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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    Evangélicos y pobreza en Brasil, de Raimundo C. Barreto Jr. (III): Richard Shaull

    El nombre del misionero y profesor de teología presbiteriano Richard Shaull siempre produjo polémicas apasionadas, especialmente por su desempeño en Colombia y Brasil, en los años 40 y 50 del siglo pasado.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 29 DE NOVIEMBRE DE 2019 09:15 h
    Detalle de la portada de El cristianismo y la revolución social, de Richard Shuall.


    La frontera, la búsqueda, el impacto del descubrimiento, el mensaje de los hechos, el problema real, la cuestión fundamental, la dimensión existencial, las rápidas transformaciones sociales, la misión de la iglesia y otros más eran los temas constantes de las vigorosas reflexiones de Shaull. […] Participar de los hechos, discernir e interpretar creativamente los eventos, actuar creativamente desentrañando alternativas, ésas eran y siguen siendo las marcas del apostolado de Shaull.



    Jovelino Ramos, “Usted no conoce a Shaull” (1985)




    El nombre del misionero y profesor de teología presbiteriano Richard Shaull (1919-2002) siempre produjo polémicas apasionadas, especialmente por su desempeño en Colombia y Brasil, en los años 40 y 50 del siglo pasado. Se dijo, con buena dosis de ironía, que del primer país lo expulsaron los católicos, y del segundo, los protestantes. Fue pastor de la iglesia más importante de Bogotá y colaboró de otras formas entre 1941 y 1949, luego de sus estudios iniciales en el Seminario de Princeton. Sobre su estancia allí, escribió:




    Durante ocho años en este país invertí mucha energía en proyectos de evangelización y renovación de la Iglesia protestante. Visité y ayudé antiguas congregaciones, organicé nuevas y coordiné programas de formación de laicos y de pastores recién ordenados. En cuanto me dedicaba a esas actividades, algo importante sucedió. En ese trabajo, entraba en contacto directo con el hambre y la miseria del pueblo, tanto en las zonas rurales, como en las urbanas. Quedaba angustiado con esa situación y buscaba desesperadamente hacer algo que la aliviase. Convencí a mi esposa de mudarnos a una barriada en Barranquilla y comencé a organizar a los trabajadores de una pequeña fábrica. Inicié una campaña nacional de alfabetización […] y proyectos de construcción de casas en zonas rurales. Concentré mucha atención en los jóvenes de las iglesias presbiterianas. Los invité a que me acompañaran a los barrios y a las zonas rurales…[1]




    En Colombia tuvo como discípulos a Orlando Fals Borda (1925-2008), futuro fundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, junto con Camilo Torres, y a Gonzalo Castillo Cárdenas (1932-2018), quien hizo una tesis doctoral sobre el profetismo indígena y fungió después como dirigente presbiteriano a nivel continental. Luego de una segunda estancia en Princeton para doctorarse bajo la dirección de Paul Lehmann (amigo cercano de Dietrich Bonhoeffer), en Brasil fue profesor del Seminario de Campinas, la institución evangélica de educación teológica más importante de su tiempo en el campo protestante. En ese país forjó un gran conjunto de discípulos e impulsó arduamente la participación juvenil como un aspecto central del testimonio de la iglesia hasta su expulsión en 1962. El evento más importante de ese periodo fue, sin duda, la Conferencia “Cristo y el proceso revolucionario brasileño” (1962), por iniciativa del Sector de Responsabilidad Social de la Iglesia, ligado a la Confederación Evangélica Brasileña (CEB), que dio continuidad a lo iniciado desde 1955 con la famosa “Conferencia del Noreste”. Rubem Alves, en su estilo tan peculiar, resumió así el impacto de su presencia:




