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Protestante Digital

 
 

La culpabilidad del primer mundo

Para entrar al trabajo, cuando aterrizábamos en la plaza de Callao teníamos una ruta rápida que nos ayudaba a esquivar a todos los promotores de ONG que nos asaltaban en el trecho que había entre la salida del metro y la entrada del edificio, chicos que nos abordaban con su sonrisa pretendidamente sincera y su «¿Tienes un minuto…?».
EL ALMA DEL PAPEL AUTOR Noa Alarcón Melchor 26 DE SEPTIEMBRE DE 2010

Después de un año trabajando allí teníamos que evitarlos, era imprescindible. Cada dos o tres días había chicos nuevos, con lo cual no nos reconocían, con lo cual no sabían que les íbamos a decir que no. Y chafar las ilusiones de comisión de esa gente, día tras día, era algo desalentador.

Porque aunque trabajaran para una ONG, aunque te hablaran de labores humanitarias, de apadrinamientos, de vacunas contra enfermedades, lo cierto es que esos chicos cobraban un porcentaje de lo que recaudaban. Con lo cual, si atabas cabos, sabías que tu donativo de cinco o diez euros nunca llegaría íntegro al sitio donde tú querías que llegase íntegro, conmovido por las estadísticas, las fotografías y las historias personales. Existe gente honrada, ONG honradas, pero son las que tienen poco nombre, pocos medios y poca gente, gente feliz y desinteresada que la mayor parte de las veces conoce personalmente a los objetos de su ayuda. El resto no es más que un negocio.

Y si existe un negocio, existe un mercado. Demanda y oferta.

En uno de los capítulos de Friends, Phoebe y Joey discuten sobre si existen o no las buenas acciones desinteresadas. Joey le dice que toda buena acción se hace por motivos egoístas; hacer algo bueno para sentirse bien es egoísta, por lo tanto, dice, las buenas acciones desinteresadas no existen. Phoebe se empeña en demostrar que eso es falso, porque dice que no quiere que sus sobrinos se críen en un mundo en el que Joey tenga razón. Pero la verdad es que al final del capítulo todas las buenas acciones que realiza le han reportado ese beneficio de la satisfacción personal.

Este verano una entidad bancaria (y después otras tantas le siguieron a la zaga cuando vieron el negocio) empezó una campaña en la que aseguraba que un porcentaje de los beneficios obtenidos por usar su tarjeta de crédito sería donado a una entidad benéfica. El anuncio, creo recordar, en cierto momento decía, literalmente, que cuanto más gastaras con tu tarjeta más estarías ayudando al tercer mundo. Vivimos en un mundo muy enrevesado si alguien es capaz de sentirse tranquilo con semejante declaración. Lo curioso es que funcionó.

La gente se siente culpable e intenta mitigarlo. Sabemos que somos privilegiados. Normalmente no pensamos en ello y creemos que es un derecho adquirido, pero en verdad nuestra agua corriente, nuestra seguridad social y nuestro tiempo de ocio no nos pertenecen. Aparecimos aquí un buen día, en una familia saneada, con acceso a la educación y a la realización personal. No hicimos nada más que seguir la corriente.

Lo malo de un mundo globalizado es que sabemos al instante todo lo que pasa en cualquier parte del mundo. No, no es lo bueno. Lo bueno de un mundo globalizado es que puedes pagar en todas partes con tu tarjeta de crédito, que todos los aeropuertos y hoteles son iguales para que no te sientas desplazado, y que siempre tendrás a mano un McDonald´s que te salvará la vida en un país exótico y desconocido.

Lo malo, efectivamente, es que tenemos la posibilidad de saber en todo momento qué ocurre en cualquier lugar. Seguimos viendo en el telediario niños africanos obligados a trabajar con siete u ocho años para conseguir un dólar al día. Vemos a esos niños mal vestidos, mal alimentados, e igualmente tenemos que terminarnos nuestro plato de comida, vestirnos y volver al trabajo. Les vemos llorar de pena, a ellos y a sus madres, nos lo enseñan para concienciarnos, dicen, porque tenemos derecho a estar informados; pero no podemos hacer nada, están allí, al otro lado del cristal del televisor. Están lejos, muy lejos de nuestros caminos. Tenemos que seguir adelante con nuestra rutina aún sabiendo que en otro lugar del mundo, ahora mismo, ese niño pasa hambre. Y hay un terremoto en algún lugar. Y alguien acaba de perder a toda su familia en un accidente. Y alguien se enfrenta al fin de su negocio porque no quedan peces en la ría. Y tú debes terminar de comer, como si nada. Y después de la noticia en la que se ve a la madre con su hijo moribundo en brazos (ya sea por la sequía en África o por una inundación en Indonesia), vendrán los anuncios de cremas antiedad y productos dietéticos. Los veremos como si nada, como algo natural. Asentiremos ante sus posibles propiedades. No sé si alguien piensa alguna vez, como yo, en la triste paradoja de todo esto.

