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    Mez McConnell y Mike McKinley
     

    La iglesia en lugares difíciles, de Mez McConnell y Mike McKinley

    Las iglesias locales sanas y centradas en el evangelio son la manera ordenada por Dios para ministrar en los lugares difíciles.

    FRAGMENTOS 15 DE JUNIO DE 2018 09:20 h
    Detalle de la portada del libro.

    El mundo a veces te pone enfermo. Pedrito tenía unos diez años cuando yo —Mez— lo conocí. Adorablemente lindo y extremadamente amistoso, vivía en unos arbustos bajo una sucia chapa amarilla junto a un grupo de unos diez niños.



    Era uno de los mayores y un fiero protector de su pequeña familia. Yo acababa de empezar un ministerio que consistía en llevar zumo y pan fresco por las calles, en un esfuerzo por contactar con las muchas pandillas callejeras de San Luis —Brasil— y Pedrito y yo nos hicimos buenos amigos casi inmediatamente.



    Su rostro se hizo más familiar, más viejo y más cansado a lo largo de los pocos años en los que lo conocí. Lo veía todos los días. Me abrazaba fuertemente y luego nos sentábamos para beber y comer, y así yo compartía la esperanza de Jesús con él y con sus amigos.



    Él escuchaba atentamente y a menudo me pedía que orara con él. A veces cantábamos un par de coros juntos. Un día le pregunté de dónde venía y él me lo dijo. Cuando le pregunté si echaba de menos a su familia, me dijo que sí.



    A regañadientes, aceptó acompañarme a visitar su familia con la idea de reunirlo con ella, sacarlo de las calles y hacerlo volver a la escuela.



    Tras muchos esfuerzos, finalmente encontramos el lugar al lado de un basurero. El «hogar» familiar estaba hecho de cajas de madera, postes viejos de una cerca, partes de automóviles y lodo. El olor de las aguas residuales —que fluían en riachuelos por el piso de madera— era insoportable.



    Once personas vivían en este lugar que no era más grande que cualquiera de nuestros aseos. Era horrible. No es de extrañar que Pedrito viera las calles como una opción mucho mejor.



    Imaginé que el niño sería bienvenido, un poco como el hijo pródigo. Pero tan pronto como su madre lo vio, empezó a gritar obscenidades y me dijo que me lo llevara. En un momento dado, incluso se ofreció a vendérmelo.



    Más tarde, un anciano salió de la casa y empezó a golpear al niño sin ningún motivo. Emprendimos la retirada. Más tarde descubrí que su madre le decía que se fuera y se muriera y que el viejo era su abuelo, quien había estado abusando sexualmente de él desde que era un bebé.



    Recuerdo que me alejé caminando de una comunidad que tenía cientos de bebés y niños pequeños jugando por las calles y comprendí que había tropezado con el caldo de cultivo de la próxima generación de Pedritos.



    Me sentí enfermo, furioso y desesperado. La esporádica rebanada de pan, el vaso de zumo y la bonita historia bíblica parecían inútiles ante la aplastante realidad del alma de este chico. Se necesitaba algo más y tuve que admitir que no sabía qué era.



    Hice todo lo que pude por niños como Pedrito según mi limitada capacidad, pero la dura realidad era que mi ministerio en las calles no producía ningún cambio en la vida de estos jóvenes. Lo mejor que podíamos hacer era intervenir puntualmente en la crisis, aunque no había esperanza ni cambios duraderos.



    Aquellos niños que colocábamos en hogares de acogida a menudo se escapaban en pocos días para volver a las calles a mendigar y venderse a cambio de drogas. Muchísimos jóvenes se convirtieron en «habituales» de nuestros centros de acogida.



    Para los de afuera parecíamos ocupados —porque lo estábamos— y para los colaboradores que venían del primer mundo significaba una buena oportunidad para sacarse fotos y aparentar éxito en términos ministeriales. Pero yo vivía con la verdad todos los días.



    Sinceramente, me sentía deprimido por la vorágine de nuestro trabajo.



    De forma inesperada, un día las cosas llegaron al límite. Me presenté donde solía estar Pedrito y vi que había más niños de lo habitual. Al acercarme, oí el llanto de un bebé acurrucado en los brazos de una niña de no más de doce o trece años.



    Resultó que era la madre y acababa de dar a luz. Cuando le pregunté a la madre acerca de su madre, me dijo que la abuela de este bebé era otra niña callejera en sus veinte años que vivía en la otra parte de la ciudad.



