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    Juan Antonio Monroy
     

    Albert Camus: más allá del absurdo y la nada

    Camus desentierra el eterno tema del sufrimiento de los sin culpa. Es la punta más aguda del problema del mal. Pero el escritor sabe también que sólo el Cristianismo de Cristo ha dado una respuesta a la pregunta de por qué sufren los inocentes.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 31 DE OCTUBRE DE 2018 21:00 h
    Albert Camus. / Wikimedia Commons

    La tarde del 4 de enero de 1960 la pasé aislado en mi despacho de la calle La Haya, en Tánger, corrigiendo hasta horas avanzadas de la madrugada las pruebas de mi libro La Biblia en El Quijote. Esto me impidió atender las noticias de la televisión y la radio. Hacia las nueve de la mañana siguiente, como era costumbre diaria en mí, anduve despacio hasta el Café de la Poste, situado en el Boulevard Mohamed V, junto al Banco de Estado de Marruecos. Antes de pedir el café crucé la calle para alcanzar un puesto de periódicos amparado en el edificio del Correo Central. El impacto que recibí conmocionó mi ser. La Dépeche Morocaine, diario local publicado en francés, daba la noticia con grandes titulares a toda plana: “Albert Camus ha muerto en accidente de automóvil”. 



    Horas después llegaban a Tánger los periódicos de Madrid y de París con abundante información sobre el triste acontecimiento. El papel recogía lamentos desgarradores. La tinta negra transmitía el luto de muchos corazones heridos por la tragedia. 



    Albert Camus salió de Lourmarin hacia París por carretera el domingo 3 de enero de 1960. El automóvil, un potente Facel Vega de tipo deportivo, era conducido por su amigo Michel Gallimard. En el asiento trasero viajaban la esposa de Gallimard, Janine; una hija de ésta, Anne, de 18 años, y el perro de la familia, un precioso skye terrier. La idea de los viajeros era cubrir los 755 kilómetros que los separaban de París en dos etapas. En un pequeño albergue de Thoissey, cerca de Macon, cenaron y durmieron aquella noche. A la mañana siguiente reemprendieron el viaje. Hacia el mediodía pararon de nuevo en Sens, a orillas del Yonne, en el departamento del mismo nombre. Después de comer iniciaron la última etapa del viaje. Pensaban llegar a París a la caída de la tarde.



    Por Villeblevin el automóvil enfiló una carretera amplia, plana y recta, bordeada de muchos árboles. Michel Gallimard conducía tranquilo. Junto a él iba Camus, con el cinturón de seguridad sin abrochar. Las dos mujeres descansaban en sus asientos. Por causas que nunca se aclararon suficientemente, el coche derrapó, chocó contra un árbol y a continuación quedó empotrado contra otro. El cuerpo de Gallimard fue proyectado fuera del vehículo. Sangraba abundantemente. Su esposa se hallaba cerca de él, menos herida. La joven Anne quedó tendida a unos veinte metros del coche. Las mujeres se recuperaron pronto. Camus murió en el acto. Quedó con la cabeza incrustada en el cristal de la puerta trasera. Tardaron dos horas en sacar su cuerpo del montón de chatarra a que quedó reducido el automóvil. Testigos presenciales afirmaron que sus ojos tenían una expresión de horror. El ideólogo del absurdo encontró la muerte en un accidente absurdo. La vida tiene a veces esta amarga ironía. 



    El mundo de las letras se conmocionó al conocer la noticia. La prensa, la radio y la televisión dedicaron amplios y continuos espacios al malogrado premio Nobel. Camus había muerto cuando su obra literaria no había empezado aún, tal como declaró a un periodista tres días antes del choque fatal. 



