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Juan Antonio Monroy
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Miguel de Unamuno: el desgarro interior de San Manuel Bueno

El tema de la novela, creer o no creer, creer creyendo que sólo se cree por la obligación profesional de creer, acerca al lector al planteamiento último del tema unamuniano: la fe en Dios en esta vida y la fe en otra vida después de la muerte. 

EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 27 DE DICIEMBRE DE 2018 13:00 h
Imagen de la cubierta de San Manuel Bueno, mártir.

Algo mayor, con 66 años, cinco antes de morir, cuando su obra filosófica estaba prácticamente acabada –¿fue Unamuno filósofo? –, el genial pensador vasco escribió una pequeña novela de contenido muy profundo: San Manuel Bueno, mártir. Apenas ocupa unas 50 páginas en el tomo II de sus obras completas, pero tal como auguró Gregorio Marañón en 1931, fecha de la publicación de la novela, San Manuel Bueno, mártir se ha convertido en una de las obras más leídas de Unamuno. Cuatro años después la novela fue publicada en holandés. Luego siguieron traducciones al alemán, al francés, al italiano, al inglés en Inglaterra y Estados Unidos, a otras lenguas universales. En las repúblicas de la América hispana se han publicado multitud de versiones. 



El éxito está plenamente justificado. San Manuel Bueno, mártir, es una novela intensa, densa, emotiva. Para la mayoría de los críticos representa el apogeo de la novelística de Unamuno. Es una obra concisa, construida con rigurosa limitación de recursos estilísticos. 



El tema de la novela, creer o no creer, creer creyendo que sólo se cree por la obligación profesional de creer, acerca al lector al planteamiento último del tema unamuniano: la fe en Dios en esta vida y la fe en otra vida después de la muerte. 



Don Manuel, el buen párroco de Valverde de Lucerna 



Marañón dice que, en San Manuel Bueno, mártir, no hay personajes de carne y hueso; sólo almas. Cuatro almas en las que Ricardo Gullón ve claros símbolos religiosos. El cura, Manuel, Emanuel, Dios morando con el hombre; Ángela, la muchacha narradora, la mensajera, condición que tienen los ángeles en la Biblia; el hermano de Ángela, Lázaro, el resucitado espiritual; y Blasillo el idiota, el bobo inofensivo en quien se representa la creencia popular de las gentes de España. 



La acción de la novela tiene lugar en la región de Sanabria, junto al lago de Lucerna y en el pueblo del mismo nombre, que según la tradición está sumergido en el fondo de la laguna. Unamuno visitó esta región en 1930 y quedó tan impresionado que compuso dos poemas alusivos a la leyenda. En uno de ellos dice: 




Campanario sumergido 



de Valverde de Lucerna, 



toque de agonía eterna 



bajo el caudal del olvido. 




La historia de San Manuel Bueno, mártir está contada por una persona interpuesta, Ángela Carballino, la mensajera, nacida y criada en el pueblo de Valverde de Lucerna. Ángela es una mujer de fe viva y castísima admiradora de don Manuel. 



Los primeros recuerdos que Ángela tiene del párroco se remontan a los diez años de edad. Él, dice, «tendría unos treinta y siete. Era alto, delgado, erguido, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta, y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago. Se llevaba las miradas de todos y tras ellas, los corazones, y él, al mirarnos, parecía, traspasando la carne como un cristal, mirarnos al corazón. Todos le queríamos, pero sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas, no palabras. Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentía lleno y embriagado de su aroma». 



Cuando don Manuel, o San Manuel, o Manuel Bueno, muere, el obispo de la diócesis decide promover un proceso para lograr su beatificación. Es entonces cuando esta aldeana sencilla y creyente decide dar su versión de los hechos vividos muy cerca del párroco. 



Ángela Carballino recuerda lo acaecido a su propio hermano. Lázaro llega de América imbuido de ideas liberales, anticlericales. El párroco se le acerca inmediatamente. Entre Manuel y Lázaro se establece una batalla dialéctica en la que el cura acaba venciendo. Hasta tal punto, que el Lázaro espiritualmente resucitado se convierte en el más eficaz auxiliar de San Manuel para mantener al pueblo en la fe. Tanto se identifica con el párroco que llega a compartir con él hasta sus dudas sobre la vida eterna. 



Porque San Manuel Bueno, «que, por estar con el pueblo, y sobre todo con el mocerío y la chiquillería, solía ir al baile, y más de una vez se puso en él a tocar el tamboril para que los mozos y las mozas bailasen», era en su interior un hombre atormentado por la duda. Su constante actividad, no limitada por horario alguno, era la herramienta que utilizaba para escapar de su tormento interior, para aplazar el martirio de la soledad y la falta de fe. En un arranque de sinceridad confiesa a Lázaro: «Yo estoy aquí para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan con unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían». Añadía don Manuel que su religión era «consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». 



 



¿SACRILEGIO O BONDAD? 