    La naturaleza social, institucional e intergeneracional de este problema me golpeó con toda su dureza. Mientras ponía en orden mis pensamientos, Pedrito se acercó a mí sonriendo de oreja a oreja y me presentó a su irma (hermana).



    Ella era increíblemente preciosa con la piel dorada y ojos marrones de cachorrito. Cuando le pregunté a Pedrito qué estaba haciendo ella allí con él, respondió: «Ha venido a vivir con nosotros, pastor. Todos lo han hecho. Han oído hablar del pastor que nos alimenta y nos ama, así que han venido».



    Su brazo apuntó a su pequeña banda que ahora había aumentado hasta unos veinte niños. Me quedé sin palabras. Se suponía que mi ministerio consistía en sacar a los niños de las calles para que regresaran a sus hogares pero, en vez de eso, lo que había hecho involuntariamente era atraer a los niños a las calles alejándolos de sus familias y comunidades (aunque fueran malas).



    Había visto las ratoneras y las situaciones abusivas de las que habían escapado, pero yo no podía justificar esto.



    Otros amigos habían lidiado con este problema abriendo hogares para los niños, pero aunque hacían un trabajo asombroso, muchas de esas casas no eran más que puertas giratorias por las que los niños entraban y salían con una frecuencia alarmante. Tuve que reevaluar todo lo que estaba haciendo.



     



    LA SOLUCIÓN DE LA IGLESIA LOCAL



    En un esfuerzo por llegar al origen del problema de los niños de la calle en nuestra ciudad, empecé a rastrear de dónde provenían. Se hizo evidente que la mayoría provenía de una zona pobre en particular a las afueras de la ciudad.



     



    Portada del libro.

    Así que un día fui a ese barrio con compañeros de trabajo brasileños y empezamos a hablar de la posibilidad de fundar una iglesia en medio de esta comunidad. En cuestión de meses, habíamos adquirido un terreno y construido un centro comunitario, una pequeña escuela y un campo de fútbol, y así nació la Iglesia Buenas Nuevas.



    Empezamos a reunirnos en nuestro nuevo edificio con un puñado de brasileños para tener estudios bíblicos y un pequeño culto el domingo por la mañana. Pronto empezaron a llegar los vecinos, oyeron el evangelio y fueron salvos.



    Como parte de nuestro proceso de discipulado, los capacitamos para trabajar, educamos a sus hijos, y les proporcionamos actividades deportivas y clubes infantiles.



    La diferencia fue increíble. En mis dos años trabajando con niños en las calles, no habíamos logrado rescatar ni siquiera a uno de ese estilo de vida.



    A pesar de las condiciones horribles y peligrosas que les envolvían, la mayoría de ellos no quería cambiar sus vidas, incluso cuando los llevábamos a casa, los vestíamos y los alimentábamos.



    Se habían acostumbrado a ese estilo de vida y la libertad que les ofrecía. Sin embargo, durante el tiempo que pasé en la Iglesia Buenas Nuevas —y en los muchos años que siguieron a mi partida— se impidió que un buen número de niños cayera en ese mundo.



    Todo esto se debió a un simple cambio de estrategia; de trabajar en prevención de crisis a establecer una iglesia que predicaba el evangelio, que dio la bienvenida a los pobres y procuró ministrar todo los aspectos de sus vidas.



    Fue un trabajo más lento, más costoso financiera y personalmente. Pero sigo convencido de sus beneficios en la batalla por la vida de los niños de la calle en Brasil.



     



    ¿IMPORTA REALMENTE LA IGLESIA LOCAL?



    En una palabra, sí. A pesar de todo lo que hemos dicho acerca de los fracasos de la iglesia local y el relativo atractivo de muchos ministerios paraeclesiales, Mike y yo sostenemos que las iglesias locales sanas y centradas en el evangelio son la manera ordenada por Dios para ministrar en los lugares difíciles.



    Algunos podrían pensar que en realidad no importa quién haga el trabajo, siempre y cuando se dé a conocer a Jesús. Pero pensamos que la iglesia es importante por varias razones.



     



    1. La iglesia local es la manera en la que Dios lleva a cabo su misión en el mundo



    Es principalmente a través de la iglesia que Dios quiere darse a conocer. La iglesia local es la principal estrategia de evangelización divina.



    Así, por ejemplo, cuando el apóstol Pablo reflexionó acerca de su estrategia ministerial, escribió: «Desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo.



    Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno» (Ro. 15:19-20).



    Pablo consideró la región que va de Jerusalén a Ilírico — lo que llamaríamos hoy los Balcanes— como alcanzada por el evangelio. El ministerio del evangelio «llenó» la zona por completo. ¿Fue eso debido a que el apóstol predicó el evangelio en cada comunidad y hogar existentes en esa vasta área? Por supuesto que no.



