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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    El esplendor literario de la Biblia del Oso y sus posteriores revisiones (1602-1960) desde la mirada de los escritores

    El pueblo evangélico hispanoamericano siempre ha tenido entre sus manos un clásico de la lengua española, sin considerarlo necesariamente como tal, aunque sirviéndose de sus extraordinarias virtudes.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 23 DE AGOSTO DE 2019 10:00 h
    Antonio Muñoz Molina.

    Mesa redonda sobre los 450 años de la Biblia del Oso, librería Maranatha, Bolívar 8, Ciudad de México



    24 de agosto de 2019




    Una de las cimas literarias de la lengua española, la Biblia traducida en el siglo XVI, ha sido invisible o ha permanecido en los márgenes de nuestra cultura desde el momento mismo en que se publicó, y no ha podido ejercer ninguna influencia vivificadora; uno de nuestros más grandes escritores, su traductor, fue perseguido hasta el extremo de que su nombre fue borrado por completo de nuestra memoria colectiva.[1]



    A. Muñoz Molina




    Palabras introductorias



    Estas palabras del escritor español Antonio Muñoz Molina apuntan hacia el núcleo mismo de la importancia de la Biblia del Oso y le hacen entera justicia por causa del escaso conocimiento que se tuvo de ella en el que debió ser su espacio geográfico natural, la España de la segunda mitad del siglo XVI, pero que le fue vedado por la enorme cerrazón de la Corona y de su brazo religioso, la Inquisición. Ambas instancias, celosas guardianas del catolicismo ultramontano, restringieron al público el acceso a tan grandioso producto de las letras religiosas de la época, pero lo cierto es que la calidad literaria se impone dondequiera que aparezca. Su reivindicación es estrictamente literaria y cultural: “El problema más grave no es la injusticia del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las influencias que una obra así podía haber irradiado”.



    Este autor también se lamentó por no haber contado con la referencia escritural bíblica en su país, tal como sucedió en otros países, adonde la marca en ese sentido fue clara y evidente: “Hay que pensar en qué habría sido la literatura en inglés, y hasta la misma lengua inglesa, sin la King James Bible, la traducción directa al inglés que se publicó en 1611. No habría habido Milton, ni William Blake, ni los suntuosos oratorios de Haendel, ni Moby-Dick, ni Walt Whitman, ni una parte de James Joyce, ni Faulkner, ni los Negro Spirituals, ni los discursos arrebatadores de Martin Luther King”. Muñoz Molina no incluye la Biblia de Ginebra (1560), traducción pionera en lengua inglesa. El volumen de ejemplos es enorme y contundente, y lo mismo podría decirse de otras lenguas como el alemán (“En 1522 aparece un modo de escribir que rápidamente se convertiría en lo propiamente literario del ámbito germánico”, Félix de Azúa), el sueco o el esloveno, lo que sucedió también antes de que concluyese el siglo XVI.



     



    La Biblia del Oso, un auténtico clásico de la lengua castellana



    El escritor italiano Ítalo Calvino (1923-1985), en Por qué leer los clásicos (un recuento de obras consideradas como tales) menciona 14 razones por las cuales deben leerse los clásicos.[2] Entre ellas destacan, y aquí se intenta aprovechar las que más vengan al caso, las siguientes: la relectura permanente, su influencia particular (“ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual”), un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, inéditos al leerlos de verdad, “lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo” o “lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone”. En grado variable, muchas de estas definiciones aplican a lo que la Biblia es y a lo que representa como parte de la cultura escrita procedente de una oralidad probada y establecida.



     



    Portada de ¿Por qué leer los clásicos?, de Italo Calvino.

    “¿Cómo se debe celebrar a un clásico?” se preguntó el poeta y crítico español Juan Antonio González Iglesias (1964) y él mismo pasa a responderse en un hermoso artículo: “Con los clásicos actúa la convención (una hermosa ficción aceptada como realidad) de que pasan por el tiempo sin que el tiempo pase por ellos. Los clásicos son lo más parecido a la eternidad laica que tenemos los occidentales. Seamos creyentes, ateos o agnósticos, podemos compartir ese tesoro, que parece intangible, pero es tan tangible como un libro o la pantalla de un lector electrónico”.[3] Esta visión casi religiosa retoma la concepción antigua y la aplica a la realidad secularizada de la literatura: “Como cualquier moneda que ha transitado los siglos, los clásicos tienen anverso y reverso. En el anverso son reconocibles varios trazos preciosos: contribuyen a la memoria compartida de una sociedad, afinan la libertad singular de cada ser humano único, y están abiertos a una interpretación nueva con cada lectura”.