    El primer espanto que nos causó Shaull fue precisamente ése, que simplemente nos preguntó si nos dábamos cuenta de que lo sagrado no podía crecer en jardines cerrados y protegidos, pues es salvaje e indomable, un viento que sale por los desiertos resucitando muertos y, por las ciudades, silbando en los mercados, en las escuelas, cuarteles, palacios, bancos. […] La gente pensaba en convertir al mundo a la iglesia. Shaull decía que era necesario lo contrario, que la iglesia se convirtiese al mundo: salir del jardín cerrado, y cabalgar el viento…[2]




    El aspecto que más controversia causó como parte de su reflexión fue lo que se conoció como “teología de la revolución”, sobre todo por su énfasis en que la forma de la iglesia debería ser distinta en un contexto de “nueva diáspora”, todo ello en una época marcada por las tensiones ideológicas de la guerra fría. Ha habido importantes acercamientos a la obra de Shaull, entre los que se pueden mencionar los de Eduardo Galasso Faria (Fé e compromisso: Richard Shaull e a teologia No Brasil, 2002), Alberto Roldán (“La teología contextual de Richard Shaull: del paradigma de la revolución al paradigma de la liberación”, 2011) y Arnaldo Érico Huff (Richard Shaull: uma teologia para a revolução, 2013), entre otros, quienes han contribuido a situar su labor, durante su paso por América Latina, la cual fue vista en otro tiempo como sumamente nociva por parte de interpretaciones restringidas y sumamente sesgadas. Desde el punto de vista teológico, puede decirse con claridad que su influencia fue un auténtico detonante de un pensamiento contextual, crítico y profético, incluso antes del surgimiento de las llamadas teologías “de liberación”, puesto que, desde los comienzos de los años 60, mediante su colaboración con el movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina, dejó una fuerte huella en algunos colaboradores del mismo, como Rubem Alves, Hiber Conteris, Julio de Santa Ana y Beatriz Melano. Esto último se debió sobre todo, a las conferencias que expuso en Buenos Aires en 1952 y que recogió en el violumen El cristianismo y la revolución social, que se difundió ampliamente.



     



    Portada del libro de Richard Shaull y Waldo César.

    Por todas estas razones, llama mucho la atención que Raimundo C. Barreto Jr. dedique un capítulo completo de Evangélicos y pobreza en Brasil a fin de mostrar los impresionantes antecedentes progresistas que tuvo la presencia de las comunidades evangélicas en ese país, como parte de una amplia investigación que intenta lograr conclusiones prácticas para un contexto presente siempre exigente y conflictivo. Luego de un primer capítulo dedicado a confrontarse “cara a cara con el pobre”, en donde toma como referencia el pensamiento de Enrique Dussel, y en donde asume una perspectiva ético-filosófica (“una ética de respuesta al clamor de los pobres”) basada en la otredad como concepto dominante (a partir de E. Levinas y M. Buber), y de recordar las aportaciones de la teología de Reinhold Niebuhr, Barreto encuentra que en Shaull se dio un “encuentro transformador con el pobre en el contexto latinoamericano” (p. 84) como una efectiva conversión, particularmente después de su contacto con el pentecostalismo. El pentecostalismo y el futuro de las iglesias cristinas (2000, escrito junto con Waldo César) es un volumen que recoge su apreciación positiva, pero sumamente crítica, de esa vertiente cristiana.



    En el capítulo correspondiente, Barreto califica a Shaull como “una interfaz para las respuestas evangélicas”, algo así como un dispositivo para relanzar de otra manera las genuinas intuiciones y antecedentes protestantes para la acción social de las iglesias. Para tal fin, toma como muestra el surgimiento de la Asociación Evangélica Brasileña (AEVB), que pretendió ser la voz de ciertos “evangélicos éticos”, como se autonombraron algunos de sus integrantes, aunque tal organismo no fue capaz de hablar en nombre de todos los evangélicos. Algo similar ocurrió con la Alianza Cristiana Evangélica Brasileña. A su vez, el Consejo Nacional de Iglesias Cristianas (organizado en 1982), tuvo en su origen una visión más ecuménica e incluyente (sobre todo en sus posteriores ramificaciones), aun cuando la representación evangélica es bastante pequeña. En ese panorama es que el autor se pregunta sobre el carácter de Shaull como “interfaz”, como un punto de contacto que ayude a percibir la praxis común de los tres rostros evangélicos que contribuyan a estimular su acción cooperativa en medio de la sociedad brasileña.