    Las investigaciones realizadas tras el accidente indicaron que el cuentakilómetros del coche marcaba 145. ¿Conducía Gallimard a esa velocidad? El reloj quedó parado en las 13,54, hora probable del accidente. Los periodistas especularon cuanto quisieron. Se dijo que los neumáticos del coche estaban gastados, que Gallimard conducía con imprudencia, que no revisaba la mecánica del coche con regularidad, que el asfalto estaba resbaladizo a causa de la lluvia caída en los primeros días del año… Al no poder evitar la muerte los humanos hallan cierto alivio explicándola. Aunque no entiendan el por qué ni el para qué. 



    Inmediatamente después de su muerte se iniciaron homenajes a la memoria de Camus. En Francia, en los países europeos de los dos bloques, en Estados Unidos, en las repúblicas de América Latina, en Asia y en África. La órbita humana se sentía lacerada en lo hondo del alma. Con la muerte de Camus se había perdido al escritor más puro del siglo, heredero de una línea de pensadores para quienes la existencia del hecho moral justificaba el don de la vida. 



    Uno de los primeros en destacar la importancia de su persona y de su obra fue el entonces ministro de cultura de Francia André Malraux, intelectual de reconocida talla y amigo íntimo del escritor. Ante el féretro donde se hallaba el cadáver todavía caliente de Camus, Malraux dijo: “Desde hace más de veinte años la obra de Camus ha venido siendo inseparable de su obsesión por la justicia. Saludamos a uno de ésos por quien Francia está presente en el corazón de los hombres”. 



    A su muerte, Albert Camus tenía 47 años. Había nacido en Mondovi, departamento de Constantina, en Argelia, el 7 de noviembre de 1913. Procedía de una familia muy humilde. “Nací pobre –dice en El revés y el derecho– en un barrio obrero, pero no sabía lo que era la verdadera desgracia hasta que conocí nuestros fríos arrabales… Para corregir una indiferencia natural, fui situado a media distancia entre la miseria y el sol. La miseria me impidió creer que todo está bien bajo el sol y en la historia; el sol me enseñó que la historia no lo es todo”. Más tarde diría: “Yo no he aprendido la libertad en Marx; la he aprendido en la miseria. Quince mil francos franceses al mes, y Tristán no tiene ya nada que decirle a Isolda. 



    También el amor es un lujo”. 



    El padre del escritor, miembro de una familia originaria de Alsacia, ese eterno campo de batalla entre Francia y Alemania, se llamaba Lucien Auguste Camus. Quedó huérfano al cumplir un año y fue educado en un orfelinato protestante. Al abandonar el mismo se dedicó a humildes trabajos manuales y agrícolas. Murió en el campo de batalla, durante la primera guerra mundial, el 11 de octubre de 1914, cuando su hijo Albert sólo tenía once meses de edad. 



    La madre, Catherine María Cardona, hija de José Cardona y Pons, procedía de una familia española originaria de las islas Baleares que emigró a Argelia. Albert Camus sentía auténtica pasión por la madre, fácilmente identificable en varias obras del escritor, especialmente en El extranjero. 



    Guillermo Díaz Plaja dice que «la fuerza patética, casi tremendista» que Camus imprimió a su obra narrativa “le viene un poco de su raíz argelina y de su madre española…”. Los biógrafos del premio Nobel concuerdan en que siempre proclamó el orgullo de sentirse español por el lado materno, que le era tan querido. Una de sus obras de teatro, El estado de sitio, desarrolla la acción en Cádiz, la tacita de plata de Andalucía, esplendor y prestigio de la España marinera. Pedro Laín Entralgo y Milagro Laín Martínez, traductores al castellano de El estado de sitio, afirman que los españoles debemos gratitud a Albert Camus “porque decidió elegir a Cádiz como contorno teatral de su ensueño, de su gran esperanza, y porque en un mozo gaditano quiso encarnar la figura del héroe que con su muerte hará posible la realización histórica de ese ensueño y de esa gran esperanza”. 



