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    Juan Antonio Monroy
     

    Don Quijote: Nos vamos poco a poco

    La eternidad no significa un tiempo inacabable, sino otra cosa distinta, difícil de definir por el entendimiento humano.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 10 DE MAYO DE 2018 15:00 h

    Don Quijote nació en La Mancha hacia 1555, ya que en 1615, con 50 años, lo vemos en plena acción. Cinco ciudades se disputan el lugar de su nacimiento: Argamasilla de Alba, Argamasilla de Calatrava, Mota del Cuervo, Santa María del Campo Rus y Esquivias.



    Era de complexión recia, aunque seco de carnes, enjuto de rostro, madrugador y amigo de la caza. Los ratos que el hidalgo estaba ocioso los empleaba en leer libros de caballerías con tanta afición y gusto que olvidó el ejercicio de la caza y aún la administración de su hacienda.



    El día que Dios quiso decidió salir del pueblo en busca de aventuras.



    Tres escapadas hizo y otras tres regresó a él. En sus aventuras le acompañaba un labriego conocido como Sancho Panza. Un manchego de alma noble que jamás se separaba de su amo. Don Quijote y Sancho, los hombres de España.



    En la primera salida Don Quijote se dirige hacia los campos de Montiel.



    Apaleado por unos mercaderes analfabetos y sin conciencia, cae mal herido. Lo encuentra un conocido suyo y lo devuelve al pueblo.



    Recuperado, emprende una segunda salida. Esta vez recorre lugares que han quedado inmortalizados: Argamasilla de Alba, Campo de Criptana, Almodovar del Campo, Carrión de Calatrava. Manzanares.



    Tan mal como la primera acabó la segunda salida. Corazones bondadosos lo atan de pies y manos mientras dormía, lo encierran dentro de una jaula, lo acomodan en una carreta de bueyes y emprenden el camino a la aldea, donde entró Don Quijote de esta forma tan lastimera .



    Pero el caballero del ideal no se rinde. Vuelve a escapar. Acompañado por su fiel Sancho entra a Castilla, cruza Aragón y llega a Barcelona. En playas de la Ciudad Condal el valiente es derrotado en duelo por el cobarde Sansón Carrasco, disfrazado como caballero de la Blanca Luna.



    Regresa a su aldea. El caballero de la alegre figura está ya cansado, muy enfermo. Y muere.



    El último capítulo de DON QIJOTE DE LA MANCHA contiene enseñanzas sublimes sobre el paso del tiempo.



    ¡Con qué tierna sensibilidad traza Cervantes la muerte de Don Quijote, ya transformado en Alonso Quijano!



    Autores rusos que escribieron bellísimos comentarios al QUlJOTE estremecieron al narrar las escenas de la muerte. La muerte de Don Quijote, dice Tourgueneff, inunda al alma de indecible emoción. Según Dostoyevsky, Don Quijote se fue de la tierra plácidamente, amando al mundo con aquella ternura que en su santo corazón encerraba.



    Acertado está Navarro Ledesma, muy acertado, cuando escribe que "a este íntimo arrancamiento de todo nuestro ser que la muerte de Don Quijote nos causa, no ha llegado ningún otro escritor conocido. Aquí Homero cede, calla Dante, Goethe se esconde avergonzado en su clásico egoísmo. Solo Cervantes pudo convertir una lágrima en sonrisa y una sonrisa en carcajada, y al final, trocar la carcajada en sonrisa y hacer que la sonrisa vuelva a ser sollozo".



    Difícil superar este sublime párrafo sobre la muerte de Don Quijote de la Mancha, el grande, el único, el sufrido, el alegre, el justo, el romántico, el hombre que supo elevar el amor hasta la cumbre del ideal. Su vida, como la concibió Ortega, fue un perenne dolor, un constante desgarrarse en pos de la aventura.



    En el obligado acabamiento de todo lo terreno y temporal, Don Quijote, Alonso Quijano, muere sereno, puesto el pensa­miento en la inmortalidad. Tres días antes dijo a Sansón Carrasco que no admitía burlas con el alma. Su cuerpo se iba apagando poco a poco, pero aquel cuerpo esquelético ocultaba una realidad espiritual, el alma. No somos sólo vulgar arci­lla. Y el alma de Don Quijote pasó de su cuerpo muerto a las moradas vivas en lugares celestiales donde la razón no penetra.



    Cuando Platón, en el TIMEO, afirma que el tiempo viene a ser una imagen móvil de la eternidad, no acierta del todo. La eternidad no significa un tiempo inacabable, sino otra cosa distinta, difícil de definir por el entendimiento humano. Hacia la­ meta de la eternidad cabalga el caballo del tiempo. Unas veces lo hace a paso lento y otras a galope, como lo señala Don Quijote en una de las sentencias más crudas y extraordinarias de la novela. Dirigiéndose a Sancho, quien Ie pide que no se muera, y a Sansón Carrasco, junto al lecho del enfermo, les dice:



    - "Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño".



    Poco a poco o mucho a mucho, todos nos vamos.



    Poco a poco se fue Abel en plena juventud y mucho a mucho se fue Adán, su padre, quien vivió hasta los 930 años.



    Es la sentencia divina: está establecido a hombres y muje­res que mueran. Decir, como Calderón, que la vida es sueño, es decir una metáfora. Pero en toda metáfora existe un víncu­lo con la realidad.



    La Biblia compara la vida humana a un día. Una vigilia de la noche. Un torrente de agua. Un sueño. La yerba del campo. Un pensamiento. Una sombra. Un penacho de humo. Una nie­bla madrugadora. Una caña tronchada por el viento. Un vuelo a lugares celestiales.



    Todo queda aquí al morir. En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño.



    Sabio Don Quijote.



    De la misma opinión era Shakespeare. En el quinto acto de Macbeth se lamenta: "El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos (el poco a poco de Don Quijote), de día en día, hasta la última silaba del tiempo recordable; todos nuestros ayeres (Ios nidos de antaño) han alumbrado a los locos el camino de la muerte. iExtínguete, extínguete, fugaz antorcha! (Los pájaros de hogaño).



    Sólo Dios mide y enumera el tiempo.



    Flota aquí el espíritu de Don Quijote. Su cuerpo, única cosa que de él pudo morir, es enterrado en lugar anónimo.



    Pero todo lo grande es eterno. Tan grandes hechos como los protagonizados por Don Quijote en vida no desaparecieron para siempre en la fosa. Aún vivimos en ellos. Aún morimos con ellos. Y pasarán a la vida más alta del espíritu.



    Un día, los huesos molidos del tantas veces molido Don Quijote saldrán a resurrección de vida. Al sonido de la gran trompeta, en el día final, sus huesos resucitarán incorruptos, porque pertenecieron al cuerpo de un hombre bueno y creyen­te. Será el más fantástico espectáculo desde la creación del mundo. Habrá un ruido que nadie podrá callar, un temblor uni­versal; los huesos se juntarán cada hueso con su hueso. Brotarán los tendones sobre ellos, surgirá la carne, la piel los cubrirá y el cuerpo inmaculado de Don Quijote desafiará todas las leyes, vencerá a la muerte y al sepulcro, montará sobre Rocinante, se ajustará la armadura, blandirá la espada y el mundo etéreo que surja conocerá las nuevas hazañas del de la Alegre Figura por los caminos infinitos de las nubes.



    Resucitará Don Quijote. Llegarán los tiempos eternos.


     

     


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