    Finalmente, señala otro aspecto fundamental que aplica de manera impecable a las traducciones bíblicas: “Los clásicos tranquilizan, porque ofrecen estabilidad y serenidad al cuerpo social, y más aún al cuerpo mismo del lector. A la vez, los clásicos irritan, porque desafían con su autoridad las ideas preconcebidas de cada uno y los esquemas que cada época presenta como sagrados. Por ejemplo: pocas cosas más relajantes —y más irritantes— que ver cómo los clásicos desafían ahora la corrección política”. En el caso de la la Biblia del Oso,la disidencia religiosa se conectó de manera bastante natural con la oposición política. No fue casualidad, por tanto, que la Reforma influyese de forma tan inmediata en la emancipación de los Países Bajos de la tutela de la Corona española.



    El pueblo evangélico hispanoamericano siempre ha tenido entre sus manos un clásico de la lengua española, sin considerarlo necesariamente como tal, aunque sirviéndose de sus extraordinarias virtudes, pues la capacidad gramatical, lingüística, lexicográfica y estética de la traducción de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera han ido siempre más allá de las capacidades lectoras de quienes hemos estado en contacto con ella, pues se trata de una auténtica “Biblia de escritor”, esto es, una obra literaria en la que el arrollador uso del lenguaje exige pausas, compases y ritmo (para utilizar la jerga musical) a fin de sintonizar con ella y dejarse envolver por la suntuosidad del idioma. Esta Biblia ha enseñado a hablar, a leer y (en algunas ocasiones, no pocas) a escribir a varias generaciones de lectores/as que, agradecidos, debemos situarnos ante ella para hacer el mejor homenaje que todo monumento literario se merece: nuevas y fecundas relecturas que contribuyan a engrandecer y consolidar su impacto como una de las grandes cumbres de la lengua española. Sí, con la misma que fueron colonizadas estas tierras y que, para la visión protestante convencional (ya bastante superada, por lo demás), sería una muestra de la cristianización colonizadora que tantas desgracias dejó en lo que ahora es América Latina. Y es que habría que atreverse a decirlo, en la misma ruta trazada por el misionero sui generisque fue don Juan A. Mackay al referirse a la otra posibilidad de cristianismo que no pudo llegar a este subcontinente.



     



    Más allá de la “literatura religiosa”



    Otro poeta español, Félix de Azúa (1944), observa cómo la Biblia influyó en el surgimiento de las lenguas y las literaturas nacionales: “Suele decirse que la moderna literatura europea nace a finales del Renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. Adaptar el gran estilo bíblico a una expresión comprensible en lengua llana fue una tarea monumental”.[4] Lo que Azúa llama el “estilo bíblico” es el sustrato verbal, lingüístico y cultural que constituye la plataforma estético-ideológica que estructuró alrededor suyo el conjunto de mitos, enseñanzas, tradiciones y el folclor en su conjunto, para darle cuerpo a los productos literarios específicos en sus diferentes momentos. Tener un texto bíblico como “modelo literario” fue una experiencia que en España se vivió de manera sumamente fragmentaria, pues la prohibición estrictamente religiosa afectó directamente a la literatura y a otras artes, imponiéndoles criterios políticos y estrategias acordes con los intereses del imperio: “Todavía en 1835, cuando George Borrow recorre España intentando vender biblias protestantes, su vida pende de un hilo. Hay que leer sus aventuras en La Biblia en España(hay una muy notable traducción de Manuel Azaña), para darse cuenta de lo que debió de soportar. Casi hemos de ponernos en Unamuno para divisar la influencia de la Biblia del Oso en algún escritor de altura”.



    Su inventario de autores es muy concreto y tiene un tono apocalíptico: “En España, como es nuestro frecuente destino, eso no fue posible porque la prohibición de leer la Biblia se prolongó hasta el siglo XIX. Y aún podríamos añadir que ni siquiera en el siglo XX es una lectura literaria común, excepto entre los mejores, como Juan Benet y Sánchez Ferlosio, lectores admirados de la Biblia del Oso, nuestra traducción renacentista. El siglo XXI ya no necesitará que nadie la lea. Hemos llegado a otro mundo y no está en éste”. El recuento que hizo Patrocinio sobre la presencia del protestantismo es muy llamativo y atrayente.



