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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    Amós Oz: literatura, tolerancia y laicidad

    Al igual que otros pensadores y artistas contemporáneos, Oz estaba convencido de que los fanatismos nacionalistas y religiosos comprometen seriamente la paz en el mundo.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 04 DE ENERO DE 2019 09:00 h
    Amós Oz.


    Leí el Nuevo Testamento y amé a Jesús. Es imposible no hacerlo. Pero estaba descontento con el tratamiento dado a la historia de Judas. No por razones religiosas judías, sino por un espíritu detectivesco que tenía a esa edad. ¿Cuánto dinero suponían las 30 monedas de plata? Pude averiguar que no era demasiado dinero, y Judas no era un hombre pobre de Galilea como los demás apóstoles. ¿Por qué iba a vender a su maestro, a su profesor, a su Dios, por el equivalente actual a unos 600 euros? Por las mismas razones que aportaría un detective, no puedo creerme la historia de Judas. No tiene base. Y es el Chernóbil del antisemitismo cristiano en más de 2.000 años. Los judíos son odiados en muchos lugares por esa historia.



    Amós Oz, “Critico a Israel y no soy antisemita” (Juan Carlos Sanz, en El País, 30 de octubre de 2015)




    El reciente fallecimiento de Amós Oz (nacido en Jerusalén en 1939), uno de los mayores escritores israelíes de la actualidad y varias veces candidato al Premio Nobel de Literatura, ha permitido recordar, en este inicio de año, la importancia de la tolerancia, la igualdad y la convivencia pacífica, especialmente a propósito de lo que sucede cotidianamente en Israel y Palestina. Oz creía que los palestinos deben vivir en un país propio y consideraba que la ocupación militar de sus territorios palestinos corroe los cimientos del Estado judío, lo que le ocasionó acusaciones de traición a su país. Al igual que otros pensadores y artistas contemporáneos, como el palestino-estadunidense Edward Said y el judío argentino Daniel Barenboim, Oz estaba convencido de que los fanatismos nacionalistas y religiosos comprometen seriamente la paz en el mundo. Autor de una obra verdaderamente monumental (su libro más famoso es, quizá, Una historia de amor y oscuridad, 2003, de corte autobiográfico, llevada al cine por Natalie Portman en 2015), muchos de sus ensayos y novelas están dedicados a mostrar lo pernicioso de tales actitudes.



    En el ámbito literario, Oz pertenece a la corriente encabezada por Jaim Biálik (1873-1934) y encarnada más tarde por escritores Schmuel Agnon (1888-1970), el poeta Yehuda Amichai (1924-2000), gran amigo de Octavio Paz (y ampliamente traducido en España) o el novelista Abraham B. Yehoshúa (1936). En 2007 se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En México se han publicado: La bicicleta de Sumji (2005), Una pantera en el sótano (2005), De repente en lo profundo del bosque (2006) y La historia comienza. Ensayos sobre literatura (2007)



    Especialmente en los volúmenes Contra el fanatismo (2006) y Queridos fanáticos (aparecido en marzo de 2018), ha señalado las enormes dificultades que plantea la cerrazón cultural y religiosa hacia otras culturas. En el primero, afirma:




    En mi vocabulario, la guerra es terrible pero el mal supremo no es la guerra sino la agresividad. Si en 1939 el mundo entero excepto Alemania hubiera mantenido que la guerra era el peor de todos los males del mundo, entonces Hitler habría sido el señor del universo hasta este momento. Así que, cuando uno reconoce la agresividad debe luchar contra ella, venga de donde venga. Pero sólo por la vida y la libertad, no por más territorios ni por más recursos.




