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    Juan Antonio Monroy
    1
     

    Manuel Azaña: el problema religioso en España (II)

    Ni Azaña era ateo ni defendía la causa del ateísmo. Pero creía que había llegado el momento de acabar con la dependencia del Vaticano.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 20 DE DICIEMBRE DE 2018 22:10 h
    Escultura de Manuel Azaña en Alcalá de Henares. / Wikimedia Commons

    España ha dejado de ser católica. La famosa frase de Azaña, por la que tanto ha sido atacado y ridiculizado desde sectores eclesiásticos de poder, fue dicha en el contexto de un discurso pronunciado en las Cortes el 13 de octubre de 1931, cuando los citados artículos de la Constitución se hallaban en plena y fogosa discusión. Con esta frase polémica se llegaba al clímax en las relaciones Iglesia-Estado durante la República. No es justo, sin embargo, citarla aisladamente como demostración del anticlericalismo de Azaña. Hay que analizarla a la luz de todo aquel discurso, considerado como uno de los más brillantes entre los pronunciados por Azaña y que pone de relieve sus elevadas cualidades como político intelectual. 



    Voy a reproducir algunos párrafos de este discurso con el fin de enmarcar la frase de Azaña en su exacta dimensión. 



    Puede que, al propio tiempo, los argumentos de Azaña, hombre poco leído en el pasado, constituyan una novedad para el lector. Azaña tenía clara conciencia de que el problema religioso invocado en el Congreso por los diputados defensores de la Iglesia era, en realidad, un problema político: 




    «La premisa de este problema, hoy político, la formulo yo de esta manera: España ha dejado de ser católica; el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español. Yo no puedo admitir, señores diputados, que a esto se le llame problema religioso. El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es en la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino. Este es un problema político, de constitución del Estado, y es ahora, precisamente, cuando este problema pierde hasta las semejas de religión, de religiosidad, porque nuestro Estado, a diferencia del Estado antiguo, que tomaba sobre sí la curatela de las conciencias y daba medios de impulsar a las almas, incluso contra su voluntad, por el camino de su salvación, excluye toda preocupación ultraterrena y todo cuidado de la fidelidad, y quita a la Iglesia aquel famoso brazo secular que tantos y tan grandes servicios le prestó». 




    Este problema político querían encubrirlo sus promotores con citas del Evangelio, involucrando a Jesús de Nazaret en sus miras personales. Como siempre. Azaña denuncia la falsificación: 




    «De lo que yo me guardaré muy bien es de considerar si esto le conviene más a la Iglesia que el régimen anterior. ¿Le conviene? ¿No le conviene? Yo lo ignoro; además, no me interesa; a mí lo que me interesa es el Estado soberano y legislador. También me guardaré de dar consejos a nadie sobre su conducta futura y, sobre todo, personalmente, me guardaré del ridículo de decir que esta actitud nuestra está más conforme con el verdadero espíritu del Evangelio. El uso más desatinado que se puede hacer del Evangelio es aducirlo como texto de argumentos políticos y la deformación más monstruosa de la figura de Jesús es presentarlo como un propagandista demócrata o como lector de Michelet o de Castelar o, quién sabe, si como precursor de la ley Agraria. No. La experiencia cristiana, señores diputados, es una cosa terrible, y sólo se puede tratar en serio; el que no la conozca que deje el Evangelio en su alacena y que no lo lea; pero Renán lo ha dicho: “Los que salen del santuario son más certeros en sus golpes que los que nunca han entrado en él». 




    Las actividades de las órdenes religiosas contra el Gobierno de la República no eran precisamente pastorales. Azaña no podía quedar indiferente ante la abierta oposición que ejercían, usando como arca de combate el elemento juvenil: 




    «La agitación más o menos clandestina de la Compañía de Jesús o de ésta o de la de más allá, podrá ser cierta, podrá ser grave, podrá ser en ocasiones risible, pero esta acción continua de las órdenes religiosas sobre las conciencias juveniles es cabalmente el secreto de la situación política por la que España transcurre y que está en nuestra obligación de republicanos, y no de republicanos, de españoles, impedir a todo trance». 




    Los tiros de Azaña iban encaminados directamente a la Compañía de Jesús, que quedó disuelta por el decreto de enero 1932: 




    «Quedan disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes. Éstos son los jesuitas». 




