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Leopoldo Cervantes-Ortiz
 

Menéndez y Pelayo: odio y amor por Casiodoro de Reina

Menéndez y Pelayo advierte aspectos que hicieron de la aportación de esos “heterodoxos” a la grandeza de la cultura española cosa digna de notarse.

GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 25 DE ENERO DE 2019 09:00 h
Marcelino Menéndez y Pelayo.

Para Francisco J. Peláez, amigo y cómplice princetoniano.




Menéndez Pelayo fue consciente de un doble fracaso: no logró regenerar España contra los regeneracionistas y no era comprendido por sus coetáneos porque para los católicos era demasiado liberal, y para los liberales, demasiado católico.



Juan G. Bedoya, El País, 25 de mayo de 2012




El nombre del polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo (Santander, 1856-1912) evoca aspectos muy contrastantes para el ambiente cultural hispanoamericano, pues se trata, por un lado, de uno de los mayores difusores de la literatura en castellano y, al mismo tiempo, de un crítico católico extremadamente conservador. Formado en las universidades Barcelona, Madrid y Valladolid (adonde abandonó su liberalismo inicial), fue un notable filólogo y acucioso historiador de las ideas que analizó profundamente la literatura de ambos lados del Atlántico y que también incursionó en la política. Además, fue nominado al Premio Nobel de Literatura y los últimos años de su vida los pasó como director de la Biblioteca Nacional de España. Algunos de sus discípulos fueron autores importantes, entre ellos, Adolfo Bonilla y San Martín, Ludwig Pfandl y Ramón Menéndez Pidal.



Entre sus múltiples obras están: Historia de las ideas estéticas en España (1883-1889), Antología de poetas líricos castellanos (1890-1908), Ensayos de crítica filosófica (1892), Estudios de crítica literaria (1892-1908), Antología de poetas hispano-americanos (1893-1895, 4 tomos, una auténtica Historia de la poesía hispanoamericana como se tituló la reedición de 1911), Orígenes de la novela (1905, 1907, 1910) y, por supuesto, Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882, 8 libros, 3 tomos), que aquí se destacará particularmente. Las Obras completas aparecieron en 1946 (en 65 volúmenes; varios pueden leerse aquí). Su epitafio, en la catedral de Santander reza así: “Aquí yace esperando la resurrección Marcelino Menéndez Pelayo, defensor de la fe católica, gloria de España y honor de los cántabros, desveló las gloriosas gestas de nuestros antepasados, breve pasó su vida de eminente ingenio y larga dedicación al trabajo”.



 



Portada del segundo tomo de Historia de los heterodoxos españoles.

Enemigo jurado del liberalismo y del protestantismo, los ecos de su ultra-catolicismo han llegado a América sin toda la carga ideológica que en su país lo ha condenado, prácticamente, al olvido. En el centenario de su muerte, Juan G. Bedoya escribió algo que podría clasificarse como una “anti-semblanza”: “¿A quién le importa Menéndez Pelayo?”, en la que no obstante la dura evaluación que hace de la persona y de su obra, no deja de asomarse al tema de este artículo, es decir, a su feroz militancia anti-protestante que lo llevó a escribir la historia de los “heterodoxos” aun cuando no dejó de reconocer méritos en muchos de ellos. En ese sentido tan crítico y polivalente, Bedoya afirma: “Aplastado por una pedrea de retruécanos, ensalzado hasta la náusea por fieles poco escrupulosos con la verdad, pasmosamente ignorado por sus afines, el autor de la Historia de los heterodoxos españoles importa ahora, sobre todo, para celebrar el entierro de una España que lo tuvo por santo y seña: católica a machamartillo, intolerante, fanática, inquisitorial” (El País, 25 de mayo de 2012,). Para agregar inmediatamente: “Ya sé, ya sé. Hay otro Menéndez Pelayo, digno de tener en cuenta, enormemente valioso aún hoy. De vez en cuando retomo algunos de sus escritos —hay donde escoger: la única edición íntegra que se ha hecho de su obra ocupa 30.000 páginas—, para gozar de un estilo vigoroso, moderno, y para conocer mejor a los heterodoxos, más atractivos que los eclesiásticos de rebaño”.



