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    La iglesia y las últimas cosas, de Martyn Lloyd-Jones

    La unidad debe basarse en la doctrina, debe ser doctrinal.

    FRAGMENTOS 22 DE MARZO DE 2018 07:00 h
    Detalle de la protada del libro.

    Un fragmento de “La iglesia y las últimas cosas, de Martyn Lloyd-Jones” (2002, Editorial Peregrino). Puede saber más sobre el libro aquí.



    Por una razón u otra, nuestros padres y abuelos creyeron que era suficiente formar movimientos y no pensaron en términos de la Iglesia, con el resultado de que el testimonio se ha diluido entre multitud de denominaciones y los cristianos solo se reúnen en movimientos en lugar de en iglesias. Desde esa perspectiva, pues, se trata de una cuestión sumamente importante. Si tenemos una profunda preocupación por el mensaje evangélico y su vital importancia en la actualidad, entonces estamos obligados a considerar la doctrina de la Iglesia. […]



    La primera cuestión que debemos tratar es esta: ¿cuál es la relación de la Iglesia con el Reino de Dios? En la Biblia encontramos enseñanza acerca del Reino y enseñanza acerca de la Iglesia. Entre los cristianos suele haber gran confusión con respecto a estas dos cuestiones. Esto se debe en gran medida a la manera como la Iglesia católica identifica a ambas. En la enseñanza católica romana, la Iglesia es el Reino de Dios, y los católicos son completamente coherentes en la forma en que lo desarrollan, reivindicando el derecho a gobernar y dominar hasta el último aspecto de la vida. Y podemos recordar cómo en el Medioevo la Iglesia gobernaba sobre señores, príncipes, países y potestades, sobre la base de que ella era el Reino de Dios, era superior. Y de alguna forma, ese concepto tendió a persistir.



    Debemos tener clara, pues, la relación entre la Iglesia y el Reino. ¿Qué es el Reino de Dios? Bien, su mejor definición es el gobierno de Dios. El Reino de Dios está presente dondequiera que reine Dios. Ese es el motivo por que nuestro Señor pudo decir que, debido a su actividad y obras, «el reino de Dios está entre vosotros » (Lucas 17:21). «Mas si —dijo— por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lucas 11:20). Si consideramos, pues, el Reino de Dios como el gobierno y el reinado de Dios, el Reino estaba aquí cuando nuestro Señor estuvo en persona. Está presente ahora dondequiera que al Señor Jesucristo se le acepte como Señor. Pero vendrá en toda su plenitud cuando todo el mundo tenga que aceptar su señorío. Podemos, pues, decir que el Reino ha venido, que el Reino está entre nosotros, y que el Reino está por venir.



    ¿Cuál es, entonces, la relación entre la Iglesia y el Reino? Sin duda esta: la Iglesia es una expresión del Reino pero no es equivalente a él. El Reino de Dios es más amplio que la Iglesia. En la Iglesia, dondequiera que la Iglesia sea verdaderamente la Iglesia, se acepta y se reconoce el señorío de Cristo y este mora allí. El Reino, pues, está ahí en ese punto. De manera que la Iglesia es parte del Reino, pero solo parte. El Reino de Dios es mucho más amplio que eso. Él gobierna fuera de la Iglesia, en lugares donde no se le reconoce, porque todas las cosas, incluyendo la historia, están en su mano. La Iglesia, pues, no es equivalente en extensión al Reino.



    Ahora bien, permítaseme mostrar algunos de los términos que se utilizan. La palabra griega que se traduce como «iglesia» es el término ekklesia, y ekklesia significa «aquellos que son llamados fuera». No necesariamente llamados fuera del mundo, sino fuera de la sociedad para alguna clase de función o propósito específicos; son «reunidos». Podemos traducir la palabra ekklesia por «asamblea». En las Escrituras ekklesia no está restringido a una asamblea espiritual. Si leemos el relato de Hechos 19 sobre la extraordinaria reunión que tuvo lugar en la ciudad de Éfeso, una reunión que casi se convirtió en revuelta, encontraremos que el escribano de la ciudad lo llama una asamblea, una ekklesia, con lo que quería decir un cierto número de personas que se habían reunido. De la misma manera, Esteban en su discurso de Hechos 7 hace referencia a Moisés estando en «la congregación en el desierto» (versículo 38). Los hijos de Israel, pues, eran una iglesia, una reunión, una asamblea del pueblo de Dios. Eran la ekklesia, la Iglesia en el Antiguo Testamento. Ese es el significado fundamental de la palabra «iglesia».