    El entendimiento con el Vaticano en un plano de igualdad era considerado por Azaña como principio fundamental. Los dirigentes de la República, en su opinión, no podían renunciar al trato de tú a tú con las autoridades eclesiásticas de Roma. Refiriéndose a la necesidad de un Concordato con el Papa, decía: 




    «No es que S.S. quiera el Concordato, no lo queremos ninguno; pero ese vacío, ese tajo dado a una situación, cuando más allá no queda nada, pone a un Gobierno republicano, a éste, a cualquiera, al que nos suceda, en la necesidad absoluta de tratar con la Iglesia de Roma, y ¿en qué condiciones? En condiciones de inferioridad; la inferioridad que produce la necesidad política y pública. Y contra esto, señores, nosotros no podemos menos que oponernos y buscamos una solución que, sobre el principio de la separación, deje al Estado republicano, al estado laico, al Estado legislador, unilateral, los medios de no desconocer ni la acción, ni los propósitos, ni el gobierno, ni la política de la Iglesia de Roma; eso para mí es fundamental». 




    Nadie puede, con conocimiento de la historia, calificar a Azaña de radical por plantearse cuestiones tan fundamentales para la total independencia de España y para la libertad de conciencia del pueblo español. Hugh Thomas, uno de los autores más documentados e imparciales sobre el tema de la guerra civil, dice que la batalla perdida por el Vaticano en Francia, Alemania e Italia durante los últimos veinticinco años del siglo XIX, «fue la causa de la elaboración de una política destinada a mantener, al menos, un país –España– a salvo del ateísmo liberal». 



    Ni Azaña era ateo ni defendía la causa del ateísmo. Pero creía que había llegado el momento de acabar con la dependencia del Vaticano, como antes lo habían hecho Francia, Alemania e Italia. De ahí su polémica frase «España ha dejado de ser católica». Hugh Thomas señala que «si Azaña hubiera dicho que España había cesado de ser clerical hubiera sido más exacto». Pero «en realidad –sigue el autor inglés–, como puede advertirse si se lee su discurso entero, Azaña quería decir que España ya no era católica como lo fue, por ejemplo, en el siglo XVI». Éste era, exactamente, el sentir de Azaña: 




    «Para afirmar que España ha dejado de ser católica tenemos las mismas razones, quiero decir de la misma índole, que para afirmar que España era católica en los siglos XVI y XVII. Sería una disputa vana ponernos a examinar ahora qué debe España al catolicismo, que suele ser el tema favorito de los historiadores apologistas; yo creo más bien que es el catolicismo el que debe a España, porque una religión no vive en los textos escritos de los concilios o en los infolios de sus teólogos, sino en el espíritu y en las obras de los pueblos, que la abrazan, y el genio español se derramó por los ámbitos morales del catolicismo, como su genio político se derramó por el mundo en las empresas que todos conocemos». 




    La religión de un pueblo debe situarse en el plano de las realidades, no vivir de pasadas creencias ni de antiguos esplendores: 




    «Por consiguiente, tengo los mismos motivos para decir que España ha dejado de ser católica que para decir lo contrario de la España antigua. España era católica en el siglo XVI, a pesar de que aquí había muchos y muy importantes disidentes, algunos de los cuales son gloria y esplendor de la literatura castellana, y España ha dejado de ser católica, a pesar de que existan ahora muchos millones de españoles católicos, creyentes. ¿Y podía el Estado español, podía algún Estado del mundo estar en su organización y en el pensamiento desunido, divorciado, de espaldas, enemigo del sentido general de la civilización, de la situación de su pueblo en el momento actual?» 




    Lo que queda fuera de toda duda, tras la lectura atenta del discurso del 13 de octubre de 1931 en el Congreso, es el buen deseo de Azaña de resolver los problemas con la Iglesia por la vía pacífica




    «Esto lo haremos con franqueza, con lealtad, sin declaración de guerra, antes al contrario, como una oferta, como una proposición de reajuste de la paz». 




