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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
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    En los 450 años de la Biblia del Oso, de Casiodoro de Reina: la ejecución

    Cuando por fin parecía que estaban dadas las condiciones más propicias para ello, surgieron una serie de imponderables que Casiodoro debió afrontar con enorme estoicismo y una fe inquebrantable en que su proyecto alcanzaría un feliz cumplimiento.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 26 DE SEPTIEMBRE DE 2019 19:30 h
    Inicio del Evangelio de Juan en la Biblia del Oso.

    Este texto es el cuarto de una serie de cinco sobre el tema enunciado en el título. Representa el esfuerzo personal de quien escribe para clarificar comunitariamente el origen, desarrollo y alcances de la benemérita Biblia del Oso, así como la vida agitada de su traductor.No se pretende aportar ninguna novedad, únicamente dar fe del asombro y la gratitud con que muchos lectores nos seguiremos acercando a ella, en sus diversas transformaciones históricas. Con todo, forma parte de un libro de próxima aparición: Biblia, literatura y cultura. 450 años de la Biblia del Oso. Ensayos(México, Casa Unida de Publicaciones).




    En la Europa protestante, el impulso del humanismo y la Reforma llevó a la recuperación del texto bíblico en lenguas vulgares. Puesto que cada creyente era sacerdote de sí mismo, lógico paso era que pudiese acceder a la palabra de Dios en su lengua. Los protestantes españoles exiliados participaron de este principio.[1] Doris Moreno




    Una vida peregrina



    La impresión y distribución de la Biblia del Oso atravesó, como casi todo en la azarosa vida de su traductor, por un conjunto de dificultades digno de un relato novelado amplio y emocionante. Cuando por fin parecía que estaban dadas las condiciones más propicias para ello, surgieron una serie de imponderables que Casiodoro debió afrontar con enorme estoicismo y una fe inquebrantable en que su proyecto alcanzaría, por fin, un feliz cumplimiento. Cipriano de Valera, amigo y colega de Casiodoro es quien cuenta la huida de otros, y luego cómo él y sus compañeros salieron del monasterio para no volver nunca y desarrollar una amplia carrera por diversas ciudades europeas:




    En el año de 1555 salieron de Sevilla siete personas, entre hombres y mujeres, y vinieron a Ginebra, donde residieron. En el año de 1557 acontecieron en Sevilla cosas maravillosas y dignas de perpetua memoria. Y es, que en un monasterio de los más célebres y ricos de Sevilla, llamado S. Isidoro, el negocio de la verdadera religión iba tan adelante, y tan a la descubierta., que no pudiendo ya más con buena conciencia estar allí, doce de los frailes, en poco tiempo se salieron, unos por una parte, y otros por otra; los cuales, dentro del año se vieron en Ginebra, a donde cuando salieron, tenían determinado de ir: no hubo ninguno de ellos que no pasase grandes trances y peligros: pero de todos estos peligros los escapó Dios, y con mano potentísima los trajo a Ginebra.[2]




    La narración de Cipriano es vívida y militante pues la adereza con comentarios que muestran el dramatismo y la gratitud con que recordaba lo sucedido. Al referirse a quienes se quedaron, sus palabras son conmovedoras: “Y no solamente, Dios con su brazo poderoso libró de las crueles uñas de los inquisidores a estos doce, antes que comenzase la gran persecución en Sevilla, más aún después, en tiempo de la gran persecución, libró otros seis, o siete, de este mismo monasterio, entonteciendo y haciendo de ningún valor y efecto todos los estratagemas, avisos, cautelas, astucias y engaños de los inquisidores que los buscaron y no los pudieron hallar. Porque a quien Dios quiere guardar, ¿quién lo destruirá?”.[3] Marcel Bataillon lo relata como sigue: “Tal era la comprometedora mercancía [los opúsculos heterodoxos] que el valeroso Julián Hernández, llamado ‘Julianillo’, se encargó de llevar consigo hasta Sevilla, en el momento mismo en que doce frailes de San Isidro del Campo, cansados de las incertidumbres de su superior entre un evangelismo de esencia laica y una espiritualidad fundada en el ascetismo del claustro, se decidían a colgar la cogulla y marcharse a Ginebra”.[4] Mientras tanto, la estancia de Casiodoro en Ginebra (con todo y que recibió el apoyo de Juan Pérez de Pineda, pastor de los refugiados españoles) no resultó muy halagüeña, por lo que debió partir hacia Inglaterra, adonde comenzó a experimentar el acoso de los enviados de la Corona que buscaban apresarlo. Allí obtuvo el apoyo moral del obispo Edmund Grindal y el económico de la reina Isabel, pero debió salir de ese país por las acusaciones de inmoralidad y herejía (servetismo, específicamente). Antes, participó en el Coloquio de Poissy (septiembre-octubre de 1561), convocado por Catalina de Médici para pacificar a Francia, que abandonó enfermo y en riesgo de ser capturado.