En San Manuel Bueno, mártir, Unamuno desarrolla una idea clave en toda su literatura: la frontera entre el sacrilegio de fingir en religión lo que no se cree y la bondad que supone mantener la fe y las ilusiones del pueblo por encima de todos los obstáculos del dogma. 



Por puro amor a los habitantes de Valverde de Lucerna, San Manuel hacía todo lo posible por aparentar una fe que no tenía. Todos sus actos en el pueblo iban en esa dirección. Ángela recuerda que atendía a los enfermos, ayudaba en las faenas del campo, enseñaba a leer a quienes no sabían, daba su propia ropa a los menesterosos. «Y como hubiera en el pueblo un pobre idiota de nacimiento, Blasillo el bobo, a éste es a quien más acariciaba...» «Su acción sobre las gentes era tal, que nadie se atrevía a mentir ante él, y todos, sin tener que ir al confesionario, se le confesaban». 



Pero su amor a las almas y su celo extraordinario por ayudar a todos chocaban con su agonía íntima. Don Manuel no creía, había perdido la fe. «Afamado curandero de endemoniados, no creía en el demonio», advierte Ángela. Cuando ésta le pregunta si hay cielo e infierno, don Manuel responde sin convicción alguna: «Sí, hay que creer todo lo que cree y enseña a creer la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana. ¡Y basta!» 



En otro momento en que Ángela Carballino, mirándole a los ojos, le dice: «¿Y usted celebrando misa ha acabado por creer?, él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas». Comenta Ángela a renglón seguido: «Así es como le arranqué su secreto». 



Un secreto que don Manuel guardaba celosamente en el fondo del alma. Había perdido la fe en la doctrina de la Iglesia. Pero más que eso, había perdido la fe en el más allá. Cuando en la Iglesia todos rezaban el credo, al llegar a lo de «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable», la voz de don Manuel se zambullía como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba». Advertida, Ángela le pregunta a bocajarro: «¿Cree usted en la otra vida?, ¿cree usted que al morir no nos morimos del todo? ¿Cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo venidero?, ¿cree en la otra vida? El pobre santo sollozaba» y decía: «¡Mira, hija, dejemos eso!» 



En la última comunión general que impartió a los habitantes de Valverde de Lucerna, al darle a Lázaro la ostia consagrada, se le acerca y le dice al oído: «No hay más vida eterna que ésta… que la sueñen eterna, eterna de unos pocos años...» Agonizante ya, sabiendo que sólo le quedaban instantes de vida, se despide de Lázaro manteniendo su fe en la mortalidad del cuerpo y del espíritu: «Hasta nunca más ver, pues se acaba este sueño de vida», le dice. 



Todos los críticos de San Manuel Bueno, mártir, coinciden en un punto: Unamuno trasladó a esta novela la constante preocupación por el tema de la fe y la inmortalidad del alma, que le embargó a lo largo de toda su vida. Lo confiesa en el prólogo del libro: «Así como él (don Manuel) pienso yo, que tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana». 



En San Manuel Bueno, mártir, Unamuno desarrolla los temas de dos ensayos suyos, El sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo, donde su «yo» agónico de creyente sucumbe con frecuencia ante su otro «yo» de permanente duda y de incredulidad. 



 



ANTECEDENTES DE SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR



La figura del sacerdote católico que enseña a creer a todo un pueblo y que sin embargo se debate él mismo entre la duda y la creencia, entre la fe y el ateísmo, a quien le causa pavor la idea de la muerte por la incertidumbre que tiene del más allá, es frecuente en la literatura europea. José Ortega y Francisco Carenas, en una obra de 1975 titulada La figura del sacerdote en la moderna narrativa española, recuerdan los personajes inolvidables de Nazarín y Fermín Pas, de Galdós y Clarín. Baroja dio vida al cura de Monleón, y en la literatura de postguerra dos grandes autores españoles, José Ramón Arana y Ramón J. Sender, escribieron en el exilio El cura de Almuniaced y Mosén Millán



Antonio Sánchez Barbudo encuentra ideas muy afines entre la novela de Unamuno y una obra de Rousseau que tuvo mucha resonancia a fines del siglo XVIII, La profesión de fe del vicario Saboyard. En su Estudios sobre Unamuno y Machado, Sánchez Barbudo escribe: «Los dos clérigos de Rosseau y de Unamuno se parecen bastante: ambos defienden la religión tradicional de cada país, sea ésta cual fuere, por razones pragmáticas, para que los sencillos se consuelen y vivan; ambos tienen un discípulo a quien, entre lágrimas, confiesan la verdad en cuanto a su fe personal, distinta de lo que parece, de lo que fingen». 



En un breve artículo inserto en el Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Gloria Rey afirma que El vicario, del valenciano Manuel Ciges Aparicio, publicada en 1905, 26 años antes que la novela de Unamuno, donde se plantean las dudas de la desorientación de un sacerdote que ha perdido su fe, «está considerada por algunos críticos como un antecedente de San Manuel Bueno, mártir». 



