad. En este sentido, sólo la cercanía con otras personas, las relaciones de amistad y los vínculos profundos posibilitarán que la persona soltera pueda disfrutar de momentos de intimidad.

Las áreas de expansión de la persona soltera tendrán a ver con poder adquirir una mayor profundidad en sus relaciones personales, una mayor disponibilidad de tiempo, un mayor saber en cuanto a sus conocimientos o, como vengo diciendo en esta entrevista, una mayor libertad en su servicio al Señor.

P.- ¿Es una tragedia ser soltero? ¿Es que Jesús fue, en su humanidad, un hombre incompleto?
R.- ¡No por favor! Es una tragedia vivir en contradicción o en insatisfacción crónica.
Hay personas que ojalá nunca se hubieran casado, porque a pesar del matrimonio siguen experimentando soledad, aislamiento o carencias muy serias en su intimidad. Eso sí que es una auténtica tragedia.

Jesús es el hombre por excelencia, nuestro modelo de humanidad, y nunca estuvo casado. Es por ello que viendo la eternidad, el matrimonio no es una condición a tener en cuenta, porque la plenitud sólo se encuentra en la unión con Dios.

Con todo, la soltería tampoco debe erigirse como un estado de espiritualidad superior con respecto a las personas casadas. De ahí el énfasis en las Escrituras al hablar de la santidad del matrimonio. Algo de eso hemos conocido en la Historia de la iglesia, cuando el celibato se ha presentado como un estado superior. Nada más lejos de las enseñanzas bíblicas. La renuncia al matrimonio no es un mérito, sino una elección voluntaria que nada añade a la gracia de Dios.

P.- ¿Deben los ancianos y responsables de nuestras iglesias revisar las estructuras eclesiales para que no sean injustas con los solteros?

R.-Para ser equitativos con todo lo que venimos diciendo, la iglesia nunca debe ser discriminatoria con respecto al servicio que los hermanos solteros puedan realizar. Al contrario se les debe animar a servir a Dios, si cabe debido a la mayor disponibilidad de tiempo y energía que poseen.

El problema que yo veo a veces en creyentes solteros es que a menudo se “definen a través del trabajo”, es decir, que hacen de su trabajo el todo. O bien llevan vidas demasiado centradas en ellos o incluso acaban siendo cuidadores perpetuos cuando sus padres se hacen mayores. La iglesia debe proveer una oportunidad para que el soltero pueda ejercitar sus dones y así enriquecer al pueblo de Dios.

Estoy pensando en ministerios relacionados con la misión, debido a su mayor libertad y flexibilidad en viajar y adaptarse a situaciones cambiantes. Pero estoy seguro que hay ministerios de enseñanza, de dirección, de visitación y de pastoreo que debido a sus menores compromisos pueden ejercerlos con mayor preparación y eficacia.

No quiero parecer simplista, pero a mi parecer algo clave en el ministerio debe ser nunca beneficiarnos de las personas a quien ministramos. Si el soltero con su ministerio sirve a Dios -y no a sí mismo- puede tener un ministerio tanto o más eficaz que el creyente casado.

Dentro de esta revisión de estructuras eclesiales, también pediría a los pastores cierta flexibilidad para entender que no es bueno que las personas solteras queden aisladas dentro de sus congregaciones. Existen en la actualidad grupos inter-eclesiales de personas solteras que son de mucho beneficio y edificación. Se trata de ministerios al servicio de las iglesias, sin énfasis denominacionales y buscando ministrar allí donde quizás al pastor le es más difícil llegar.

P.- ¿Cómo debe responder la iglesia a sus necesidades: dolor, frustraciones, luchas sexuales, etc.?
R.-Sobre todo actuar siempre con suma sensibilidad. Hay sermones, enseñanzas, formas de hablar coloquial e incluso clases de humor que son peyorativas y pueden causar mucho daño y desánimo a las personas que están solas. Y no sólo a las personas solteras, sino también a los divorciados y a los viudos.

La persona soltera necesita encontrar, de forma general en la iglesia, esa familia a la que hemos aludido a lo largo de esta entrevista, porque esto ya le hará sentirse parte de algo muy importante. De forma más concreta, sería imprescindible también contar con el apoyo de algunos hermanos que puedan brindar un ambiente de absoluta confianza y confidencialidad, donde todas sus luchas puedan ser verbalizadas. Por otra parte el hermano que escucha debe hacerlo siempre desde el respeto profundo, sin reprobar, juzgar ni avergonzar; al contrario, alentando a luchar y a vencer los obstáculos y posibles carencias con una mirada que traspase la temporalidad del sufrimiento y el dolor.

P.- ¿Cuál es la gran pregunta que se debe hacer a un soltero que decide servir a Dios?

R.-Si cree que tiene el don de continencia. Sería muy largo de explicar adecuadamente, pero pienso en continencia sexual, continencia emocional o continencia en llevar una vida de intimidad. Aunque sin duda se requiere buscar al Señor en oración y ser honesto con nosotros mismos, es posible que esta pregunta necesite ser formulada ante un hermano maduro, ya que la capacidad que el ser humano tiene para el auto-engaño es muy grande.

Lo que quiero enfatizar es que servir a Dios desde la soltería no puede ser fruto de la frustración, ni de la amargura, ni de la represión. Al contrario, es una decisión enmarcada en la libertad, en plena conciencia y asumiendo los posibles riesgos que ello entrañe.

P.- ¿Se enfrentan las iglesias en España a desafíos pastorales hasta ahora nunca enfrentados?
R.- Sin duda alguna. Los cambios en las formas de entender la convivencia en España han experimentado tantas variaciones, que constituyen todo un desafío pastoral.
Es más, yo diría que los cambios sociales son tan rápidos, que a menudo nuestra pastoral corre el riesgo de quedar obsoleta o insuficiente para dar respuestas adecuadas.

Hay familias nucleares, familias monoparentales, familias que han pasado por el divorcio, familias que se reconstruyen a partir del divorcio, familias que no han legalizado su convivencia, madres solas…

Se trata de aplicar una pastoral arraigada a los principios esenciales que enseñan las Escrituras en cuanto a la familia, pero contextualizada a las situaciones que nos vamos encontrando. El contexto no tiene que variar nuestras convicciones, pero si en lugar del espíritu de la Palabra nos quedamos con el literalismo estrecho, probablemente nos encontraremos con una pastoral muy legalista, que resultará ineficaz para las situaciones a tratar.



Finaliza la entrevista. Gracias, Josep, por ayudarnos a entender y a involucrarnos más en lo que es la iglesia como una familia formada por muchas otras familias. Familias que, lo aceptemos o no, van cambiando, se modifican, tienen nuevas necesidades, se enfrentan a nuevos desafíos… y que necesitan respuestas a estos cambios.
 

 


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COMENTARIOS

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Pili
08/12/2013
21:18 h
1
 
Estupendo artículo. Solo hace falta llevarlo a la práctica.Gracias
 



 
 
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