    Más bien, Pablo pudo dar por evangelizada esta parte del mundo porque sabía que había iglesias establecidas en esos lugares. El apóstol sabía que esas iglesias serían la manera en la que el evangelio se extendería por todas las poblaciones colindantes. Las iglesias locales hacen la evangelización local.



    La iglesia está en el centro de los programas de Dios para la misión. Por eso, cuando el apóstol Pablo envió a hombres como Tito y Timoteo para alentar a los creyentes, lo hizo para edificar congregaciones locales, no para establecer organizaciones paraeclesiales independientes.



    De hecho, casi todas las epístolas del Nuevo Testamento fueron escritas a iglesias específicas y siguen siendo relevantes para las mismas. En resumen, Dios ha escogido a la iglesia local —y no a ninguna otra organización humana— como representante de su Reino en el mundo.



    2. La iglesia local debería importarnos porque es importante para Dios



    Pablo escribió a la Iglesia en Éfeso, diciendo: «Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Ef. 1:22-23).



    La iglesia es el cuerpo de Jesús aquí en la tierra. Esta Iglesia universal está formada por todo tipo de personas de todas las clases sociales: judíos y griegos, hombres y mujeres, educados e incultos, esclavos y libres.



    Lo mismo es cierto si estamos en Niddrie o en la Norteamérica rural. Si seguimos a Jesús, todos somos uno en él, vivamos en Washington, D. C. o en Edimburgo. Juntos representamos a Cristo aquí en la tierra por medio de nuestro cuerpo local de creyentes.



    Por tanto, la iglesia es crucial en los propósitos de Dios y es beneficiosa para el mundo que nos rodea, incluso hoy, en nuestra cultura cada vez más hostil.



    El Señor ha diseñado la iglesia principalmente para su gloria. Efesios 3:10 nos informa de que es a través de la iglesia como Dios da a conocer su «multiforme sabiduría». Independientemente de los fracasos de cada congregación, toda iglesia verdadera es un escaparate de la gloria y la sabiduría infinitas de Dios.



    La Biblia nos enseña que la iglesia es esencial para los propósitos de Dios. Por tanto, debe ser esencial en la vida de cada cristiano verdadero. Pablo dice: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella [...]. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia» (Ef. 5:25, 29).



    Jesús ama a la iglesia a pesar de sus muchas deficiencias y aparente irrelevancia para el mundo que la observa. La iglesia es su esposa y no tiene planes de tomar otra. Leemos en



    Hechos 20:28 que Cristo ha edificado la iglesia con su propia sangre. La iglesia está construida para Jesús, por Jesús y sobre Jesús. Es impensable entonces separar a Jesús de la iglesia local.



    Si el evangelio es el diamante en el gran plan salvífico de Dios, la iglesia es el broche que lo sostiene, lo sujeta y lo muestra en todo su esplendor para que el mundo lo vea.



    3. La iglesia local es donde el creyente crece



    La iglesia local también es importante en la vida de todo cristiano profesante, ya que es en ella donde aprendemos doctrina, recibimos reprensión y nos entrenamos en la justicia.



     



    Mez McConnell.

    El apóstol Pablo recuerda a la Iglesia en Éfeso que es Cristo mismo quien «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef. 4:11-13).



    En un programa de viviendas como Niddrie, la gente necesita el tiempo y el esfuerzo coordinados que solo la iglesia local puede proporcionar. Muy a menudo la gente cruza nuestra puerta después de haber oído el evangelio por medio de algún ministerio paraeclesial.



    Sin embargo, casi siempre tienen grandes lagunas en su conocimiento bíblico y en su comportamiento cristiano. Sin una iglesia local comprometida en enseñarles y capacitarles pacientemente, estas personas estarán siempre luchando por mantenerse a flote.



    Ramón es un ejemplo claro de este tipo de problema. Era un joven que acudió a nosotros después de haber pasado una temporada con una organización cristiana que lo ayudó a lidiar con sus adicciones.



    Durante ese tiempo, había hecho profesión de fe en Jesús y había estado tratando de vivir como un cristiano tras concluir su programa de ayuda. Tenía una Biblia y acceso a Internet pero poca exposición a la comunión cristiana en el marco de la iglesia local.



    Como resultado, todas las personas que conocía que habían hecho profesión de fe eran adictos, por lo que toda su experiencia cristiana se formó en torno a la adicción.



