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    Juan Antonio Monroy
     

    Samuel Beckett: esperando a Dios

    La humanidad se ha vuelto sorda ante los dolores y clamores del desvalido. Hemos llegado a ser peores que los animales irracionales. El egoísmo y la confusión lo invaden todo. En esta ceremonia de locura sólo tenemos un camino claro: eperar a Godot.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 07 DE SEPTIEMBRE DE 2018 10:00 h

    Finalizando 1989, exactamente el viernes 20 de diciembre, falleció en París el dramaturgo Samuel Beckett. Tenía 83 años. Beckett nació en Dublín, norte de Irlanda, el 13 de abril de 1906. Inició su carrera literaria como secretario del famoso escritor James Joyce. A los 22 años visitó París por vez primera. De 1930 a 1937 llevó una existencia nómada por ciudades de Francia, Alemania y Gran Bretaña. En 1938 se instaló definitivamente en París y comenzó una andadura literaria que culminó con la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1969. Fiel a su absoluto desprecio por las mundanalidades, Beckett rechazó todos los honores que conlleva el premio y no acudió a Estocolmo. La Academia sueca justificó el galardón por ser un autor que “saca de la indigencia del hombre contemporáneo un mensaje de elevación”. Acabada la segunda guerra mundial, Beckett se entregó de lleno a su pasión literaria. Escribió unos 50 libros, en su mayor parte obras de teatro. Fue el primer autor que después de la última catástrofe mundial supo sonreír ante las lluvias devastadoras. Expresó sobre los escenarios el vacío de una sociedad perdida en la desesperanza; denunció el final de un sistema de valores que trajo como consecuencia el caos, la destrucción y la deshumanización.



    En 1953 Beckett estrenó Esperando a Godot, la obra que le catapultó a la fama definitiva. Esta pieza teatral está traducida a todos los idiomas. En opinión del catedrático y académico Pedro Laín Entralgo, uno de los pensadores más profundos de la España contemporánea, Esperando a Godot es la más importante creación del teatro moderno.



    Vladimiro y Estragón, personajes principales de Esperando a Godot, son para Laín Entralgo como un subproducto grotesco de la pareja Don Quijote-Sancho. En ellos está representada la humanidad que espera la llegada de Dios, en este incierto y cambiante escenario de la vida.



    Estragón inventa el truco de ir llamando a Pozzo –un tercer personaje de la obra- con distintos nombres: “¡Abel! ¡Abel!” Y Pozzo responde: “¡Aquí estoy!” Y luego: “¡Caín! ¡Caín!” La misma respuesta: “¡Aquí estoy!” Comenta Estragón: “La humanidad entera”.



    “Mas no la humanidad en abstracto –sigue Laín Entralgo-, sino la que vive en la segunda mitad del siglo XX. El hombre actual, razón a quien nada dicen las creencias de antaño, criatura que sin saber por qué se siente arrojada al mundo, es el personaje total del drama que Beckett escenifica. Las alusiones de Estragón a la Biblia y a Tierra Santa, la descoyuntada descripción que de los dos ladrones del Gólgota hace Vladimiro, el largo parlamento de Lucky sobre el Dios personal, muestran con evidencia la índole y la radicalidad del desvalido desengaño en que viven. Beckett dice a sus espectadores: “Sois vosotros los que esperáis a Godot”.



    Independientemente de esta realidad religiosa, en Esperando a Godot hay una fuerte carga de simbolismo espiritual. La imagen, el tipo, la figura y las palabras se emplean para sugerir la peregrinación del hombre en busca de la eternidad y la trascendencia divina en los actos más insignificantes de la existencia humana.



    ¿Quién es realmente Godot, el personaje misterioso que tiene en sus manos la salvación y la felicidad del hombre? “El nombre es una deliberada deformación grotesca de God, Dios –Godot: diosete”, añade Lain Entralgo. De la misma opinión participan otros críticos literarios. Guillermo de la Torre observa que el nombre del personaje, Godot, sugiere el de Dios (God, en inglés). Por otro lado, “go” es, en el idioma original de Beckett, verbo intransitivo que significar ir, perseguir, moverse”.