     



    Edición facsimilar de la Biblia del Oso.

    Recaló en Amberes (donde lo apoyó firmemente el comerciante Marcos Pérez), ciudad en la que estuvo a punto de ser capturado y allí recibió el manuscrito de la traducción en marcha, que Grindal le envió atinadamente. “Perseguido por los esbirros inquisitoriales y acusado de herejía, Casiodoro vagó durante más de tres años entre Amberes, Montargis [donde en noviembre de 1564 coincidió con Antonio del Corro y Juan Pérez de Pineda], Frankfurt, de nuevo Amberes, Heidelberg, Estrasburgo y Basilea, a la búsqueda de un lugar donde establecerse como pastor de la iglesia, cosa que los colegas reformados impidieron incluso después de que se descubriese la maquinación inquisitorial de Londres”.[5] En todas esas ciudades hizo amistades útiles para su proyecto.[6] Por otra parte, los agentes de la Inquisición llegaron hasta el punto de convencer a Gaspar Zapata, su asistente, para que les proporcionase información sobre sus actividades. Las amistades de Basilea (entre quienes se contaron Theodor Zwinger, sobrino del impresor Oporino y discípulo de Castellio, y los inspectores Sulzer y Koechlein) resultaron cruciales.[7] Casiodoro pensaba terminar la traducción en Francia, pero la orden de Enrique II para expulsar a los ministros protestantes lo llevó a Frankfurt y luego a Estrasburgo, donde los llamados para ser pastor se frustraron, sucesivamente, por la intervención de Teodoro de Beza, sucesor de Calvino, y de Gaspar Oleviano (1565), uno de los autores del Catecismo de Heidelberg. Beza cuestionaba sus posturas “luteranas” sobre la Santa Cena. Sin poder ejercer, en Frankfurt se dedicó al comercio textil y se estableció con su familia con cierta estabilidad.



    A pesar de todo lo sucedido, Reina se instaló en Estrasburgo donde, gracias al reformador Johannes Sturm (1507-1589) —a quien Reina dedicaría su comentario del Evangelio de Mateo—pudo conseguir la residencia por tres años. Al fin tuvo cierta tranquilidad para trabajar y retomar la traducción de la Biblia y la revisión de las Artes de la Inquisición española que aparecería anónimo en latín (Heidelberg, 1567), y que sería reeditado muchas veces. Para entonces, ya estaba cansado de las polémicas sobre la Eucaristía entre luteranos y calvinistas. Casiodoro, en esos temas, fue abiertamente irenista,pacífico, y se alineó en el bando moderado de Sturm. No obstante, no dejaron de surgir nuevas dificultades.