    Nunca se había mezclado realmente con nadie que no fuera de esta cosmovisión cultural, y no había crecido mucho más allá de: «Ven a Jesús y trata de mantenerte limpio». Era un creyente genuino, pero estaba desnutrido espiritualmente respecto a la Palabra y la comunión con la iglesia.



    Ramón estaba en un lugar peligroso en el sentido espiritual, pero aun así necesitaba salir de él lentamente. Había saltado de un lugar a otro, recogiendo restos teológicos y doctrinales de varias congregaciones.



    Debido a que no había sido criado con una sana dieta espiritual, tuvo un fuerte choque emocional cuando comenzamos a alimentarlo incluso con las verdades bíblicas más elementales.



    Tuvimos que alimentarle lentamente con las verdades básicas acerca de la santidad de Dios, el pecado y el arrepentimiento bíblico. Esto era alimento sólido para su alma y al principio lo encontró difícil de digerir.



    En realidad, se resistió en su contra y rechazó muchas de las cosas que en las iglesias evangélicas damos por sentado, como el hecho de que todas las personas nacen bajo la justa ira de Dios.



    La organización que inicialmente le había ayudado respecto a un solo tema —su adicción— no estaba preparada para ayudarle a crecer y convertirse en un cristiano espiritualmente completo.



    Cuando llegó a nuestra iglesia, conoció a gente como él — muy importante— y a personas que eran muy diferentes a él (igual de importante). Lo interesante fue observar cómo procesaba la información que recibía y lidiaba con ella en comunidad.



    ¿Nacen realmente todas las personas siendo pecadoras? ¿Es verdad que toda la humanidad fuera de Jesús está bajo la ira de Dios? ¿En serio iban a ir al Infierno su familia y amigos incrédulos?



    Necesitaba personas a su alrededor para ayudarle a procesar tales preguntas. Necesitaba a personas que venían de contextos difíciles, que habían luchado con los mismos problemas que él y habían conseguido resolverlos.



    También necesitaba a personas que procedieran de un ambiente más estable y que habían batallado a través de diferentes problemas teológicos.



    Necesitaba estar expuesto a todo el consejo de Dios y confiar en ello —no en sus sentimientos— como su verdad absoluta. Sin saberlo Ramón, todo esto formaba parte de su proceso de crecimiento (y también lo era para los que estaban a su alrededor).



    Tras una lucha inicial, se bautizó y llegó a ser miembro de la iglesia. Ahora tenía una red de relaciones que incluía diferentes estratos sociales. Sus amigos ya no eran como él.



    Ya no había un montón de ignorancia en torno a su vida cuando se trataba de asuntos espirituales. Más importante aún, Ramón empezó a ver la importancia de la iglesia local.



    A medida que su conocimiento de la Biblia crecía lentamente, también crecía su fe. Para él, fue una batalla al principio, pero se mantuvo firme —al igual que nosotros— y en la actualidad sigue creciendo como cristiano al mismo tiempo que estudia para convertirse en un profesional de la construcción.



    Solo cuando Ramón se mezcló con otros pecadores arrepentidos salieron a la luz sus propios pecados, y solo cuando confesó estas frustraciones y pecados a hermanos maduros pudo entender el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia.



    En resumen, lo que le ayudó a aplicar las Escrituras a su vida fue la iglesia. Y como dice Ramón: «La iglesia local no es perfecta, pero me salvó la vida».



    4. La iglesia local es el lugar donde los creyentes se someten a sí mismos a la autoridad espiritual



    Las personas en los programas de viviendas de Escocia tienen un problema con la autoridad. Todas las figuras de autoridad son tratadas con sospecha y burla.



    Lo veo en toda la cultura del programa de viviendas de Niddrie; desde un desprecio casi universal por la policía hasta la forma en que se comportan los jugadores de nuestro equipo de fútbol local.



     



    Mike Mckinnley.

    Todas las semanas trabajamos con jóvenes entrenándolos para jugar al fútbol2. Sin embargo, nunca aceptarán la crítica ni la opinión de alguien a quien consideren una autoridad.



    Cuando este tipo de personas vienen a Cristo, esta actitud ha de ser tratada inmediatamente. Dios llama a los cristianos a someterse al liderazgo espiritual, y el mejor y más seguro lugar para hacerlo es dentro del cuerpo local de creyentes ya establecido.



    El autor de Hebreos es muy claro respecto a ello: «Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso» (He.13:17).



    Los ancianos son llamados por Dios para supervisar la asamblea local de los creyentes: «Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hch. 20:28).



    Por tanto, todos los creyentes deben ser miembros de la iglesia local y estar bajo el cuidado y la supervisión de los ancianos. Los creyentes que no son parte de la iglesia local, simplemente no están obedeciendo a Dios.



