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    Ligon Duncan
     

    ¡No temas!, de Ligon Duncan

    La mayoría de las preguntas que me han hecho a mí acerca de la muerte a lo largo de los años han sido profundamente personales, específicas, y nacidas de experiencias de su propia vida o de su familia.

    FRAGMENTOS 18 DE OCTUBRE DE 2019 09:00 h
    Detalle de la portada del libro.

    Un fragmento de “¡No temas! La muerte y el más allá desde una perspectiva cristiana”, de Ligon Duncan (Editorial Peregrino, 2019). Puede saber más sobre el libro aquí.



     



    ¿Qué es la muerte?



    «He resuelto pensar mucho en toda ocasión en mi propia muerte y en las circunstancias comunes que rodean la muerte».



    Jonathan Edwards



    Morirse de curiosidad



    A raíz de cierta publicación muy comentada recientemente, ha aumentado la curiosidad de los cristianos en cuanto a la respuesta que ofrece la Biblia a las distintas cuestiones relacionadas con la muerte y el más allá. Pero no solo la literatura más descabellada despierta inquietudes en cuanto a la muerte. La mayoría de las preguntas que me han hecho a mí acerca de la muerte a lo largo de los años han sido profundamente personales, específicas, y nacidas de experiencias de su propia vida o de su familia. Ya sea que la muerte sea esperada o considerada como trágica según todos los estándares humanos, suscita inquietudes.



    Algunos políticos escribieron que en este mundo lo único seguro son la muerte y los impuestos. Esta afirmación tiene cierta parte de verdad. La muerte es sin duda una realidad para todos nosotros. Todos tendremos que lidiar (si no lo hemos hecho ya) con la muerte de forma personal en nuestra propia familia y en nuestro círculo de amigos más cercanos. Del mismo modo, todos nosotros, a menos que el Señor venga pronto, nos enfrentaremos personalmente a la muerte. Por eso la miramos tan atentamente, porque la muerte nos afecta profundamente a todos en lo más hondo de nuestro ser.



     



    Mortalmente equivocados



    No debería sorprendernos que nuestro mundo actual esté confundido con respecto a la muerte. Existen muchas ideas en cuanto a ella debido a las diferentes creencias religiosas y cosmovisiones que hay en nuestra sociedad. Si crees que no existe Dios y que este mundo evolucionó de una proteína primitiva en la explosión de alguna partícula primaria, entonces la muerte es literalmente irrelevante. Si has reducido la vida simplemente a una secuencia de causas y efectos, a una inexorable cadena de sucesos, entonces tras la muerte no hay nada. Si permites que ese tipo de pensamiento controle la forma en que te planteas la vida y la muerte, entonces las verás de forma fundamentalmente diferente a alguien que enfoca la vida y la muerte desde una cosmovisión cristiana, basada en la Biblia. Sin embargo, no nos hace falta ir a los no cristianos para encontrar malentendidos acerca de la muerte. Entre nuestros amigos y familiares, a la hora de la muerte, veremos gran variedad de enfoques prácticos pero confusos en cuanto a la muerte. Algunas personas intentan afrontar la muerte con negación, haciendo como que no existe.



    Hace varios años pude servir a una familia durante una pérdida trágica. La repentina muerte de un miembro de la familia les había dejado sin aliento. Durante la conversación familiar, hubo una seria discusión entre ellos en cuanto a si debían contarles a los niños de la familia que la persona había muerto. Tuve que dedicar bastante tiempo en explicarles la importancia de ser sinceros con los niños, si bien debían intentar darles la noticia con sensibilidad y cuidado.



    Entre los dolientes, tal tendencia a ocultar la muerte nace a raíz de un intento de tratar con su realidad a través de la negación. «Vamos a proteger a los niños de la muerte haciendo como que no existe». Al final, tal falta de entendimiento agrava el problema. El miembro familiar que acaban de perder, de repente, ya no está, y el niño no tiene ni idea de por qué. «¿Qué ha pasado? —puede que pregunte— ¿Se ha desvanecido? ¿He hecho algo malo para que ya no esté conmigo? ¿Es que ya no me quiere?». Tal incertidumbre desde luego infunde más terror en el corazón de un niño que la realidad de la muerte, y aun así mucha gente tiene la tendencia de afrontarla desde la negación. Pero tal escapismo no es un fenómeno del s. XXI; existe desde hace mucho tiempo.