    Los pasos finales para la impresión



    Una de esas dificultades fue la salud de Casiodoro, quien como refiere Kinder, en junio de 1568 cayó enfermo en un traslado de Estrasburgo a Basilea y en el viaje empeoró: “Al llegar a Basilea estuvo en cama durante cinco semanas, muy delicado. El 4 de agosto se recuperó un poco y escribió a [Conrad] Hubert [pastor en la primera ciudad] para informarle que estaba mejorando.[8] Otra dificultad fue la muerte de Pérez de Pineda en 1567, quien dejó fondos para la publicación de su Nuevo Testamento y la Biblia. Una más fue la muerte del impresor a quien le había encargado el trabajo, y quien había recibido el pago anticipado. Casiodoro trató de recuperar ese dinero en los tribunales de Frankfurt, con cierto éxito, pero la impresión no avanzaba. Otro inconveniente fue la intervención de Felipe II para prohibir y destruir el Nuevo Testamento de Pérez de Pineda publicada en París. Justo L. González narra el siguiente suceso e importante suceso: “Ya el Antiguo Testamento estaba en la imprenta cuando Reina decidió que no le quedaba otra solución que la de traducir él mismo todo el Nuevo Testamento. Estaba terminando la primera Epístola de Pablo a los Corintios cuando el impresor lo alcanzó. Sólo seis semanas le tomó el resto del Nuevo Testamento. Por último, en agosto de […] 1569, pudo ver en sus manos la primera copia impresa de toda la Biblia traducida al español”.[9]



    Valera resume la forma en que Casiodoro emprendió la conclusión de esa grandiosa obra: “…movido de un pío celo de adelantar la gloría de Dios y de hacer un señalado servicio a su nación, en viéndose en tierra de libertad para hablar y tratar de las cosas de Dios, comenzó a darse a la traslación de la Biblia. La cual tradujo; y así el año de 1569 imprimió dos mil y seiscientos, ejemplares; los cuales, por la misericordia de Dios, se han repartido por muchas regiones”.[10] La libertad tan deseada por el traductor bíblico la encontró en Estrasburgo y Basilea, adonde pudo dedicar el tiempo necesario para concluir tan magna labor. Esta afirmación retoma el camino biográfico que permitió a Casiodoro enfilarse al término de la traducción que alcanzó su consecución luego de tantos inconvenientes. “El primer contrato para la edición de 1.100 ejemplares de la Biblia fue firmado en el verano de 1567 con el famoso impresor Oporino, antiguo amigo de Francisco de Enzinas y ahora de Konrad Huber, al parecer su agente en Estrasburgo”.[11]



    Seguimos a Kinder en su reconstrucción de los momentos finales de la anhelada edición:




    El 7 de enero de 1568 le pide a Hubert que le diga a Casiodoro que el Ayuntamiento de Basilea había dado permiso para que se imprimiera la Biblia con la condición de que se omitieran todas las notas, y que Casiodoro debía volver rápidamente a Basilea para que el trabajo pudiera comenzar sin demora. El 15 de enero la noticia fue que Sulzer y Koechlein habían logrado persuadir al Consejo para que permitiera notas gramaticales en la Biblia. Mientras Oporino escribía esta tercera carta, Casiodoro regresó.[12]




    Durante la enfermedad de Reina, el de julio ese año, murió Oporino, antes de dar inicio a la impresión, dejando sus asuntos en un estado desastroso y con deudas de alrededor de 15 mil florines. “Los 400 florines que aparentemente había recibido de Casiodoro eran una cantidad muy pequeña, perdida en esa enorme deuda, y Reina dudaba si alguna vez los volvería a ver, ya que su nombre no figuraba en la parte superior de la lista de acreedores”.[13] Los espías del rey, mientras tanto, fueron engañados sobre el lugar de la edición, y creyeron que sería en Ginebra. En el verano de 1568 los inquisidores de los puertos estaban sobre aviso pues, se decía, “Casiodoro ha impreso en Ginebra la Biblia en lengua española”. En junio de ese año, los inquisidores de Sevilla escribieron al Consejo de la Suprema para advertir del cuidado que se tenía. La red de amigos se movilizó para sustituir los recursos:




    Sturm escribió varias cartas a Inglaterra buscando apoyos. Escribió a Isabel I defendiendo a Reina de las viejas calumnias, subrayando que el español era fiel a Inglaterra y que deseaba que la Biblia española se publicase bajo sus auspicios. También escribió al secretario de la reina William Cecil pidiendo ayuda, pero fue inútil. Intervino, una vez más, Marcos Pérez, prestándole a Casiodoro a fondo perdido una cantidad significativa —equivalente al sueldo de tres años de un profesor de universidad— que sirvió para cerrar un nuevo contrato con el impresor Thomas Guarin.[14]




