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Leopoldo Cervantes-Ortiz
 

Edmund Grindal, apoyo de Casiodoro de Reina en Inglaterra

La magnífica relación de Casiodoro con Grindal, basada en la confianza que consiguió obtener de su parte, contribuyó decisivamente a que, en medio de tantas peripecias y obstáculos, el gran traductor español limpiase su nombre.

GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 31 DE MAYO DE 2019 10:00 h
Placa del sitio de la Iglesia Saint Mary Axe, 1230-1561.

Entre la enorme multitud de avatares que hubo de afrontar el pastor, reformador, traductor y teólogo Casiodoro de Reina (¿1520?-1594) para llevar a buen término la edición de la llamada Biblia del Oso en 1569, estuvo su estadía en Londres, luego de una breve residencia en Ginebra, tiempo después de su huida del convento de San Isidoro en 1557, junto con sus padres y otros monjes. Sus principales biógrafos y estudiosos (A. Gordon Kinder, José C. Nieto, Raymond S. Rosales y Doris Moreno, entre otros) coinciden en que su paso por la denominada “Roma protestante” le dejó un mal sabor de boca, por dos razones, principalmente: primero, por la memoria del asesinato de Miguel Servet el 27 de octubre de 1553, y segundo, por el ambiente represivo que percibió en la ciudad del lago Lemán. Esa experiencia lo obligó a salir de allí (donde compartió con algunos amigos cercanos como Juan Pérez de Pineda, Cipriano de Valera y Antonio del Corro, refugiados como él) y dirigirse a Londres, donde ejercería como pastor de una comunidad de exiliados españoles.



Muy lejos de la opinión de alguien como John Knox (discípulo directo de Juan Calvino), quien calificó a la iglesia de Ginebra como “la escuela más perfecta de Cristo que alguna vez ha habido en la tierra desde los días de los apóstoles”, Reina no dejaba de expresar su desazón. Doris Moreno observa que los gobernantes de la ciudad “veían a españoles e italianos con recelo porque de entre ellos habían surgido los antitrinitarios más señalados, como el español Miguel Servet, o los italianos Gribaldi o Sozzini” (Casiodoro de Reina: libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI, p. 90). Y en efecto, Casiodoro había leído a “radicales disidentes” como Juan de Valdés y Bernardino Ochino, aun cuando simpatizaba con algunas posturas calvinianas. Congregante de la comunidad española de Saint Germain, bajo el liderazgo de Pérez, se integró con sus amigos al grupo de italianos, precisamente. Así las cosas, el ambiente de Ginebra no le sentó bien a su espíritu y le produjo mucha incomodidad.



 



Ejemplar de la Biblia del Oso en la Biblioteca Lafragua Benemérita de la Universidad Autónoma de Puebla.



José C. Nieto destaca el talante psicológico de la relación de Casiodoro con la memoria de Servet: “…a Reina se le saltaban las lágrimas a los ojos por el sitio de la colina de Champel en donde había sido quemado […] Si la religión tiene raíces sentimentales y no solo cerebrales va se ve con esto que Reina disentía desde lo más profundo de sus entrañas lío tanto de la religión calvinista como fe, sino de la práctica de la misma en cuanto a su implementación y la rígida ortodoxia de su expresión doctrinal sin dejar mucha holgura para la reflexión religiosa y personal misma. En esas lágrimas de Reina se perfila una actitud hacia la religión y la vida misma” (El Renacimiento y la otra España: visión cultural socioespiritual, 1997, p. 468). De modo que la salida de Ginebra fue un alivio para él, especialmente porque se enteró de la posibilidad de ejercer el pastorado en Londres, adonde se trasladó, luego de una breve estancia en Frankfurt, a fines de 1558.