     



    Portada del libro.

    Luis XI de Francia prohibía que sus asesores usaran la palabra «muerte» a su alrededor. Pero, da igual cuánto intentara hacer como que la muerte no era una realidad, aun así murió. A pesar de nuestra negación, los cementerios se siguen llenando. La Biblia no nos anima a afrontar la muerte desde la negación o el escapismo, pero tampoco nos anima a cultivar una actitud estoica hacia ella.



    A menudo los amigos te intentan consolar cuando ha habido una muerte haciendo comentarios que minimizan tu pérdida, buscando algo positivo que decir. Esto es también otra de las formas en que los seres humanos intentan lidiar con la muerte. Sobrepasada por las emociones asociadas con ella, la gente a veces busca pequeños tópicos para poder poner una cara alegre. Pero vemos un destello de la bondad de Dios en que la Biblia no trata la muerte desde la negación, ni tampoco haciendo como si no tuviera importancia; en lugar de ello, su Palabra nos prepara para afrontar de cara el problema de la muerte.



     



    Todo el pecado es mortal



    La Biblia paradójicamente trata la muerte con total realismo y con completa esperanza en Dios. Nosotros, por tanto, debemos desarrollar una manera bíblica de pensar acerca de la muerte y de las últimas cosas si queremos enfrentarlas desde la perspectiva adecuada. Y si vamos a cultivar una perspectiva cristiana acerca de la muerte, entonces debemos comenzar por intentar entender la muerte en sí.



    Antes de que existiera la muerte en el mundo, Dios ya le habló a Adán acerca de ella. En Génesis 2:17, el Señor dice: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás».



    La muerte hace su entrada en la Biblia como el juicio por el pecado. El pecado trae consigo, dice el apóstol Pablo, su paga: «Porque la paga del pecado es muerte» (Ro. 6:23a). Antes de que existiera la muerte en el mundo, Dios ya se la había explicado a Adán: «Adán, si te rebelas contra mí, la consecuencia, el castigo, será la muerte». Desde el comienzo, la Biblia nos pide que veamos la muerte en términos judiciales. No es simplemente el fin natural de la vida; es el juicio de Dios por el pecado.



    Forrest Gump, el gran teólogo y filósofo de nuestra época, ha popularizado un dicho que ya se oía mucho antes de que Winston Groom lo escribiera: «La muerte es parte de la vida». Bueno, creo que todos entendemos lo que esto quiere decir, pero este dicho no es en absoluto una buena representación del punto de vista bíblico de la muerte. La muerte no era parte del proyecto de Dios para la vida de Adán en el huerto. La muerte solo se advirtió en caso de que Adán pecara. El pecado trajo la realidad de la muerte al mundo. La muerte, la separación del cuerpo y el alma, es el fruto del pecado y la consecuencia del juicio de Dios. Este, se nos dice, es el resultado del pecado de Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (Gn. 3:19).



    En cumplimiento de la advertencia que se dio a Adán en Génesis 2:17, Dios pronuncia una maldición tras la rebelión, lo que resulta en la expulsión de Adán y Eva del huerto de Edén.



    La muerte nos trae separación, y ocurren dos separaciones en Génesis 3. En primer lugar, Adán y Eva se separan de Dios (Gn. 3:23). Adán y Eva no pueden quedarse ya en el jardín. ¿Pero qué significa este juicio? Que Adán y Eva fueran expulsados del huerto es una imagen de la pérdida de la vida.



    Génesis 3:8 dice: «Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día…». ¿Cuántos de vosotros habéis escuchado el sonido de Dios caminando en el huerto? ¡Yo tampoco! Las únicas dos personas en la historia de este mundo que supieron cómo suena Dios caminando por el huerto con ellos decidieron escuchar a una serpiente en lugar de amar a Dios. Perdimos ese privilegio en la Caída.