    Impresión, emblema y distribución



    Finalmente se imprimieron los ejemplares mencionados por Cipriano; la impresión se llevó a cabo tuvo lugar en los talleres de Guarin y no en la minúscula imprenta de Samuel Biener, Apiarius (Abeja) en su forma latina, que entonces producía libros de pequeño formato y texto limitado. No obstante, se utilizó una marca tipográfica de Apiario ya en desuso. A pesar de esto, Casiodoro pudo ver este emblema en la portada del comentario al profeta Ezequiel de Ecolampadio, publicado por los Apiarius en 1534.[15] La marca, relacionada con el oso del escudo de Berna, es la que dio el apelativo a la obra, por lo tanto, ya había sido utilizado con anterioridad. José C. Nieto ha esbozado una interpretación del emblema:




    El árbol sería la Iglesia de Roma que tiene cautiva la palabra de Dios, representada por el panal de miel. El mazo sería a fuerza de la palabra de Dios y al mismo tiempo el golpe que Lutero dio al árbol de la Iglesia Romana con la Reforma protestante. Pone en relación la dulzura y amargura de la miel con el texto de Apocalipsis (10.9): “Fui al ángel y le pedí que me diera el pequeño rollo, y me contestó: ‘Toma y comételo. En tu boca será dulce como la miel, pero en tu estómago se volverá amargo’”. La palabra de Dios, dulce como la miel, pero útil también para corregir. El dolor provocado por el aguijón de las abejas representaría la amargura y persecuciones sufridas por Casiodoro. Y la presencia de los animales que aparecen en el emblema se debería a que ya formaban parte de la marca tipográfica del impresor.[16]




    “El mazo sería pues la fuerza misma de la palabra de Dios, que después de siglos escondida en el tronco del árbol de la Iglesia de Roma fue al fin hendida por la palabra de Dios que ‘permanece para siempre’ representando así el grave golpe que Martín Lutero diera a la Iglesia Medieval”.[17] María Dolores Alonso Rey, en un amplio análisis, ha propuesto otra interpretación del emblema:




    "Si se expresase verbalmente el significado del emblema de La Biblia del Oso se haría de la manera siguiente: el cristiano (oso) que está dispuesto a sufrir los rigores de la persecución (aguijones de las abejas) se apoya en la fortaleza de su fe (árbol) para acceder a la dulzura del alimento espiritual que proporciona la palabra de Dios (miel) traducida al español con esfuerzo constante (mazo) por un traductor laborioso y humilde (como las abejas) porque sabe que “La palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.[18]




    Se trataría, entonces, de un emblema ya típicamente protestante pues cualquier creyente podía reconocerse en esa cita bíblica. Pero lo cierto es que el volumen pronto fue conocido como la Biblia del Oso. “La impresión finalizó en 1569. Los pastores de Ginebra la examinaron minuciosamente y, según un informe oficial de agosto de 1571, dieron su aprobación a pesar de la siniestra opinión que decían tener de Casiodoro”.[19] La Inquisición estuvo vigilante: “Felipe II le escribió al embajador en Francia el 24 de diciembre de 1570 para ordenarle que encontrase al español que tradujo la Biblia y lo enviase a España para aplicarle un castigo ejemplar, y si esto último no era posible, que lo castigase donde fuere”.[20] En 1581, 1.400 ejemplares fueron enviados de Frankfurt a Amberes, adonde se les cambió la portada por el muy popular Diccionario latino, de Ambrogio Calepino.



     



    Los tratados del Papa, de Cipriano de Valera.

