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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    "Semejante a los dioses", un cuento de Sergio Pitol sobre la intolerancia religiosa

    El artificio literario consigue entrar a las capas más profundas de una mente persecutoria patológica en la persona de un niño trastornado, aun cuando sepamos muy bien que esta fiebre de intolerancia era experimentada por colectividades azuzadas por los peores impulsos asesinos como parte de los conflictos surgidos por diferir en las creencias.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 27 DE ABRIL DE 2018 10:00 h
    El escritor Sergio Pitol.


    Los cuentos de Infierno de todos, mi primer libro, ingenuos, “torpones”, almidonados en su perversidad, susceptibles a cualquier descalificación que se les pudiera adjudicar, revelan, sin embargo, algunas constantes que sostienen lo que pomposamente podría designar como mi Ars poetica. El tono, la trama, el diseño de los personajes son obra del lenguaje. Mi acercamiento a los fenómenos es parsimoniosamente oblicuo. Existe siempre un misterio al que el narrador se acerca pausada, morosamente, sin que a fin de cuentas logre despejar del todo la incógnita propuesta.1 S.P., “Soñar la realidad”




    Con estas palabras tan justas y ceñidas, el recientemente fallecido escritor mexicano Sergio Pitol (Puebla, México, 1933), Premio Cervantes 2005, señalaba las características de sus primeros relatos, historias que desconciertan al lector desprevenido, que le impiden identificar plenamente lo leído. Porque, efectivamente, Infierno de todos (1965), título sobrecogedor, contiene una serie de textos que, al retomar el ambiente que conoció en su infancia, aderezado con fuertes dosis de ironía y con una mirada tangencial a la que se refiere allí mismo. Pertenece a la más temprana etapa de su obra en la que publicó varios volúmenes de cuentos (Tiempo cercado, 1959; Los climas, 1966; No hay tal lugar, 1967; y Del encuentro nupcial, 1970), que precederá, con mucho, a la publicación de las novelas que lo dieron a conocer fuera de México: El tañido de una flauta (1972), Juegos florales (1982), El desfile del amor (1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991). En Infierno de todos aparecen esos pequeños universos enigmáticos en los que el joven escritor que iba tomando oficio concentra su visión asombrada acerca de las cosas que vio a su alrededor en un ámbito familiar y sombrío, al mismo tiempo.



     



    Portada de El infierno de todos.

    De familia italiana, Pitol estudió Derecho y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México y recibió y los premios Xavier Villaurrutia (1981), Herralde de Novela (1984) y de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1999), así como la medalla de Bellas Artes (2008). A principios de los años 60 dejó el país para emprender una larga carrera diplomática por países eslavos, a la par que se especializó en esas literaturas, de las cuales tradujo innumerables obras. Regresaría a México 20 años después y amplió su trabajo escritural con libros como: El arte de la fuga (1996), La casa de la tribu (1989), El mago de Viena (2005), Soñar la realidad (1998), El viaje (2000), Una autobiografía soterrada (2010), El tercer personaje (2013). Los mejores cuentos, con presentación de Enrique Vila-Matas, es de 2006. La Universidad Veracruzana dio a conocer, desde 2007, una colección con muchas de sus traducciones y a partir de 2003 aparecieron sus Obras reunidas en 5 tomos.



    Con motivo de su fallecimiento, su antiguo editor Javier Herralde se refirió a la manera en que influyó para darlo a conocer en España y el sentimiento que le produjo hacerlo: “La alegría de ver cómo un escritor semisecreto, de culto, se iba convirtiendo en un autor indispensable, un faro para los jóvenes narradores”.2 A su vez, Juan Cruz escribió: “De él dijo su amigo Carlos Monsiváis que, en efecto, era ‘un clásico secreto’ […] dominaba lenguas y temperamentos, había caído en las gozosas profundidades de otras literaturas y era mexicano de Centroeuropa. […] El más cosmopolita de México, el europeo más mexicano”.3 El “estilo Pitol”, en palabras de Enrique Vila-Matas, era ese “tipo de prosa compacta en la que el autor disolvía las fronteras entre los géneros, haciendo que desaparecieran los índices y los textos consistieran en fragmentos unidos por la estructura de unidad perfecta; una prosa a cuerpo descubierto, la prosa del nuevo siglo”.4