    Que Dios caminara en el huerto en Génesis 3 es una imagen de la vida, la comunión, la cercanía y el disfrute del Dios vivo que les habían sido dados a Adán y a Eva. Pero en Génesis 3:24, Adán y Eva son expulsados del huerto como consecuencia de su pecado. Tiene lugar la separación, y al ser separados de Dios, son separados de la vida, la vida que estaba preparada. Dios preparó que disfrutáramos la vida, pero el hombre perdió toda vida verdadera, todo gozo verdadero, toda paz verdadera al pecar contra Dios.



    Por eso Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». El concepto bíblico de la vida no es tener abundancia de las cosas de este mundo; más bien, la vida abundante es la comunión y la relación con el Dios vivo. Al pecar contra Dios, Adán y Eva perdieron el privilegio de la vida abundante para todo el mundo, pero Jesucristo vino a este mundo para recuperar ese privilegio para una multitud de hombres, mujeres y niños, una multitud que ningún humano puede contar, de cada tribu, lengua, pueblo y nación. Jesús vivió, murió y resucitó de los muertos para ofrecer lo que Adán perdió. La muerte debe contemplarse en términos del juicio justo de



    Dios sobre el pecado.



    En segundo lugar, el pecado causó una separación en nosotros mismos. La separación del cuerpo y el alma es una señal de la separación física de Dios que nos trae la muerte física, una separación que será más profunda para aquellos que dejan este mundo sin Cristo.



    De principio a fin, la Biblia ve la muerte como «el último enemigo»; no porque esta vida sea aquello que atesoremos por encima de todo lo demás, sino porque nuestro supremo tesoro, por encima de todo lo demás, es Dios, y la muerte es el juicio contra aquellos que se han rebelado contra Dios y han perdido el derecho a la vida y a la comunión con él. La visión cristiana de la muerte es radicalmente distinta a la visión del no creyente, porque el cristiano desea por encima de todo tener comunión con Dios. Un santo antiguo lo dijo con estas palabras:



     



    Del mismo modo que la vida del creyente es muy distinta de la vida del no creyente, también la muerte del creyente es muy distinta de la muerte del no creyente. El no creyente prefiere el Cielo antes que el Infierno; el creyente prefiere el Cielo antes que esta tierra. El no creyente prefiere el Cielo solo antes que el infierno porque no se imagina nada más bendito que esta vida. El creyente prefiere el Cielo por encima de la tierra porque el creyente no se imagina nada más bendito que la vida con Dios.



     



    El creyente y el no creyente ven la muerte de forma dramáticamente diferente, porque la muerte no es el fin para el creyente. Lo que el creyente más anhela, por encima de todo, es la comunión con el Dios vivo, pero la muerte es la imagen visible del justo juicio de Dios contra todos aquellos que han caído en pecado: los pecadores no tienen derecho a disfrutar comunión con el Dios vivo. Así que la muerte y la separación del cuerpo y el espíritu es una imagen de la separación espiritual de Dios.



     



    La paradoja de la muerte



    Hay algo muy extraño en cuanto a la forma en que la Biblia habla de la muerte. Retrata la muerte como un enemigo, y aun así habla de ella en términos de consuelo para los creyentes.



    Ya en Génesis 49, Israel podía describir su muerte como ser «reunido con [su] pueblo». En 2 Reyes 22:20, Dios le dijo a Ezequías que iba a ser «llevado a [su] sepulcro en paz». En el Salmo 116:15, se nos dice que la muerte es estimada: «Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos». En Lucas 16:22, Jesús se refiere a la muerte como ser «llevado por los ángeles al seno de Abraham». En Lucas 23:43, puede hablar a un ladrón en la cruz en términos de estar con él: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». En Juan 14:2, Jesús puede describir la muerte de sus discípulos en términos de ir a las muchas moradas que él ha preparado para ellos. En 2 Corintios 5:8, se nos dice que la muerte es como estar «vivir junto al Señor» (NVI). En Filipenses 1:21, se llama a la muerte «ganancia». En Filipenses 1:23, se refiere a ella como «muchísimo mejor». Y en 1 Tesalonicenses 4:13, se describe a los creyentes que han muerto como «los que duermen». ¡Qué hermosas imágenes de la muerte!