    Reina decidió seguir el antiguo canon alejandrino tanto en cuanto a los libros aceptados (incluidos los deuterocanónicos) como al orden en el que estaban tradicionalmente, quizá por la influencia de Castellio, que en su traducción latina del Nuevo Testamento (1551) ya lo había hecho. su traducción latina del Nuevo Testamento de 1551 ya lo había hecho. Dicha elección buscaba trascender la controversia entre católicos y protestantes sobre el canon del Antiguo Testamento al remontarse a un periodo previo al de la fractura religiosa, reforzando con ello su carácter universal. Y para reforzar su perspectiva “católica”, incluye al principio dos regulaciones del Concilio de Trento sobre las traducciones de la Biblia en lengua vulgar, que formaban parte del decreto titulado “Diez reglas sobre libros prohibidos”. A ello le sigue seguía una dedicatoria “A los Serenísimos, Ilustrísimos, Generosos, Nobles y Prudentes: Reyes, Electores, Príncipes, Condes, Barones, Caballeros y Magistrados de ciudades no sólo de toda Europa, sino también y, sobre todo, del Sacro Imperio Romano”, quizá de la pluma de Sturm,[21] que buscaba “elaborar un emblema político, profético[…], que pretendía reflejar el oficio del príncipe de acuerdo con las ideas humanistas y cristianas”.[22] A continuación, aparece una “Amonestación” al lector, en la que justificaba la importancia de su trabajo, su necesidad, los criterios prácticos de tipo filológico y contextual que había adoptado y las fuentes que había utilizado, además de situar su labor de traductor en el marco de una batalla cósmica, entre Dios y el diablo, entre el bien y el mal. Se asumía como católico, pero no agregó el calificativo de romano.Estamos así, pues, ante la consecución completa del sueño mayor de Casiodoro de Reina.



     



    Notas



    1 D. Moreno, op. cit., p. 159.



    2 C. de Valera, Los dos tratados: del Papa i De la Misa. [1588, 1599] Madrid, 1851 (Obras antiguas de los españoles reformados, 6) pp. 247-248,https://archive.org/details/losdostratadosd00valegoog/page/n12.Más de veinte páginas dedica este autor a las persecuciones en Sevilla y Valladolid, todo en el mismo estilo dramático y exhortatorio. 



    3 Ibíd.,p. 248. Énfasis agregado.



    4 M. Bataillon, “El erasmismo condenado”, en Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI. II.México, FCE, 1950, p. 318.



    5 D. Moreno, op. cit., p. 134.



    6 A.G. Kinder, op. cit., p. 56. Versión propia.



    7 Ibíd.,p. 49.



    8 Ibíd.,p. 51.



    9 J.L. González, Luces bajo el almud. Miami, Caribe, 1977, p. 65.



    10 C. de Valera, “Exhortación al cristiano lector a leer la sagrada Escritura. En la cual se muestra cuáles sean los libros canónicos, o sagrada Escritura, y cuáles sean los libros apócrifos” [1602], en B. Foster Stockwell, ed., Prefacios a las Biblias castellanas del siglo XVI. Buenos Aires, La Aurora, 1939, p. 181.



    11 D. Moreno, op. cit., p. 148. Cf. Charles Williams Heckethorn, “John Oporinus”, en The printers of Basle in the XV & XVI Centuries. Their biographies, printed books and devices. Londres, Unwin Brothers at the Gresham Press, 1897, pp. 179-185,https://archive.org/details/printersbaslein00heckgoog/page/n14.



    12 A.G. Kinder, op. cit., p. 50.



    13 Ibíd., p. 51.



    14 D. Moreno, op. cit., p. 181.



    15 Cf. C. Williams Heckethorn, “Apiarius, father and son”, en op. cit., pp. 68-71



    16 J.C. Nieto, “La Biblia del Oso de Casidoro de Reina (1569)”, enop. cit.,p. 524, cit. por D. Moreno, op. cit., p. 182.



    17 José C. Nieto, op. cit., pp. 525-526.



    18 M.D. Alonso Rey, “Los emblemas de las Biblias del Oso y del Cántaro”, en Imago. Revistas de emblemática y Cultura Visual,núm. 4, 2012, p. 61.



    19 D. Moreno, op. cit., p. 183.



    20 Ídem.



    21 A.G. Kinder, op. cit., p. 55.



    22 D. Moreno,op. cit., pp. 162-163.


     

     


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    COMENTARIOS

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    lcervortiz
    27/09/2019
    04:03 h
    1
     
    Se puede escuchar un programa completo sobre los 450 años de la Biblia del Oso (Huellas de la historia), transmitido el pasado domingo 22 de junio, con la conducción del escritor Francisco Prieto y Blanca Lolbee, en el siguiente enlace: https://radiocentro1030.mx/podcast/la-primera-biblia-en-castellano-fue-un-libro-traducido-en-el-exilio.html
     



     
     
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