    Imponiéndose a la pobreza familiar con una tremenda fuerza de voluntad, el joven Camus lee, estudia, observa. Sus compañeros de juego son los árabes del barrio. Con ellos recorre las calles de la ciudad y da largos paseos por las playas de Argel, donde la madre, viuda a los 25 años, se traslada en busca de mejores oportunidades económicas. En la capital de Argelia consigue terminar los estudios de bachillerato. Ingresa en la Universidad y actúa como guardameta del Racing Universitario de Argel. Una tuberculosis grave le obliga a dejar los iniciados estudios de Filosofía. 



    Camus no permite que la enfermedad le doblegue. El carácter es la energía sorda y constante de la voluntad. Camus lo sabe. Consigue un empleo como redactor en la prefectura de Argel. Como le queda tiempo libre en la oficina, lee y escribe. En Argelia publica sus dos primeros libros, El revés y el derecho y Bodas. Entra como redactor jefe en el periódico Alger Republicain, que dirige su amigo Pascal Pía. Con otro grupo de amigos, especialmente musulmanes, funda una compañía de teatro y estrena obras que él mismo escribe o adapta. 



    La fama de Albert Camus llega a la metrópoli. París le llama. En 1940, cumplidos 27 años, se instala en la capital francesa. Entra de secretario de redacción en el diario París-Soir. Estalla la segunda guerra mundial y Camus se repliega con el periódico a Clermont-Ferrand. Forma parte del grupo de resistencia Combat. Regresa a París y vive en la clandestinidad. En 1942, en plena guerra mundial, publica dos de sus mejores libros: El extranjero y El mito de Sísifo. Aunque quiere pasar desapercibido, pronto se convierte en el escritor más célebre de Francia. 



    Tras la liberación de París el 24 de agosto de 1944, Camus se entrega en cuerpo, alma y mente a la tarea de escribir. Su profunda y original obra es reconocida mundialmente en octubre de 1957, cuando la Academia Sueca anuncia la concesión del Premio Nobel de Literatura a Albert Camus “por su importante producción literaria, que ilumina con seriedad y clara visión los problemas de la conciencia humana de nuestro tiempo”. 



    Ése fue el empeño constante de Albert Camus. Con un auténtico fervor moral que no existe o que yo no he sabido descubrir en la obra de Jean Paul Sartre, Camus se aferró a los grandes problemas fundamentales de la vida en aquella Europa destrozada por la guerra. Su obra, a pesar de hallarse influenciada por el sufrimiento de la resistencia y de las muertes permitidas en los combates, es de una objetividad tranquila, concisa, sin pretensiones mesiánicas. El mismo definió su misión de escritor con estas palabras: “Mi papel no es en modo alguno el de transformar el mundo ni al hombre. No tengo suficiente virtud ni talento para ello. Pero quizá sea el de servir desde mi sitio a los valores sin los que un mundo, aun transformado, no vale la pena de ser vivido; sin los que un hombre, aunque nuevo, no es digno de ser respetado”. 



    ¿Qué hay de absurdo en esta actitud? Lo realmente absurdo es querer encasillar a Albert Camus en la llamada filosofía del absurdo. 



    El extranjero, El mito de Sisifo y La peste son los tres libros donde Camus insiste con más frecuencia en el tema del absurdo. 



    Pero para entender el sentido que esta palabra tiene en la obra de Camus hay que comprender, como dice el propio escritor en su artículo sobre “la crisis del hombre”, “el punto de arranque espiritual y el lugar histórico de la generación que vivió su infancia y juventud en medio de la crisis de ambas guerras mundiales, nacidos dentro de un mundo absurdo recibido en herencia; no podían creer en nada y tenían que vivir en rebelión… Esta generación fue, pues, escogida para sobrellevar la existencia humana en el ámbito de soledad absoluta, para actuar sin esperanza, expuesta, por decirlo así, sobre una roca pelada en el océano. Aquí surgió la tentación de mi generación. Fue doble: no tener nada por verdad, o ver la única verdad en el abrazo a una predeterminación histórica”. 



