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    J. A. Monroy
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    Denis Diderot: creencia y ateísmo

    Unos presentan a Diderot como un charlatán deslumbrante, obsesionado con demoler la religión. Otros descubren al pensador profundo, en cuya cabeza, como decía Saint-Beuve, entran Goethe, Kant y Schiller a la vez.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 10 DE ENERO DE 2019 21:00 h
    Denis Diderot.

    Poco importó a los intelectuales españoles que la Unesco declarara a 1984 Año de Diderot. Los estudiosos de este país están cansados, apoltronados en una erudición burguesa escasa y superficial, sin ganas de emprender labores de investigación que exijan esfuerzos. Raúl Morodo, que se quejaba de esto mismo, del poco interés que el bicentenario de la muerte de Denis Diderot despertó en España, señalaba como una posible causa la hegemonía cultural que Estados Unidos está ejerciendo sobre occidente, limitada casi exclusivamente al marco político y económico. ¡Qué triste! ¿Lograremos romper un día estas cadenas? Una civilización que desdeñe la pasión intelectual y tenga como objetivo primario ejercer el poder político y multiplicar el dinero, está perdida. ¡Perdida para sí misma!



    El catedrático Jiménez de Parga tuvo la paciencia de repasar la lista de Universidades y centros culturales que programaron actos en recuerdo de Diderot y no halló homenaje alguno por parte de los intelectuales españoles. Además de casi todas las importantes Universidades de Francia, estudiaron a Diderot los norteamericanos y los italianos, los alemanes y los rusos, los japoneses y los tunecinos. ¡Hasta los tunecinos recordaron a Diderot! ¡África, interesada más que los propios europeos por el pasado cultural de Europa!



    Algo, en fin, se hizo. El departamento de Filología Francesa y Provenzal de la Universidad de Barcelona, en colaboración con el Instituto Francés y los Servicios Culturales de la Embajada de Francia en España, desarrolló un ciclo de siete conferencias sobre la figura y la obra de Diderot a cargo de especialistas españoles y franceses. El director del Instituto Francés de Barcelona, Christian Delacampagne, reivindicó en su conferencia la personalidad del filósofo. Denis Diderot, nacido en Langres el 5 de octubre de 1713 y muerto en París el 31 de julio de 1784, es, para Delacampagne, un filósofo en el sentido estricto de la palabra, un pensador de la talla de Locke, Hume y Berkeley o Condillac. ¿Frenesí patriótico? No necesariamente. De Diderot se ha dicho que era la cabeza más naturalmente enciclopédica que haya existido jamás. Sus ideas le arrastraban sin que le fuese posible parar ni regular sus movimientos. Su compatriota Hippolyte A. Taine, crítico e historiador, dijo de él que



    «es un volcán en erupción que, durante cuarenta años, vierte ideas de todo tipo y especie, ardientes y entremezcladas, metales preciosos, escoria y barro fétido; el torrente continuo se lanza a la aventura, según los accidentes del terreno, pero siempre con un brillo rojo y humaredas ocres de una lava ardiente…»



    En una carta deliciosa enviada a su protectora Catalina de Rusia, Diderot le explica cómo suele escribir.



    «Cuando he tomado mi decisión –dice– pienso en mi casa, durante el día, de noche, en sociedad, por las calles, paseándome; mi tarea me persigue. Cuando mi cabeza está agotada, descanso… Escribo de corrido; por lo demás, mi alma se enardece escribiendo».



    Sus obras son tan numerosas y complejas que aún no se ha logrado realizar una edición completa de las mismas. Los críticos suelen limitar sus estudios a obras concretas, ante las dificultades que existen para realizar un juicio de conjunto y los esfuerzos que esta tarea exige.