El juicio de Bedoya, sin abandonar la intención de referirse al talante conservador de Menéndez, no lo ciega al momento de hacer mención de esos fugitivos estudiados por él, incluso con un toque personal: “A veces duelen la sátira y la ironía con que trata a sus herejes, casi siempre sin misericordia, pero es mejor eso que las cargantes refutaciones de otros intelectuales no menos encumbrados”. Y lo cita, en su vertiente persecutoria e intolerante, a causa de sucesos acontecidos en su época, para pintarlo de cuerpo entero: “Lo más doloroso es el frívolo desparpajo con que Menéndez Pelayo se despachó contra casi todos: ‘El protestantismo no es en España más que la religión de los curas que se casan, así como el islamismo es la religión de nuestros escapados de presidio en África’”.



Bedoya concluye su ardorosa nota con un comentario demoledor sobre la actitud de Menéndez hacia la “herejía evangélica”, que también lo retrata fielmente, incluso en algunos de sus aspectos más íntimos y cuestionables, pero no por ello menos relevantes para advertir la orientación de su ideología religiosa:




Sorprende su simpleza en asociar sexo con herejía (los protestantes “ahorcan sus hábitos por las mujeres”), pero, sobre todo, su caída en el odium theologicum, el odio teológico, la fea costumbre de combatir ideas dañando el honor y la vida privada y moral de quien las propaga. Tiene además desprecio por la mujer, la imbecillitas sexus, la menor capacidad intelectual de las mujeres. Aparece en este comentario sobre lo peligroso que es leer la Biblia en español: “Puestas las Sagradas Escrituras en romance, sin nota ni aclaración, entregadas a la interpretación de mujeres y niños, son como espadas en manos de un furioso…”. Menéndez Pelayo, él mismo un golfo con las mujeres, sobre todo de pago, se pone del lado de san Agustín, otro obseso. En esto, la jerarquía del catolicismo romano no ha retrocedido ni un meñique.




En suma, muestras tangibles de una gran incomprensión, a pesar de que estudió los orígenes del protestantismo español como pocos. Y en el ámbito protestante, precisamente, ha sido Juan Antonio Monroy quien, al ocuparse de este autor fundamental, reconoce su lugar entre “una generación de sabios que elevó España a las cumbres del pensamiento” y de la que formaron parte Santiago Ramón y Cajal y Jaime Fernán y Clúa. Añade que “fue absolutamente fiel a la iglesia católica, con una fidelidad sin condiciones” y que, desde entonces, “España no ha producido otro escritor secular tan obediente a las directrices de esa Iglesia” (en Protestante Digital, 13 de abril de 2018). A continuación, se detiene en esa obra, la más conocida y con la que se asocia mayormente su nombre, cuya aparición del primer tomo tuvo lugar cuando Menéndez tenía apenas 26 años, aun cuando la inició seis años atrás. Y Monroy no duda al afirmar que los Heterodoxos es “la mejor, la más completa, la más documentada obra que existe sobre el protestantismo español”, con todo lo que implica de riesgo decir eso ante el creciente interés por esa zona de la cultura hispana. Para escribir esa obra, su autor recorrió, según sus palabras, las principales bibliotecas y archivos españoles, así como de los países que fueron escenario de los acontecimientos descritos.



 



Edición mexicana de Historia de los heterodoxos españoles, publicada por Porrúa.



Sin menoscabo de sus fervientes señalamientos contrarios a los personajes estudiados, Menéndez y Pelayo advierte aspectos que, quizá contra su fuero más profundo no debían ser resaltados, hicieron de la aportación de esos “heterodoxos” a la grandeza de la cultura española cosa digna de notarse. Una edición mexicana de esta obra monumental, publicada por Porrúa desde 1982 (en tres tomos, cuyo orden en relación con la edición original es 2, 3 y 1), está precedida por una introducción del hispanista italiano Arturo Farinelli (1867-1948), La labor y la figura intelectual de Menéndez Pelayo, en la que se describe en grandes líneas las características de su labor y se señala que fuera de España, en Alemania y en Suiza, principalmente, toda la obra de Menéndez estaba en su gran libro de historia religiosa” con todo y las iras que surgieron “por las apologías y las condenas que hay en sus Heterodoxos, todas las acusaciones de ceguedad y parcialidad” (M. Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles. Erasmistas y protestantes. Sectas místicas. Judaizantes y moriscos. Artes mágicas. México, Porrúa, 1982 [Sepan cuantos…, 370], p. xxi). Justamente lo que observa Farinelli sobre el autor español acerca de su admiración hacia tantos personajes del Renacimiento podría ayudar a explicar la mezcla de diatribas y ensalzamientos, de condenas y reconocimientos que brotaron de su pluma para los hombres y mujeres estudiados. Y acaso las palabras de Farinelli, dominadas por la hagiografía marceliniana, no dejen de contener algo de razón y de justicia paradójica hacia ellos y ellas: “…desde la placidez de sus silencios altísimos, los heterodoxos de España sonreirían a su heterodoxo acusador, y sentirían por él viva y profunda gratitud, ya que, probablemente, sin sus pacientes investigaciones, el estudio y la exhumación de tantos escritos sepultos no se habría hecho, y habrían quedado en la sombra, ignorados y olvidados” (p. xxii).