    De hecho, están pecando contra él. Jonathan Leeman lo expresa así: «Los cristianos no se unen a las iglesias; se someten a ellas»3. Una cultura que desprecia cualquier tipo de autoridad necesita ver modelos sanos de liderazgo y sumisión, y el mejor lugar para que la gente vea este modelo es la iglesia local.



    5. La iglesia local es el lugar idóneo para la rendición de cuentas espiritual



    Hace muchos años pasé algo de tiempo con un obrero paraeclesial. Era conocido por su personalidad. Su organización estaba orgullosa de él. Hizo un trabajo brillante con niños que venían de trasfondos difíciles. Los niños se apiñaban en torno a él y su foto estaba a menudo en los folletos de la organización.



    Aunque personalmente era un completo desastre. Me confesó que no había leído la Biblia desde hacía años. Era adicto a las páginas webs pornográficas y salía frecuentemente a beber con sus amigos inconversos.



    Pero mientras estuviera cumpliendo con sus horas de trabajo, organizando los clubes infantiles y proporcionando a sus patrocinadores la oportunidad de hacerse fotos, su organización era feliz y no tenía nada que reprocharle.



    Todo el mundo estaba muy ocupado, y solo había tiempo para algunas reuniones mensuales de equipo y evaluaciones anuales. Debido a que este hombre no tenía la responsabilidad de una rendición de cuentas espiritual de manera formal, había estado vagando espiritualmente durante años.



    No pertenecía a ninguna iglesia local. Cuando iba a la iglesia, elegía una diferente cada vez. Eso era suficiente para que su organización estuviera satisfecha, pero esa permisividad le ayudó a mantenerse en el anonimato en aquellas iglesias que visitaba.



    ¿Es el de este hombre un ejemplo muy extremo? Tal vez lo sea. Pero me temo que su experiencia no está muy lejos de la de muchos que trabajan para ministerios paraeclesiales.



    He conocido y aconsejado a demasiados de ellos como para dejarme engañar y pensar que la historia de este hombre es una excepción.



    Todos los cristianos necesitan la rendición de cuentas y la disciplina que ofrece el ser miembro de la iglesia local. Evita que vayamos a la deriva. Ofrece un contexto para el estímulo y la reprensión.



    Proporciona una comunidad para animarnos una a otros al amor y a las buenas obras. Algunas personas argumentan que su ministerio paraeclesial o sus amigos son su comunidad.



    Pero rendir cuentas no es mantener charlas amistosas con nuestros amigos; es someterse humildemente a los líderes y a los demás miembros de nuestra iglesia.



    6. La iglesia local es el lugar en el que la disciplina es administrada bíblicamente



    No tiene mucho sentido quejarse de la falta de disciplina en las organizaciones paraeclesiales. No es su trabajo. La tarea de disciplinar a los creyentes rebeldes o abiertamente pecadores recae sobre la iglesia local (Mt. 18:15-17; 1 Co. 5:1-13; 2 Ts. 3:6; Tit. 3:10).



    Fíjate por ejemplo en Raúl. Tras ser salvo de un trasfondo de abusos con el alcohol, se unió a nuestra iglesia, se bautizó e hizo grandes progresos; hasta que un día decidió dejarse llevar y emborracharse. Determinó unirse a otra iglesia que no le obligaba a rendir cuentas. Lo llamamos. Hablamos con sus padres. Oramos por él.



    Sin embargo, al final tuvimos que ponerlo en la lista de casos urgentes. Esto supuso convocar una reunión de miembros y explicar a la congregación lo que estaba ocurriendo.



    Anunciamos que íbamos a darles a los miembros un mes para escribirle, enviarle correos electrónicos o llamarle para animarle a regresar al Señor y a la iglesia. Este proceso no siempre funciona, pero con Raúl sí lo hizo.



    Al cabo de una semana se arrepintió y volvió a la iglesia. ¡Qué testimonio para la iglesia y para la sociedad que la está observando!



    Si lees la Biblia, verás a la iglesia por todas partes, pero no verás a los ministerios paraeclesiales por ningún sitio. Ahora bien, nos gustaría dejar claro que Mike y yo creemos que muchos de los ministerios paraeclesiales existentes son estupendos.



    Tan solo nos oponemos a que estos ministerios compitan o reemplacen a la iglesia local, lo hagan conscientemente o no. En lugar de eso, deberían entender que su función es la de fortalecer y ayudar a la extensión el evangelio mediante las congregaciones de su comunidad.


     

     


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