    En el segundo libro, fruto de unas conferencias expuestas en Alemania en 2002, escribe:




    El fanatismo es mucho más antiguo que el islam. Más antiguo que el cristianismo y que el judaísmo. Más antiguo que todas las ideologías del mundo. Es un elemento intrínseco a la naturaleza humana, un “gen malo”: los que dinamitan clínicas donde se practican abortos, los que asesinan a inmigrantes en Europa, los que asesinan a mujeres y niños judíos en Israel, los que en los territorios ocupados por Israel incendian una casa con una familia palestina dentro, los que profanan sinagogas, iglesias, mezquitas y cementerios, todos esos se diferencian de Al Qaeda y del Daesh en el alcance y la gravedad de sus acciones, pero no en la naturaleza de sus crímenes.




     





    Judas (2015) es una sólida parábola que muestra la manera en que Oz exploró en profundidad la realidad religiosa del discípulo de Jesús. Ana Carbajosa lo despacha sucintamente: “Oz se atreve con casi todo en Judas, su nueva novela. Reinventa la historia del hombre del que se dice que besó y traicionó a Jesús y cuestiona incluso la creación del Estado de Israel. De un plumazo y sin excesivos artificios, el venerado Oz derriba la historia del cristianismo y de su pueblo. Contado así, Judas podría parecer un libro subversivo, pero en realidad no lo es tanto. Es más bien una invitación serena a la reflexión más libre posible” (supl. Babelia, 29 de octubre de 2015). Las preguntas que suscita son inquietantes: “¿Qué hubiera pasado si en realidad Judas no hubiese traicionado a Jesús? ¿Quién decide quién es un traidor? ¿Es más leal quien dice que sí a todo o quien disiente por el bien de la causa? ¿Habría hoy paz en Oriente Próximo si Ben Gurión no hubiera decidido crear un Estado judío?”. En la entrevista con Juan Carlos Sanz, Oz explicó:




    En el corazón de esta novela está la historia de tres personas muy diferentes. Un viejo que rechaza con fuerza todas las religiones y todas las ideologías del mundo, cada una de las cuales se inicia con sueños de redención, aunque todas acaban con inquisiciones, yihad, cruzadas, gulags, cámaras de tortura, y acepta el mundo tal y como es. Se ve confrontado a un joven idealista, Shmuel, que cree que es posible cambiar el mundo. Que tiene pósteres de Fidel Castro y del Che Guevara en la pared de su habitación. Y en medio se encuentra una mujer muy atractiva, Atalia Abravanel, que está enfadada con un mundo que ha permanecido en manos de los hombres durante miles de años, un mundo al que han convertido en un matadero. Al final, los tres casi [enfatiza] se aman los unos a los otros. Ese cambio es una especie de milagro laico.




    Allí mismo resumió el profundo sentido humano de su literatura: “Intento novelar una historia para que la gente se enfrente a sí misma”. Otras de sus obras son: Un descanso verdadero (2ª ed., 2007), El mismo mar (3ª ed., 2007), No digas Noche (2ª ed., 2007), Conocer a una mujer (2ª ed., 2012) y Hasta la muerte (2016).



     



    Oz recibiendo el Premio Príncipe de Asturias en 2007.



    No creyente confeso, junto con su hija, la historiadora Fania Oz-Salzberger, dio a conocer en Los judíos y las palabras (Ediciones Siruela, 2014), una honesta reflexión sobre la importancia de las escrituras sagradas y, por lo tanto, del lugar de la palabra, para la cultura judía. En ese volumen, Oz reivindica y se suma a la gran tradición de estudiosos judíos, en la línea de Hermann Cohen (1942-1918), Martin Buber (1878-1965), Hannah Arendt (1906-1975), Abraham Heschel (1907-1972), André Neher (1914-1988), Jacob Taubes (1923-1987) y Elie Wiesel (1928-2016), entre otros, cuyas indagaciones en esos terrenos son notables testimonios de la fuerza espiritual y religiosa del pensamiento incluso, como cuando, en su caso, ha desaparecido la creencia.