    De aquí nacen las contradicciones valorativas en que incurren sus biógrafos. Unos presentan a Diderot como un charlatán deslumbrante, obsesionado con demoler la religión. Otros descubren al pensador profundo, en cuya cabeza, como decía Saint-Beuve, entran Goethe, Kant y Schiller a la vez. De su compatriota y contemporáneo Jean François Marmontes es esta sentencia: «Quien sólo ha conocido a Diderot a través de sus escritos no le ha conocido en absoluto».



    ¡Qué dictamen tan desesperanzador para quienes escribimos sobre Diderot doscientos años después de su muerte! ¿Qué otra fuente de conocimiento nos queda para llegar hasta el alma del filósofo sino las heredadas páginas de sus libros? Claro que, bien mirado, otro tanto puede decirse de todos los hombres que destacan en la lejanía histórica. ¿Se dirá lo mismo de nosotros dentro de doscientos años? ¿Habrá quién escriba libros en el siglo XXII? ¿Cómo se harán los libros entonces? ¿Quiénes los leerán? ¿Y qué buscarán en ellos? ¿Tendrán por nosotros el interés que manifestamos por los autores del siglo XVIII?



    Si no podemos conocer al Diderot hombre porque nos separan de él doscientos años de tiempo, las circunstancias históricas que lo hicieron (Ortega y Gasset) están al alcance de nuestro discernimiento literario. En el tomo tercero de su formidable Historia de la humanidad, el catedrático francés François Laurent traza un cuadro vivo y realista de las batallas dialécticas que en el siglo XVIII estallaron entre la religión y la filosofía, entre la razón y la fe, entre los creyentes en Dios y los creyentes en el ateísmo.



    ¿En qué sentido era incrédulo el siglo XVIII? Los ataques de la Ilustración no iban contra las grandes verdades sobrenaturales del Cristianismo, sino contra la corrupción religiosa, contra las supersticiones populares originadas y fomentadas por la Iglesia católica. Los filósofos del siglo XVIII protestaban contra un Cristianismo hecho y deshecho en el curso de las edades. Dice Balmes que la fraternidad predicada por aquellos filósofos de la razón ya se encontraba en el seno de la Iglesia católica. La fraternidad, desde luego, es un dogma del Cristianismo de Cristo. Pero ¿cómo se practicaba en el seno del catolicismo? ¿Quemando herejes? ¿Amordazando el pensamiento con argumentos cerriles y con actitudes intolerantes? La Iglesia católica, que llegó a santificar la esclavitud, aún poseía siervos en el siglo XVIII. En el extremo opuesto, otorgaba privilegios divinos a los reyes y la propia institución católica se consideraba divina. «Todo en el catolicismo era divino –dice Laurent–, hasta los más vergonzosos abusos de la dominación clerical». El abate francés de Saint-Cyran, contemporáneo de Diderot, no encontraba mejores argumentos para combatir la corriente racionalista de la época que éste: «Jesucristo tiene siempre el hacha en la mano para cortar la cabeza de los malvados y arrojarla al fuego del infierno como leño seco e inútil».



    Roma hablaba y esto bastaba para imponer silencio a la razón.



    En estas creencias fue educado Diderot. Cuando despertó su razón descubrió que la esencia de la fe cristiana se había perdido entre el follaje de los dogmas autoritarios impuestos por la institución católica. Y desertó de la fe. Su elevado espíritu no podía admitir las quimeras inventadas por Roma al margen de la verdad cristiana para turbar la razón humana y subyugarla por medio de la impostura.



    El Diderot tantas veces y de tantas maneras atacado por la jerarquía católica de su tiempo fue un producto de la propia institución católica. «Cuando veáis un impío del todo incurable –advertía Laurent– observad y veréis que sale de las escuelas de los jesuitas».