Las noticias llegadas de Inglaterra iban en el sentido de que, con el ascenso al trono de Isabel I, tras el terrible paréntesis de María Tudor y su restauración católica, habría nuevos aires para los refugiados protestantes españoles, como los hubo para algunos italianos con anterioridad (Pietro Mártir Vermigli, Ochino mismo, Inmanuel Tremellio, Gianetti da Fano y Pietro Bizzarri). Kinder resume la situación de las comunidades de exiliados y es ahí donde menciona por primera vez al personaje del que ahora nos ocuparemos, el obispo Edmund Grindal:




La principal congregación francesa se reunía en la antigua iglesia de San Antonio en Threadneedle Street y en los Flemings en Austin Friars. Los italianos, también, por un corto periodo de tiempo, formaron un grupo separado. Todas estas congregaciones eran fuertemente calvinistas en teología y disciplina eclesiástica, aunque, según la costumbre inglesa de compromiso, estaban legalmente bajo la jurisdicción del Obispo de Londres, quien en ese momento era Edmund Grindal, cuyos años en el exilio en una situación similar lo hicieron simpatizar con lo que sucedía (Casiodoro de Reina: Spanish Reformer of the Sixteenth Century, 1975, p. 20, versión propia).




 



Portada del libro de Patrick Collinson.

En efecto, este obispo (nacido en 1519 en Copeland Borough) había pasado un tiempo fuera de su país, pues ante la posibilidad de alcanzar el máximo nombramiento episcopal, a la muerte del rey Eduardo VI (1553) vivió en Estrasburgo donde recibió clases de Vermigli. Después estuvo en Wasselheim, Spira y Frankfurt, antes de volver en 1559, cuando fue nombrado obispo de la capital británica. En 1570 lo sería en York, y en 1575 llegó al arzobispado de Canterbury. Murió ciego en 1583. Lejos de organizarse a la manera presbiteral, la intervención de Grindal solamente sería requerida para arbitrar en alguna disputa o a petición de la reina. Debido a las dificultades de gobierno eclesial, algunos españoles se acercaban a la congregación francesa o a la italiana. Nieto deriva de esta nueva incomodidad la determinación de Casiodoro por formar una nueva comunidad española:




Reina, al parecer tomando como modelo la congregación autónoma de españoles en Ginebra pastoreada por Pineda, en 1559 organizó una congregación de españoles que se reunían en casas particulares para celebrar cultos con lectura de la Biblia e himnos. Él predicaba en castellano tres veces por semana. Esto indudablemente debía evocar en Reina, y también en Valera, los tiempos de reuniones secretas en Sevilla en San Isidoro, el Colegio de la Doctrina, y el convento de Nuestra Señora del Valle de Écija, convento de monjas hermanas del de San Isidoro (p. 469).




Esta decisión le permitió, como narra Moreno, la regularización de la nueva congregación, bajo la prudente égida del obispo londinense: “Grindal, supervisor por orden de la reina de las iglesias de refugiados, las ecclesiae peregrinorum, y el secretario de Estado William Cecil, le recomendaron el culto privado por razones políticas. No querían provocar a Felipe II mientras se estaba hablando en aquellos momentos de un posible matrimonio con la reina Isabel. A cambio, le ofrecieron una casa grande para celebrar discretamente los cultos” (p. 101). Un año después, en enero de 1560, por instrucciones del obispo, se redactó una confesión de fe, la Confesión española de Londres, “primera entre todas las congregaciones españolas de la fe Reformada” (Nieto), atribuida a Reina y Valera, que permaneció manuscrita hasta 1577. Antes, como agrega Moreno, Casiodoro solicitó de manera vehemente al obispo que regularizara la situación de esa comunidad, especialmente ante los riesgos ocasionados por los agentes de la Corona española que estaban tras el grupo de heterodoxos para apresarlos y llevarlos a juicio en su país: “En su solicitud, pedía la atención del obispo de Londres sobre aquella situación porque el Evangelio de Cristo y el testimonio cristiano de los españoles estaba sufriendo en aquella situación. Por otro lado, afirmaba Casiodoro, la libertad de culto que pedían no incidiría en las relaciones políticas con el rey de España. Si tal cosa ocurriese ellos estaban dispuestos a abandonar Inglaterra de inmediato” (pp. 103-104).