Entonces, algunas veces, salimos a la calle en posesión de todos nuestros privilegios de primer mundo y nos sentimos desdichados. Es la misma clase de culpabilidad de los supervivientes de un accidente de avión en el que ha muerto mucha gente. No hay motivos para sentirte culpable, pero así es al final. Nos sentimos desdichados porque hemos sido creados seres empáticos, para poder entender y compartir las emociones de los que nos rodean. Entonces no nos cuesta tanto sacar la billetera cuando nos dicen que dando un poco de dinero podemos quitarnos parte de esa culpabilidad de encima. Pagamos lo que sea por hacerlo, y nos sentiremos bien. Habremos sido buenos.

En Cómo ser buenos (2001), de Nick Hornby, Katie está preocupada, por primera vez, porque todo su plan perfecto de vida se está desmoronando. Es infeliz junto al infeliz de su marido, pero le gusta sentarse a cenar los lunes en el sofá para ver el programa de televisión favorito de sus hijos. Mientras tanto, no es capaz de tomar la decisión de abandonar a su amante, Stephen, que no tiene ni deja de tener más cualidades que cualquier amante estándar deseable posee.

La cuestión es que Katie se siente culpable por lo que está haciendo. No tanto por el mal que le pueda hacer a su familia, sino porque esa eventual circunstancia de quedar con su amante en hoteles de la ciudad algunos ratos perdidos de la semana le hace ser una mala persona. Y lo último que Katie quiere es ser una mala persona. Precisamente ella, que estudió medicina para hacer de su profesión un vehículo de su bondad. Lo que no soporta es el cinismo y la crítica constante de su marido, columnista de un periódico, un hombre al que le pagan por criticar a todo bicho viviente o inerte sin importar el pudor, la decencia o el buen gusto necesarios para seguir siendo un miembro de la raza humana. Es de esos hombres que hacen reír a los demás metiéndose con ellos: y los insultados se sienten sorprendidos y se ríen.

El problema es que hace lo mismo con su mujer, y, por supuesto, ante el enésimo comentario ácido y mordaz del día Katie no es capaz de sonreír y tomárselo con sentido del humor, sobre todo porque empieza a sospechar que su marido no lo hace con segundas intenciones, ni para provocarle la risa, sino que lo hace motivado por un genuino, sincero y profundo sentimiento de desprecio. Obviamente, Katie querría que su marido fuera tan buena persona como ella. O que al menos lo intentara, como el resto del mundo. «Soy una buena persona —dice en cierto momento de la novela—. En casi todos los aspectos. Pero estoy empezando a pensar que el ser una buena persona en casi todos los aspectos no sirve de gran cosa si eres una mala persona en uno solo. Porque la mayoría de la gente son buena gente, ¿o no? La mayoría de la gente quiere ayudar a los demás, y si su trabajo no le permite ayudar a los demás entonces lo hace de cualquier otra forma posible: ocupándose de los teléfonos de los Samaritanos una vez al mes, o participando en marchas para recaudar dinero de beneficencia, o rellenando cheques para asociaciones de caridad».

Después de todo, existe la duda razonable de que este mercado de la culpabilidad realmente provea de beneficios a un tercero. Sí, claro que el dinero llega a África, pero si uno se para a pensar, ¿cuántos donativos se han hecho por motivos humanitarios a lo largo de todos estos años? Millones de millones, seguramente. ¿Suficiente para acabar con el hambre y con la pobreza? En teoría, los números cuadran; en la práctica, obviamente, no se ha solucionado nada, a la vista está. Lo único que sabemos es que siempre hace falta más dinero. Siempre hace falta que nos gastemos más dinero.

Y las verdaderas labores humanitarias, aquellas que realmente pueden cambiar la vida de la gente (las que hacemos de uno en uno, de persona a persona, con nuestros cercanos), se quedan desaprovechadas. No quiero que nadie piense que critico a los que trabajan ayudando a personas en otros países. Pero ellos hablarán de que no sirve de mucho el dinero en esos casos. Lo que hace falta es tiempo, trabajo, promover el comercio interior del país, crear empleo, riqueza y oportunidades. Quizá nos hayan podido convencer de que nos hemos ganado el cielo porque hemos donado una cantidad de dinero suficiente para que un pueblo de África tenga un pozo de agua para beber. Quizá ese día nos sintamos realizados y satisfechos, libres de culpa, convencidos de que ya no tenemos ninguna deuda pendiente con el mundo. Volveremos a casa tranquilos, sabiéndonos buenas personas, nos sentaremos en nuestro sofá y pondremos nuestra televisión sin remordimientos esta vez, porque hoy hemos hecho que un pueblo de África no se muera de sed.

La cuestión, la verdadera cuestión del asunto, es que librándonos de esa culpabilidad por el camino fácil nunca nos molestaremos en averiguar que nuestro vecino de al lado, ese padre de familia trabajador con el que nos cruzamos anónimamente algunas mañanas en el descansillo, por culpa del endiablado mundo en el que vivimos, desgraciadamente, no tiene ni la más remota idea de cómo va a conseguir pagar este mes la factura del agua.
 

 


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