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    Antonio Cruz
     

    Algas en la cabeza

    A veces, nuestros prejuicios personales hacen que las algas se nos enreden en la cabeza y nos traicionen.

    ZOé AUTOR Antonio Cruz 16 DE NOVIEMBRE DE 2017 21:10 h
    Foto: Antonio Cruz.

    Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo;



    El alga se enredó a mi cabeza.



    (Jon. 2:5)  



    Esta es la única cita en que aparece el término “alga” en la Biblia y obviamente se refiere a alguna especie de vegetal acuático abundante en el mar Mediterráneo, que es donde se desarrolla la historia bíblica de Jonás. Como es sabido, las algas son organismos acuáticos formados por una o muchas células nucleadas, capaces de realizar la fotosíntesis y, por tanto, fabricar su propio alimento gracias a la luz solar, el dióxido de carbono y las sales minerales disueltas en el agua. Pueden contener pigmentos de diversos colores que son los que les dan la típica tonalidad a cada especie. Hay algas doradas, amarillentas, pardas, verdosas, rosáceas, rojizas, moradas e incluso negras. Las algas no poseen verdaderos tejidos diferenciados que constituyan, por ejemplo, la raíz, el tallo o las hojas, como en los demás vegetales, ni tampoco producen flores o semillas.



    No obstante, una de las plantas fanerógamas (con flores) más abundantes del Mediterráneo, que en ocasiones se confunde con las verdaderas algas aunque no lo es en absoluto, es la posidonia (Posidonia oceanica) (en la foto). Se trata de una auténtica planta marina, endémica de este mar y que constituye uno de sus principales signos de identidad biológica. Posee verdaderos tallos, hojas, flores e incluso polen submarino. Sus hojas con aspecto de cinta verdosa forman extensos prados ondulados que albergan a numerosas especies de peces e invertebrados del mar. Estas praderas de posidonia generan una gran cantidad de materia orgánica y oxígeno que enriquecen a otros ecosistemas. Al mismo tiempo, forman arrecifes arenosos en muchas bahías y playas que las protegen de la erosión. Cuando mueren se tornan pardas, son arrancadas por las olas y suelen acumularse sobre la arena de las playas. En ocasiones, las corrientes pueden transportarlas también lejos de la costa.



    De manera que, las posidonias y muchas especies de algas mediterráneas, arrancadas del fondo marino y dejadas a la deriva, están entre las múltiples posibles especies candidatas a poderse haber enredado en la terca cabeza del profeta Jonás. La historia bíblica de dicho personaje está entre las que han sido cuestionadas por numerosos autores debido a los diversos elementos milagrosos o difíciles de explicar que contiene. Es cierto, por ejemplo, que ni la Escritura ni los documentos asirios antiguos mencionan el gran avivamiento espiritual de los ninivitas a que se refiere el libro de Jonás. Aunque quizás este asunto interesase poco a los cronistas de la época, de la misma manera que en la actualidad los medios de comunicación ignoran los resultados de las grandes campañas de evangelización que se llevan a cabo en las grandes capitales del mundo.



    El relato tampoco explica las dificultades de comunicación entre los distintos idiomas o los peligros que amenazarían a un profeta hebreo que predicara un mensaje tan agresivo y vehemente en una ciudad idólatra como Nínive, la capital del imperio asirio. Nada de esto constituye un problema para la narración bíblica. Sólo se dice que la maldad de Nínive había subido delante de Dios y que Jonás fue el hombre elegido para llevar a cabo sus divinos planes.



    No obstante, para el profeta rebelde todas estas cosas sí parecen suponer un grave inconveniente, puesto que en vez de obedecer la orden, huye de la presencia del Señor. Decide poner rumbo a la colonia fenicia de Tarsis en el sur de España (o quizás, a una refinería de cobre en la isla de Cerdeña). Precisamente el lugar más alejado de Nínive que se le ocurrió. Algunos rabinos judíos han intentado defender a su compatriota Jonás diciendo que éste conocía los planes asirios para invadir Israel y lo único que deseaba era salvar a su pueblo. Además, era consciente de que si su profecía no se cumplía, porque los asirios se arrepentían, sería considerado como un falso profeta, con las terribles consecuencias que esto suponía para los hebreos. Sin embargo, aparte de posibles atenuantes, lo cierto es que Jonás desobedeció a Dios.