    Ahora bien, nuestra palabra «iglesia» y todos los términos y palabras afines, contienen un significado levemente distinto. Utilizamos la palabra aludiendo a nuestra pertenencia al Señor. La palabra inglesa «church» (iglesia) proviene de la palabra griega kurios, que significa «señor», tiene la misma derivación que las palabras káiser y césar. Es importante que recordemos eso, porque debemos unir estos dos significados: la Iglesia se constituye de aquellas personas que pertenecen al Señor, que están reunidas. Pero vayamos más allá. Consideremos ciertas afirmaciones que se hacen en la Escritura con respecto a la Iglesia, y estas son verdaderamente importantes. En la Biblia, la palabra ekklesia, cuando se aplica a los cristianos, en general se utiliza en referencia a una reunión local. Ahora bien, la distinción que estamos estableciendo es la diferencia entre la Iglesia considerada como un concepto general y la Iglesia considerada como un concepto local, particular. El término que se utiliza casi invariablemente en las Escrituras conlleva este significado local. Por ejemplo, en Romanos 16, cuando Pablo envía sus saludos a Aquila y Priscila, hace referencia a «la iglesia de su casa» (versículo 5). Una serie de cristianos se reunía en la casa de Aquila y Priscila y el apóstol Pablo no duda en llamar a esa reunión local una iglesia. No está pensando en término del ideal ecuménico moderno, según el cual la Iglesia es lo grande.



    Luego, además, Pablo dirige sus epístolas, por ejemplo, «a la iglesia de Dios que está en Corinto. Escribe la Epístola a los Gálatas a «las iglesias de Galacia» (Gálatas 1:2), no a «la Iglesia de Galacia». Pablo no está pensando en una unidad dividida en ramas locales, sino en las iglesias, un número de estas unidades, en Galacia. Ese es un punto sumamente importante y significativo.



    Ahora bien, si repasamos las Escrituras, hallaremos que esa es la manera apostólica habitual de manejar la cuestión. Pero debemos advertir que hay dos o tres ocasiones donde se emplea la palabra «iglesia» más que «iglesias» y una de ellas muy interesante. La encontramos en Hechos 9:31. Aquí hay una diferencia entre la versión de la Biblia de las Américas y la Reina-Valera. La Reina-Valera dice: «Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas». Pero en la Biblia de las Américas se puede leer en singular, «iglesia», e indudablemente es una traducción mejor. Sí, pero aun así, debemos recordar que la referencia es casi con toda certeza a los miembros de la iglesia en Jerusalén que se habían dispersado como resultado de la persecución. Lucas, pues, probablemente no se estaba refiriendo al concepto de «la Iglesia» como algo distinto de «las iglesias», sino que estaba pensando en la Iglesia diseminada por distintos lugares. En cualquier caso, este no es un punto vital. Por otro lado, en 1 Corintios 12:28 leemos: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas». Pablo no dice que Dios los pusiera «en las iglesias», sino «en la iglesia».



    Luego hay otra modalidad de uso para el término «iglesia». En ciertos pasajes, como aquellos grandes pasajes en la Epístola a los Efesios, Pablo está pensando obviamente en la Iglesia como algo que aglutina tanto a los que están sobre esta tierra como aquellos que se encuentran en el Cielo. Al final del primer capítulo dice: «Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Efesios 1:22-23). De forma similar, más adelante en la epístola, dice: «Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Efesios 3:10). Y Pablo vuelve a escribir lo mismo en Efesios 5:23-32.



    Por lo que hemos visto hasta ahora, hablando en un sentido general, el término ekklesia se utiliza en el plural y los autores obviamente están pensando en iglesias individuales, pero en unas pocas ocasiones existe un concepto más amplio al utilizar el término «la iglesia».



     



    Portada del libro.