    “La obra de Beckett es la historia de la humanidad errante. Dios, al que se espera y nunca llega, está latente, aunque invisible, en los diálogos de Vladimiro, Estragón y Pozzo. “No se puede descartar a Dios del drama beckettiano –dice el crítico teatral Lorenzo López Sancho-. Lo absurdo brota directamente de la inexistencia de Dios, sin la que nada parece justificado y sin la que la esperanza no existiría”.



    Las correrías de Vladimiro y Estragón por el escenario en busca de Godot y sus diálogos cortantes en el curso de la espera nos recuerdan un poco a María Magdalena en el huerto de la resurrección. También a María se le inundó de angustia el alma ante la idea de Dios ausente. Creía a Dios definitivamente muerto y lloraba. Lloraba la ausencia, la soledad, el vacío, la inutilidad de todo. Porque si del todo nos morimos –decía Unamuno- ¿para qué todo?



    Ni Vladimiro, ni Estragón, ni Pozzo, ni siquiera el mensajero están seguros de que Godot acudirá a la cita. Pero todos hablan de él. Le esperan. Si Godot no llega, la misma historia del hombre carece de sentido. Hay que empezar de nuevo. Sólo queda la angustia. El suicidio como recurso último.



    La ausencia de Dios es el castigo de nuestro siglo. El hombre ha dejado de sintonizar con la Divinidad y, como consecuencia de ello, vive con el alma helada. La vida es incapaz de darle la seguridad que le arrebata la duda.



    En Esperando a Godot, la espera se convierte a veces en esperanza. Si el absurdo es la realidad de un mundo inmisericorde, la esperanza en Dios es el amor posible en cualquier instante. Esta esperanza se trasluce a lo largo de todo el drama, iluminando la conciencia con rayos débiles, pero prometedores. No obstante la angustia y la frustración de sus personajes, en Esperando a Godot hay un limpio mensaje de esperanza en el Eterno. Godot es Dios, pero es también la esperanza del hombre en la soledad del mundo inhóspito y cruel.



    La esperanza, si ha de producir vidas fértiles, debe ser una inquietud permanente mantenida por la fe. Para que la esperanza pueda alcanzar sus objetivos más allá de esta vida ha de responder a la convicción de que existen motivos superiores a la materia. “El último momento –dice Vladimiro- tarda en llegar. Pero vale la pena”.



    Para la peregrinación esteparia del hombre sólo hay un camino seguro: el de la esperanza. La llegada de una nueva humanidad. El futuro feliz de la condición humana. Después de tantas noches oscuras, la esperanza es una invitación al nuevo día.



    La angustia del mundo, que acosa incluso a los creyentes de Bernanos, nos cierra todas las puertas de la tierra en nuestra peregrinación hacia la paz de espíritu. Nos atamos a Dios o vivimos esclavizados. Esperamos en Dios o perecemos en el silencio y en la nada. Para Beckett sólo queda una alternativa feliz. La humanidad se ha vuelto sorda ante los dolores y clamores del desvalido. Hemos llegado a ser peores que los animales irracionales. El egoísmo y la confusión lo invaden todo. En esta ceremonia de locura sólo tenemos un camino claro: eperar a Godot.



    Vladimiro: “Es cierto que si pesamos el pro y el contra, quedándonos de brazos cruzados, honramos igualmente nuestra condición. El tigre se precipita en ayuda de sus congéneres sin pensarlo. O bien se esconde en lo más profundo de la selva. Pero el problema no es éste. Qué hacemos aquí, éste es el problema a plantearnos. Tenemos la suerte de saberlo. Sí, en medio de la inmensa confusión, una sola cosa está clara: estamos esperando a Godot”.



    Puede que Godot, Dios, tarde en llegar. Pero vendrá un día u otro. No puede dejarnos en esta prolongada ruina.



    En una de las escenas más representativas de la obra, Vladimiro y Estragón se plantean el problema de la espera en Dios:



    “Estragón: Ya debería estar aquí.



    Vladimiro: No aseguró que vendría.



    Estragón: ¿Y si no viene?



    Vladimiro: Volveremos mañana.



    Estragón: Y pasado mañana.



    Vladimiro: Quizá.



    Estragón: Y así sucesivamente.



    Vladimir: Es decir…



    Estragón: Hasta que venga”.



    ¡Hasta que venga! A Dios hemos de esperarle todos los días, a todas horas, hasta que venga.



    “Aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Habacuc 2:3).


     

     


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