    Como afirma Leo Gabriel en su Filosofía de la existencia, Albert Camus intenta heroicamente hallar sentido a lo que parece haberlo perdido. Dar sentido a lo sinsentido. Sísifo y El extranjero son los tipos negativos del sinsentido. Los positivos hacen su aparición en la novela La peste. El doctor Rieux, protagonista de la obra, es la figura simbólica de una existencia sin cáscara, de una humanidad absolutamente existencial.



    Si Calígula (¿Hitler?) juega a asesinar todo lo que le rodea; si los extranjeros, como sugiere André Blanchet en La literatura y lo espiritual, eran esos millones de espantados combatientes entregados a su tarea de matadores, condenados a muerte ellos mismos, sin saber por qué mueren ni incluso por qué han vivido, ¿qué queda? La espantosa realidad con que Camus inicia El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. 



    Está Dios, desde luego. Pero Camus “llegará siempre demasiado tarde a las citas de Dios, porque siempre habrá demasiados carros atollados en el camino, a los que hay que desatascar”. 



    Uno de estos carros obstaculizadores fue la propia Iglesia católica en cuyo seno nació. Después de su muerte se publicaron algunas fotografías de Camus niño vestido con ropas de primera comunión. ¡Absolutamente natural! Las madres de origen español que daban a luz en Argelia o en Marruecos ponían especial empeño en que sus hijos fuesen bautizados al nacer e hicieran la primera comunión. Aunque fueran éstas las únicas ocasiones en que tanto ellas como los hijos pisaran el templo católico. 



    En los primeros textos que publica en Argelia, Camus afirma ya que «el catolicismo le es extraño». ¿Por culpa de quién? Todavía no se ha escrito la historia de “los otros españoles” que en Argelia y en Marruecos constituían una sociedad discriminada por los propios compatriotas de clase privilegiada. La élite española en estos países africanos estaba formada por los representantes diplomáticos, los miembros del Ejército, los franciscanos delegados por la Iglesia católica, los profesionales y los comerciantes. Clase aparte, muy aparte, constituían los trabajadores manuales, los pobres, analfabetos muchos de ellos, los eternos mendigos. 



    La segregación entre estos dos grupos humanos era más violenta en Marruecos y en Argelia que en la patria de origen. Los pobres vivían hacinados en barrios extremos. Habitaban casas construidas con paredes de madera y techos de lata. Sus compañeros de vecindad y de juego eran en su mayoría árabes, tan pobres como ellos. El cura aparecía por aquellos barrios una vez al año para enterarse de cuántos niños habían nacido. 



    En este ambiente, que yo también viví en la zona española de Marruecos, nació y creció Albert Camus. Nada tiene de extraño que en cuanto aprendió a escribir dijera que había vivido en una especie de “paganismo anterior a nuestra era”. En aquellos pueblos y en aquellas condiciones éramos todos paganos. Más paganos que nuestros convecinos árabes, porque ellos, al menos, tenían la asistencia y el consuelo de su religión musulmana. 



    Ni en su infancia ni en su juventud tuvo Camus acceso a la dimensión religiosa de la existencia. Sólo veía en la Iglesia una institución clasista, aliada con todos los poderes temporales. Su rechazo del Dios católico alcanza situaciones de violencia en El extranjero, donde Camus escribe muchas páginas autobiográficas. Meursault expulsa de su presencia al capellán de la prisión y le grita a voz en cuello, le insulta y le dice que no rece, que más vale arder que desaparecer. 



    En Francia, siendo ya escritor célebre, la jerarquía católica tampoco supo comprenderle ni ayudarle. El sacerdote católico francés convertido del marxismo, I. Lepp, publicó en 1961 un estudio titulado Psicoanálisis del ateísmo moderno. En este trabajo, citado por Charles Moeller en el primero de los cinco tomos que componen su obra Literatura del siglo XX y Cristianismo, Lepp detalla las razones del “ateísmo desesperado de Camus”. “Los amigos de Albert Camus –afirma– saben que, entre 1947 y 1950, el escritor se había acercado mucho al catolicismo, hasta el punto de que algunos daban ya por segura su conversión... J.P. Sartre, con ocasión de la polémica que en 1952 le enfrentó con Camus, no estaba completamente equivocado al sospechar que cierta nostalgia de Dios se ocultaba en la vehemencia misma con que el futuro premio Nobel proclamaba la absurdez de un mundo sin Dios”. 