    Fechado en México en 1958, “Semejante a los dioses” es un relato inquietante que cuenta la historia de un niño de diez años que denuncia a su familia, parte de un grupo religioso disidente (muy probablemente protestante), para que el resto del pueblo de San Rafael (Huatusco, el lugar verdadero adonde creció Pitol, cerca de Córdoba, Veracruz) los masacre sin piedad, como parte de una atmósfera persecutoria infamante y nada escondida, en un país predominantemente católico que tenía muy poco respecto por los grupos casi sectarios (“credo en desgracia”, le llama el personaje, encerrado en un hospital psiquiátrico o en la cárcel). El lenguaje que narra el suceso es envolvente y hasta mágico cuando delinea el perfil del personaje y lo retrata como un pequeño demonio de fuerte impronta religiosa. Estamos ante un relato de terror, porque, y no debería dejar de decirse, esa era la sensación que experimentaron quienes eran rechazados y agredidos violentamente por causa de su fe evangélica. Sumergirse en esa historia es como acompañar a las víctimas e ingresar a la mente de los victimarios, aunque no se llegasen a conocerse sus motivos más profundos:



     




    La incapacidad para sobrepasarlos explicaba el que ahora, a los trece años de edad, se encontrase allí, detenido, cercado, derrotado por un sino que lo había manejado desde que tenía uso de razón y de cuya manifestación primera había sido ese desbordado, abominable empleo de la memoria con que había logrado hacer que sus padres y correligionarios lo confundiesen con el portador del Milagro. (El número de versículos monótonamente recitados era para su madre motivo de un siempre renovado asombro.) Pero la raíz de su orgullo personal no estribaba en el amplio conocimiento que podía ostentar de las Escrituras, sino en el cúmulo de oraciones y plegarias prohibidas, cuyo arduo aprendizaje sus padres ignoraban, y en el acervo de rencor y de contenida violencia que supo ocultar bajo la máscara de una mirada sumisa y de una sonrisa un tanto servil cuya bondad se hubiese juzgado aborrecible poner en duda.5




     



    Juan Villoro se ha referido a la construcción de la atmósfera opresiva de estos primeros cuentos de Pitol, en donde éste en particular tiene un lugar destacado:



     




    Los cuentos de Pitol extraen su marca de fuego de una reminiscencia del pasado. Casi siempre, la escena se indica después de que ocurrió algún impacto lamentable, por lo general una traición (al hijo, a los ideales de juventud, a un viejo amor que se mantenía inmaculado en la memoria) o una pérdida (de la familia, del país, de una voz privilegiada). […]



    Los personajes de Pitol se enfrentan a la disyuntiva de aceptar la fatalidad, la caída irremediable al abismo abierto por el pecado original, o lograr la reparación definitiva. En medio de la tormenta se vislumbra el cielo despejado de la recuperación del amor, la ternura, los ideales perdidos. Pero los círculos del infierno se estrechan a cada línea y los personajes se ven sometidos a un enfrentamiento irreparable con los hechos, con un mundo donde la salvación no es más que la mejor de las causas perdidas”.6




     



     



    Recopilación de los mejores cuentos de Pitol por parte de Anagram.

    Mario Muñoz, por su parte, encuentra en este relato sumamente hermético, acaso porque la voz narrativa se sumerge riesgosamente en la conciencia del niño criminal, una transfiguración de lo religioso en lo fantasmal y en el acto de asumir como “tarea divina” la acusación de los familiares heterodoxos del niño. De ahí que este crítico afirme que, al entrar a un segundo nivel discursivo, la historia, entendida primero como “memoria privilegiada”, después se entienda como “predestinación y azoro ante la duda y, finalmente, como oclusión total de los sentidos y pérdida de la razón”,7 en el caso del niño encerrado en una celda. De este modo, los actos —agrega— “se entiende como imperativos divinos. La rebelión del niño asume el carácter de un supuesto mandato, por medio del cual su misión consiste en castigar el pecado mediante la destrucción de los padres. […] Desde la perspectiva del narrador la pérdida gradual del entendimiento es la forma que asume la expulsión, correspondiente en su extremismo a lo que significa, desde el contexto simbólico-religioso del cuento, la traición a los padres”. Estamos, pues, ante la reconstrucción de los “rasgos de una conciencia alterada”8 que no dudó en denunciar a las personas más cercanas en aras de un sentido justiciero aparentemente inexplicable. El artificio literario consigue entrar a las capas más profundas de una mente persecutoria patológica en la persona de un niño trastornado, aun cuando sepamos muy bien que esta fiebre de intolerancia era experimentada, y el relato no deja de mostrarlo en toda su ferocidad, por colectividades azuzadas por los peores impulsos asesinos como parte de los conflictos surgidos por diferir en las creencias:




     