    Luego, a continuación, debemos considerar ciertas imágenes o ilustraciones que se utilizan a fin de enseñar la doctrina concerniente a la Iglesia, y hay un gran número de ellas que son muy interesantes. La primera es la analogía del cuerpo. En varias epístolas del Nuevo Testamento se nos dice que la Iglesia es «el cuerpo de Cristo». Por supuesto, el ejemplo clásico se encuentra en 1 Corintios 12, pero lo encontramos también en Romanos 12, en Efesios 4 y en otros pasajes.



    Otra imagen de la Iglesia es como templo o edificio, y el apóstol Pablo se compara a sí mismo con un perito arquitecto (1 Corintios 3:10). En Efesios 2:20 habla acerca de la Iglesia como construida sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, de manera que ahí también la concibe como un edificio que se está levantando.



    Luego en Efesios 5, Pablo se refiere a la Iglesia como la novia de Cristo, y esa imagen vuelve a aparecer en el Apocalipsis.



    Otro concepto más es el de imperio. En Efesios 2, Pablo habla acerca de que somos «conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (versículo 19). Eso obviamente es una analogía que le vino a la mente al apóstol de inmediato. Probablemente era un prisionero en Roma en el momento en que escribió la epístola, y estaba pensando en este Imperio romano. Sintió que había algo en este Imperio que era análogo a la Iglesia, con todas las partes diseminadas por el extranjero y, sin embargo, formando una unidad central.



    Por utilizar un término distinto, podemos hablar, tal como se ha hecho durante siglos, de la «Iglesia militante» y de la «Iglesia triunfante»; la Iglesia lucha en la tierra por su propia vida, por la doctrina, por todo; la Iglesia que está más allá del velo, gozosa y triunfante. Tomemos, por ejemplo, la manera grandiosa como se expresa eso en Hebreos 12:22-24.



    Reuniendo, pues, todas estas ideas, ¿a qué conclusión llegamos? Claramente, la Iglesia es espiritual e invisible. Todos los ejemplos que hemos dado de la palabra utilizada en singular indican algo que no se puede ver pero que tiene una realidad como entidad espiritual. Pero al mismo tiempo, la Iglesia también es visible y se puede describir como algo que existe en Corinto o en Roma o en algún otro sitio en concreto. Es muy importante que tengamos esas dos cosas en mente. Lo invisible tiene manifestaciones locales.



    Una buena analogía en este caso es el alma. No podemos ver el alma de las personas, pero sabemos que cada persona tiene un alma y expresa ese hecho a través del cuerpo, a través de la conducta y la vida, lo invisible manifestándose a través de lo visible. Y eso es obviamente cierto de la Iglesia cristiana. Aparte de las iglesias locales, existe tal cosa como la Iglesia. El cuerpo de Cristo es una entidad, es algo real y viviente.



    Es muy importante que establezcamos estas distinciones porque, a la luz de lo que hemos estado diciendo, podemos añadir lo siguiente: no se puede ser cristiano sin ser un miembro de la Iglesia, espiritual e invisible. Es imposible. Todos los cristianos son miembros del cuerpo de Cristo. Pero se puede ser miembro de la Iglesia sin ser miembro de una parte visible de la Iglesia, aunque es aconsejable serlo. Se puede ser una cosa sin ser la otra. Es posible, también, ser miembro de la manifestación externa, visible, de la Iglesia y no ser miembro de la Iglesia invisible, espiritual. Es así como podemos ver lo importante de la distinción entre la Iglesia universal, que es su cuerpo, y sus manifestaciones, locales, visibles.



    En resumen, pues, el significado habitual que se da a la palabra «iglesia» en las Escrituras es la reunión local de los santos donde se reconoce la presencia y el señorío de Cristo. Pero, por encima de eso, en las iglesias locales todas aquellas personas que verdaderamente han nacido de nuevo y son espirituales, son también miembros de la Iglesia espiritual invisible, del verdadero cuerpo de Cristo. Eso, como hemos dicho, es de gran importancia si hemos de entender el debate actual acerca de la Iglesia. Llegamos, pues, a la siguiente cuestión, la de la unidad de la Iglesia. Y ese es el gran asunto de la actualidad.