    En el mismo sentido, y casi con las mismas expresiones, Sergio Pitol (1933-2018) calificó desde México a la Biblia como origen de la literatura:




    Literariamente, la Biblia es la madre de todos los libros. El lenguaje bíblico es como la sedimentación de grandes literaturas. Yo me explico la gran literatura norteamericana del siglo XIX, ese surgimiento del nivel del suelo a los niveles más altos debido a que, para los protestantes, la Biblia era un libro de lectura diaria. En cambio, nosotros, la literatura de nuestro siglo XIX no puede comprarse porque nuestra tradición de la lengua era entonces a base de sermones de curas. Leo la traducción de Casiodoro de Reina […] Es un texto que la Inquisición consideró como heterodoxo.[5]




    Esta traducción bíblica heterodoxa, a la que Pitol tuvo acceso gracias al testimonio de Carlos Monsiváis (1938-2010), se ganó un lugar sólido desde la marginación oficial y se le proscribió como posible modelo o paradigma para los escritores españoles durante prácticamente tres siglos. Contradictoriamente, se vetó una obra que, concebida como Biblia católica (según lo ha demostrado la reciente tesis doctoral de Constantino Bada Prendes), aspiraba a instalarse como una norma espiritual para todo un pueblo y una lengua.



     



    Sergio Pitol.



    La cercanía cronológica de esta traducción (a través de la Biblia del Cántaro) con el Quijote, evidencia una cercanía ideológica y, tal como sugiere Azúa, un contraste digno de subrayarse al momento de confrontar contenidos:




    Una Biblia laica, sin subida nobleza, pero mucha sagacidad, sin grandeza quizás, pero con cálida fraternidad, sin heroísmo, pero con esa simpatía que se da en los países pobres hacia los pequeños, los desvalidos, los chiflados. Una Biblia aún más popular que la elegante traducción de Casiodoro de Reina para un público algo más bajo, más vulgar que el lector protestante norteño. Un libro que expresa igual o mayor desengaño que el que pueda leerse en el Eclesiastés, igual o mayor fervor amoroso que en el Cantar de los Cantares. Una Biblia descreída e irónica. Una Biblia para un país sin Biblia.




    Desde la primera página, e incluso antes de comenzar el texto bíblico propiamente dicho, es posible acercarse a esa inmensa marea verbal y expresiva que es la prosa de Casiodoro, en la edición original de la Biblia del Oso, pues su riqueza aflora inmediatamente en su exquisita antigüedad y en el genuino sabor a siglo de oro que destilan sus líneas:




    Intolerable cosa es a Satanás, padre de mentira, y autor de tinieblas, cristiano lector, que la verdad de Dios y su luz se manifieste en el mundo, porque por este solo camino es deshecho su engaño; se desvanecen sus tinieblas, y se descubre toda la vanidad sobre que su reino es fundado, de donde luego está cierta su ruina, y los míseros hombres que tiene ligados en muerte con prisiones de ignorancia, enseñados con la divina luz se salen de su prisión a vida eterna y a libertad de hijos de Dios. De aquí viene que, aunque por la condición de su maldito ingenio aborrezca y persiga todo medio encaminado a la salud de los hombres, con singulares diligencias y fuerza ha siempre resistido y no cesa ni cesará de resistir (hasta que Dios lo enfrene del todo) a los libros de la Santa Escritura, porque sabe muy bien por la luenga experiencia de sus pérdidas, cuán poderoso instrumento es éste para deshacer sus tinieblas en el mundo, y echarlo de su vieja posesión.[6]




    Notas



    1 A. Muñoz Molina, “La obra maestra escondida”, en Babelia,supl. de El País, Madrid, 25 de julio de 2014.



    2 I. Calvino, Por qué leer los clásicos. Trad. de Aurora Bernárdez. Barcelona, Tusquets, 1993(Marginales, 122).



    3 J.A. González Iglesias, “¿Cómo se debe celebrar a un clásico?”, en El País, 14 de febrero de 2016,



    4 F. de Azúa, “La madre de la literatura”, en El País, Madrid, 25 de mayo de 2013, .



    5 S. Pitol en La Jornada, 14 de abril de 1995.



    6 Casiodoro de Reina,“Amonestación del intérprete de los sacros libros al lector y a toda la iglesia del Señor, en que da razón de su translación ansí en general, como de algunas cosas especiales”, en La Biblia que es los sacros libros del Nuevo y Viejo Testamento.Basilea, Thomas Guarin, 1569, p. xviii. Versión actualizada: La Biblia del Oso. Libros históricos (I). Juan Guillén Torralba, ed. Madrid, Alfaguara, 1987, p. 5.


     

     


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