    Esta paz religiosa la quería Azaña con todas y para todas las confesiones existentes en el país: 




    «Nosotros dijimos: separación de Iglesia y del Estado. Es una verdad inconclusa; la inmensa mayoría de las Cortes no la ponen siquiera en discusión. Ahora bien, ¿qué separación? ¿Es que nosotros vamos a quedarnos del lado de acá del tajo y vamos a ignorar lo que pasa en el lado de allá? ¿Es que nosotros vamos a desconocer que en España existe la Iglesia católica con sus fieles, con sus jerarcas y con la potestad suprema en el extranjero? En España hay una Iglesia protestante, o varias, no sé, con sus obispos y sus fieles, y el Estado ignora absolutamente a la Iglesia protestante española. ¿Vosotros concebís que, para el Estado, la situación de la Iglesia católica pueda ser mañana la que es hoy la de la Iglesia protestante?» 




    Azaña creía que las instrucciones católicas estaban interrumpiendo el proceso transformador iniciado por la República. La salud del Estado exigía un criterio claro y una decisión firme. Azaña denuncia la situación y expone el dilema en un largo párrafo de su discurso. Dice:




    «En realidad, la cuestión apasionante, por el dramatismo interior que encierra, es la de las órdenes religiosas: dramatismo natural porque se habla de la Iglesia, se habla del presupuesto del clero, se habla de Roma; son entidades muy lejanas que no toman para nosotros forma ni visibilidad humana; pero los frailes, las órdenes religiosas, sí. 



    En este asunto, señores diputados, hay un drama muy grande, apasionante, insoluble. Nosotros tenemos, de una parte, la obligación de respetar la libertad de conciencia, naturalmente, sin exceptuar la libertad de la conciencia cristiana; pero tenemos también, de otra parte, el deber de poner a salvo la República y el Estado. Estos dos principios chocan y de ahí el drama que, como todos los verdaderos y grandes dramas, no tienen solución. ¿Qué haremos, pues? ¿Vamos a seguir (claro que no, es un supuesto absurdo), vamos a seguir el sistema antiguo, que consistía en suprimir uno de los términos del problema, el de la seguridad e independencia del Estado, y dejar la calle abierta a la muchedumbre de órdenes religiosas para que invadan la sociedad española? No. Pero yo pregunto: ¿es legítimo, es inteligente, es útil suprimir, por el contrario, por una reacción explicable y natural, el otro término del problema, y borrar todas las obligaciones que tenemos con esa libertad de conciencia? Respondo resueltamente que no. Lo que hay que hacer –y es una cosa difícil, pero las cosas difíciles son las que nos deben estimular–, lo que hay que hacer es tomar un término superior a los dos principios en contienda, que para nosotros, laicos, servidores del Estado y políticos gobernantes del Estado republicano, no puede ser más que el principio de la salud del Estado». 




    Si el acercamiento de Azaña a los problemas de España en aquella época turbulenta fue acertado o errado, no soy yo quién para determinarlo. Según el propio Azaña, «las dificultades en que se ha estrellado la República eran de orden internacional y de orden técnico. Dantón y Carnot que resucitaran, no las habrían resuelto, dada la situación de Europa y dados los recursos con que se contaba en España». 



    Para Luis de Araquistain, todo el esfuerzo de Azaña no fue más que una bella utopía republicana. «Una República así, un Estado así, liberal y democrático, jurídico y legalista, tenía que fracasar». 



    Juan Marischalar, en cambio, lo entiende de otra manera. Con su juicio cierro el mío: 




    «¿Eran, en verdad, tan utópicos los designios de Azaña? La II República y la vida de Azaña acabaron en dolor y muerte en una hora terrible de Europa. ¿No dejó acaso Azaña en sus designios el legado que sólo espera la próxima libertad de España para hacerse nuevamente móvil y meta de los hombres de buena voluntad?».



     

     


    1
    COMENTARIOS

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    Ignatius (de Loyola)
    24/12/2018
    10:14 h
    1
     
    En algo estoy de acuerdo: lo que Roma debe a España es inconmensurable. Roma sería una página de la Historia, dos a lo sumo, sin el aporte que a su grandeza hizo España. Que a usted la expulsión de los jesuitas le parezca algo cuando menos “comprensible” me deja estupefacto. Las palabras son muy bonitas pero “por sus hechos los conoceréis” y esos hechos son incendios, asesinatos y torturas. Las palabras fácilmente se convierten en palabrería... FELIZ NAVIDAD...!!!
     



     
     
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