“El obispo Grindal se mostró favorable a la petición de los españoles y les solicitó una Confesión de fe que debía ser aceptada también por las iglesias holandesa y francesa para que la comunidad española se integrase en el consistorio o comisión común de las iglesias de refugiados que presidía Grindal” (p. 104). Nieto subraya la importancia de esta confesión: “…hay que notar aquí la diferencia entre la congregación de refugiados en Ginebra pastoreados por Pérez y la de Londres pastoreada por Reina y al parecer también por Valera. Mientras que la una no sintió necesidad de expresar su fe en una Confesión que la identificase como autónoma, la otra se expresó de este modo casi inmediatamente. Reina quería constituir su congregación independiente a la manera de la francesa, italiana, y flamenca” (p. 469).



Nieto se explaya sobre el rechazo con que fue recibida la Confesión en los círculos franceses: “Fue pronto sospechosa de servetismo […] en algunos puntos sobre la doctrina de la trinidad” y le pusieron reparos a la doctrina del bautismo y a la formulación sobre la autoridad secular. Su opinión es sumaria: “Esto embrolló a Reina en problemas de política eclesiástica para los cuales él no tenía ninguna inclinación o simpatía. Reina vio todo esto como formas doctrinarias eclesiales calvinistas, las cuales no estaban demasiado remotas de las tácticas de la Inquisición” (Ídem).



 



Un retrato de Edmund Grindal.



Asimismo, Grindal determinó que la congregación hispana usase la iglesia de Santa María Axe, por lo que se completó el cuadro: tenían Confesión propia, un edificio propio y su pastor, Reina, quien recibiría una pensión real de 60 libras. El documento de Reina, de su puño y letra, en latín, se conserva en el Museo Británico, con la firma de “Cassiodorus Hisp”. Lamentablemente, a fines de 1563, debió abandonar su puesto por causa de las intrigas de la legación diplomática de la embajada de su país: fue acusado de unitarismo, adulterio y sodomía, un auténtico paquete mortal que le produjo enormes problemas (además de su amistad con Jacopo Aconcio y Adrian Haemstede, sospechosos por cuestiones doctrinales) hasta que, luego de diversos juicios y debates, fue absuelto. En Amberes estuvo a punto de ser apresado por la Inquisición. Y en 1561 lo acecharon para detenerlo después de su asistencia al Coloquio de Poissy, en Francia. Tal como afirma Moreno (siguiendo a Boehmer), en enero de 1564 “Felipe II puso precio a su cabeza”, pues “era pieza de caza mayor” para el rey y para el Santo Oficio (p. 124). Por otra parte, la biógrafa agrega: “Los libros de la Biblia que hasta entonces había traducido Reina se salvaron gracias a la intención del obispo de Londres, que se los envió poco después al antiguo prior de San Isidoro, Francisco Arias o algún otro exfraile de su confianza”.



Patrick Collinston se refiere a este episodio con mayor detalle:




La participación de Grindal en este asunto fue totalmente honorable. Tenía en buen concepto a Reina, y de hecho había una cierta afinidad teológica entre ellos, derivada de una veneración común de Martin Bucer. En medio de la debacle, Grindal desempeñó un papel decisivo en la conservación de los manuscritos de la Biblia en español, debido a lo cual el traductor le dedicaría un ejemplar de la obra terminada, en agradecimiento. Este ejemplar de la Biblia del Oso (llamada así por el grabado de su primera página) se encontraba entre los libros que se dejaron en el Queen’s College de Oxford a la muerte del arzobispo, y aún se conserva, con su inscripción agradecida que recuerda la acción de Grindal, quien rescató la obra “ex hostium manibus”.[de manos enemigas] (Archbishop Grindal, 1519-1583: The Struggle for a Reformed Church, 1979, p. 146. Versión propia).