En el preámbulo al tomo correspondiente a los erasmistas y protestantes (primero en la edición de Porrúa; tomo II, libro IV, de la obra original), Menéndez explica su comprensión del fenómeno protestante: “…entendemos referirnos al siglo XVI, en que las cuestiones teológicas dividían hondamente los ánimos, y no al de nuestros días, que apenas de conserva del antiguo más que el nombre, y viene a ser las más de las veces un racionalismo o deísmo mitigado, en que hasta cabe la negación de lo sobrenatural, que hubiera horrorizado al más audaz de los innovadores antiguos” (p. 3). Al decir esto último, quizá tuvo en mente a algunos protestantes como Luis Usoz y Río (1805-1865; véase: Carlos G. Santa Cecilia, Luis Usoz, historia de un heterodoxo español, en ABC Cultural, 9 de julio de 2017), cuyo trabajo aprovechó para escribir esta obra, y de quien se ocupa al final de la misma. Su comprensión del espíritu de renovador de la Reforma es apologética y apasionada: “Decir que la Reforma tomó del Renacimiento el espíritu de rebeldía, es no decir nada, porque la rebeldía es mucho más antigua en el hombre que el Renacimiento y la Reforma, y que los romanos y los griegos; como que viene desde el Paraíso terrenal, en que Adán fue el primer protestante, aunque fuera de este mundo tenía ya antecedentes en aquel príncipe de las tinieblas que dijo: ‘Pondré mi trono sobre el Aquilón, y seré semejante al Altísimo’. ¿Por ventura no hubo heresiarcas y espíritu de rebeldía cuando no se estudiaba a los clásicos?” (p. 8).



Con ello en mente, pasa revista primero al erasmismo, en sus varias manifestaciones, en tres capítulos, en España y Portugal, ocupándose especialmente del Cardenal Cisneros, de Alfonso de Valdés y de Damián de Goes, respectivamente. En los capítulos IV a VIII, estudia a los protestantes del siglo XVI, como Juan de Valdés; a los luteranos fuera de España (Juan Díaz, Francisco de Enzinas…); antitrinitarios y místicos panteístas (Miguel Servet y Alfonso Linguro); el luteranismo en Valladolid y otras partes de Castilla (Carlos de Seso, los Cazallas); el proceso del arzobispo Bartolomé Carranza; para que en el capítulo IX se acerque al luteranismo en Sevilla: desde Rodrigo de Valer y los doctores Egidio y Constantino, Julianillo Hernández (a quien recuerda puntualmente Marcel Bataillon: “Tal era la comprometedora mercancía que el valeroso Julián Hernández, llamado ‘Julianillo’, se encargó de llevar consigo hasta Sevilla, en el momento mismo en que doce frailes de San Isidro del Campo, cansados de las incertidumbres de su superior entre un evangelismo de esencia laica y una espiritualidad fundada en el ascetismo del claustro, se decidían a colgar la cogulla y marcharse a Ginebra”, Erasmo y España: estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI. Tomo II. Trad. de Antonio Alatorre. México, FCE, 1937, p. 318), don Juan Ponce de León y otros.



Y así llega, en el cap. X (último de esta sección) a ocuparse de los protestantes españoles fuera de España en los siglos XVI, desde los fugitivos de Sevilla, el doctor Juan Pérez de Pineda (con sus traducciones bíblicas) y, en la tercera y cuarta partes, de Casiodoro de Reina. Las secciones siguientes (VI a XVIII), tratan de personajes relacionados con Casiodoro (como Cipriano de Valera) y algunos más, entre los que destaca Antonio del Corro. Siguiendo la opinión de Farinelli, debe reconocerse la minuciosidad, propia de un novelista o un detective, con que sigue los pasos de los reformadores españoles del exilio. El relato dedicado a Francisco de Enzinas es igualmente admirable.