    ¿Qué ocurrió entonces? ¡El muro, los muros de la intransigencia católica, las incomprensiones y excomuniones de hombres que todo lo juzgan por el color de la sotana, cerrándonos el paso a la luz y obstaculizando nuestro camino a las estrellas infinitas! Sigue I. Lepp: “Pero desde 1950, los supremos jerarcas del catolicismo lanzaban su reprobación o su condena precisamente sobre aquellos cristianos gracias a los cuales Camus había concebido la vaga esperanza de que acaso pudiera haber al menos un más allá de la desesperación, de que el hombre pudiera no ser tan extraño a sí mismo y a los demás como él creía”. 



    Aun así, el estudio –no la mera lectura– de las obras de Camus en su conjunto no aporta argumentos suficientes para deducir matemáticamente el ateísmo de su autor. En el niño inocente que muere en La peste a pesar de las oraciones del jesuita, Camus desentierra el eterno tema del sufrimiento de los sin culpa. Es la punta más aguda del problema del mal. Pero el escritor sabe también que sólo el Cristianismo de Cristo ha dado una respuesta a la pregunta de por qué sufren los inocentes. Nadie ha nacido en este mundo más inocente que Cristo. Y pocos han sufrido como Él sufrió. 



    La contestación definitiva a este y a otros interrogantes humanos hay que hallarla al otro lado de las nubes. Como Calígula, que quería algo eterno para vencer sus angustias. “El mundo –exclama– no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo”. 



    Al tema de la dicha, de la felicidad imposible en la tierra, dedica Camus otra de sus grandes obras: La caída: “Así corría yo –dice Clamence–, siempre colmado, nunca hastiado, sin saber dónde detenerme, hasta el día, mejor dicho, hasta la noche en que la música se detuvo y se apagaron las luces”. 



    En La caída Camus hace alarde de sus conocimientos bíblicos. Con palabras inspiradas en el Libro trata los grandes temas del pecado, la culpabilidad humana, la conciencia, la gracia. Los mismos temas aparecen en El hombre rebelde, especialmente en el capítulo dedicado a “los hijos de Caín”. No se puede llamar ateo al hombre que escribió este largo párrafo en el capítulo referido: “El Nuevo Testamento puede ser considerado como una tentativa de responder a todos los caínes del mundo, suavizando la figura de Dios y suscitando un intercesor entre Él y el hombre. Cristo ha venido a resolver dos problemas principales, el mal y la muerte, que son precisamente los problemas de los rebeldes. Su solución ha consistido, ante todo, en hacerse cargo de ellos. El dios-hombre sufre así con paciencia. Ni el mal ni la muerte le son ya absolutamente imputables, puesto que Él está desgarrado y muere. La noche del Gólgota no tiene tanta importancia en la historia de los hombres sino porque en esas tinieblas la divinidad, abandonando ostensiblemente sus privilegios tradicionales, vivió hasta el fin, incluyendo la desesperación, la angustia de la muerte”. 



    Yerran quienes ven en El hombre rebelde la rebeldía del hombre contra Dios. Camus se rebela aquí contra la condición humana, no contra el autor de la vida. ¿Se puede ser a la vez ateo y rebelarse contra Dios? ¡He aquí el dilema! “Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito”, chilla Camus. La misma rebeldía aporta las pruebas de la evidencia. La duda en el propio grito del alma es la afirmación de la superioridad divina. Prometeo no ha logrado liberar a los hombres de su sujeción a Dios. Sigue teniéndonos en sus manos eternas y dirigiendo nuestro destino. A todos. El de todos.


     

     


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