La Casa Museo de Unamuno en Salamanca publicó en 1986 un volumen de 800 páginas como homenaje al escritor vasco al cumplirse medio siglo de su muerte. Treinta y ocho autores escriben aquí sobre Unamuno. Una mujer, Maryse Bertrand, de la Universidad de Montreal, se detiene en el análisis de San Manuel Bueno, mártir. Recuerda al cura de Bernanos en Diario de un cura de pueblo, al de Graham Greene en El poder y la gloria y a continuación señala antecedentes italianos al don Manuel de don Miguel. Dice: «Aunque parezca seguro que este libro fue inspirado por una novela italiana, Il Santo, de A. Fogazzaro (1905) y que se pueden encontrar muchas semejanzas entre los dos, no cabe duda en que San Manuel permanecerá en la literatura mientras que Il Santo no se menciona más que como curiosidad».



 



UN PROBLEMA ÉTICO



Ético o antiético, Miguel de Unamuno justifica la postura de San Manuel Bueno y la razona en otros escritos suyos. 



El colombiano Santiago Pérez Triana publicó en 1902 un libro titulado Reminiscencias tudescas, compuesto de siete relatos. En un artículo escrito en 1903 y que se incluye en el tomo IV de sus Obras Completas (página 807), Unamuno confiesa que de los siete relatos de Pérez Triana el que más le impresionó fue el tercero, Karl, «la historia de un pastor protestante que ha perdido la fe y sigue, sin embargo, rigiendo realmente su parroquia y buscando consuelo en el cultivo de la filología». En un juicio muy propio de él, Unamuno comenta: «Poco o nada, en realidad, tiene que importarle al feligrés lo que en el fondo de su ánimo sienta el individuo que predica. De lo que él necesita es de una voz que le hable, que resuene en los oídos, repitiendo lo que los creyentes consideran ser la verdad». 



Cinco años más tarde, entre noviembre y diciembre de 1908, Unamuno publicó en Los Lunes, del diario madrileño El Imparcial, cinco artículos bajo el nombre genérico Diálogos del escritor y el político. En el segundo de estos artículos, titulado El guía que perdió el camino, recogido en el tomo V de sus Obras Completas (páginas 964-966), Unamuno insiste de nuevo en el tema del guía religioso que dice en público lo que en lo privado de su conciencia no siente. Escribe el gran don Miguel: «Los fieles reposan en el apóstol; le creen a él más bien que a sus palabras, porque vieron que éstas son un hombre, un hombre siempre el mismo. Si el apóstol pierde su fe en sí mismo, su fe en sus ideas, esa fe de tantos otros que en sagrado depósito guarda, ¿le es lícito declararlo? ¿Tiene derecho a sumir a miles de almas en la desesperación espiritual, aunque él pueda vivir de la rebusca de la verdad ya que no de su posesión?» 



Más adelante acude al ejemplo del propio Papa, y comenta: «Si un Papa perdiera la fe en su propia infalibilidad pontificia o no la tuviera cuando le preconizaron, ¿le sería lícito declararlo? ¿Sería humano, sería moral, que por un mezquino motivo de amor propio –porque eso de aparecer sincero no es más que una cuestión de amor propio mezquino–, sería humano, digo, que por tal egoísta motivo dejara a miles, a millones de almas, faltas de apoyo espiritual?» 



En un tercer ejemplo para reforzar sus argumentos anteriores, Unamuno concluye: «Si el guía de una caravana ha perdido el camino y sabe que al saberlo se dejarán morir los caminantes de aquella, ¿le es lícito declararlo? ¿No debe, más bien, seguir adelante, puesto que todo sendero lleva a alguna parte?» 



Unamuno, que hace un retrato de sí mismo en las luchas religiosas y en la agonía espiritual de San Manuel Bueno, parece ignorar en los pasajes citados que la ética del Nuevo Testamento, a pesar de ser menos estricta que el legalismo de la primera parte de la Biblia, establece unos parámetros de conducta religiosa que exigen la unidad indisoluble entre la fe y la práctica, entre lo que se cree y lo que se dice creer. Ni el mártir de San Manuel Bueno ni el propio Unamuno estarían confortables en un juicio cristiano, y menos aún si el juicio estuviera presidido por San Pablo.


 

 


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COMENTARIOS

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jorgevaron
29/12/2018
16:22 h
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Vivir en la mentira, aunque sea la mas "piadosa" es estar en el fondo del pecado y del abismo. Prefiero apartarme honestamente de una fe que no puedo mantener y refugiarme en la nada, que inducir a otros por un camino que reconozco como falso. El camino de la fe puede llegar a ser muy duro, los salmos y el Señor lo atestiguan "Dios mío, porqué me has abandonado", "Porqué te apartas en el tiempo de la tribulación", " se han marchitado mis ojos esperando a mi Dios" etc. etc. No estamos solos.
 



 
 
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