    Desde su perspectiva agnóstica, este libro es una hermosísima confesión de fe estética sobre el valor literario y formativo de la Biblia hebrea. De allí se desprenden algunas afirmaciones que bien vale la pena rescatar para el debate sobre los fundamentalismos bíblicos de hoy y siempre, que bien harían en leer muchos defensores del literalismo filo-sionista:




    No estamos tratando acerca de piedras, clanes o cromosomas. No es preciso ser arqueólogo, antropólogo o especialista en genética para rastrear y corroborar la continuidad judía. No es preciso ser judío practicante. No es preciso ser judío. Ni tampoco, a estos fines, antisemita. Solo se ha de ser lector. En su genial poema Los judíos, el extinto poeta israelí Yehuda Amichai escribió:



    Los judíos no son un pueblo histórico

    y ni siquiera un pueblo arqueológico, los judíos

    son un pueblo geológico, con fracturas

    y derrumbes y estratos y ardiente lava.

    Sus crónicas han de ser medidas

    con diferente escala de medir. […] (p. 18)




     



    Portada de Los judíos y las palabras.

    La reflexión lo llevó a situar en su justa dimensión el trato que tienen los judíos con las palabras, resultado del afecto espiritual de antaño hacia los documentos sagrados, en un ambiente más laico y secularizado. Lo que escribe, entonces, es una gran defensa de las antiguas Escrituras como lo que siempre ha sido, magnífica literatura, aun cuando muchos lectores/as creyentes no consideren esto como algo central, e incluso pone un ejemplo puntual: “El salmo 104 proporciona a su lector en hebreo la amplia gama de imágenes, el deleite denso y bien afinado, comparable a la magia de un poema de Walt Whitman” (p. 21). Ello lo acerca a otras voces contemporáneas como George Steiner (en su Prefacio a la Biblia Hebrea):




    En este sentido, la Biblia va dejando atrás su categoría de sagrada escritura. Su esplendor en tanto que literatura trasciende la disección científica, así como la lectura devocional. Conmueve y apasiona de un modo comparable a las grandes creaciones literarias, de Homero unas veces, en ocasiones de Shakespeare, de Dostoievski en otras. Pero su alcance histórico difiere del que tienen estas obras maestras. Admitiendo que otros grandes poemas puedan haber dado origen a ciertas religiones, ninguna otra creación literaria ha dejado grabado, de forma tan efectiva, un código legal, ni ha trazado tan convincentemente una ética social.





    Es también, por supuesto, un libro que dio nacimiento a otros innumerables libros. Es como si la Biblia hubiera escuchado y obedecido el mandamiento que ella misma atribuye a Dios, el de “creced y multiplicaos”. Por consiguiente, incluso si los científicos y los críticos tuvieran razón y el antiguo Israel no hubiera erigido palacios ni presenciado milagros, su producción literaria no dejaría de ser palaciega y milagrosa a la vez. Y decimos esto en un sentido absolutamente laico. (p. 21)




    Como celebración del arte de la lectura, este volumen se dirige al corazón de una práctica cultural laica (aunque eventualmente religiosa, para algunos) que seguirá vigente durante mucho tiempo. Para dejarlo buen claro, cita el ensayo “El coraje de ser laico”, de Sámej Yizhar, pseudónimo de Yizhar Smilanski (1916-2006), otro gran autor israelí:




    Laicidad no es permisividad, ni tampoco un caos sin ley. No rechaza la tradición, y no da la espalda a la cultura, a su impacto ni a sus logros. Tales acusaciones son poco más que demagogia barata. El laicismo es una comprensión diferente del hombre y del mundo, una comprensión no religiosa. El hombre puede muy bien sentir la necesidad, de vez en cuando, de la búsqueda de Dios. La naturaleza de esa búsqueda no reviste importancia. No hay respuestas prefabricadas ni tampoco indulgencias prefabricadas, pre-empaquetadas y listas para su uso. Y las respuestas en sí mismas son trampas: renuncia a tu libertad para conseguir tranquilidad. El nombre de Dios es tranquilidad. Pero la tranquilidad se disipará y la libertad se habrá desperdiciado. ¿Y entonces qué? (p. 19)



     

     


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