 



Casiodoro de Reina en el cuaderno conmemorativo del 400 aniversario de la Biblia del Oso.

Su narración de la fuga de los monjes jerónimos es comparada con la pésima suerte que corrieron los heterodoxos de Valladolid y su propósito (que es cumplido a cabalidad) es dar cuenta “de las vicisitudes comunes a la mayor parte de estos refugiados, para entrar después en las noticias biográficas de cada uno” (p. 272). Y así lo hace con Casiodoro, para cuya introducción de su vida, dedica unas palabras que resumen, con notable elegancia estilística, buena parte de los antecedentes de las traducciones bíblicas en España hasta llegar a la Biblia del Oso y la Biblia del Cántaro (se conservan la grafía y las cursivas originales):




Los trabajos bíblicos, considerados como instrumento de propaganda, han sido en todos tiempos ocupación predilecta de las sectas protestantes. No los desdeñaron nuestros reformistas del siglo XVI: Juan de Valdés puso en hermoso castellano los Psalmos y parte de las Epístolas de San Pablo; Francisco de Enzinas, no menor helenista, vertió del original todo el Nuevo Testamento; Juan Pérez aprovechó y corrigió todos estos trabajos. Faltaba, con todo eso, una versión completa de las Escrituras, que pudiera sustituir con ventaja á la de los judíos de Ferrara, única que corría impresa, y que, por lo sobrado literal y lo demasiado añejo del estilo, lleno de hebraísmos intolerables, ni era popular ni servía para lectores cristianos del siglo XVI. Uno de los protestantes fugitivos de Sevilla se movió á reparar esta falta: emprendió y llevó á cabo, no sin acierto, una traducción de la Biblia, y logró introducir en España ejemplares, á pesar de las severas prohibiciones del Santo Oficio. Esta Biblia, corregida y enmendada después por Cipriano de Valera, es la misma que hoy difunden, en fabulosa cantidad de ejemplares, las Sociedades Bíblicas de Londres por todos los países donde se habla la lengua castellana (Historia de los heterodoxos españoles. Tomo II. Madrid, Librería Católica de San José, 1880, p. 466).




Con el mismo estilo presenta Menéndez al primer traductor de la Biblia desde sus lenguas originales al español, incluyendo el error sobre su lugar de nacimiento que se ha vuelto tan famoso: “El escritor á quien debió nuestro idioma igual servicio que el italiano á Diodati, era un morisco granadino, llamado Casiodoro de Reina (Nota a pie de página: ‘No existe ninguna biografía de él. Éste es el primer ensayo, fundado principalmente en los documentos que descubrió y publicó Eduardo Boehmer. Vid. además Pellicer, Ensayo de una Biblioteca de traductores españoles (Madrid, Sancha, 1778), págs. 31 y 39, y Adolfo de Castro, Protestantes españoles, págs. 298 á 302’.). Nicolás Antonio le tuvo equivocadamente por extremeño, y Pellicer por sevillano. Su verdadera patria y origen constan en las comunicaciones de nuestros embajadores en Inglaterra á Felipe II” (Ídem).



De este modo se sitúa Menéndez y Pelayo ante la figura de Casiodoro de Reina, para acometer la tarea de rastrear su biografía, sin escamotearle méritos, pero siempre subrayando sus “defectos” y creyendo en los infundios con que lo persiguieron sin descanso la Corona española y su brazo represor, la Inquisición, por varios países de Europa. Concluimos aquí con otra cita del eminente hispanista francés Marcel Bataillon (1895-1977), quien subraya la importancia de la letra impresa, incluso en ambientes tan cerrados como el español, para el proceso de transformación de las mentalidades cristianas de mediados del siglo XVI:




Pero, repitámoslo, la gran transformación que se realiza en España hacia 1558 está estrechamente unida a vastos encadenamientos europeos mucho más fuertes que la voluntad de algunos hombres. Una circunstancia decisiva fue la atracción ejercida por Ginebra y la utilización de las prensas ginebrinas para la propaganda evangélica en España. Por vez primera, el iluminismo peninsular aparecía claramente como copartícipe del protestantismo internacional, en el momento en que éste organizaba sus Iglesias (p. 317).



 

 


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