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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    Juan Stam y su pasión por el Apocalipsis

    Sus conclusiones, como no podía ser de otra manera, apuntan a lo que han desarrollado muchos exegetas posteriores: una sana comprensión del Apocalipsis encaminada hacia el fortalecimiento de una fe cristiana bien situada ante las diversas coyunturas socio-políticas.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 24 DE AGOSTO DE 2018 10:00 h
    Juan Stam con su esposa y amigos, entre ellos Harold Segura, Plutarco Bonilla y Edesio Sánchez.


    Considero que la iglesia está pasando una grave crisis exegética, acercándose a un caos. El problema de la especulación, en lugar de la exégesis cuidadosa del texto, siempre estuvo muy serio en la interpretación del Apocalipsis. A veces el prejuicio ideológico distorsiona la interpretación […] Considero que nuestra tarea más urgente hoy es el rescate de la sana interpretación del texto bíblico, incluso la contextualización fiel y acertada del mismo, para orientar nuestra misión en el mundo de hoy.1 J.S.




     



    Portada del tomo IV del comentario sobre Apocalipsis, de Juan Stam.

    Muchos años antes de que comenzara el boom de publicaciones en castellano sobre el último libro de la Biblia, el profesor Juan Stam dio a conocer un amplio ensayo que marcaría toda una época: El Apocalipsis y el imperialismo romano, en un libro de homenaje a su colega en el Seminario Bíblico Latinoamericano (SBL, 1979), el notable historiador Wilton M. Nelson, autor de obras fundamentales. En el ambiente de los seminarios e institutos evangélicos se temía abordar ese libro y era todo un lugar común recordar que ni siquiera Juan Calvino había querido comentarlo. Se recurría, para estudiarlo, a textos y materiales procedentes de otras latitudes. Uno de ellos, publicado en un volumen colectivo de la editorial Herder (Josef Schreiner, ed., Forma y propósito del Nuevo Testamento. Introducción a su problemática,1973), de la entonces muy joven Elisabeth Schüssler Fiorenza, quien dedicaría varios tomos al tema, abordaba el libro con una solvencia pasmosa y una enorme pertinencia. Lejos estaba aún la publicación de los comentarios de Ricardo Foulkes (compañero también de Stam), Pablo Richard, Samuel Pagán y Xabier Pikaza, entre otros. Tímidamente circulaban libritos (como los de W. Barclay o W. Hendriksen) que no alcanzaban a modificar la percepción que se tenía del libro y que seguía causando cierto temor, sobre todo si se recuerda que era el tiempo de mayor impacto del dispensacionalismo y de las lecturas catastrofistas del texto bíblico, como las practicadas por Hal Lindsay en La agonía del gran planeta Tierra.



    El propio Stam ha dado testimonio en una entrevista acerca de cómo surgió en él la pasión por el Apocalipsis: “Un curso con George Ladd sobre exégesis del Apocalipsis marcó el resto de mi vida, en cuanto tema y en método de análisis. Unos años después, en nuestro apartamento en Basilea, Suiza, Ladd nos inspiró con un valiosísimo conversatorio sobre los métodos históricos en la teología”.2El grado de interés que le surgió por ese documento bíblico determinó mucha de la labor exegética que ha desarrollado, incluso de antes de acometer la titánica labor de comentarlo completo. Así se refiere a esa experiencia:




    Yo puedo decir que mi vida ha sido toda una aventura emocionante con el Apocalipsis, especialmente desde mis estudios con mi amado profesor George Eldon Ladd, en el Seminario Fuller. He escrito un comentario exegético de cuatro gruesos tomos sobre ese libro. He estudiado cada versículo en el griego original, consultando a veces hasta cien libros sobre un versículo (comentarios, léxicos, diccionarios bíblicos, textos de teología bíblica y de teología sistemática y libros de historia antigua), luchando por captar el significado del texto. Comencé el comentario cuando estaba relativamente joven y terminé ya viejo. Para concluir mi comentario cito a un copista antiguo que al fin de su largo manuscrito suscribió: “El fin, a Dios las gracias”. (Ídem)




    Evidentemente, alguien que se dedica de este modo a la pasión hermenéutica y exegética, tiene que definir con enorme claridad sus propósitos y métodos, algo que Stam ha hecho de manera impecable: su enfoque es definitivamente pastoral y esa perspectiva es la que ha dirigido su trabajo todo el tiempo. Tal como lo ha escrito en diversas ocasiones para clarificar su tarea y promover un análisis serio y edificante.3De esta manera lo explica y sus advertencias son dignas de recibir mucha atención:




    Creo que el Apocalipsis parece difícil y espantoso solo porque lo leemos mal. La clave para entender bien este libro es leerlo en clave pastoral. Definitivamente, Juan tenía corazón de pastor. Desde un principio se presenta como “Yo Juan” (1;4), así de simple, sin títulos, y como “hermano y compañero de ustedes” (1.9). Enseguida introduce siete cartas pastorales (Ap 2-3), algo sin paralelo en la vasta literatura apocalíptica. En cada capítulo, cada página, habla un pastor para sus ovejas. Leído pastoralmente, es un poderoso mensaje de esperanza, no de miedo.



    Como pastor, Juan habla de lo que afecta y preocupa a su congregación, en un lenguaje que ellos y ellas podían entender. Hasta los simbolismos eran ya conocidos, fáciles de descifrar. Sospecho que para ellos el Apocalipsis era uno de los libros más fáciles de entender, a lo mejor el más fácil. Es cierto que hoy encontramos algunos detalles difíciles, mayormente porque no tenemos algunas claves de interpretación, pero me atrevo a decir que no hay ningún pasaje (o párrafo) cuyo significado no sea discernible hoy. Al inicio de mi comentario señalo que el Apocalipsis es para los valientes, pero también para los humildes, que saben decir “No sé” cuando no saben. Si alguien pretende entender todo, mejor no creerle nada porque no sabe que no sabe, y solo inventa respuestas.4(Énfasis agregado.)




    Este horizonte interpretativo aparece desde el lejano texto mencionado, pues allí fue capaz de articular el énfasis pastoral con la observación minuciosa de los elementos ideológicos que subyacen al libro. Muestra de ello es esta cita: “Esta designación caricaturesca del imperio como una Bestia era un lugar común en la literatura apocalíptica. Pero era muy atrevido, una burla osada del glorioso imperio que había impuesto la Pax Romana, deificaba a sus emperadores, y se creía eterno, la divina Roma, urbe et orbe. No, dice Juan: Roma no es diosa, sino una bestia repugnante. El imperialismo, lejos de ser divino, es la bestialización de lo humano, inspirado por Satanás”.5La combinación de estrategias interpretativas da como resultado una visión más equilibrada de esta literatura surgida en tiempos tan conflictivos:




    Es evidente en el libro que uno de los problemas que más le preocupaba al pastor Juan era el culto al emperador romano. Éfeso, donde residía Juan, tenía en su avenida central un enorme templo al emperador, donde le adoraban, hacían sacrificios, oraban y lo adoraban en todo sentido. Hacían procesiones con una estatua del emperador, y las familias devotas y patrióticas colocaban mini-altares frente a su casa. No participar en todo eso acarreaba grandes sacrificios y peligros. En el caso del Apocalipsis, contextualizar el libro significa buscar los libros de historia romana y captar los argumentos políticos y económicos que están en el Apocalipsis.6




    El ensayo de 1979 permitió abrir el debate ideológico sobre el contenido del Apocalipsis en un ambiente eclesial sumamente reacio al mismo, a partir, sobre todo a partir de la exposición de lo que denominó “las estructuras políticas del imperio romano”. La lectura sobre-espiritualizante del libro es echada por tierra con aseveraciones sólidamente arraigadas en un acercamiento filológico-histórico al texto, que se mostraría como un documento fundamental para la resistencia espiritual de los cristianos del primer siglo a la furia con que el imperio actuó contra ellos. Este tipo de análisis no dejaba margen a dudas al contrastar el mensaje de Jesucristo sobre el Reino de Dios con las prácticas imperialistas de Roma. La enumeración de los acontecimientos escatológicos (que tanta dificultad ocasionaron a generaciones anteriores de creyentes latinoamericanos) y su interpretación inmediata y ágil ofreció mucha luz a los lectores:




    Todo el sistema político del imperio es, para Juan, una triste parodia diabólica del auténtico gobierno de Dios. En el Reino verdadero del Señor, “el que está sentado en el trono” delega autoridad y poder a los 24 ancianos sentados sobre los 24 tronos, y éstos a su vez no cesan, día y noche, de postrarse ante Dios, adorarle y colocar ante sus pies las coronas que Él les ha dado (Ap.4). En forma parecida, el dragón (Satanás, 12.9) le otorga a la bestia “su poder y su trono, y grande autoridad” (13.2), o como lo traduce VPL, “el Monstruo le entregó su propio poder y su trono, con un imperio inmenso” (cf Lc 4.6; Jn 12.31). La primera bestia, a su vez, delega su autoridad a la segunda bestia, que es el falso profeta (16.13), para que todo el mundo adore a la bestia y al dragón (13.4-8,12). De las bocas de esta “trinidad malvada" proceden espíritus inmundos en forma de ranas, que seducen a los reyes de la tierra a fornicar con la ramera y luchar contra el Cordero (16.13s; 17.2,10; 19.19). También los “diez cuernos” que son reyes futuros de las provincias del imperio, recibirán poder (17.12,17) y unánimes entregarán ese “poder y autoridad” a la bestia para pelear contra el Señor (17.12-14). Pero estos diez reyes del imperio, que han fornicado con la ramera, llegarán a aborrecerla, la dejarán desolada y desnuda, devorarán su carne y la quemarán con fuego (17.16), cuando los pueblos de la periferia se vuelvan contra la ciudad capital. (Ídem)




    Por primera vez se pasaba de una “escato-ficción” (como se le ha llamado a la lectura dispensacionalista de la literatura apocalíptica) a una consistente interpretación, más cercana y vinculante para las exigencias de la época. Sus conclusiones, como no podía ser de otra manera, apuntan a lo que han desarrollado muchos exegetas posteriores: una sana comprensión del Apocalipsis encaminada hacia el fortalecimiento de una fe cristiana bien situada ante las diversas coyunturas socio-políticas. Así finaliza ese texto memorable, con referencias históricas muy concretas (impensables para un misionero estadunidense convencional) y cuyo aparato crítico (más de 100 notas) da fe del empeño del autor:




    El libro del Apocalipsis nos proclama que Jesucristo tiene que ser el Señor y Libertador de estas relaciones socio-culturales, y nos llama a un examen profético de nuestra realidad y nuestros compromisos. El descubrimiento de la colaboración de misioneros (tanto católicos como protestantes) con la CIA, y el subsecuente reconocimiento y defensa por el presidente Gerald Ford de esas acciones, son apenas síntomas de una situación general. ¿Qué pensar cuando se lee en revistas misioneras y en cartas de oración, las alabanzas a Dios por los golpes militares contra gobiernos democráticos y populares, y por la imposición de regímenes opresivos y hasta fascistas? ¿Qué pensar cuando se invita al general Pinochet, denunciado por muchos organismos internacionales por su comprobada tortura de presos políticos, a participar oficialmente en la dedicación solemne de un gigantesco templo protestante en Chile? ¿Qué pensar cuando líderes protestantes elogian desde el púlpito y por radio a dictadores (porque defienden los intereses religiosos), les presentan una Biblia y un homenaje, sin exhortarles en nombre del Señor por las injusticias que cometen a diario? 



    Como hemos visto, se puede entender el libro de Apocalipsis únicamente en el contexto del Imperio Romano; sus figuras centrales (Bestia, profeta, ramera) se describen en términos de esa realidad histórica. Pero al terminar, debemos insistir que ese imperio antiguo era para Juan sólo la instancia de primera referencia y de aplicación inmediata. Es cierto que, en el Apocalipsis, Babilonia significa Roma, pero hay que agregar: Roma no agota todo cuanto significa Babilonia. Otros sistemas surgirán del abismo, y otras rameras cabalgarán sobre otras Bestias, hasta el fin de la historia. La iglesia está llamada hoy, como siempre, a discernir los espíritus y ser fiel a su Señor.




    El fruto final de toda esta pasión han sido los volúmenes imprescindibles con los que Stam se ha ganado un lugar de privilegio en la creciente literatura bíblica latinoamericana.



     



    Notas




    1Jacqueline Alencar, “Juan Stam: Leamos el Apocalipsis en clave pastoral”, en Magacín, supl. de Protestante Digital, 16 de febrero de 2014,http://protestantedigital.com/magacin/14253/Juan_Stam_Leamos_el_Apocalipsis_en_clave_pastoral.





    2Ídem.





    3Cf. J. Stam, “El género apocalíptico”, enhttp://juanstam.com/dnn/blogs/tabid/110/entryid/119/default.aspx.EnProtestanteDigitalha publicado numerosos artículos al respecto.





    4J. Alencar, op. cit.





    5J. Stam “Apocalipsis y el imperialismo romano” (revisado en enero de 2010), enwww.juanstam.com/dnn/Blogs/tabid/110/EntryID/246/Default.aspx.





    6Jacqueline Alencar, op. cit.



     

     


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