    Ahora bien, aquí, sin duda, se pueden decir ciertas cosas sin temor a contradecirnos. Si hemos de recibir la guía y enseñanza bíblicas, entonces debemos estar inmediatamente de acuerdo en que la unidad que interesa a la Escritura es la unidad espiritual. ¡Cuán a menudo se cita erróneamente Juan 17! La gente simplemente arranca una frase de su contexto. «Para que todos sean uno», dicen, citando el versículo 21, y lo dejan así. Asimismo insisten en que la división de la Iglesia es el mayor pecado de todos. Ahora bien, todos estamos de acuerdo en que esa división es lamentable, el cisma es ciertamente un pecado. Sí, pero cuando eso se interpreta como significando que cualquiera que se denomina cristiano, no importa de qué manera, es alguien con el que debemos mantener una unidad absoluta en todos los aspectos, eso es una contradicción con la enseñanza de Juan 17.



    Sin duda, Juan 17 deja bastante claro el carácter de esta unidad. Los términos de nuestro Señor son estos: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros (versículos 21-22). Todo eso es espiritual. Nuestro Señor está hablando aquí de la relación entre el Padre y el Hijo, y ya nos ha dicho ciertas cosas acerca de estas personas. Dice: «Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste» (versículo 8). Así pues, las palabras de nuestro Señor con respecto a la unidad solo son aplicables a las personas que creen en esa doctrina en particular, y si hay personas que nos dicen ser cristianos pero defienden que Jesús fue solo un hombre, entonces no tenemos ninguna unidad con ellos. No pertenecemos a ellos. Pueden autodenominarse cristianos, pero si no han creído y aceptado esto, no existe ninguna base para la unidad. Se trata de una unidad espiritual.



    Luego en Efesios 4:3 Pablo habla acerca de «la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». Ese gran capítulo 12 de 1 Corintios trata el mismo punto. Si la analogía del cuerpo es correcta, debe haber una unidad esencial, orgánica, espiritual. Las partes no pueden obrar armoniosamente si no se pertenecen entre sí, si no tienen la misma vida en ellas, si no corre la misma sangre a través de ellas. Nuevamente, Pablo dice en Efesios: «Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efesios 2:18). Lo primero que debemos recalcar, pues, es el Espíritu: la unidad es espiritual. No es una mera amalgama de una serie de organizaciones ni una simple firma sobre el papel. Ni es una coalición de personas en desacuerdo, pero reunidas por alguna clase de propósito común. Eso no es lo que encontramos en las Escrituras. Esta unidad es mística, espiritual; es vital, es una comunidad de vida.



    Pero el segundo principio está igualmente claro en las Escrituras, y es que esa unidad debe basarse en la doctrina, debe ser doctrinal. Ya hemos mostrado eso a partir de Juan 17. Nuestro Señor dice: «Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste» (Juan 17:7-8). Ahora bien, las «palabras» a las que hace referencia nuestro Señor significan las palabras acerca de su naturaleza de Hijo unigénito de Dios. Son palabras en las que afirma: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). Son palabras que enseñan su milagrosa venida al mundo, el nacimiento virginal. Se refieren a sus milagros porque él mismo hace referencia a sus milagros (Juan 14:11), a lo sobrenatural, al propósito de su muerte —dando su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28)— y las palabras que él ha hablado acerca de la persona del Espíritu Santo, etc. Y sin embargo, se nos pide que entremos en alguna clase de gran unidad con las personas que rechazan su divinidad única, que no creen que sea el Hijo unigénito de Dios, que no creen en su nacimiento virginal y no creen que jamás obrara un milagro; dicen que los milagros son imposibles, que se trata de folclor. No creen en la expiación sustitutiva o en la persona del Espíritu Santo. Toman esta declaración: «Para que todos sean uno» y olvidan toda esta rica enseñanza doctrinal que la precede. Hablar con esas personas acerca de unidad es una negación de Juan 17.