    Su travesía marítima se vio trucada por una fuerte tempestad sobrenatural lanzada por Dios. Hasta los veteranos marineros, de distintas nacionalidades y religiones, tuvieron temor y comprendieron que la causa de todo aquello era ese misterioso pasajero que dormía despreocupado en el fondo de la nave. Sorprendentemente, Jonás no lo desmintió sino todo lo contrario. Les aseguró que la única solución para calmar la tempestad era que lo arrojasen al mar. Así lo hicieron y, en efecto, el mar se apaciguó. Pero aquél no fue el fin del profeta porque Dios preparó un gran pez para que se lo tragara. Se ha especulado y escrito mucho sobre este asunto. Algunos autores creen que el gran pez pudo ser en realidad un enorme mamífero marino como el actual cachalote, cuya abertura bucal de unos tres metros de largo por dos de altura sería suficiente para albergar a un hombre durante algún tiempo, si es que no se sumergía profundamente.[1]



    Sea como fuere, lo importante es que Dios salvó a Jonás y después de tres días, aquel animal marino le vomitó todavía vivo en una playa. La Biblia enseña que el creador del universo hace milagros y, desde luego, éste del profeta no fue ni mucho menos el mayor de ellos. La encarnación y resurrección de Cristo, por ejemplo, le supera con creces. Además, el mismo Señor Jesús se refirió a esta experiencia de Jonás y la usó como analogía de su propia muerte y resurrección con el fin de amonestar a los judíos por su escepticismo, en contraste con el arrepentimiento rápido y sincero de los ninivitas (Mt. 12:38-41).



    Por último, Jonás comprendió que era imposible huir de Dios y decidió obedecer sus mandamientos. Se levantó y fue a Nínive a predicar. No es que después de tres días de camino llegara a dicha capital, como erróneamente se sugiere en ocasiones con el fin de ridiculizar el relato (Jon. 3:3). Esta ciudad asiria estaba a más de mil kilómetros de las costas mediterráneas de Jope y, evidentemente, tal distancia no se podía recorrer a pie en sólo tres días. Lo que dice el texto es que Nínive era una ciudad muy grande, “de tres días de camino”. Es decir, se trataba de una población central rodeada por muchas pequeñas ciudades periféricas que abarcaban una enorme área urbana de cientos de kilómetros cuadrados. En el siglo VII a. C., la ciudad de Nínive era una de las más grandes del mundo y se extendía desde la orilla oriental del río Tigris hasta las colinas del este y tenía una longitud de 50 kilómetros por una anchura media de 20 kilómetros. Además, muchas de sus calles era estrechas y tortuosas, por lo que se necesitaban unos tres días para atravesarla andando.



    Finalmente, la Biblia dice que los ninivitas se arrepintieron y la sentencia de destrucción no fue ejecutada. Ayunaron y se cubrieron con cilicio, una tela gruesa, rústica y de poco valor que se usaba en momentos de tristeza, luto o arrepentimiento. Estaban tristes por los pecados y errores que habían cometido durante tanto tiempo y deseaban cambiar su estilo de vida. Esto es algo que siempre agrada a Dios. Pero, desde luego, a Jonás no le gustó en absoluto. Él nunca deseó que los asirios llagaran a gozar de la misericordia del Dios de Israel. Afloraron el exclusivismo, los prejuicios raciales, las tradiciones, la cultura, el nacionalismo y tantas otras cosas que dividen a los humanos. Jonás se enfadó también porque se quedó sin la sombra que le proporcionaba su ricino, estratégicamente plantado por él para observar cómodamente la destrucción de Nínive. Y aquí es donde surge el irrefutable argumento divino:



    Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales? (Jon. 4:10-11). 



    La mención a las 120.000 personas, que no saben distinguir entre su mano derecha y su mano izquierda, puede referirse a los niños pequeños que todavía no tienen uso de razón o criterio moral. Si esto es así, la población de Nínive podría haber sido superior a las 600.000 personas.



    Esta historia nos enseña que, a veces, nuestros prejuicios personales hacen que las algas se nos enreden en la cabeza y nos traicionen. Dios quiere salvarnos a todos, pero nosotros inconscientemente queremos que sólo se salven algunos, los nuestros o aquellos que se parecen más a nosotros. Sin embargo, debemos recordar que ese exclusivismo que restringe el amor universal de Dios está destinado siempre a fracasar, tal como ocurrió en el caso de Jonás.


     

     


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