    Efectivamente. Diderot nació en el seno de una familia tradicionalmente católica. De 1723 a 1728 estudió en el colegio de jesuitas de su ciudad natal. Tenía una hermana profundamente religiosa y un hermano cura. En carta a Sophie Volland el 31 de julio de 1759 describe al hermano como «una persona triste, silenciosa, circunspecta y molesta». Incapaz de dialogar con él a causa de su fanatismo, Diderot rompe definitivamente con su hermano en 1772. En una carta que le dirige el 13 de noviembre de ese año, el filósofo dice al cura: «Si hubiese sido cristiano, habría hecho todo lo que he hecho y casi nada de lo que vos hacéis, estimado cura. Yo no colocaría en uno de los platillos de la balanza vuestras buenas obras y en el otro las mías. Todo lo que puedo deciros es que yo no cambiaría, ¡aunque debiese salir ganando! Tened seguro que yo también he enviado mi provisión de viaje a mi tumba, para el caso de que salga de ella, con la diferencia que no me he prestado a la usura y no he dicho a Dios: ¡Dame tu Paraíso por un ochavo!»



    La revelación sobrenatural de Dios, que constituye uno de los grandes misterios de la Divinidad, estaba para Diderot suficientemente clara en la naturaleza, pero menos clara en el texto de la Escritura. Cuenta Laurent que un día paseaba Diderot por el campo con su amigo Grimm. Había cogido una coronilla y una espiga, y parecía interrogar a su corazón.



    «¿Qué hacéis? –le dijo Grimm.



    –Estoy escuchando.



    –¿Quién os habla? –Dios.



    –Y ¿qué dice?



    –Habla en hebreo. El corazón lo comprende, pero la inteligencia está a mucha distancia».



    Dios ocupó toda su vida, desde la cuna a la tumba. Para afirmarlo o para discutirlo, para acercarse a su luz o cuando le invadían las tinieblas, para abrazarse a Él en los momentos de soledad o para dejarlo en un rincón en las horas de euforia intelectual. Concebía a Dios como una araña cuya tela es el mundo y mediante cuyos hilos percibe más o menos, según la lejanía, todo lo que está en contacto con dicha tela. Al principio de sus Pensamientos filosóficos dice: «Escribo de Dios». Y en el pensamiento número XX escribe sin vacilar: «Admito la existencia de un Dios, y no a través de esta sarta de ideas secas y metafísicas, menos adecuadas para desvelar la verdad que para darle el aspecto del embuste».



    Diderot no quería un Dios falso ni un Dios estrecho. Su alma ardiente y expansiva se ahogaba en la estrechez de las Iglesias. En una cita que nos ha sido transmitida por Damiron en su obra Memoria para servir a la historia de la filosofía del siglo XVIII, Diderot dice:



    «Los hombres han desterrado de su alrededor la divinidad; la han relegado a un santuario. Destruid esos recintos, agrandad a Dios, vedle en todas partes donde está o decid que no existe. Si yo tuviera que educar un niño, le haría sentir una compañía tan real de Dios, multiplicaría tanto en su derredor los signos indicadores de la presencia divina, que le acostumbraría a decir: éramos cuatro: Dios, mi amigo, mi director y yo».



    «¡Agrandad a Dios!» ¡Todo Diderot está en esta frase! ¡Y cuánta falta hace agrandar a Dios hoy, ahora, doscientos años después de muerto Diderot! Estamos reduciendo la Divinidad a nuestras estrecheces mentales, arrinconándola en el espíritu sectario de altares inventados.



    ¡Agrandemos a Dios! Sólo Dios es grande, afirma el Corán, porque sólo El es eterno de principio a fin.



     


     

     


    1
    COMENTARIOS

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    jorgevaron
    12/01/2019
    00:48 h
    1
     
    El complejo de inferioridad europeo es demasiado poderoso. Les cuesta un trabajo enorme reconocer su propia decadencia y entonces el culpable de todos sus males son los prósperos, creadores y pujantes eeuu. Las universidades de los eeuu, que son las mejores de mundo, eso no lo pueden negar ( ¿ o también ?), no solo destacan en política y economía sino en todas las áreas del saber y por eso son el refugio de las mejores inteligencias vengan de donde vinieren.La "pasión intelectual" está en eeuu
     



     
     
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