     



    Richard Shaull.

    Lo primero que destaca Barreto es el impacto ya mencionado del trabajo de Shaull en Brasil, acerca de lo cual retoma algunos testimonios. La figura de “intelectual orgánico” es la que mejor caracteriza su actuación en ese lejano periodo, específicamente “en la formación de la primera generación de protestantes brasileños que desarrolló una teología relevante para la realidad social en la cual vivían” (p. 99). Otra de sus contribuciones fue la forma en que alentó a los estudiantes a ir más allá de las estructuras eclesiales establecidas, a interactuar con los movimientos sociales y a cuestionar el statu quo, especialmente ante el hecho de que no habían surgido aún otros teólogos/as con el carácter orgánico que desarrolló él. Dado que Shaull fue capaz de incorporar el sabor latinoamericano a su pensamiento teológico, eso ayudaría “al desarrollo de una construcción ética cristiana” (p. 100) en Brasil que aparece de algún modo en las tres perspectivas que esboza el libro. Barreto busca que lo elaborado por Shaull ayude a conectar las tres respuestas a fin de producir una complementariedad encaminada hacia una acción social cristiana cooperativa y una consecuente ética social cristiana “capaz de lidiar con las demandas y ansiedades de quienes luchan por la sobrevivencia de roma más inclusiva” (p. 101).



    Para cumplir con su objetivo, el autor traza un breve esbozo del caminar teológico de Shaull y sus transformaciones, desde los tiempos en que fue visto como “profeta de la revolución” o “abuelo de la teología de la liberación” hasta los años en que se interesó profundamente en las comunidades eclesiales de base y, más tarde, en el pentecostalismo. De esa manera, el teólogo estadunidense aparece como el “compañero ideal” para las tres vías de abordaje de la acción de la iglesia en contra de la pobreza, puesto que avanzó en una sólida dirección de diálogo con otros movimientos cristianos y con la sociedad. Barreto destaca por separado las referencias que hizo el teólogo puertorriqueño Orlando Costas (1941-1987) al trabajo de Shaull (y de R. Alves) como demostración de que el movimiento evangélico que ha enfatizado la “misión integral” también se formó en diálogo con su pensamiento y con el de aquellos que Shaull inspiró o en quienes influyó de manera más decisiva.



    En esa sección se exponen las tres conversiones de Shaull: la primera, como estudiante en Prinecton, resultado del encuentro con varios teólogos europeos; la segunda, mediante su trabajo en Colombia y Brasil; y la tercera, por la fecunda huella del pentecostalismo latinoamericano. Con ello, concluye, el antiguo misionero estadunidense atisbó las nuevas fronteras del cambio social sin escandalizarse con el socialismo marxista ni con el ecumenismo, como fue la tónica dominante de la época en la mayor parte del medio evangélico. A causa de su diálogo crítico con esas y otras corrientes, Shaull puede representar un gran apoyo para articular mejor las diferentes fuerzas religiosas representadas por los rostros (o caminos) elegidos por Barreto para su análisis: el ecuménico, el evangélico y el pentecostal, los cuales no necesariamente han convivido en armonía (y no solamente en Brasil) y mucho menos han colaborado ante la tarea común de ayudar a abatir la pobreza, ese lastre que sigue sacudiendo duramente al subcontinente latinoamericano.



    Notas



    [1] Rubem Alves, ed., De dentro do furacão. Richard Shaull e os primórdios da Teologia da Libertação. São Paulo, CEDI-CLAI-Sagarana, 1985, p. 187.



    [2] R. Alves, “O Deus dofuracão”, en De dentro do furacão, p. 22.



     


     

     


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