    Pero Juan 17 no es el único ejemplo de esta verdad de que la unidad debe estar basada en la doctrina. En Hechos 2:42 se nos dice que inmediatamente después del Día de Pentecostés, «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones». La Escritura está inspirada verbalmente. Las palabras cuentan, y el lugar y la ubicación de las palabras en un versículo son de gran importancia. No se nos dice que los primeros creyentes perseveraran en la comunión y en la doctrina de los apóstoles. No, fue en «la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones». En otras palabras, antes de que pueda haber comunión, debe haber una comunidad de doctrina. La comunión se basa en la misma fe, la misma verdad, la misma comprensión. ¿Se puede tener una comunión verdadera si cuando hablamos de Cristo queremos decir una cosa y la persona con la que estamos se refiere a otra? ¿Cómo se puede ir a Dios a través de la misma persona, si uno piensa que tan solo es un hombre, y el otro dice: «No, no, es una sustancia eterna encarnada»? Debe haber una comunidad en la creencia, de otro modo estaremos descontentos con el otro y dudaremos de lo que quiere decir con sus términos. Hechos 2:42 muestra la doctrina de los apóstoles y luego la comunión, pero en la actualidad se antepone la comunión. Se dice: «Reunámonos. Luego decidiremos sobre las cuestiones de nuestras creencias». Pero no podemos tener comunión independientemente de esta unidad de doctrina.



    Hay una declaración aún más fuerte en la Segunda Epístola de Juan: «Si alguno viene a nosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras» (2 Juan 10-11). Eso lo dice Juan, el apóstol del amor. El significado que atribuye a la doctrina y a la verdad es tan grande que viene a decir: «No debéis recibir a ese hombre en vuestras casas porque al hacerlo le estaréis alentando. Si le dais un plato de comida y le dejáis seguir su camino, estaréis fomentando su falsa doctrina. No lo hagáis». Y si leemos la Primera Epístola de Juan, encontraremos que por toda ella muestra la misma preocupación. Hubo ciertas personas, dice, estos anticristos y sus seguidores, que «salieron de nosotros». Estaban entre nosotros pero han salido. Evidentemente no formaban parte de nosotros (1 Juan 2:19). Y eso es sobre la base de la doctrina: la doctrina es esencial y vital para la comunión verdadera.



    Cuando estemos tratando, pues, la cuestión de la unidad de la Iglesia, debemos anteponer el carácter espiritual y doctrinal de la unidad. No es demasiado difícil entrar en una coalición con personas que no creen en nada en particular. Pero eso no es unidad. La unidad es positiva. No consiste en personas reuniéndose porque a nadie le importa mucho lo que se diga o se crea. La unidad es una vida, una energía, un entusiasmo. Consiste en personas unidas por lo que tienen en común. Y, de manera suprema, eso es cierto de la Iglesia de Dios.



    Si recordamos la larga historia de la Iglesia, veremos que a menudo ha tenido mucho valor, y que Dios la ha utilizado grandemente cuando había un simple puñado de personas que estaban de acuerdo en el espíritu y la doctrina. Dios los tomó y utilizó e hizo grandes cosas a través de ellos. Pero cuando hubo una sola Iglesia en toda Europa occidental, ¿a qué condujo? Al Medioevo. Y sin embargo, creo que esta gran lección de la historia se está olvidando y pasando completamente por alto en el presente. Decimos estas cosas no porque estemos animados por un espíritu de controversia, sino por el celo por la verdad tal como la encontramos en las Escrituras, y consideramos como algo trágico no advertir la forma en que se está pervirtiendo y desfigurando la Escritura en aras de los intereses de una unidad que no es tal.



    En último lugar, ¿cuál es la relación de la Iglesia con el Estado? Aquí nos encontramos nuevamente con una cuestión altamente controvertida. […] Sabemos que, históricamente, han surgido Iglesias nacionales en distintos países. Pero si nos preocupa el concepto bíblico, debo repetir que no puedo encontrar que se haga referencia a ese Estado en ningún pasaje de las Escrituras. No es ningún argumento decir que la nación de Israel era la Iglesia en el Antiguo Testamento. Eso era así en aquel tiempo, pero ahora, «el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él», dijo Cristo a los judíos (Mateo 21:43). ¿Qué nos queda, pues? La Iglesia, tal como demuestra Pedro en el capítulo 2 de su Primera Epístola, es donde se aplican las palabras que se hablaron a la nación de Israel. La Iglesia ahora es supranacional, tiene a su pueblo en todas las naciones. Se compone del pueblo de Dios que vive en la tierra en distintos Estados pero al mismo tiempo son ciudadanos de ese Reino que no es de este mundo.


     

     


    1
    COMENTARIOS

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    JavierJP
    27/03/2018
    08:03 h
    1
     
    Excelente. Gracias a Dios.
     



     
     
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