    Por un lado, la muerte es el último enemigo. Los creyentes también son pecadores, así que a menos que el Señor venga pronto, todos probaremos la muerte. El cristiano ve la muerte como un enemigo; no es una parte natural de la vida. La muerte, de hecho, no forma parte de las cosas tal y como fueron diseñadas. La muerte es la cosa más antinatural de este mundo. Pero, por otro lado, la muerte se ha convertido para el creyente en una entrada a la gloria.



     



    La transformación de la muerte



    ¿Pero cómo fue transformada la muerte? ¿Cómo es que el creyente no solo es capaz de verla como el último enemigo, sino también como su entrada a la gloria? La quinta de las siete bendiciones que pronuncia el apóstol Juan en el libro de Apocalipsis dice: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años» (Ap. 20:6).



    La muerte fue transformada para el creyente cuando Dios envió a su Hijo al mundo y lo puso en la cruz. Jesucristo experimentó la segunda muerte a favor de su pueblo (la segunda muerte es la forma bíblica abreviada de referirse al juicio y al castigo eterno que espera a aquellos que no han confiado en el Señor Jesucristo). Después de que el creyente experimenta la primera muerte, no gusta la segunda muerte. Para el cristiano, la muerte ya no es precursora del juicio final y la separación de Dios; en lugar de ello, la muerte ahora ha sido transformada en el portal hacia la presencia de Dios.



    Cuando Adán y Eva fueron expulsados del huerto, se colocó a unos ángeles guardianes que les impidieran regresar a Edén. La guarda angélica era algo que Adán y Eva no podían atravesar. Eran incapaces de entrar a la presencia de Dios; estaban separados del Dios vivo. Del mismo modo, la muerte es algo más poderoso que nosotros, y no hay forma en que podamos atravesarla ilesos por nuestra propia fuerza. La muerte es demasiado letal para nosotros. Pero cuando Jesucristo conquistó la muerte y le robó el aguijón, permitió a todo creyente atravesar la muerte (el último enemigo) para llegar a la gloria. Doug Kelly, profesor de Teología Sistemática en el Seminario Teológico Reformado de Charlotte lo explicó así: «Cuando la muerte tomó a Jesús, abarcó más de lo que podía apretar». Ya que Jesús experimentó la segunda muerte a favor de su pueblo, todo nuestro concepto de la muerte se ve transformado.



    Cuando la muerte nos toma por sorpresa, podemos vernos tentados a pensar que Dios no comprende lo que estamos sintiendo y experimentando. Pero cuando Dios envió a Jesús a este mundo, el Padre sabía que estaba enviando a su Hijo a morir. Y no solo tendría que morir, sino que tendría que experimentar la segunda muerte que ninguno de los que habéis confiado en Cristo tendréis que experimentar jamás. Así que cuando veas el cuerpo frío de un ser querido que te ha sido arrebatado y te sientas tentado a pensar:



    «Señor, tú no entiendes lo que siento», es crucial que comprendas que tu Padre celestial entiende cosas acerca de la muerte que tú no puedes concebir. Su Hijo, el Señor Jesucristo, experimentó una muerte que ni tú ni nadie que confíe en él experimentará jamás. A eso se refiere el apóstol Pablo cuando dice en Romanos 8:32: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». El Padre dio a su Hijo, no solo para que se adentrara en la primera muerte, sino en la segunda muerte, en nuestro lugar, para que no tuviéramos que sentir toda la fuerza de lo que la muerte debía ser: la separación de un Dios bueno y amoroso por causa de nuestra rebelión. Esta verdad transforma radicalmente la forma en que un creyente ve la muerte.


     

     


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