    Después, cuando aún podía hacerlo, recordó que esa noche había dado voces en la calle, pidiendo que prendieran fuego a la casa de Serafín Naranjo donde su padre celebraba el servicio, y habían llegado unos con fusiles, otros con antorchas y otros con piedras, y otros con nada, con sólo una boca vociferante y recios puños, dispuestos a que nadie saliera de la casa, en tanto que él, con voz que la pasión le había vuelto poderosa y que sobresalía de entre el rugido general, clamaba justicia para los sacerdotes asesinados, de cuyo martirio, juraba, eran responsables esas casi veinte personas reunidas para entonar en voz baja sus cánticos y plegarias. Y luego ya todo se volvió fuego, que de las antorchas pasó a las paredes y que convirtió los ojos de los hombres en un espejo cobrizo del incendio, y tres señores rubios, de pesadas botas, dispararon sus fusiles contra las puertas cuando los fieles intentaban escapar del humo y de las llamas, y la multitud crecía y el odio se agigantaba, se reforzaba, corría fraternalmente de una mano a otra, de una boca a la siguiente…9




    El lector puede acercarse, así, al mundo de horror y tragedia de la violenta intolerancia religiosa. Con base en este contexto, ¿por qué se aventura aquí la hipótesis de que el relato en cuestión recrea un caso de persecución anti-protestante? Por una razón bastante poderosa: el cercano contacto del joven protestante Carlos Monsiváis, quien además de compartir con Pitol la importancia literaria de la Biblia (acerca de lo cual dio fe en algunos de sus libros (“Carlos Monsiváis catequista”, en Pasión por la trama, 1998, por ejemplo), seguramente le dio a conocer algunas de las persecuciones que padecían muchos militantes evangélicos de la época (a principios de los años 50, aproximadamente). Monsiváis incluyó este relato en su antología Lo fugitivo permanece, de 1984, reeditado varias veces, una de ellas por la Secretaría de Educación Pública y, al referirse a él en otro lugar, concluyó en los siguientes términos: “Deshumanizados a fondo los disidentes, su persecución no ocurre en la conciencia pública y una suerte de convenio invisibiliza a los marginales de toda índole ¿Derechos humanos? El concepto ni siquiera circula y resultaría inconcebible darle categoría de asunto nacional”.10



     



    Carlos Monsiváis y Sergio Pitol en 2003.



    “Semejante a los dioses” representa una etapa de la literatura mexicana en que la alusión a la presencia de lo protestante o evangélico en el país era algo sumamente extraño, aun cuando progresivamente comenzarían a aparecer más indicios de ella, con lentitud, ciertamente, pero como una expresión paulatina de la diversidad religiosa y cultural. Sergio Pitol, como gran escritor, fue capaz de traducir literariamente algo que estaba muy presente, incluso en las grandes ciudades mexicanas: el recelo y el odio por lo diferente, una situación que, afortunadamente, ha cambiado en las últimas décadas.



     



    Notas




    1 S. Pitol, “El sueño de lo real”, en Pasión por la trama. México, Ediciones Era, 1998; con el título, “Soñar la realidad”, en https://cdigital.uv.mx/bitstream/123456789/7388/2/20018P7.pdf.





    2 J. Herralde, “Sergio Pitol: la cálida risa”, en La Jornadaq, México, 14 de abril de 2018, www.jornada.unam.mx/2018/04/14/opinion/a06a1cul.





    3 J. Cruz, “Raro clásico secreto”, en El País, 14 de abril de 2018, https://elpais.com/cultura/2018/04/15/actualidad/1523828912_373371.html.





    4 E. Vila-Matas, “El futuro”, en El País, 2 de diciembre de 2015, https://elpais.com/cultura/2015/11/28/actualidad/1448737560_314943.html.





    5 S. Pitol, “Semejante a los dioses”, en Sergio Pitol. 2ª ed. Pról. de Juan Villoro. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007 (Material de lectura, Cuento contemporáneo, 9), pp. 7-8, www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/sergio-pitol.pdf





    6 J. Villoro, “El asedio del fuego”, en Sergio Pitol, op. cit., pp. 4-5.





    7 Mario Muñoz, “Infierno de todos: formalización de un sistema”, en Texto Crítico, Universidad Veracruzana, núm. 21, abril-junio de 1981,      p. 23, https://cdigital.uv.mx/bitstream/123456789/6983/2/198121P18.pdf.





    8 Ibíd., p. 28.





    9 S. Pitol, “Semejante a los dioses”, p. 15.





    10 C. Monsiváis, “De las variedades de la experiencia protestante”, en Roberto Blancarte, coord., Los grandes problemas de México. XVI. Culturas e identidades. México, El Colegio de México, 2010, p. 75, http://2010.colmex.mx/16tomos/XVI.pdf.



     

     


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