Casiodoro volvió a Inglaterra (en 1578) para resolver la situación, pues “tenía el apoyo de Grindal, ahora el Arzobispo de Canterbury, y prevaleció contra los cabecillas de la iglesia francesa calvinista en el exilio en Londres, que lo calumniaban con los antiguos cargos” (Nieto, p. 471). De esta manera sintetiza Alfonso Ropero lo acontecido:




El arzobispo anglicano Edmund Grindal solicitó la revisión de las actas del caso, y tras una cuidadosa de las mismas y de los antecedentes de sus acusadores se evidenció que los testigos que señalaron a Reina de sodomía, los españoles Francisco de Ábrego y Gaspar Zapata, habían actuado como agentes encubiertos al servicio de la Inquisición española e incluso salieron a la luz los pagos recibidos por ser parte del complot contra Casiodoro. Pero sus correligionarios, llevados por el odio teológico habían preferido creer antes a aquellos provocadores inquisitoriales que al propio Casiodoro (“Casiodoro de Reina, heterodoxo impenitente, amante de la libertad”, en Lupa Protestante, 18 de diciembre de 2017).




No fueron estas las únicas veces en que Grindal apoyó a Reina, pues hubo otro momento en que su intervención fue crucial para las tareas del pastor-traductor extremeño. Tal como lo refiere Nieto, al referirse a las anotaciones que acompañaban la traducción de la Biblia:




Es más, estas anotaciones a la Biblia pusieron en peligro el mismísimo proyecto de publicación que Reina tanto ansiaba y había luchado por llevar a cabo la publicación de su obra magna como príncipe de los traductores bíblicos en el idioma castellano. El manuscrito de la traducción de Reina fue leído por algunos de los protestantes franceses calvinista en el exilio en Londres, y éstos inmediatamente olfatearon el elemento “herético” de las anotaciones a los textos de Isaías y Ezequiel. El resultado fue que compilaron una crítica expurgativa de esas notas, y otras similares, y sometieron dicha crítica en latín al obispo de Londres, Edmundo Grindal, que más tarde sería Arzobispo de Canterbury. El intento de tales críticas era nada menos que conseguir un mandato eclesial para la quema de dicho manuscrito. Solo la amplia visión del obispo Grindal y su confianza en el acusado español acosado por los rígidos calvinistas franceses, salvó ese precioso manuscrito del fuego (pp. 478-479).




Todo ello motivó la gratitud de Reina hacia el entonces arzobispo de Canterbury: “Cuando la obra finalmente acababa, inscribió en una copia, que presentó al obispo de Londres Grindal, una dedicatoria en la que expresaba su agradecimiento por haber salvado el manuscrito de sus enemigos” (Kinder, p. 36). La dedicatoria a Grindal dice textualmente: “Ampliss.Antistiti.ac Dno. Rmo. Edmundo Grindalo, Archiepiscopo Cantuariensi, et totius Angliæ. Primati digniss. ob erepta hujus Hispanicæ versionis sacrorum librorum scripta ex hostium manibus, Cus Rus eiusdem versionis author gratitudinis ergo et in perpetuæ observantiæ pignus. d.d.” (Ídem. “Al dignísimo Prelado, i Señór Reverendísimo, el Señór Edmundo Grindal, Arzobispo de Cantorberi, i meritísimo Primado de toda Inglaterra: por haber rescatado de manos enemigas, el manuscrito orijinál de esta versión Española de los Libros sagrados: Casiodoro de Reina, autor de la misma versión, en muestra de agradezimiento, i en prenda de su invariable respeto, dá i dedica”, traducción en Enrique Fernández y Fernández, Las Biblias castellanas del exilio, 1976, p. 101). En este testimonio de reconocimiento se aprecia cómo la magnífica relación de Casiodoro con Grindal, basada en la confianza que consiguió obtener de su parte, contribuyó decisivamente a que, en medio de tantas peripecias y obstáculos, el gran traductor español limpiase su nombre y, sobre todo, consiguiese la impresión final de la Biblia del Oso.


 

 


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